Capítulo 18
El calor me golpea antes de que termine de cruzar el arco. Me detengo y Brisa choca contra mi espalda.
—Auch, podrías avisar que te vas a quedar petrificada —protesta.
—Perdón.
El abuelo de Diago nos indica dónde colocarnos para no correr peligro y me devuelve la fotografía. Después llega el olor: carbón, metal caliente, cuero y madera húmeda. Aspiro sin querer y una sensación extraña se me queda atrapada en la garganta.
«Conozco este lugar».
No debería estar tan segura. Hasta hace unos minutos ni siquiera sabía que aquella fotografía se había tomado frente a la fragua, pero hay algo que mi cuerpo parece reconocer antes que mi cabeza.
El sonido del fuego, la luz anaranjada sobre las paredes de piedra, las marcas oscuras del suelo…
Todo me envuelve con una calidez que va mucho más allá de la temperatura.
Era esto lo que he venido a buscar. La prueba de que aquel amor existió fuera de las fotografías.
Mis padres estuvieron aquí. Caminaron por estas calles, se sentaron en aquel banco y entraron en esta fragua.
Yo los vi quererse en este lugar. Tiene que ser por eso por lo que el pecho se me afloja un poco, por lo que una parte de mí insiste en que aquí estuve a salvo.
Guardo la fotografía con cuidado dentro del bolso y, al levantar la mirada, descubro a Diago junto al yunque.
«No esperaba encontrarlo aquí. Y mucho menos así».
Lleva un delantal de cuero oscuro sobre una camiseta de manga larga, remangada por encima de los codos.
Tiene una mancha de hollín cerca de la muñeca y otra en la mejilla, como si se hubiera pasado el dorso de la mano por la cara sin darse cuenta.
La piel está ligeramente enrojecida, una fina capa de sudor le cubre la frente y se desliza hacia a las sienes.
Sus antebrazos están surcados por pequeñas marcas y cicatrices pálidas, rastros de demasiados años trabajando cerca del fuego.
Cuando cierra la mano alrededor de las tenazas, los tendones se marcan bajo la piel y los músculos se tensan desde la muñeca hasta desaparecer bajo la tela.
«¿Hace calor o soy yo?».
Me obligo a no mirar más arriba. Bueno, sí que lo hago, pero solo porque mis ojos no tienen ningún compromiso con mi corazón ni parecen dispuestos a respetar su periodo de rehabilitación.
Que un hombre me parezca atractivo no significa que esté preparada para nada.
También me parecen bonitas las casas con chimenea y no por eso quiero encerrarme en una durante una tormenta.
Aunque, bien pensado, eso es exactamente lo que haría.
Las mejillas me arden, y esta vez no puedo echarle la culpa al fuego. Se queda observándome unos segundos que se me hacen demasiado largos. Después baja la cabeza hacia el metal, como si verme allí no hubiera alterado nada.
—No os acerquéis más —advierte, ajustando las tenazas entre los dedos.
—Hola a ti también —responde Brisa.
—Es por seguridad.
—Puedes decirlo con voz de persona —interviene su abuelo desde el arco.
Diago le dirige una mirada cargada de resignación.
—Esta es mi voz de persona.
Una pareja reclama la atención de su abuelo desde la tienda. Él se disculpa y regresa al mostrador y nos deja a las dos frente a un Diago que parece encantadísimocon la idea de tener público. Tanto que vuelve a introducir el metal en el fuego sin dirigirnos la palabra.
El movimiento hace que vuelva a tensar los antebrazos. Intento no mirar, pero soy débil y lo hago, solo un poco. Brisa interpreta su silencio como una invitación personal a conversar.
—Sabía que tenías que trabajar con cuchillos. Te pega. —Inclina la cabeza mientras observa las herramientas—. Al final no iba tan desencaminada con lo del asesino rural.
Diago cierra los párpados un instante y suelta el aire lentamente por la nariz.
—Trabajo con navajas.
—Es lo mismo. —Brisa se encoge de hombros—. Digamos que confirma ciertas primeras impresiones.
Diago recoloca la pieza con las tenazas y vuelve a acercarla al fuego.
—¿Por qué tienes que volver a meterla ahí? —pregunta mi amiga.
—Porque se enfría.
—Eso lo había deducido. ¿Qué pasa si se enfría demasiado?
—Deja de ceder.
—¿Y si intentas golpearla de todas formas?
Diago observa el color que empieza a adquirir el metal.
—La rompes.
—Vaya. Una metáfora sentimental gratuita.
—Es metal.
—Ya, bueno. —Brisa me señala con el pulgar—. Ella trabaja en una revista dando consejos sobre el amor. Vemos metáforas donde podemos.
—Yo no veo ninguna —me defiendo.
Él me mira y creo distinguir cierta curiosidad en sus ojos, aunque desaparece cuando vuelve a concentrarse en el fuego.
—¿Todas esas cicatrices son de la fragua? —continúa Brisa.
—No.
—¿Y las otras de dónde son?
—De otros sitios.
—Qué poco te gusta regalar información —añade con retintín.
—He respondido a tu pregunta. No te quejes.
—Empiezo a comprender lo que ha dicho tu abuelo sobre el don de gentes.
Observo cómo una de las comisuras de su boca se curva un poco. Es un gesto tan pequeño que podría haberlo imaginado. Sus iris se encuentran con los míos y, en cuanto me descubre sonriendo, el amago se esfuma y recupera su expresión habitual.
Diago saca el metal de las brasas y lo coloca sobre el yunque.
Levanta el martillo y el primer golpe retumba contra las paredes de piedra.
El sonido me atraviesa el pecho. La fragua desaparece y me veo sentada en una banqueta, con unas botas embarradas que no llegan al suelo y las manos escondidas debajo de los muslos.
Hay alguien a mi lado. Una voz infantil habla tan deprisa que no consigo entender qué dice y una risa se mezcla con la mía mientras las chispas se elevan ante nosotros.
La imagen se desvanece con el segundo golpe. Parpadeo varias veces. Sigo en el mismo lugar, aunque ahora el corazón me late con demasiada fuerza.
—¿Estás bien? —pregunta Brisa.
—Sí. Creo que me he mareado un poco por el calor.
Mi amiga me observa con el ceño fruncido. Sabe que no le estoy contando todo, pero no insiste. Diago tampoco dice nada, aunque sus ojos permanecen clavados en mí y sus dedos se tensan alrededor del mango del martillo.
—Estoy bien —repito.
Él aprieta la mandíbula antes de volver al trabajo.
—Hay un dispensador de agua en la tienda —comenta sin mirarme.
—Gracias, pero no tengo sed.
—No he dicho que la tengas.
Me centro en respirar y permito que el sonido me envuelva.
Cada golpe provoca una vibración bajo mis pies.
No llegan más imágenes, aunque permanece la sensación de haber estado sentada aquí muchas veces.
De conocer el ritmo del martillo y el silbido que emite el metal al entrar en contacto con el agua.
Quizá acompañaba a mis padres. Tal vez mi padre hablaba con el abuelo de Diago mientras mi madre observaba las navajas de la tienda.
Puedo imaginarlos juntos, compartiendo uno de esos momentos cotidianos que nunca consideras importantes hasta que ya no puedes volver a ellos.
—¿Todas las navajas salen iguales? —pregunta Brisa.
—No.
—¿Aunque intentes hacer el mismo modelo?
—Se fabrican a mano. Pueden parecerse, pero ninguna es idéntica a otra.
Brisa sonríe, satisfecha por haber conseguido arrancarle una respuesta completa.
—Eso me gusta.
—A la gente suele gustarle hasta que quiere dos exactamente iguales.
—¿Se puede aprender?
—Sí.
—¿Incluso yo?
Diago la mira de arriba abajo.
—Con paciencia.
—¿Tú tienes?
—Para el metal.
No pregunto con qué no la tiene porque sospecho que la lista podría incluir turistas, conversaciones, mujeres que se deslizan por cuestas y, en general, cualquier criatura que respire demasiado cerca.
Mientras Brisa continúa interrogándolo, reparo en un taburete colocado junto a la pared. La madera está oscurecida por los años y una de las patas parece un poco más corta que las demás.
«El mismo taburete».
No sé por qué lo sé. Quizá porque acabo de verlo dentro de mi cabeza o porque hay recuerdos que no desaparecen del todo y se quedan escondidos en lugares absurdos: una textura, un olor, la forma torcida de una pata. Mis pies me llevan hasta allí antes de que pueda decidirlo.
—Ten cuidado —dice Diago.
Me detengo con una mano sobre el asiento.
—¿Por qué?
—Cojea.
Presiono la madera y compruebo que tiene razón.
—A estas alturas, ese taburete y yo tenemos bastante en común.
Brisa suelta una risa, pero Diago continúa mirándome. Paso los dedos por el borde desgastado y otra imagen intenta abrirse paso. Unas manos pequeñas cubiertas de hollín. Mis piernas balanceándose. Alguien rozándome la rodilla para llamar mi atención.
Me siento con cuidado. El taburete se tambalea un poco, aunque mi cuerpo encuentra el equilibrio con una facilidad inquietante. Apoyo las manos debajo de los muslos y el gesto me resulta tan natural que se me eriza la piel de los brazos.
—Yo me sentaba aquí —confieso en un susurro.
Diago deja las tenazas sobre la mesa.
—Sí.
Levanto la mirada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo estaba aquí.
Cuatro palabras. Secas. Suficientes para que todas las piezas que llevo recogiendo desde que llegué se muevan dentro de mi cabeza sin terminar de encajar.
—¿Era tu abuelo quien trabajaba aquí entonces?
Diago asiente.
—Yo estaba aprendiendo.
—Entonces… —Mis dedos se aferran al borde del taburete—. ¿Tú me conocías?
Diago permanece inmóvil durante un segundo. Después baja la vista hacia sus manos y vuelve a coger las tenazas, como si necesitara tener algo entre los dedos.
—Te conocía.
La precisión del tiempo verbal me provoca una punzada que no comprendo.
—¿De cuando venía aquí con mis padres? —pregunto.
—Sí.
—¿Éramos amigos?
Esta vez tarda un poco más en contestar. Desvía la mirada hacia el fuego, donde el metal empieza a perder el color, y cierra los dedos alrededor del mango de las tenazas.
—Éramos niños.
He leído suficientes mensajes desesperados en SOS Corazón para reconocer una respuesta que esquiva una pregunta.
«Éramos niños» no significa sí ni no. Es una puerta cerrada con apariencia de explicación.
Estoy a punto de señalar que eso no responde a mi pregunta cuando su abuelo aparece por el arco acompañado de un hombre de mediana edad.
—Diago, este es Gabriel —anuncia—. Ha reservado la experiencia para forjar su propia navaja.
El hombre se acerca al yunque; examina todo con una mezcla de entusiasmo y respeto. Diago se ajusta el delantal y se vuelve hacia él, dando por terminada una conversación que, en realidad, acaba de quedarse suspendida entre nosotros.
Brisa me chista para que nos apartemos. Me levanto del taburete y regreso junto a ella, aunque esas dos palabras siguen resonando por encima del crepitar del fuego y de los golpes del martillo.
«Éramos niños».
Había venido al norte para recordar cómo se querían mis padres. No se me había ocurrido preguntarme quién más estaba allí mientras yo los miraba.