Capítulo 16
Cuelgo el teléfono y lo dejo boca abajo sobre la mesilla.
—¿Todo bien? —pregunta Brisa desde la otra cama.
—Sí.
Mi respuesta sale demasiado rápida, así que intento arreglarla.
—Berta solo quería asegurarse de que habíamos llegado, de que la casa seguía en pie y de que no nos habíamos despeñado por ninguna carretera.
—La última casi se cumple.
—Exagerada.
—Has utilizado a un hombre como barrera de contención.
Le lanzo uno de los calcetines que tengo sobre la cama. Brisa lo atrapa al vuelo y lo deja caer a su lado con una expresión de absoluto desprecio hacia mis capacidades ofensivas.
La llamada ha durado más de lo que esperaba. Berta ha querido saber si había humedad, si funcionaba el agua caliente, si habíamos encontrado mantas y si la cerradura de la entrada seguía atascándose. Ha preguntado por todo menos por lo único que parecía preocuparle de verdad.
«Yo».
Solo al final, cuando ya no quedaban desperfectos imaginarios que revisar, ha guardado silencio. Me ha preguntado cómo estaba y, aunque le he respondido lo de siempre, que estaba bien, algo me dice que no me ha creído.
—Tu tía ha llamado tres veces mientras estabas fuera —dice Brisa.
—Ya me lo ha comentado.
—Y me ha preguntado si estabas rara.
—¿Qué has respondido?
—Que «rara» es un concepto muy amplio tratándose de ti.
Le lanzo una mirada que debería bastar como advertencia.
—Después le he dicho que estabas bien —añade—. Más o menos.
—Gracias por la precisión.
Brisa deja caer la cabeza contra el cabecero y se lleva una mano al estómago.
—Estoy llenísima.
La cena ha sido como si el pueblo entero temiera que fuéramos a entrar en hibernación antes del amanecer.
Pan recién hecho, queso, empanada, embutido, una tortilla que Lolina ha asegurado que «se iba a estropear» si no nos la llevábamos y unas galletas caseras que Maruja ha metido en una bolsa sin aceptar preguntas ni dinero.
También abrimos la sidra. O, mejor dicho, hemos pasado diez minutos intentando abrirla hasta que Brisa ha descubierto que estábamos atacando el corcho con una herramienta que no servía para nada.
Al final lo conseguimos gracias a un tutorial de YouTube que se ha quedado congelado seis veces en el momento más importante.
La operación se ha completado sin daños materiales graves, aunque un buen chorro ha acabado sobre la mesa y ahora toda la cocina huele a manzana.
—Ha sido una cena excelente —declara acariciándose la barriga—. Creo que Romina me quiere más que mi madre.
—Solo te ha dado un trozo de empanada.
—Cada persona demuestra el amor como puede.
Sonrío mientras termino de doblar el pijama que no voy a utilizar porque ya llevo puesto otro. El largo, el que Brisa insistió en que metiera en la maleta porque «el norte no cree en tobillos descubiertos después de las diez».
«Menos mal que le hice caso». Pero eso no pienso decirlo en voz alta.
Hemos decidido dormir juntas en la habitación con las dos camas individuales.
La de invitados. No porque tengamos miedo, por supuesto.
Eso ha quedado clarísimo. Lo hacemos por una cuestión de eficiencia térmica, apoyo emocional y porque ninguna ha querido elegir una habitación situada al otro extremo del pasillo.
La lluvia golpea el cristal con suavidad. No es un sonido fuerte, pero en esta casa todo parece amplificarse: el crujido de la madera, las tuberías y el viento rozando alguna rama contra la pared.
—¿La casa tiene sótano? —pregunta Brisa con la vista perdida en algún punto del techo.
—No —respondo.
—¿Estás segura?
—No recuerdo ninguno.
Brisa gira la cabeza hacia mí.
—Eso no es lo mismo que no tenerlo.
—¿Por qué te importa tanto?
—Porque las casas antiguas siempre tienen un sótano que nadie recuerda hasta que alguien escucha un ruido y decide bajar descalza con una vela.
—No pienso bajar a ningún sitio. Y menos con una vela.
—Bien. —Levanta un dedo—. Primera norma para sobrevivir a la noche.
—¿Hay más?
Empieza a contar con los dedos.
—No separarnos. No investigar ruidos. No leer inscripciones antiguas en voz alta y, si aparece una niña al final del pasillo, cerrar la puerta y dejar que se gestione sola.
—Muy solidario.
—No sabemos qué quiere. —Se encoge de hombros—. Puede tener límites poco saludables.
Observo la caja de Elena, todavía cerrada, colocada entre nuestras camas. Mi amiga sigue mi mirada.
—Y ahora tenemos eso —digo, señalándola con el dedo.
—Nos dijo que no la abriéramos hasta llegar.
—Ya hemos llegado.
—Lo sé.
La caja continúa allí, inocente, con el papel kraft intacto, la cinta blanca y el sobre sellado con lacre rojo. Bajo la luz cálida de la lámpara parece mucho menos amenazadora. Brisa baja de su cama y se sienta en el suelo con las piernas cruzadas.
—Vamos —me anima, dando un par de golpecitos en el suelo frente a ella.
—¿Ahora?
—Tessa, llevo todo el día transportando esta caja como si fuera la última reliquia de una secta. Necesito saber si dentro hay cuarzos o una cabeza reducida.
—Elena no enviaría una cabeza reducida.
—Tiene contactos extraños —dice, ladeando la cabeza.
Me siento frente a ella y acerco la caja. Desato la cinta con cuidado.
—Si dentro hay un libro forrado en piel humana, no lo leemos en voz alta —advierte y me señala con un dedo.
—No va a haber ningún libro forrado en piel humana.
—Eso pensaban en Evil Dead y mira cómo acabó el fin de semana.
—No estamos en una cabaña en mitad del bosque.
Mi amiga señala alrededor.
—¿Quieres volver a pensar esa respuesta?
Despego con cuidado el sobre. El lacre rojo continúa intacto, con la pequeña estrella estampada en el centro.
Lo dejo a un lado y levanto la tapa. Las dos nos inclinamos al mismo tiempo.
Dentro no hay ninguna cabeza reducida. Ni un libro maldito.
Hay un atado de palo santo, otro de salvia blanca enrollado como un canuto, una vela, un pequeño pulverizador, varios saquitos de colores y cuatro piedras colocadas en compartimentos separados.
Brisa coge el pulverizador y lee la etiqueta.
—«Limpieza energética para espacios con carga emocional».
Me mira con intensidad.
—Deberíamos haber pedido el formato familiar.
—Déjalo.
Lo devuelve a la caja y saca uno de los saquitos. Lo sopesa en la mano antes de leer.
—«Sal negra de protección». Bien. Por fin algo útil.
—¿Para qué quieres sal negra?
—Para dibujar un círculo alrededor de la cama.
—No vas a llenar el suelo de sal.
—Ya te arrepentirás cuando algo nos arrastre por el pasillo —dice con absoluta seriedad.
Cojo una de las piedras. Es de color rosa pálido y lleva una pequeña etiqueta atada con hilo.
—Cuarzo rosa —leo en voz alta—. «Para recuperar la confianza en el amor».
—Esa piedra tiene mucho trabajo por delante.
Le lanzo una mirada fulminante.
—¿Qué? No es culpa suya, pero habría sido mejor mandar una roca de varias toneladas.
Saco otra.
—Amatista. «Para calmar la mente y favorecer el descanso».
—Esta es mía —advierte Brisa, arrebatándomela de la mano.
—La caja es para mí.
—Tú tienes cuatro piedras. No seas egoísta con la sanación.
La tercera es negra.
—Turmalina. «Protección frente a las energías negativas».
—Esa también es mía.
—¿Tú qué vas a dejarme?
—El palo santo y el canuto. Te pega quemar cosas en nombre de tu estabilidad emocional.
La cuarta es grisácea, pero, al moverla, aparecen destellos azules y verdes bajo la superficie. También lleva una pequeña etiqueta atada con hilo, aunque en esta solo aparece el nombre.
—Labradorita —murmuro, entrecerrando los ojos—. No pone para qué sirve.
Dejo la piedra lejos de Brisa y cojo el sobre que he dejado junto a la caja. Mi nombre aparece escrito en la caligrafía inclinada de Elena y el lacre rojo sigue observándome con su pequeña estrella en relieve.
Mi amiga acerca la cara mientras le doy la vuelta al sobre.
—Ábrelo.
—No hace falta que te pegues tanto.
—Estoy prestando apoyo espiritual.
Rompo el sello y saco una hoja doblada. El papel es grueso, de un tono amarillento, y está cubierto por una caligrafía morada que, con un poco de imaginación, podría pertenecer perfectamente a algún conjuro ancestral.
—Lee en voz alta —pide.
—Hace un minuto has dicho que no leyéramos nada en voz alta —digo, mirándola por encima del papel.
—Eso era por si estaba escrito en latín o con sangre. Elena utiliza bolígrafo morado. Creo que estamos a salvo.
Desdoblo la hoja.
Tessa:
Espero que hayas respetado las instrucciones, y no te hayas dejado llevar por la curiosidad.
Lo que hay en esta caja no va a arreglarte, porque no estás rota. Aunque ahora mismo quizá te resulte más sencillo creerlo que aceptar que estás cambiando.
Cuando estés en calma, abre las ventanas y quema la salvia mientras recorres la casa.
Hazlo despacio. Deja que el humo llegue a cada habitación y se lleve todo lo que ya no tenga derecho a quedarse.
El pulverizador es para los rincones donde no quieras acercar una llama.
La sal negra, para proteger la entrada. Y el palo santo…
guárdalo para cuando sientas que el ambiente (o tú) necesita respirar un poco mejor.
Las etiquetas te dirán qué hacer con casi todo. La cuarta piedra es diferente. Esa tendrás que descubrir tú para qué la necesitas.
La vela déjala para otro momento. Enciéndela cuando estés preparada para contemplar la llama sin exigirle respuestas.
Dejo de leer y Brisa señala el papel.
—Sigue. Ahora viene la parte en la que tienes que bailar desnuda bajo la luna.
—No pienso hacerlo.
—Depende de cuánto vino haya.
Continúo:
Hoy no tienes que resolver nada. Ni encontrar respuestas. Ni demostrar que estás bien. A veces, una no necesita saber inmediatamente qué busca. Basta con quedarse quieta el tiempo suficiente para reconocer lo que siente.
Y recuerda: no te he dado unos días libres para que encuentres a nadie. Lo he hecho para que dejes de perderte.
Elena.
Durante unos segundos, ninguna de las dos dice nada. Brisa es la primera en romper el silencio.
—Odio admitirlo, pero tu jefa sabe montar una caja dramática.
Doblo la carta despacio.
—Sí.
—Aunque sigo pensando que le falta una chocolatina.
—Hay galletas en la cocina.
—Entonces el ritual tiene futuro.
Brisa coloca la amatista sobre su mesilla y conserva la turmalina negra apretada en una mano, como si Elena hubiera incluido un arma reglamentaria dentro de la caja.
—Podemos quemar el palo santo, insultar a Mikel por turnos y dormir —propone—. Es un ritual bastante completo.
Se me escapa una sonrisa.
—Creo que dejaremos el palo santo para otro momento.
—Sabia decisión. Nunca se hacen limpiezas espirituales después de cenar.
La lluvia continúa golpeando el cristal. La casa cruje en algún punto del pasillo y Brisa levanta la turmalina, preparada para lanzársela a cualquier presencia sobrenatural que tenga la mala idea de aparecer.
—Ha sido la madera —digo.
—Eso espero, porque aún no hemos hecho el círculo de sal.
Deja la piedra sobre la mesilla y coge el móvil.
—¿Qué haces?
—Voy a poner algo para dormir.
—¿Música relajante?
—Un pódcast sobre una mujer que descuartizó a su marido y repartió los trozos por tres provincias.
La observo en silencio.
—¿Eso te relaja?
—La narradora tiene una voz muy suave.
—Brisa, estamos en una casa antigua, en mitad del norte, con una caja de protección energética abierta entre las camas.
—Precisamente. Nunca está de más tener información práctica.
Me dejo caer sobre la cama y me tapo hasta la nariz. De todas las cosas raras que le gustan, esta es la que menos me esperaba. Unos segundos después, una mujer con una voz diseñada para dirigir meditaciones explica cómo encontraron un torso dentro de una maleta.
Brisa suspira, satisfecha.
—Qué paz.