Perdiendo el Norte Capítulo 21
35%

Capítulo 21

Antes de que decidamos cómo interrogar a los amigos de Diago sin que parezca que estamos reuniendo pruebas para un documental sobre su vida, Deva aparece con dos platos hondos y una sopera humeante que deja en el centro de la mesa. Después añade un cucharón y una cesta de pan.

Brisa alterna la mirada entre la olla y Deva, hasta volver al pote.

—¿Todo esto es para nosotras?

—Claro. Os vais sirviendo.

—Creo que quiero vivir aquí —anuncia con una enorme sonrisa.

Me sirvo un poco y el olor consigue que por un instante se me olvide hasta para qué habíamos venido.

—¡Deva! Dos de ternera para la siete.

Ella cierra los ojos un segundo.

—Ahora vuelvo —nos promete.

No lo hace. En menos de diez minutos, el bar pasa de estar bastante concurrido a convertirse en el comedor improvisado de todo el pueblo.

Las mesas se llenan, las sillas cambian de sitio y los platos vuelan desde la cocina hasta las manos de Deva, que parece haber desarrollado la capacidad de transportarlos con cualquier parte del cuerpo.

Sindo sirve bebidas, cobra, discute con un proveedor por teléfono y encuentra tiempo para informar a un hombre de que no piensa ponerle más pan hasta que se termine el que tiene delante.

—Eso está duro —protesta el cliente.

—Eso es corteza.

No puedo evitar poner la oreja a todo lo que sucede a mi alrededor. Cojo una cucharada de pote con cuidado y me la llevo a la boca. Está caliente, espeso y tiene ese sabor que te obliga a cerrar los ojos para concentrarte en algo tan básico como la felicidad.

—Está buenísimo —murmuro.

—No permitas que la comida te distraiga de nuestra misión —masculla Brisa se sirve un poco más.

La miro. Brisa tiene un trozo de pan en una mano y la cuchara en la otra.

—Tú llevas cinco minutos sin respirar.

—Puedo comer e investigar al mismo tiempo.

Alza la mano cuando Deva pasa junto a nuestra mesa.

—Una pregunta rápida. ¿Desde cuándo conocéis a Diago?

—Desde… —Deva frena el paso y frunce el ceño, haciendo memoria.

—¡Deva! —vuelve a llamarla Sindo—. La cuatro quiere otra de sidra.

Ella gira la cabeza hacia él.

—La cuatro tiene una botella entera.

—Dice que esa es para compartir.

Deva mira hacia una mesa ocupada por un solo hombre y suspira.

—Ahora vuelvo —repite.

—Llevas diciéndonos eso desde que nos sentamos —señala Brisa.

Ella se encoge de hombros y desaparece entre las mesas.

—El universo lo está protegiendo —dictamina mi amiga, mojando otro trozo de pan en el plato.

—Quizá sea una señal para que dejemos de preguntar.

—O quizá sea una prueba para comprobar cuánto deseamos la información.

—Solo quiero saber por qué no me ha contado que me conocía.

Brisa me observa por encima de la cuchara.

—Y si era igual de atractivo hace veinte años.

—Eso no me interesa —miento.

«No pienso reconocer que ese hombre gruñón me parece atractivo, aunque lo sea».

Brisa arquea una ceja y vuelve a llevarse la cuchara a la boca.

—A mí sí. Estoy comprometida con la investigación histórica.

Bajo la vista al plato para ocultar una sonrisa. Por encima de las conversaciones escucho mi nombre varias veces.

«Teressa».

Aquí nadie parece conocer a Tessa. Conocen a la hija de Pelayo y Carmen, a la niña de la casa de la colina, a la que se sentaba en un taburete junto a un muchacho que ahora me mira como si cada pregunta pudiera abrir una puerta que lleva años intentando mantener cerrada.

Una mujer de la mesa de al lado me observa hasta que nuestras miradas se cruzan. Entonces, se inclina hacia su acompañante y murmura algo que no alcanzo a entender.

—Deberíamos haber traído tarjetas —dice Brisa—. Nombre, lugar de procedencia, estado civil y motivo de la visita. Así les ahorrábamos trabajo.

—No creo que les interese mi estado civil.

—Te abandonaron en el altar. En un pueblo de este tamaño, eso da para un mínimo de cuatro sobremesas —comenta con una sonrisa—. Seguro que te están sorteando entre sus solteros.

—Baja la voz.

—¿Por qué? Probablemente ya lo sepan.

Una risa demasiado cercana confirma mis temores.

Continúo comiendo con la oreja puesta en todo cuanto sucede a nuestro alrededor.

Me entero de que una vaca se ha escapado esta mañana, de que el tejado de Mariola sigue filtrando agua y de que el sobrino de alguien ha vuelto de Oviedo con un pendiente en la nariz y «unas ideas rarísimas sobre comer semillas».

También descubro que el pote de Sindo lleva años provocando disputas porque nadie consigue averiguar qué ingrediente utiliza.

«Sobre Diago, en cambio, nada».

Nico se acerca con una jarra de agua y rellena nuestros vasos.

—¿Ahora también trabajas aquí? —pregunta Brisa.

—No. Pero Deva me ha dicho que, si quiero seguir distrayéndola, al menos sea útil.

—Una pregunta rápida. —Brisa apoya los antebrazos sobre la mesa—. ¿Diago siempre habla como si le cobraran por palabra?

Nico deja la jarra en el centro de la mesa.

—No.

Nos mira un instante antes de sonreír.

—A veces no habla.

—Entiendo por qué sois amigos —digo.

—Nos complementamos. —Se encoge de hombros—. Yo digo todo lo que él se ahorra.

—Entonces podrás contarnos desde cuándo lo conoces —insiste Brisa.

Nico se apoya en el respaldo de una silla vacía.

—Desde el instituto. Llegué a vivir al pueblo con diecisiete años y coincidimos los tres en clase, en Vegadeo —explica, señalando a Deva con la barbilla—. Aunque ella tardó algunos años más en venirse aquí.

—Alguien tenía que vigilaros —exclama Deva al pasar junto a nosotros.

—¿Y ya era así?

—¿Así cómo? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Alto, borde y con la capacidad de convertir una frase en una amenaza, aunque esté ofreciéndote agua.

Se toma un momento para pensarlo.

—Más delgado. Y tenía menos barba.

—Información valiosísima —murmuro.

—También sonreía más.

Levanto la vista. Nico parece darse cuenta de que ha dicho más de la cuenta. Baja la mirada y se encoge de hombros, como si quisiera restarle importancia.

—Aunque tampoco mucho. No vayáis a imaginarlo corriendo por el campo y abrazando árboles.

—¿Y antes del instituto? —pregunto.

—No lo sé. Él ya vivía aquí, pero yo no.

No me da tiempo a continuar. El móvil empieza a sonar en su bolsillo. Nico lo saca, ojea la pantalla y resopla.

—Un cliente. Si pregunta Deva, he salido huyendo porque tengo miedo al compromiso.

—Lleváis años juntos —le recuerda Brisa.

—Por eso. Estoy preparando la huida con mucha calma.

Se aleja al coger la llamada y Deva lo fulmina a lo lejos, desde el otro extremo del bar.

Terminamos el pote sin obtener nada más que varias miradas, dos trozos adicionales de pan y la certeza de que Sindo controla lo que ocurre en todas las mesas, aunque jamás abandone la barra.

Después llegan la ternera guisada y unas patatas que Brisa recibe con la misma emoción que si acabaran de entregarle un premio.

Cuando ya solo quedan restos de salsa en los platos, el bar empieza a vaciarse. Algunos clientes regresan al trabajo; otros se trasladan a la barra para continuar la sobremesa de pie, quizá porque sentados ya habían agotado todos los cotilleos disponibles.

Deva recoge los platos de la mesa contigua y se acerca por fin a nosotras.

—Siento haberos abandonado.

—Estábamos a punto de poner una denuncia —asegura Brisa.

—Los viernes son así. Sindo dice que no necesita ayuda y después se llena el restaurante.

Deva deja escapar un suspiro y retira nuestros platos.

—¿Os traigo el arroz con leche?

—Sí —responde Brisa.

—Podrías fingir que lo piensas —le digo.

—¿Para qué vamos a perder tiempo?

El teléfono de Brisa vibra sobre la mesa. Ella mira la pantalla y su entusiasmo por el postre se desinfla un poco.

—Mierda.

—¿Qué ocurre?

Brisa sigue con su atención la pantalla.

—Es del trabajo. Ya me llamaron ayer cuando desapareciste. Vi la llamada perdida, pensé que se habían equivocado y que la cobertura me había librado.

Brisa coordina la producción de una agencia de eventos, una forma elegante de decir que se pasa la vida resolviendo desastres provocados por personas que utilizan la palabra urgente con demasiada facilidad.

Antes de venir había dejado organizados los montajes, repartidas las tareas y redactado un listado de instrucciones tan detallado que incluía hasta el número de veces que sus compañeros podían llamarla sin arriesgarse a perder una extremidad.

Una. Esta es la segunda llamada.

—Tengo que cogerlo —dice mientras se pone en pie y ya busca con la mirada la salida—. Aquí dentro no escucho nada.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No. Pide mi arroz con leche y defiéndelo con tu vida.

Se dirige hacia la puerta y descuelga. Antes de salir, todavía alcanzo a escuchar:

—Por favor, decidme que nadie ha tocado el montaje…

La campanilla suena y su voz desaparece bajo el ruido del bar.

—Parece serio —dice Deva.

—Con Brisa nunca se sabe. Puede estar hablando de un escenario o de la decoración de una mesa.

—¿Trabaja organizando eventos?

—Sí. Se le da muy bien decirle a la gente qué tiene que hacer.

—No me cuesta creerlo.

Sonrío mientras Deva apila los platos. Ahora que Brisa no está, la pregunta que llevo intentando formular desde que salimos de la fragua parece más difícil. Quizá porque ya no puedo fingir que es Brisa quien quiere saberlo.

—Antes has dicho que conoces a Diago desde…

—Nos conocimos los tres en el instituto, en Vegadeo —explica—. Nico se mudó al pueblo con diecisiete años y yo me vine a vivir aquí un año después. Para entonces, Diago ya trabajaba en la fragua y tenía bastante claro que no pensaba marcharse.

—Entonces no lo conociste de pequeño.

—No.

Asiento, aunque no consigo ocultar la decepción.

—Si lo que quieres es saber cómo era en su infancia, no creo que podamos ayudarte.

—No sé exactamente qué quiero saber.

Deva apoya los platos sobre la mesa y me observa con calma. No hay curiosidad morbosa en su mirada. Tampoco esa clase de lástima que aparece en los ojos de la gente cuando conoce mi historia.

—Pero quieres saber algo —dice.

Paso un dedo por la humedad del vaso.

—Él me conocía. Sabía que me sentaba en aquel taburete y que iba a la fragua. Sin embargo, no me lo contó hasta que le pregunté directamente.

—Eso suena mucho a Diago.

—¿Ocultar información?

—Esperar a que le hagan la pregunta correcta —dice con una sonrisa ladeada.

—Es desesperante.

—También eso suena bastante a Diago.

Se me escapa una risa.

—Parece que le molesta todo.

—No todo.

—Las turistas, las conversaciones, las preguntas…

—Cuando Nico respira demasiado cerca —añade, desviando la mirada hacia la barra.

—Creo que yo también le molesto…

Deva vuelve a mirarme y niega con la cabeza.

—No creo que le molestes.

—Pues lo disimula de maravilla.

—Diago disimula casi todo de maravilla. Salvo el enfado. Ese se le da fatal.

Miro hacia la puerta. A través del cristal distingo a Brisa caminando de un lado a otro bajo el toldo, con el teléfono pegado a la oreja y una mano hundida en el pelo.

—¿Siempre ha sido tan seco? —pregunto.

—Es reservado.

—Eso es una manera muy amable de decirlo.

—Vale. Es seco —admite, apoyando una mano en el respaldo de la silla—. Y cabezota. Y a veces tienes que esperar tres días para descubrir que algo que dijo era una broma.

—¿Hace bromas?

Ella sonríe.

—Muy pocas. Por eso no estamos preparados cuando ocurre.

Deva se lleva los platos hasta la cocina y regresa con nuestros postres. Esta vez, en lugar de marcharse, ocupa la silla que ha dejado libre Brisa.

—Pero no es como parece —continúa mientras acerca uno de los postres hacia mí.

—¿Y cómo es?

—Se le da mejor cuidar de la gente que hablar con ella —murmura.

La frase me recuerda una mano que me sujetó por la cintura y frenó mi descenso por la cuesta. La presión de sus dedos y aquel calor que todavía parece aferrado a mi piel.

—No parece muy paciente.

—Los sábados da talleres a los niños.

—¿Diago?

—Ese mismo.

Imaginarlo rodeado de críos me cuesta todavía más que imaginarlo haciendo bromas.

—El año pasado, uno de ellos dejó caer un martillo sobre su pie —añade Deva—. Diago terminó la clase evitando cojear para que el niño no se sintiera culpable. Después dijo que no le dolía.

—¿Y le dolía?

—Llevó el pie morado durante una semana.

Bajo la mirada al arroz con leche para ocultar la sonrisa que amenaza con aparecer.

—También fue él quien arregló la calefacción del bar en pleno invierno —continúa—. Se quedó hasta las dos de la mañana y al día siguiente aseguró que lo había hecho porque no soportaba escuchar a Sindo quejarse.

—Me estaba quejando con razón —interviene este al escuchar la anécdota.

—Te estaba dando la razón —responde Deva.

Ella vuelve a mirarme.

—¿Tiene pareja?

La pregunta me sale sola. Sin previo aviso y con la clara intención de dejarme en evidencia. No es que me importe, para nada. Solo intento reunir toda la información disponible. Deformación profesional. O curiosidad antropológica. Una de las dos.

—No —responde Deva—. Ha salido con alguna mujer, pero nunca le he conocido nada serio.

—Ah.

Un «ah» perfectamente despreocupado. El «ah» de una mujer a la que le resulta indiferente la vida sentimental del herrero malhumorado que le ha ofrecido agua, reparado la verja y evitado que se despeñara por una cuesta.

La puerta se abre y una ráfaga de aire frío atraviesa el bar, interrumpiendo nuestra interesante conversación.

Diago entra en el salón con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y el gesto de quien ya está arrepentido de haber cruzado el umbral.

Se ha lavado la cara, aunque todavía conserva una sombra oscura junto a la sien.

Su pelo parece recién peinado y recién desordenado, como si hubiera intentado arreglarlo y después hubiera pasado una mano por él para borrar las pruebas.

Busca a Sindo, o eso quiero creer. Su mirada recorre la sala hasta detenerse en mí. Se queda ahí un segundo de más y, de pronto, me alegro muchísimo de que no haya llegado medio minuto antes.