Perdiendo el Norte Capítulo 22
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Capítulo 22

Me está mirando, o puede que haya algo muy interesante a mi espalda.

Me vuelvo y me encuentro con una de las señoras del pueblo.

Ella me observa extrañada y niega despacio con la cabeza.

Diría que intenta advertirme de que no es a ella a quien mira.

O quizá solo esté liberando tensión cervical.

Vuelvo la vista hacia la entrada y Diago sigue con los ojos puestos en mi dirección.

«¿Habrá oído algo?».

No lo creo, acaba de entrar. Aunque también cabe la posibilidad de que alguien se haya enterado y haya corrido a avisarlo.

En este pueblo, las noticias parecen viajar más rápido que la cobertura.

Giro la cabeza hacia Deva con tanta brusquedad que me cruje el cuello.

Presiento que ese movimiento va a salirme caro.

Puede que no ahora, pero mañana necesitaré una grúa para levantarme de la cama.

—¡Diago! —exclama Deva antes de que pueda preguntarle nada.

Él intercambia una mirada con ella y después camina hacia mí.

«Tierra, trágame».

—Si vienes a comer, tendrás que esperar un poco… —le advierte Deva mientras echa un vistazo alrededor.

Diago aparta la silla que hay frente a mí. La silla de mi amiga. Y se sienta con toda su cara.

—O puedes sentarte aquí conmigo… —digo, como si no acabara de hacerlo—. Aunque Brisa no tardará en volver.

Intento que suene despreocupado. Sin embargo, algo me dice que no cuela por la forma en que me está observando.

—No pienso quedarme mucho —masculla—. Así que no te preocupes.

—No estaba preocupada.

Se quita la chaqueta y la cuelga del respaldo.

La camiseta está remangada hasta los codos y me descubro mirando sus antebrazos más tiempo del considerado socialmente aceptable.

No sé por qué me resulta sexi. Bueno, sí lo sé.

¿Para qué voy a mentirme? Tengo un problema serio con el género masculino y otro todavía mayor con el tiempo que llevo sin acercarme a uno.

Cuando Diago se inclina hacia la mesa, me llega un tenue olor a jabón que no estaba allí cuando lo vi en la fragua.

«Se ha aseado».

No es que me sorprenda que conozca el concepto de higiene. Lo raro sería que se plantase aquí oliendo a humo y sudor después de pasarse la mañana delante del fuego, con la camiseta pegada al cuerpo y los brazos brillando por el calor. Vale, tengo que parar. Me estoy poniendo demasiado creativa.

Se habrá lavado porque venía a comer. Ya está. Es lo normal después de pasar horas en una fragua. No porque supiera que yo estaba aquí. Eso sería ridículo.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—Llevas mirándome desde que he entrado.

—No. —Levanto la barbilla—. Lo hacías tú.

—Observaba el local. Tú estabas en mi campo de visión. —Entrecierra los ojos—. Y ahora me estás mirando muy fijamente.

«Mierda».

—Estaba intentando averiguar si te habías peinado o si has discutido con el peine.

Diago se pasa una mano por el pelo. Un gesto que termina de deshacer cualquier esfuerzo previo.

—No me he peinado.

—Entonces ha ganado el peine.

Deva disimula una sonrisa mientras recoge mi cuenco vacío.

—Dame un momento, que termino de servir y te tomo nota —le dice.

—Puedo esperar.

—Seguro que sí —murmuro—. Pareces una persona llena de paciencia.

Sus ojos se clavan en mí y el corazón se me precipita contra las costillas. Deva se aleja con los cuencos de otra mesa y estoy bastante segura de que sus hombros tiemblan porque se está riendo. O porque cargar con dos recipientes vacíos exige un esfuerzo físico descomunal.

—Soy un hombre muy paciente.

—Sí, se nota —respondo, evitando su mirada.

—Y eso lo deduces por cinco minutos conmigo en la fragua, ¿no?

—No. Por cómo evitas responder, por la distancia que marcas y por cómo hablan de ti —enumero demasiado rápido.

«Genial. No necesito que Deva me delate. Ya hago yo el trabajo sucio».

Diago no aparta sus pupilas de mí.

—Ah, ¿sí? ¿Quién habla de mí, Teressa? —pregunta con esa voz rasgada que parece diseñada para complicarme la existencia.

«Teressa». Claro. Para todos los del pueblo sigo siendo aquella niña. La de la casa de la colina. Sin embargo, no sé por qué, en sus labios suena distinto.

Sindo aparece con un plato de pote y lo deja delante de Diago sin preguntarle qué quiere. Después deposita una cuchara a su lado y regresa a la barra con la tranquilidad de quien acaba de alimentar a un animal salvaje y confía en conservar todos los dedos.

—¿Siempre comes a estas horas? —pregunto, aprovechando la interrupción para cambiar de tema con toda la sutileza de una excavadora.

Diago niega con la cabeza.

—Solo cuando mi abuela se niega a darme de comer.

—¿Y puedo saber por qué?

—No.

—Míster Simpatía —ironizo.

Parte un trozo de pan y lo hunde en el caldo.

Tiene las manos grandes, las venas muy marcadas y unos dedos que, por algún motivo, observo bastante más de lo necesario.

Debería dejar de mirarlo como una acosadora y concentrarme en la puerta, en Deva, en una mancha de humedad de la pared.

En cualquier cosa que no sea el hecho de que está sentado frente a mí por voluntad propia.

—Entonces, ¿has venido solo por el pote?

La pregunta escapa de mi boca antes de que pueda detenerla. Diago levanta la vista despacio, todavía con el trozo de pan entre los dedos.

—Esto es Casa Sindo. La gente suele venir a comer.

—Ya. Qué casualidad.

Deja el pan en el borde del plato.

—¿Qué tiene de casual?

—Nada.

—¿Debería haber alguna otra razón para que venga a un restaurante a la hora de la comida? —pregunta, frunciendo el ceño.

Y ahí está otra vez ese acento del norte, más marcado cuando habla despacio, como si mi cerebro necesitara todavía más motivos para prestar atención a cosas que no debería.

La sangre me sube hasta las mejillas. Sus ojos oscuros atraviesan, con demasiada facilidad, los muros que llevo meses levantando. No sé cómo lo hace. Lo peor es que parece no necesitar ningún esfuerzo.

—Pues tienes razón.

«Será mejor que cierre la boca antes de preguntarle si ha venido porque alguien le ha contado que hablábamos de él. Bastante me estoy delatando yo sola».

Una de sus comisuras se mueve. Ha sido tan rápido que podría convencerme de que lo he imaginado si no fuera porque baja la cabeza enseguida y se lleva otra cucharada a la boca. Entonces descubro una mancha oscura junto a su sien. Porque, al parecer, hoy no tengo suficiente con mirarle las manos.

—Tienes un poco de hollín —digo.

—¿Dónde?

Me señalo la sien. Diago se frota el lado equivocado.

—En la otra.

Cambia de mano.

—Más arriba.

Vuelve a intentarlo, pero solo consigue extender la sombra oscura hacia el nacimiento del pelo.

—La estás empeorando.

—Gracias por la ayuda —gruñe.

—Te estoy ayudando.

—De una manera muy poco eficaz.

Cojo la servilleta y se la tiendo.

—Toma.

Diago mira mi mano, pero no la coge.

—¿Qué?

—No sé dónde está.

—En la sien.

—Eso ya lo habías dicho.

—Pues límpiate toda la cara y terminamos antes.

Me sostiene la mirada y, durante un instante absurdo, pienso que va a inclinarse para que se la quite yo. La imagen aparece en mi cabeza con tanto detalle que aprieto la servilleta entre los dedos.

Por suerte, Diago la coge y, por desgracia, sus dedos rozan los míos. Es un contacto breve. Ridículo. Nada que justifique el calor que me trepa por el brazo ni que me olvide de apartar la mano. Él también tarda un segundo de más.

Cuando por fin rompe el contacto, levanto el índice y señalo un punto junto a su sien.

—Ahí —murmuro mientras él pasa la servilleta por la zona—. Ya está.

—Gracias.

—De nada —susurro.

El silencio que se instala entre los dos no resulta incómodo.

Eso es lo preocupante. La puerta se abre antes de que pueda analizarlo.

Brisa entra en el comedor con el teléfono todavía en la mano y una expresión capaz de marchitar las flores de todas las mesas.

Da dos pasos, ve a Diago ocupando su silla y se detiene.

—Vaya. Veo que habéis aprovechado mi ausencia.

—No hemos hecho nada —me justifico sin necesidad.

Brisa arquea una ceja.

—No he dicho que hayáis hecho nada… —Entrecierra los ojos y alterna la mirada entre Diago y yo—. ¿Habéis hecho algo?

—¡No! —protesto, indignada.

Diago continúa comiendo, pero juraría que vuelve a amenazar con sonreír.

—Puedes sentarte —le dice, apartándose un poco de la mesa como si fuera a levantarse.

—No, tranquilo. Tengo la sensación de que esa silla ha sido más útil en los últimos diez minutos que durante toda la comida.

—Brisa…

Ella coge otra de la mesa contigua y la coloca a mi lado. Solo entonces advierto que su humor no le alcanza los ojos.

—¿Qué ha pasado? —pregunto.

Deja el teléfono boca abajo sobre la mesa y expulsa el aire muy despacio.

—Han tocado el montaje.

—¿Ese no era el único requisito para conservar todas las extremidades?

—Sí, y han decidido ignorarlo. Han cambiado parte de la estructura, el proveedor dice que las medidas no coinciden y la persona a la que dejé a cargo lleva veinte minutos llorando dentro de un almacén —suspira derrotada.

—¿Puedes solucionarlo desde aquí?

Brisa me mira con intensidad. No necesita responder, la culpa ya está empezando a formarse en su expresión.

—Tengo que volver a Sevilla.