Capítulo 19
Salimos de la tienda y el cielo gris nos recibe con una ráfaga fría.
Hemos dejado a Severino atendiendo a unos clientes y a Diago inclinado sobre el yunque.
Antes de que la puerta se cierre del todo, miro hacia atrás con una extraña presión instalada en el pecho.
Sabe más de lo que cuenta. Aunque, pensándolo bien, aquí todos parecen conocer una parte de mí que yo he olvidado.
—¿Tess?
Parpadeo un par de veces y miro a Brisa.
—Dime.
—¿Te apetece seguir paseando por el pueblo o volvemos a casa a comer?
Un aroma a guiso nos alcanza desde algún punto de la calle. Mi estómago ruge de una manera bastante ordinaria, como si no hubiéramos desayunado. Brisa baja la vista hacia mi barriga.
—Creo que tu cuerpo acaba de emitir un voto.
—Ha sido el viento.
—El viento no pide cuchara.
El olor sigue flotando en el aire, cálido y ahumado, y giro la cabeza intentando localizar de dónde procede. Un poco más abajo, al otro lado de la plaza, descubro una fachada de piedra dorada, una entrada de madera y, sobre ella, un letrero envejecido que anuncia Casa Sindo.
—¿No nos dijeron ayer que fuéramos a comer a lo de Sindo?
—Sí. Y después nos dieron provisiones para sobrevivir a un invierno nuclear, pero no veo por qué una cosa debería anular la otra —informa Brisa.
—Es verdad… Tenemos la casa llena de comida —digo con la boca pequeña.
—Comida para cenar. Ahora estamos hablando de almorzar. Son categorías distintas.
Echo a andar antes de que mi estómago vuelva a darle la razón en público. Casa Sindo está a pocos metros de la plaza, justo donde confluyen varias calles, encajada en una esquina de piedra que parece vigilar quién entra y quién sale del pueblo.
Empujo la puerta y entramos en la zona de la barra.
Dentro huele a café, a pan y al guiso que nos ha hecho seguir el rastro hasta allí.
La televisión está encendida al fondo y, junto a ella, una pizarra anuncia el menú del día.
El comedor debe de estar en alguna sala más allá, porque el tintineo de platos y cubiertos llega amortiguado desde el interior.
Frente a nosotras, varias conversaciones se mezclan entre vasos, cafés y alguna botella de sidra.
Hasta que aparecemos.
Entonces, todas se interrumpen a la vez. Un hombre deja el vaso a medio camino de la boca. Otro se vuelve sobre el taburete con una lentitud que resulta casi cómica. Incluso el de la televisión parece haber bajado la voz, aunque eso probablemente solo esté en mi cabeza.
—No os preocupéis —dice Brisa, alzando una mano como si quisiera tranquilizar a toda la sala—. Solo venimos a comer. Podéis seguir hablando de nosotras en cuanto nos sentemos.
—Brisa —murmuro, dándole un pequeño codazo.
—¿Qué? —Se encoge de hombros—. Así nos ahorramos fingir que no sabemos lo que está pasando.
Una tos rompe el silencio. Alguien deja un vaso sobre la barra y, poco a poco, las conversaciones regresan, aunque a un volumen mucho más bajo.
—Es ella —susurra alguien cerca de nosotras.
—La hija de Pelayo.
—Y de Carmen —corrige una voz femenina—. La sevillana.
El nombre de mi madre me alcanza desde algún punto de la barra que no consigo identificar.
«Carmen».
Oírlo en boca de una desconocida produce algo extraño.
Durante años, su nombre ha pertenecido a Berta, a las fotografías y a esa parte de mi vida de la que aprendí a hablar sin detenerme demasiado.
Aquí, en cambio, parece seguir formando parte de las conversaciones.
Como si mi madre no fuera solo alguien a quien perdí, sino una mujer que caminó por estas calles y dejó su nombre prendido en ellas.
—El comedor está por ahí —dice un hombre desde detrás de la barra, señalando con la barbilla una puerta abierta al fondo—. Podéis sentaros donde queráis. Si os quedáis aquí mucho más, Maruja va a terminar sacando unos prismáticos.
Una mujer interviene desde uno de los extremos de la barra.
—No necesito prismáticos, Sindo —protesta la mujer sin apartar la vista de nosotras—. Veo perfectamente.
Brisa se inclina hacia mí.
—Me encanta este sitio.
—Eso dijiste ayer.
—Y cada vez tengo más argumentos.
Atravesamos la puerta que nos ha señalado Sindo y entramos en otra sala, más tranquila, con varias mesas dispuestas alrededor de un comedor sencillo. Elegimos una junto a la ventana y apenas me he quitado el bolso del hombro cuando se acerca una mujer con el pelo recogido y un delantal oscuro.
Es de nuestra edad, más o menos, y en su expresión no encuentro el destello de reconocimiento que ya empiezo a temer cada vez que alguien me mira.
—No les hagáis caso —dice mientras se seca las manos en el delantal—. Aquí la curiosidad se sirve gratis.
—¿Y viene incluida con el menú? —pregunta Brisa, acomodándose en la silla.
—Con el menú y con el café. —Sonríe—. Soy Deva.
—Yo, Brisa. Y ella es Tessa.
Deva me dedica una sonrisa amable. Nada más. Ni sorpresa, ni recuerdos, ni otra pieza de mi infancia que yo no sepa dónde colocar.
—Encantada.
No debería aliviarme tanto que alguien no me reconozca.
—¿Trabajas aquí? —pregunta Brisa.
—No exactamente. Le echo una mano a Sindo siempre que puedo.
—Y puede bastante —interviene una voz desde la puerta del comedor.
Deva se vuelve hacia un hombre que acaba de aparecer con un botellín en la mano.
—Porque alguien me escribe diciendo que solo hay cuatro mesas y, cuando llego, descubro que son doce.
Él sonríe, como si la acusación le pareciera un cumplido, y se acerca a nosotras.
—Soy Nico. —Levanta el botellín a modo de saludo—. No trabajo aquí. Solo vengo a distraer a la camarera.
—Y se le da genial —confirma Deva, apartándole la mano con una protesta más teatral que sincera.
No hace falta que expliquen qué son. Se nota en la forma en que él apoya una mano en su cintura al pasar y en cómo ella intenta apartarlo sin demasiado empeño.
—Vosotras venís de Forxa Olaya, ¿verdad? —pregunta Nico.
—¿También se ha anunciado por megafonía? —Brisa lo observa con suspicacia.
Nico se ríe y señala mi manga.
—No. Oléis un poco a humo.
Me huelo la manga de la chaqueta. Carbón y metal. La fragua continúa adherida a mi ropa igual que la conversación con Diago sigue pegada a mis pensamientos.
—Diago huele así casi siempre —añade Deva, apoyando una mano en el respaldo de la silla—. Por eso reconocemos el olor.
Levanto la mirada.
—¿Lo conocéis?
—Desde hace años —responde Nico, dándole un trago al botellín—. Es amigo nuestro, aunque él suele negarlo cuando hay testigos.
—Tiene esa pinta —dice Brisa.
Deva le da un pequeño golpe en el brazo antes de volverse hacia nosotras.
—Bueno, dejémonos de charla, que esto se llena en un momento. A ver, hoy de primero hay pote o sopa. —Empieza a contar con los dedos—. De segundo, ternera guisada, merluza o tortilla. Y después tenéis postre y café.
Los ojos de Brisa se iluminan.
—¿Pote y ternera?
—Puedes pedir lo que quieras dentro del menú.
—Entonces ya he decidido. —Brisa se acomoda mejor en la silla, satisfecha consigo misma.
—No sabes si yo quiero lo mismo —protesto.
—Tu estómago ha intervenido en la votación.
—También hay arroz con leche —añade Deva, conteniendo una sonrisa.
Brisa se vuelve hacia mí con expresión solemne.
—Se acabó el debate. Queremos el menú.
Nico suelta una carcajada y Deva se aleja con nuestro pedido.
Apoyo el bolso en la silla de al lado y, aunque ya no lo toco, noto el bulto de la fotografía dentro.
Desde la otra sala llegan las voces de la barra y, alrededor, el comedor ha recuperado su propio murmullo, pero de vez en cuando sorprendo a alguien con los ojos puestos en mí.
Ya no sé si ven a la mujer que acaba de entrar o a la niña que fui.
Quizá, para ellos, ambas continúan ocupando el mismo lugar.
Brisa abre la boca, pero antes de que diga nada, me inclino sobre la mesa.
—Diago me conocía.
—Lo sé.
—No. Quiero decir que me conocía de verdad. Estaba allí conmigo y no quiere contarme qué lugar ocupaba en todo aquello. Puede que sepa cosas de mis padres… o de mí.
Mi amiga mira de reojo hacia la puerta del comedor, donde Nico intenta robar un trozo de pan de una cesta y Deva le golpea los dedos.
—Pues parece que acabamos de conocer a dos personas que podrían ayudarnos a averiguarlo.
Sigo hacia dónde observa y, por primera vez desde que hemos salido de la fragua, el nudo de mi pecho cambia de forma. Sigue ahí, pero ahora se parece un poco más a la curiosidad.