Capítulo 17
He dormido tres horas. Cuatro, si cuento el tiempo que he pasado con los ojos cerrados, mirando la oscuridad a través de los párpados.
Dormir implica descansar, y yo me he limitado a cambiar de postura, pelearme con la almohada y comprobar demasiadas veces que el techo de mi habitación continúa exactamente donde lo dejaron.
Por eso llevo despierto desde antes del amanecer.
Así que, cuando mi abuelo me ha recordado que esta mañana teníamos una demostración para un grupo de turistas, me he limitado a asentir.
Hemos abierto la tienda y me ha dejado aquí dentro, con el fuego, el metal y la tranquilidad de saber que ninguno de los dos espera que mantenga una conversación educada.
Ahora la fragua está llena de voces, móviles levantados y gente que observa cada movimiento de mis manos como si estuviera a punto de sacar una espada de las brasas.
—¿Y cuánto tarda en hacer una navaja? —pregunta un hombre situado en primera fila.
—Depende de la navaja.
—¿Y una de las grandes?
—Más que una pequeña.
Mi abuelo suelta una tos desde la entrada que se parece demasiado a una risa mal disimulada.
—Mi nieto trabaja mejor el metal que las explicaciones —aclara, apoyado en el marco de la puerta—. Por eso él está ahí y yo llevo la tienda.
Varias personas ríen. Yo vuelvo a introducir la pieza en el fuego y espero que el asunto quede zanjado.
«No tengo esa suerte».
—Pero ¿cuántas horas, más o menos?
Respiro hondo antes de contestar.
—No se fabrica de una vez. —Señalo con las tenazas el metal que empieza a tomar color dentro del fuego—. Hay que calentarlo, darle forma, dejar que pierda temperatura, volver a calentarlo…
Me ajusto el guante y continúo:
—Después viene el temple, una de las partes más delicadas.
Cada artesano acaba encontrando su punto.
De hacerlo bien depende en buena medida la resistencia de la hoja y cómo conserva el filo.
—Inclino la cabeza hacia la pieza—. Luego vienen el pulido, el afilado y el montaje del mango. Cada una pide su tiempo.
—¿Y cómo sabes cuándo está preparado? —pregunta un niño que apenas asoma entre dos adultos.
Observo el color que ha alcanzado.
—Aprendes a verlo.
—¿Y si te equivocas?
—Empiezas de nuevo.
El niño parece satisfecho con la respuesta.
Yo no tanto, pero hoy no estoy para dar largas explicaciones.
Saco la pieza con las tenazas y la deposito sobre el yunque.
El primer golpe los pilla por sorpresa. Después de un par más, las voces se apagan y solo quedan el martillo, el calor pegado a la piel y el acero cediendo bajo mis manos.
«Esto sí sé hacerlo. Calentar. Golpear. Girar. Observar».
Mientras estoy aquí, no pienso en la casa de la colina.
Ni en esos ojos que me miraron sin reconocer nada al otro lado.
Mucho menos en el roce de su cuerpo contra el mío y en todo lo que despertó después de tanto tiempo creyéndolo olvidado.
No quiero darle más vueltas de las necesarias.
Porque hay cosas que no son importantes, y perder el sueño por ellas no cambia eso.
Solo demuestra que debería comprarme una almohada mejor.
Descargo otro golpe. El metal cede justo donde quiero y, durante unos minutos, todo vuelve a ocupar el lugar que le corresponde.
Continúo trabajando la pieza frente al grupo.
A cada golpe, el extremo se alarga y empieza a perder el aspecto de un simple trozo de metal.
La expectación sustituye poco a poco a los murmullos, y los niños se inclinan hacia delante, pendientes de un resultado que todavía tardará horas en llegar.
Cuando el perfil de la hoja comienza a insinuarse, levanto la pieza con las tenazas para que puedan verla.
Algunos móviles vuelven a alzarse. El niño de antes abre mucho los ojos, como si acabara de presenciar un truco de magia y no a un hombre sudado golpeando un trozo de metal.
Mi abuelo aprovecha ese momento para dar por terminada la demostración y conducir al grupo hacia la tienda.
Hace años, era él quien ocupaba mi lugar frente al yunque, mientras yo observaba cada uno de sus movimientos e intentaba imitarlos sin destrozar demasiado metal.
La güela atendía entonces a los clientes.
Ahora es él quien se encarga y yo he tomado su relevo en la fragua.
«Supongo que hasta las cosas que parecen inamovibles terminan cambiando de sitio».
Mientras avanzan, les cuenta que todas las piezas expuestas se han fabricado aquí. Las voces se alejan al otro lado del arco de piedra que comunica ambos espacios y yo aprovecho para dejar el martillo, apoyar la pieza sobre la mesa y descansar las manos junto a ella.
La tienda ocupa la parte más luminosa del edificio. Tiene entrada propia, dos ventanales y varios expositores de madera donde mi abuelo dispone las navajas según su tamaño, los materiales y el precio, aunque siempre termina cambiándolas de sitio porque asegura que algunas «se venden mejor juntas».
Me concentro en retirar la escoria de la fragua cuando la campanilla de la tienda vuelve a sonar.
—Bienvenidas a Forxa Olaya —anuncia mi abuelo.
—¡Hola!... Solo vamos a mirar —dice una voz al otro lado.
—Pues mirad cuanto queráis —anima él—. Aunque yo a ti te conozco…
—Tía, eres famosa en este pueblo.
—¿Sí? Bueno… últimamente parece que todo el mundo me conoce. Yo soy Tessa y ella es Brisa. ¿Es usted el dueño?
Me quedo paralizado.
«Esa voz».
—Soy Severino. Y sí, todavía mando por aquí —responde—. Aunque tú me llamabas Sevi.
—Ah, ¿sí? No lo recuerdo muy bien, aunque… ahora que lo dice…
—La foto —interviene su amiga.
—Eso. Hemos venido para preguntarle por esto. ¿Sabe si esta foto se hizo aquí? A mí me parece que sí, pero la imagen está algo estropeada…
—Un momento, déjame que me ponga las gafas —dice mi abuelo—. Sí, esa foto se hizo aquí, antes de que cambiáramos el cartel. Hace ya unos cuantos años…
El acero se me escurre de las tenazas y cae al suelo.
—Dadme un momento. Creo que mi nieto la está liando ahí dentro.
—¡Está todo bien! —exclamo.
Él se asoma por el arco, seguido de dos siluetas que se mantienen a cierta distancia, recortadas contra la luz. Basta con verlas para confirmar mis sospechas: hoy tampoco va a ser un día tranquilo.
—Si queréis, podéis pasar a ver la fragua —propone mi abuelo—. Seguro que esto también te resulta familiar.
—No queremos molestar —responde Teressa.
—No molestáis. —Oigo la risa contenida de mi abuelo antes de que continúe—. Además, él necesita practicar con público. Tiene menos don de gentes que un yunque.
Cierro los ojos durante un segundo.
—¿En serio? —replico.
—Y tanto. —Las anima a entrar—. Colocaos por ahí.