Perdiendo el Norte Capítulo 15
26%

Capítulo 15

El móvil vibra dentro del bolso por tercera vez. No necesito mirar la pantalla para saber quién es. Por la insistencia, solo puede tratarse de una persona.

«Brisa».

No quiero ser maleducada sacando el teléfono delante de las presentes, aunque ellas siguen hablando como si yo no estuviera allí. O como si estuviera, pero mi opinión no fuera especialmente necesaria.

Llevo más tiempo del que pensaba dentro de la tienda, aunque tampoco sabría decir cuánto.

He entrado acompañada por Celia, pero no esperaba que mi llegada activara un comité de bienvenida compuesto por otras tres señoras que aseguran conocerme y que ahora organizan mi compra con la eficiencia de un gabinete de crisis.

—Le hace falta un buen chorizo —comenta Maruja, examinando el mostrador con los brazos en jarras.

—Pues ponle también pan —añade Romina—. No va a comer el chorizo a mordiscos.

—Podría —replica Maruja—. Aquí nadie juzga.

Lolina, con una sonrisa enorme, continúa colocando productos sobre el mostrador. Queso, pan, embutido, conservas, miel… Empiezo a sospechar que piensan que voy a quedarme un año. O que en Sevilla vivimos de aire y traemos una carencia nutricional severa.

—Esto es demasiado —intento protestar.

—Demasiado es no tener qué poner en la mesa —sentencia Lolina, sin dejar de apilar comida.

Celia asiente con la solemnidad de quien acaba de pronunciar una verdad universal.

Las dejo hacer mientras deambulo por la tienda y me detengo frente a una estantería llena de conservas, como si alguna lata pudiera explicarme qué acaba de pasar en aquella cuesta.

O por qué sigo notando el calor de una mano alrededor de mi cintura.

El teléfono vuelve a vibrar.

—Ya voy —murmuro, aunque ella no pueda oírme.

Antes de que consiga sacar el móvil, la puerta de la tienda se abre de golpe y la campanilla anuncia la entrada de mi amiga con la sutileza de una alarma de incendios.

Brisa aparece empapada, con el pelo rubio pegado a las mejillas y una expresión que mezcla alivio, enfado y ganas de estrangularme con cariño.

—Aquí estás —anuncia, dejando caer los hombros.

—¿Cómo me has encontrado tan rápido? —pregunto, sorprendida.

Brisa cierra el paraguas y lo sacude antes de entrar del todo. Varias gotas caen sobre el suelo.

—No era muy difícil. No hay tantos sitios donde esconderte.

—No me estaba escondiendo.

—Claro. Solo has salido a comprar pan, has tardado casi una hora y has ignorado mis cuatro llamadas.

—Han sido tres, además hay poca cobertura…

Mi móvil vuelve a vibrar dentro del bolso y mi amiga alza una ceja.

—Cuatro.

—Esa no cuenta porque ya estás aquí.

—Me encanta cómo adaptas las matemáticas a tus necesidades emocionales.

Las mujeres que, hasta hace unos segundos, estaban enfrascadas en una conversación tan ruidosa que ya no sé si hablaban del pueblo, de sus vecinos o de una telenovela colombiana se han quedado en silencio observando a mi amiga.

«Perfecto. Brisa ya tiene público».

Solo le falta un micrófono y alguien que le cobre entrada. Se acerca y ojea el contenido de la cesta que llevo colgada del brazo.

—¿Esto qué es?

—La cena.

—¿Vamos a cenar miel? —pregunta, sacando uno de los tarros.

—No.

Lo deja en su sitio y, antes de que pueda impedirlo, levanta la botella de sidra.

—¿Y a beber sidra con compango?

—Estoy improvisando.

—Estás comprando como alguien que ha sufrido una conmoción. —Mira dentro de la cesta otra vez, buscando alguna prueba más de mi deterioro mental.

Le arrebato la botella y vuelvo a colocarla en la cesta.

—No he sufrido ninguna conmoción.

—Entonces, ¿me vas a contar por qué llevas aquí casi una hora cuando solo tienes cuatro cosas?

Señalo con la barbilla hacia el mostrador. Brisa sigue mi mirada y abre los ojos de par en par al descubrir la montaña de comida que Lolina continúa organizando en bolsas.

—Esto ya me gusta más.

—Aún faltan un par de cosas —rompe el silencio Maruja—. Pero, si os apetece comer bien, siempre podéis ir a lo de Sindo.

—Mañana os mando a la niña con un poco de fabada casera y guardáis el compango para otra ocasión —añade Celia.

—Y yo tengo empanada recién hecha —dice Romina—. Ahora os traigo un trozo.

Brisa se lleva una mano al pecho y la ilusión le ilumina la cara.

A mi amiga se la conquista de dos maneras.

La primera consiste en sentarla delante de una película de terror.

Le da igual que sea buena, mala o que el asesino lleve una máscara comprada en un bazar; mientras haya muertes, gritos y mucha sangre, ella es feliz. La segunda, en darle de comer.

—Me encanta este pueblo —declara con una palmada entusiasta.

—Llevamos aquí unas horas —le recuerdo.

—Y ya nos alimentan mejor que nuestras familias. Déjame vivirlo.

Media hora después, Brisa ya forma parte del gremio del ganchillo, porque así voy a llamarlas a partir de ahora, y nosotras salimos de la tienda cargadas con provisiones suficientes para sobrevivir a una catástrofe.

Al final, no han sido cuatro bolsas. Han sido seis.

Seis bolsas llenas de comida para dos mujeres que, en teoría, solo han venido a pasar un par de semanas y no a sobrevivir al invierno de Juego de Tronos .

Lolina nos ha dicho que mañana podemos volver a por lo que falta, lo cual agradezco, porque ya me veía obligada a hacer varios viajes.

Y hoy no pienso enfrentarme a esta cuesta más veces de las necesarias.

Ya he tenido suficientes experiencias extremas.

Brisa carga con tres bolsas. Yo llevo otras dos y la más ligera cuelga de mi muñeca, golpeándome la pierna a cada paso mientras subimos la cuesta con pasos pequeños. Muy pequeños. Ridículamente pequeños.

—No entiendo cómo has tardado casi una hora —dice, volviéndose para mirar hacia la tienda—. Está a diez minutos de la casa.

—He conocido gente.

—Y te han adoptado —confirma.

—Son amables.

—Celia ha dicho que mañana nos manda fabada y Romina ha querido saber si dormimos con manta. Eso ya no es amabilidad. Es custodia compartida.

Subimos unos metros en silencio. La lluvia ha bajado de intensidad, aunque los adoquines continúan mojados y mis zapatillas parecen recordar a la perfección la humillación sufrida hace un rato. Camino con más cuidado.

—Por cierto —dice ella, mirándome de reojo—, sigues sin contarme por qué te has quedado tanto tiempo.

—Ya te lo he contado. Estaban organizándome la compra.

—Eso explica cuarenta minutos. —Levanta un dedo, como si estuviera haciendo cuentas—. Faltan los otros veinte.

—Me he resbalado un poco —aclaro, mirando al frente.

Brisa se detiene en seco.

—¡Lo sabía! Esas zapatillas solo valen para el postureo.

Ruedo los ojos y sigo andando.

—¿Te has hecho algo? —pregunta mientras acelera el paso para alcanzarme—. ¿O ha sido algo más que un poco?

—Un deslizamiento sin consecuencias —comento con la boca pequeña.

—Tessa.

—He pisado mal y he patinado.

—Con las zapatillas que, según tú, agarraban perfectamente.

—No ha sido culpa de las zapatillas.

Mi amiga arquea una ceja.

—Claro.

—La cuesta estaba mojada.

—Porque llueve.

—Gracias, meteoróloga.

Brisa camina a mi lado, pero ahora lo hace con una sonrisa que no me gusta nada.

—¿Y cómo has conseguido frenar?

—Con ayuda.

—¿Qué tipo de ayuda?

—Humana.

—Qué específica.

—Había un hombre delante —respondo, procurando que suene mucho menos interesante de lo que fue.

—¿Y lo has utilizado de airbag? —pregunta con una sonrisa cada vez más grande.

—No lo he utilizado. —Le lanzo una mirada—. Él se ha girado y me ha frenado.

—¿Cómo?

—Con los brazos.

Brisa vuelve a detenerse y yo sigo caminando.

—No pares. Las bolsas pesan.

Me alcanza en dos zancadas.

—Necesito más información —dice, inclinándose un poco hacia mí, ansiosa por conocer todos los detalles.

—No hay más.

—Te has lanzado cuesta abajo, un desconocido te ha recogido entre sus brazos y tú has decidido que eso no merece ser mencionado.

—No me he lanzado. Me he resbalado.

—Matiz importantísimo para vuestra futura declaración conjunta.

—Brisa.

—¿Era guapo?

—No me fijé —miento con descaro.

Mi amiga suelta una carcajada tan fuerte que una cortina se mueve en una de las casas cercanas.

—Baja la voz —siseo mientras miro de reojo hacia la ventana.

—Has tardado demasiado en responder.

—Estaba intentando recordar.

—Eso significa que sí te fijaste. —Me da un pequeño golpe con el hombro—. Vamos, suéltalo.

—Solo recuerdo que era… grande.

—¿Grande cómo? —pregunta, alzando las cejas.

—Alto. Espalda ancha. Barba. Ojos castaños.

—Ya veo que no te has fijado —ironiza, conteniendo una sonrisa.

—Y bastante gruñón.

Brisa entorna los ojos y empieza a asentir despacio, con el gesto de quien acaba de encajar una pieza.

—Alto, espalda de armario empotrado, voz grave y problemas de comunicación…

La miro. Ella abre la boca y levanta un dedo con expresión triunfal.

—El señor de la verja.

Me detengo en mitad de la cuesta.

—¿Qué?

—Has utilizado como freno de emergencia al hombre que arregló la verja.

—¿Estás segura?

—Tessa, no creo que este pueblo disponga de dos hombres enormes, gruñones y con voz de anuncio de colonia que vivan a quinientos metros de nuestra casa.

Vuelvo la vista hacia el camino que acabamos de dejar atrás.

—Diago —susurro.

—Vaya, ya veo que os tuteáis. Sí que habéis cogido confianza mientras estabas apretada contra sus duros pectorales —canturrea, alargando las últimas palabras.

El calor me sube desde el cuello hasta las mejillas con una rapidez indecente. Me pongo más roja que el chorizo que llevo golpeándome la pierna dentro de una de las bolsas.

—¿Cómo sabes eso?

Brisa hace bailar las cejas, encantada consigo misma.

—No lo sabía —responde, y me guiña un ojo—. Pero gracias por confirmarlo.

«Mierda».

Aprieto el paso para adelantarla, aunque en esta cuesta y con estas zapatillas cualquier intento de huida puede acabar en un segundo rescate.

Brisa sonríe con toda la satisfacción del mundo y continúa subiendo detrás de mí.

—Me encanta este pueblo… —repite.

—Dime que es por la fabada.

—Por eso y por muchas más cosas… —Se encoge de hombros—. Una cosa no excluye la otra. Aquí hay una oferta cultural muy completa.