Capítulo 20
Gabriel descarga el martillo y golpea el yunque a dos centímetros del metal.
—Otra vez —digo.
—¿El golpe?
—Todo.
El hombre resopla y deja caer el brazo junto al cuerpo. Llevamos casi media hora y continúa aferrándose al mango como si temiera que el martillo fuera a escapar corriendo en cuanto afloje los dedos.
—Relaja la mano —le indico, señalando sus nudillos blancos—. No tienes que estrangularlo.
Gabriel abre y cierra los dedos un par de veces.
—¿Y si se me escapa?
—Si sigues apretándolo así, terminará deseándolo.
Me mira, indeciso entre reírse o preocuparse. Al final sonríe y vuelve a colocarse frente al yunque. Le corrijo la postura con el pie, compruebo que sostiene bien las tenazas y señalo el extremo del metal.
—Golpea aquí. —Marco el punto con las tenazas—. Deja que el peso del martillo haga el trabajo.
—Eso parece fácil cuando lo haces tú.
—Porque llevo veinte años haciéndolo.
—No tantos —interviene mi abuelo desde el arco.
No necesito volverme para saber que está apoyado contra la piedra, con los brazos cruzados y demasiado tiempo libre.
—Gracias por defender mi juventud.
—No la defendía. —Por el tono de su voz, casi puedo verlo sonreír—. Solo digo que los primeros años te limitabas a estorbar.
Gabriel suelta una carcajada.
—Eso me tranquiliza.
—No debería —respondo mientras recoloco el metal sobre el yunque—. Mi abuelo disfruta viendo sufrir a los principiantes.
—Yo disfruto viendo cómo intentas enseñar sin usar más de cuatro palabras seguidas.
—Estamos trabajando.
—Ya lo veo.
Mi abuelo no se mueve. Gabriel levanta de nuevo el martillo y esta vez consigue acertar sobre el metal. El golpe suena torpe, pero correcto.
—Mejor —digo.
—¿Solo mejor?
—No estropees el momento pidiendo entusiasmo.
Severino se ríe por lo bajo y Gabriel vuelve a golpear.
La barra de acero empieza a estrecharse poco a poco bajo el martillo.
Todavía falta mucho para que se parezca a una hoja.
Después habrá que definir la forma, corregir los bordes, marcarla, templarla, pulirla y montar el mango.
Todo eso si Gabriel no se disloca antes el hombro intentando demostrarle al metal quién manda.
—No la golpees con rabia —le advierto.
Las palabras me salen sin que pueda evitarlo. La voz de mi abuela resuena en mi cabeza y recuerdo la pieza dentro de mi cabeza y recuerdo la pieza que deformé ayer sobre este mismo yunque. Aparto la imagen y señalo de nuevo el metal.
—La fuerza sin control no sirve para nada.
—Eso mismo decía yo cuando eras pequeño —comenta mi abuelo.
—¿No tienes clientes?
—Ahora mismo, no.
—Podrías buscar alguno.
—Podría, pero me perdería esto.
Sé que «esto» no es el curso. Lleva rondando la entrada desde que Teressa y Brisa se han marchado, esperando encontrar el momento adecuado para empezar a decir cosas que nadie le ha preguntado.
De reojo, lo veo acercarse al taburete junto a la pared y sentarse con toda la calma del mundo, como si acabara de conseguir asiento de primera fila para el espectáculo.
—Ha sido extraño verla otra vez ahí sentada.
Gabriel levanta el martillo, pero no llega a descargarlo. Su atención va de mi abuelo a mí.
—Continúa —le ordeno, señalando el metal con la barbilla.
Mi abuelo apoya los antebrazos sobre las piernas y entrelaza las manos.
—Parecía que no hubiera pasado tanto tiempo.
—Ha pasado.
—Eso ya lo sé —aclara.
—Entonces no entiendo qué intentas decir.
—Nada. —Mi abuelo se encoge de hombros—. Estoy hablando.
—Pues hazlo más bajo.
Gabriel carraspea para disimular una risa. Le dirijo una mirada y vuelve a concentrarse en la pieza.
—Teressa no recordaba el taburete —continúa mi abuelo, frotándose las manos sobre las rodillas.
—Sí lo recordaba.
—No al principio.
Recoloco el metal con las tenazas con más brusquedad de la necesaria.
—Pero lo ha hecho.
También ha recordado que se sentaba allí.
Ha escondido las manos debajo de los muslos igual que hacía cuando era niña y el gesto me ha devuelto a un lugar al que llevo años intentando no regresar.
Después me ha preguntado si éramos… amigos.
No quería que su presencia me afectase, pero en un pueblo tan pequeño evitarla empieza a parecer una misión imposible.
—Ya no es una niña —añade Severino, ladeando la cabeza—. Se ha convertido en una moza hecha y derecha.
—Eso suele suceder cuando pasan los años.
—Algunos cambian más que otros —replica, mirándome con demasiada intención.
Esta vez sí me vuelvo hacia él.
—Abuelo.
—¿Qué? —pregunta con toda la inocencia de la que es capaz.
—Gabriel está intentando trabajar.
—Yo también puedo escuchar mientras trabajo —asegura Gabriel sin levantar la vista.
Lo señalo con las tenazas.
—Golpea.
Obedece, aunque la sonrisa no desaparece de su boca. El martillo cae sobre el extremo de la pieza y el metal se desplaza demasiado hacia un lado.
—Para.
—¿Lo he roto? —pregunta con el martillo suspendido.
—Todavía no.
Suelto las tenazas y le indico que se aparte. Devuelvo la pieza al fuego para corregir la temperatura.
—¿Y cuánto falta para que parezca una navaja? —Gabriel se pasa el antebrazo por la frente para secarse el sudor.
—Unas cuantas horas.
—Pensé que sería más rápido.
—También pensabas que sabías usar un martillo.
Gabriel asiente con resignación.
—Es justo.
Mi abuelo abandona por fin la fragua. Lo escucho moverse por la tienda y abrir uno de los expositores.
Durante unos minutos, conseguimos trabajar sin interrupciones.
Le enseño a Gabriel a girar la pieza entre los golpes, a observar cómo cede el acero y a no continuar cuando empieza a perder temperatura.
El hombre aprende deprisa una vez que deja de luchar contra las herramientas.
Al cabo de un rato, la barra comienza a adquirir una forma reconocible.
—Ahora sí parece algo —dice.
—No te encariñes. Todavía podemos estropearlo.
—Tiene un don especial para animar a la gente —exclama mi abuelo desde la tienda.
—Y tú para escuchar conversaciones ajenas.
—Las paredes son de piedra, no milagrosas.
Gabriel sonríe y vuelve a colocarse las gafas de protección. Cuando el acero está preparado, le permito marcar la hoja con el sello que utilizamos para los cursos. Lo golpea con más fuerza de la necesaria y el sonido retumba por toda la fragua.
—¿Bien? —pregunta.
Examino la marca.
—Aceptable.
—Empiezo a comprender que ese es tu mayor cumplido.
—Está aprendiendo.
Mi abuelo vuelve a aparecer justo cuando dejo la hoja sobre la mesa para que pierda temperatura.
—Las dos mozas han salido con bastante prisa —comenta como quien no quiere la cosa.
No levanto la cabeza. Recojo el punzón y lo dejo en su sitio.
—Qué información tan útil —ironizo.
Ignoro a mi abuelo, porque sé que está buscando entrar en una conversación que no me apetece en este momento.
—Hemos terminado por esta mañana —le comunico a Gabriel—. Retomamos a las cuatro.
—¿Y después?
—Corregiremos la forma, templaremos la hoja y empezaremos con el mango. —Señalo la pieza con la barbilla—. Si todo va bien, mañana podrás llevártela.
Gabriel mira la pieza con orgullo, aunque todavía parece más un trozo de metal irregular que una navaja.
—Mi mujer no va a creer que la he hecho yo.
—Cuando vea los golpes, sí.
Se quita las gafas y el delantal entre risas. Se despide de Severino y sale de la fragua asegurando que regresará antes de las cuatro. La campanilla de la entrada suena al cerrarse la puerta. El silencio dura poco.
—Podrías haberle dicho que la hoja está bastante bien —comenta mi abuelo.
—Ya se lo he dicho.
—Has dicho «aceptable».
—Para ser la primera vez, lo es.
—Algún día tendrás que aprender que las personas no son de acero.
—Y tú que no necesitan una fiesta cada vez que hacen algo bien.
La campanilla vuelve a sonar y me interrumpe. Mi abuela entra con una bolsa de tela colgada del brazo y un recipiente grande entre las manos. El olor a pote llega hasta mí en cuanto cruza la tienda y mi estómago reacciona antes que mi dignidad. Olaya me dedica una mirada breve.
—Tienes mala cara —dice mientras me examina de arriba abajo.
—He dormido poco.
—Eso ya lo veo. —Se acomoda la bolsa en el brazo—. No hacía falta que me lo explicaras.
—Qué bien. Así nos ahorramos hablar del tema.
Me ignora y deja el recipiente sobre el mostrador. Severino se acerca para darle un beso en la mejilla.
—Han venido las dos muchachas de la casa —le cuenta mi abuelo mientras se aparta para dejarle sitio—. Teressa traía una fotografía antigua de la fragua.
Mi abuela me mira de reojo.
—¿Qué fotografía?
—Una de sus padres con ella, delante del cartel viejo.
Bajo la vista hacia la hoja de Gabriel y finjo comprobar su forma.
—Se acordaba del taburete —añade Severino—. Y de que se sentaba junto a Diago.
—No ha dicho que recordara que se sentaba junto a mí —digo, mirándolos.
Olaya se queda quieta un instante y luego me observa con demasiada atención. Reconozco perfectamente esa expresión: acaba de comprender más de lo que yo quería contar.
—¿Y dónde están ahora? —pregunta, volviéndose hacia Severino.
—Las he visto entrar en Casa Sindo —responde él, llevándose dos dedos a los ojos y después señalando hacia la calle—. Tengo buena vista.
Mi abuela asiente despacio e intercambia una mirada con él. Retira el paño que cubre el recipiente, lo destapa y el olor se intensifica. Cojo una cuchara de la balda y me acerco, pero Olaya coloca una mano sobre el táper antes de que pueda meterla.
—Eso es para tu abuelo.
Me detengo.
—Hay comida para tres personas ahí dentro.
—Severino tiene mucha hambre, ¿verdad?
Mi abuelo, el muy traidor, asiente acariciándose la barriga.
—Yo también.
—Hace diez minutos decías que no —replica Olaya, mirándome por encima del recipiente.
—Hace diez minutos no olía el pote.
Mi abuela empuja el pote hacia Severino.
—No he traído para ti.
La miro.
—Traes un táper del tamaño de una bañera.
—Y sigue sin ser tuyo —sentencia, apartando el recipiente.
Severino baja la cabeza, aunque sus hombros se mueven ligeramente.
—¿Te estás riendo?
—No.
—Sí, lo estás haciendo.
—Debe de ser el hambre —responde sin levantar la vista.
Olaya guarda la cuchara dentro de la bolsa antes de entregársela a mi abuelo.
—Pues ve a comer a lo de Sindo.
—No.
—No te estoy preguntando.
—Tengo que preparar las cosas para esta tarde.
—Tienes dos horas —argumenta mientras cruza los brazos.
—Hasta que has sabido que ellas estaban allí, esa comida era para los dos —digo, cruzándome de brazos también.
—Diago, ¿estás acusando a tu santa abuela de conspirar contra ti? —pregunta, alzando las cejas con una inocencia nada convincente.
—Sí —sentencio.
«Como si no la conociera».
—¡Anda! —Hace un gesto hacia la puerta—. Déjate de tonterías y vete a comer.
Severino coge el recipiente, pero Olaya no lo suelta de inmediato.
—Y tú —le advierte, señalándolo con un dedo—, come despacio.
—Sí, mujer.
—Nada de darle la mitad cuando yo me marche.
Mi abuelo se lleva una mano al pecho con expresión ofendida.
—Jamás desobedecería una orden tuya.
—Severino.
—No le daré nada —cede.
Olaya suelta el táper y se vuelve hacia mí.
—Sindo tiene pote, ternera guisada y tortilla.
—Conozco el menú.
—Entonces no entiendo el problema.
El problema está sentado probablemente junto a una ventana, con una fotografía guardada dentro del bolso y demasiadas preguntas a las que no quiero responder.
—No hay ningún problema.
—Estupendo. Así puedes ir sin preocuparte.
Da media vuelta y se dirige hacia la puerta. Antes de salir, se detiene y me mira por encima del hombro.
—Y péinate un poco.
—Estoy trabajando en una fragua.
—También vas a entrar en un bar.
La campanilla suena tras ella. Me quedo mirando la puerta cerrada mientras mi abuelo coloca el táper fuera de mi alcance y se sienta detrás del mostrador con una satisfacción difícil de disimular.
—No pienso ir —advierto.
—No he dicho nada —dice levantando las manos.
—Pero lo estás pensando.
Lo fulmino con la mirada. Él abre el recipiente y el olor a pote invade toda la tienda. Mi estómago vuelve a rugir. Mi abuelo hunde la cuchara y sonríe.
—Parece que alguien no está de acuerdo contigo.
Me quito el delantal de un tirón y me encierro en el baño.
Me lavo las manos y los antebrazos hasta que el agua deja de teñirse de negro, me refresco la cara y froto con la toalla una mancha de hollín junto a la sien.
Cuando alzo la vista hacia el espejo, intento ponerme un poco de orden en el pelo, pero termino revolviéndomelo con una mano.
Me digo que voy a Casa Sindo porque necesito comer antes de continuar el curso.
Porque Gabriel regresará a las cuatro. Porque mi abuela acaba de negarme un plato de pote dentro de mi propio taller y no estoy dispuesto a morirme de hambre para demostrarle nada.
No porque Teressa esté allí. Ni porque haya preguntado qué éramos. Ni porque «éramos niños» lleve más de una hora sonándome a respuesta cobarde.
Las excusas me duran hasta que cruzo la puerta.