Perdiendo el Norte Capítulo 23
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Capítulo 23

Me quedo con la cuchara suspendida a medio camino de la boca.

No estoy cotilleando. Al menos, no de forma voluntaria.

Resulta difícil no hacerlo cuando Brisa parece incapaz de mantener una conversación que no incluya a toda la sala.

Además, están hablando en mi mesa mientras como, así que puede considerarse una película de sobremesa.

—¿Cuándo? —pregunta Teressa.

—Mañana. Ya no llego al vuelo de esta tarde sin arriesgarme a perderlo. Puedo intentar contener el desastre desde aquí y coger el primero que salga.

Estaba seguro de que se irían pronto, pero no esperaba que fuera mañana. Mejor. Menos líos.

—Entonces tendrás que darte prisa.

Brisa frunce el ceño y yo disimulo desviando la vista a la televisión.

—Tendremos.

—Tú —la corrige—. Yo me quedo.

La cuchara golpea el borde del plato cuando la dejo caer, aunque ninguna de las dos parece oírlo. La respuesta de Teressa me ha pillado por sorpresa.

—No voy a dejarte sola aquí.

—No estoy sola.

Brisa echa un vistazo alrededor. Deva finge ordenar unas botellas detrás de la barra mientras Sindo seca el mismo vaso por tercera vez.

En la mesa de al lado, una mujer lleva tanto rato con el tenedor suspendido en el aire que la comida debe de habérsele enfriado.

Aquí nadie entiende de discreción. Cuando ocurre algo, todos se enteran y, de alguna forma, todos terminan participando.

—Tienes razón —concede—. Medio pueblo controla hasta las veces que respiras.

—Eso debería tranquilizarte.

—No lo hace. No pienso dejarte aquí después de todo lo que ha pasado.

—Estoy bien.

—Eso mismo dijiste después de que…

«¿Después de que…?».

—Brisa.

Su amiga se calla en cuanto oye su tono de advertencia. Luego me mira de reojo, como si acabara de recordar que sigo sentado frente a ellas.

—Después de todo —concluye.

Teressa baja la barbilla hacia la mesa y sus dedos se cierran alrededor del vaso. No sé qué ha ocurrido. Solo sé que no quiere que me entere. No es asunto mío. Aunque, por alguna razón, ahora quiero saberlo.

—Vine hasta aquí por un motivo y no pienso marcharme justo cuando empiezo a encontrar algunas respuestas.

—También puedes encontrarlas dentro de dos días.

—O puedo quedarme y dejar de salir corriendo cada vez que algo no sucede según lo previsto.

Brisa abre la boca, pero Teressa se adelanta.

—No me estás abandonando. Tienes un problema en el trabajo y debes solucionarlo. Yo estoy de vacaciones y quiero seguir aquí.

Se endereza en la silla y sostiene la mirada de su amiga.

—No voy a irme contigo.

Brisa la observa durante unos segundos. No la conozco, pero no parece una mujer que se rinda con facilidad. Teressa tampoco, esta vez es ella quien no aparta la mirada hasta que su amiga claudica.

—Te quedas —afirma.

—Me quedo —confirma Teressa.

El alivio me llega antes de que encuentre una razón para sentirlo. Intento tragármelo con otra cucharada, pero el pote ya está casi frío.

«Joder».

—De acuerdo —cede Brisa al fin, soltando el aire—. Pero volveré.

—No hace falta que…

—Voy a volver —insiste, y la señala con un dedo—. En un par de días estaré aquí otra vez. Tres como muchísimo si alguien decide prenderle fuego al escenario, cosa que no descarto.

—Lo sé.

—Prométeme que no harás ninguna estupidez mientras tanto.

—Define estupidez.

—Caerte por otra cuesta, entrar sola en una habitación tapiada, seguir a una anciana misteriosa hasta el bosque…

—No hay ninguna habitación tapiada.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que todavía no la ha encontrado —replica, guiñándole un ojo.

Teressa se ríe y Brisa le coge una mano.

—Volveré —dice, esta vez más bajo.

La sonrisa de Teressa pierde fuerza, pero asiente.

—Y yo seguiré aquí.

Hay algo en esa respuesta que me obliga a apartar la mirada. Brisa volverá. Teressa se queda. Son frases sencillas, no deberían remover nada de lo que llevo años enterrando.

—Tendré que devolver el coche en el aeropuerto —dice Brisa—. Puedo dejarlo aquí y buscar otra forma de llegar. Un taxi, un autobús… lo que sea.

—No —responde Teressa—. Llévatelo. Ya me apañaré.

—Yo te puedo llevar si necesitas moverte fuera del pueblo —intervengo.

Las dos se vuelven hacia mí. No pensaba decirlo en voz alta y, por sus caras, diría que tampoco esperaban escucharlo. Teressa abre la boca, pero antes de que pueda contestar, Brisa me señala con el índice.

—Perfecto. Tú.

—¿Yo qué?

—Sabes dónde vive y pareces capaz de levantarla del suelo si decide despeñarse otra vez.

—Brisa —protesta Teressa, lanzándole una mirada de advertencia.

—No hago de niñera —advierto.

—Estupendo, porque tiene treinta y tres años. Solo te pido que compruebes de vez en cuando que conserva todas las extremidades.

—No necesito que nadie compruebe nada —añade Teressa, cruzándose de brazos.

—La cobertura falla cuando llueve y desde la plaza se tarda más de quince minutos en subir hasta la casa —señalo—. Para ti, el doble.

Teressa entrecierra los párpados, pero es Brisa quien se vuelve hacia mí con una sonrisa que no me gusta nada.

—Pareces muy informado para alguien a quien le da igual —comenta Brisa.

—Vivo aquí —replico con un gruñido—. Sé dónde están las casas.

—Y reparas verjas que no son asunto tuyo —añade Teressa.

—Estaba atascada.

—Qué conversación tan bonita —interviene Brisa, alternando la mirada entre los dos—. Casi parece que os preocupáis el uno por el otro.

—No —respondemos los dos al mismo tiempo.

Brisa se recuesta en la silla, satisfecha.

—Muchísimo más tranquila.

Teressa me fulmina con la mirada, como si yo tuviera la culpa de que su amiga no sepa mantener la boca cerrada. Bajo la vista al plato y finjo que la conversación ha terminado.

No es asunto mío que se quede sola en la casa de la colina, ni que no tenga coche, ni que la cobertura desaparezca en cuanto empieza a llover.

Me repito las tres cosas mientras remuevo el pote sin probarlo.

«No me creo ninguna».