Perdiendo el Norte Capítulo 14
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Capítulo 14

Abro de una patada la puerta de la fragua.

La madera golpea la pared y rebota con un estruendo que resuena por todo el taller.

Entro, me quito la chaqueta todavía húmeda y la arrojo hacia una silla sin mirar dónde cae.

No me molesto en encender las luces. Me basta con la claridad gris que entra desde fuera mientras preparo el carbón y prendo el fuego de la fragua.

Al principio, las llamas titubean entre las brasas.

Después crecen y tiñen el taller con un resplandor anaranjado que conozco mejor que cualquier otra cosa. El calor me golpea la cara.

«Necesito mantener las manos ocupadas con cualquier cosa que no haga preguntas ni pronuncie nombres».

Al detenerla, ha bastado con mirarla a los ojos para que algo se tensara en mi interior. Un tirón breve e inesperado, de esos que llegan antes de que uno tenga tiempo de levantar las defensas. Después, Celia ha pronunciado su nombre.

«Teressa».

Entonces la punzada se ha extendido. No ha llegado acompañada de un recuerdo claro, ni siquiera de una imagen, sino de la sensación de pisar una tabla que creías firme y notar cómo cede bajo tus pies.

«Mierda».

Agarro una barra de acero del banco de trabajo y la introduzco entre las brasas. El fuego tarda un instante en aferrarse a ella. Primero ennegrece y después empieza a teñirse de rojo por los bordes. La observo demasiado tiempo, intentando borrar lo que acaba de pasar.

Aprieto la mandíbula. No se parecía a la niña que recuerdo.

Por supuesto que no. Han pasado muchos años para esperar que siga llevando dos coletas, las rodillas cubiertas de tierra o aquella forma de sonreír como si el mundo todavía no hubiera aprendido a hacer daño.

Aparto el pensamiento antes de que termine de formarse.

No tengo por qué seguir pensando en ella. No debería importarme que haya vuelto, por qué lo ha hecho ni cuánto tiempo piensa quedarse. Mucho menos que no me haya reconocido.

«Eso sería absurdo».

Saco el metal cuando alcanza el color adecuado, lo coloco sobre el yunque y levanto el martillo. El primer impacto retumba en la fragua. El segundo también. Al tercero ya no estoy moldeando nada. Solo golpeando.

El sonido rebota contra las paredes de piedra, se mete entre las herramientas y hace vibrar el expositor del fondo. Golpeo otra vez, demasiado fuerte y el acero se deforma justo donde no debe.

—Perfecto —murmuro, porque el sarcasmo es lo único que hoy parece salirme con la forma correcta.

Le doy la vuelta con las tenazas e intento arreglarlo. Otro golpe y luego otro. La pieza empieza a perder su forma original sin acercarse a ninguna nueva.

—No se golpea con rabia —interrumpe una voz a mi espalda.

Cierro los ojos durante un instante, cuando los abro su mirada se cruza con la mía y no me gusta lo que veo.

«Joder».

Olaya entra en la fragua con un paraguas cerrado en una mano y una bolsa de tela en la otra.

Las gotas que caen de la punta van marcando su recorrido por el suelo.

Lleva el pañuelo atado al cuello, el pelo gris recogido en un moño improvisado y esa expresión suya que anuncia que ha venido a hacer preguntas y no piensa marcharse sin las respuestas.

—No estoy golpeando con rabia —miento.

Observa la pieza torcida sobre el yunque.

—Entonces hoy se te ha olvidado cómo se hace.

Dejo el martillo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con brusquedad.

—Buscarte.

—Pues ya me has encontrado. —Le dedico una sonrisa que no engaña ni a ella ni al metal torcido sobre el yunque—. Estoy trabajando.

—Ya lo veo. El acero debe de haberte insultado para que lo golpees con tanta saña.

Vuelvo a meter la pieza en el fuego y suelto un bufido.

—¿No tenías que estar en casa?

—¿Y tú no ibas a venir a cenar?

—No tenía hambre.

Olaya deja la bolsa sobre una mesa y, con un vistazo rápido, hace inventario de mi mal humor; la puerta abierta, la chaqueta mojada tirada sobre la silla, la pieza deformada y el martillo, que todavía parece vibrar por los golpes.

Sus ojos se encuentran con los míos y se lleva las manos a las caderas, lo cual nunca es buena señal

—Fermín te ha visto entrar hace un rato —dice.

—Fermín debería vigilar menos a los demás —replico.

«En este pueblo no puedes hacer nada sin que se entere todo el mundo».

—Ha dicho que parecías bastante cabreado.

—Ese hombre debería aprender a distinguir entre estar cabreado y caminar deprisa.

—También ha dicho que casi arrancas la puerta.

Miro de reojo la madera, todavía torcida contra la pared.

—La puerta se atasca.

—Claro.

No me gusta el tono que usa. Olaya se acerca al horno y se cruza de brazos.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Diago.

—No me pasa nada.

—No te he preguntado qué te pasa. Te he preguntado qué ha pasado.

A veces sospecho que mi abuela ha dedicado toda su vida a perfeccionar maneras distintas de no dejarme escapar de una conversación. Retiro el metal del fuego. Está muy caliente. Lo sé por el color, pero aun así lo coloco sobre el yunque.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto sin mirarla.

El silencio que sigue dura lo suficiente para que el crepitar del carbón se vuelva demasiado evidente. No pregunta a qué me refiero y eso es lo peor.

—¿Es eso lo que te pasa?

—No me pasa nada.

Descargo el martillo sobre el acero. El golpe retumba por todo el taller con más fuerza de la necesaria. Olaya ni siquiera se inmuta.

—Por supuesto.

—Solo te he hecho una pregunta —digo, cerrando la mano alrededor del mango del martillo.

—Y yo te he hecho otra —responde, impasible.

Alzo la vista y ella no aparta la suya.

—¿Por qué no me dijiste quién venía a la casa?

Olaya frunce el ceño.

—Te lo dije.

—No.

—Claro que sí.

—Dijiste que llegaban dos muchachas.

—Y después te dije su nombre.

—Pues no escuché una mierda. Mateo empezó a aporrear una mesa con un martillo —explico cada vez más cabreado.

—Esa boca —me reprende con un tono que no deja lugar a réplicas—. Y no intentes echarme a mí la culpa.

—Podrías haberlo repetido.

—También podrías haber vuelto a preguntar.

Dejo el martillo a un lado y giro el metal con las tenazas.

Después bajo la mirada y aprieto el mango con más fuerza.

No lo hice y eso me irrita. No volví a preguntar porque no quería que pareciera que me interesaba quién iba a ocupar la casa.

Porque pensé que serían dos desconocidas pasando unos días.

Dos mujeres de fuera que harían fotos al paisaje se quejarían de la cobertura y se marcharían antes de aprenderse los nombres de la gente. Algo mucho más sencillo.

—No pensé que fuera importante —continúa Olaya.

Suelto una risa sin humor y la miro a los ojos.

—¿No?

—No creí que pudiera afectarte tanto.

—No me afecta.

Olaya observa la barra deformada.

—Ya.

—No estoy enfadado porque haya vuelto.

—No he dicho que estés enfadado porque haya vuelto.

—Lo acabas de insinuar.

—He dicho que te ha afectado.

—No es lo mismo.

—Para ti nunca lo es.

Dejo las tenazas sobre la mesa y abro y cierro la mano varias veces, intentando convencer a los dedos de que ya pueden dejar de luchar contra algo. Después me masajeo la nuca. Tengo el cuello rígido y los hombros también.

—Podrías habérmelo advertido.

—¿Para qué?

La pregunta me deja inmóvil.

—Para saberlo.

—¿Y qué habrías hecho distinto?

No respondo, porque no lo sé. Quizá no habría abierto la casa.

Mentira. Olaya me lo habría ordenado y yo habría ido igualmente.

Quizá habría evitado pasar por allí hoy.

También mentira. Sindo habría insistido con la verja y mi abuela habría llamado.

El pueblo entero habría encontrado la manera de empujarme hasta esa cuesta.

«Quizá, al menos, habría estado preparado…».

Pero tampoco sé para qué. Para verla bajar descontrolada bajo la lluvia. Para detenerla. Para sentir su cuerpo contra el mío y descubrir que algunos recuerdos no desaparecen; solo cambian de sitio y esperan a que algo los despierte.

—Nada —respondo.

Olaya asiente despacio.

—Eso pensaba.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de saber cosas que yo no sé.

—No es difícil cuando tú te empeñas en no saberlas.

Me giro hacia la fragua y observo cómo empieza a perder color otra vez. Se oscurece poco a poco, atrapado en ese punto en el que ya no sirve seguir golpeándolo: solo puedo devolverlo al fuego o dejar que se enfríe del todo.

—No me reconoció —digo.

La frase se me escapa y queda entre los dos, demasiado clara para fingir que no la he dicho. Olaya guarda silencio. No necesito mirarla para saber que su expresión ha cambiado.

—Ha pasado mucho tiempo, rapaz —dice con suavidad.

—Ya lo sé.

—Era una niña.

—También lo sé.

—Y sucedieron muchas cosas.

—Eso también lo sé.

Cada respuesta me sale más seca que la anterior. Olaya suspira.

—Entonces no entiendo por qué estás discutiendo conmigo.

—No estoy discutiendo.

—Casi arrancas una puerta, estás destrozando una pieza y llevas diez minutos respondiendo como si cada palabra te costara dinero. —Olaya cruza los brazos y ladea la cabeza—. Pero no, claro. Estamos teniendo una conversación encantadora.

Cojo el martillo y lo hago girar entre los dedos.

—Tengo trabajo.

—Eso no va a arreglarse a golpes.

Miro el metal torcido y no tengo claro si se refiere a la pieza.

—Todo se arregla de alguna manera —respondo mientras apoyo el martillo sobre el yunque.

—No todo.

Esta vez sí la miro y ella me aguanta la mirada unos segundos. Después se acerca a la bolsa que ha dejado sobre la mesa. Saca un recipiente envuelto en un paño y lo coloca junto a mis herramientas.

—Te he traído algo de cena.

—Te he dicho que no tengo hambre.

—Y yo sigo sin habértelo preguntado. —Empuja el recipiente unos centímetros hacia mí—. Así que te lo comes cuando te dé la gana.

Coge el paraguas y camina hacia la salida. En el umbral, se detiene con una mano ya en el marco.

—No está aquí para hacerte daño, Diago.

La frase me atraviesa con más precisión que cualquiera de sus preguntas.

—No he dicho que lo esté.

—No. —Olaya me observa por encima del hombro—. Tú nunca dices nada.

Sale de la fragua antes de que pueda contestar. Me quedo a solas con el fuego, el recipiente con comida y el metal deformado sobre el yunque, que ya no se parece en nada a lo que pretendía fabricar. Levanto el martillo y lo mantengo suspendido durante unos segundos. Después lo dejo sobre la mesa.

Mi abuela tiene razón: hoy, por mucho que lo intente, no consigo darle forma a nada.