Perdiendo el Norte Capítulo 13
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Capítulo 13

No sé en qué momento he dejado de respirar. La señora que tengo delante me observa con una familiaridad que me resulta extraña y, al mismo tiempo, cálida.

—Sabía que eras tú. Reconocería esa voz chillona en cualquier rincón del norte.

—¿Se acuerda de mí?

La mujer sonríe un poco más.

—Aquí todos nos acordamos de ti, Teressa.

Me ruborizo y, sin pretenderlo, algunos recuerdos se abren paso en mi mente.

Yo era una niña escandalosa; de las que corrían, gritaban y se reían sin preocuparse por quién estuviera mirando.

Jamás imaginé que, tras tantos años, alguien fuese capaz de reconocerme por el jaleo que armaba. Mis labios se curvan solos.

Da un paso hacia mí y extiende una mano a mi rostro, aunque se detiene antes del contacto. Hay tanta ternura en su sonrisa que no sé qué hacer con ella.

—Tienes la misma mirada que tu padre.

Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo y, con él, parte de la tensión que llevo demasiado tiempo acumulando.

Dejo caer los hombros y, durante un instante, permito que ese cariño antiguo me abrace.

Uno que parece haber permanecido aquí, intacto, esperando todos estos años a que yo encontrara el camino de vuelta.

Un carraspeo seco, a mi derecha, rompe el hechizo.

—Menos mal que estaba esti rapaz para frenarte. Siempre tan atento.

Lo miro y la calma de hace unos minutos ha desaparecido. Tiene la mandíbula rígida y los brazos cruzados, como si necesitara contener algo que no alcanzo a entender. Cuando nuestras miradas se encuentran, desvía la suya hacia el camino.

«Siempre tan atento».

Esas tres palabras parecen haberle sentado peor que subir la cuesta cargado de piedras.

—No ha sido para tanto —murmura.

—Diago, no seas modesto —comenta la señora.

Anoto mentalmente que mi freno de emergencia con espalda de hormigón, brazos firmes y un aroma demasiado agradable se llama Diago.

—Ya. Solo me ha evitado una muerte bastante poco elegante —digo—. Nada digno de mención.

La mujer suelta una risa cálida.

—Sigues teniendo la misma retranca.

Ojalá pudiera decir lo mismo de ella. La observo con disimulo, rastreando entre los pocos recuerdos que se desperezan en mi cabeza alguna pista que me ayude a ponerle nombre. Ella parece advertirlo.

—Soy Celia —dice, llevándose una mano al pecho—. Vivo en la casa de las hortensias, junto a la cuesta. Tu madre y yo nos pasábamos las tardes hablando mientras corríais por ahí sin miedo.

«La casa de las hortensias».

Durante un segundo se vislumbra algo. Una fachada blanca. Flores azules desbordando un muro de piedra. Una jarra fría sobre una mesa; sin embargo, la escena se desvanece antes de que logre aferrarme a ella.

—Lo siento. De aquellos veranos solo me quedan imágenes sueltas.

—No tienes que sentir nada. —Celia me aprieta la mano—. Los recuerdos son muy suyos. Ya volverán cuando les dé la gana.

A mi derecha, Diago cambia el peso de un pie al otro. El movimiento es mínimo, pero basta para que vuelva a fijarme en él. Mantiene la vista clavada en el camino.

—Será mejor que me vaya —dice con voz áspera.

Celia gira la cabeza tan rápido que él ni siquiera tiene tiempo de dar el primer paso.

—¿Adónde vas tú con tanta prisa?

—A la fragua.

—La fragua lleva cerrada desde hace horas.

Él aprieta los labios.

—Tengo cosas que hacer.

—Y nosotros también. —Celia enlaza su brazo con el mío sin previo aviso—. Esta muchacha necesitará provisiones. La acompañaremos a la tienda de Lolina. Verás cómo se alegra de verte.

El entusiasmo me dura exactamente hasta que miro la cuesta que acabamos de bajar.

—¿La tienda está muy lejos?

—Nada, mujer. Ahí mismo.

He empezado a sospechar que «ahí mismo» es una unidad de medida local que puede abarcar desde veinte metros hasta la frontera con Galicia. Celia se vuelve hacia Diago que permanece quieto.

—Ven, rapaz.

—No hace falta que vaya.

—Claro que hace falta. Alguien tendrá que cargar con las bolsas.

—Puedo hacerlo sola —intervengo.

Celia baja la vista hacia mis zapatos y después contempla la pendiente que acabo de descender de manera poco ortodoxa.

—Ya hemos visto lo bien que te manejas sola, no quiero imaginar lo que harás con un par de bolsas —se carcajea.

Abro la boca para replicar, pero la cierro enseguida.

Las pruebas juegan en mi contra. Diago cierra los ojos un instante y, cuando vuelve abrirlos, me observa por primera vez desde que Celia pronunció mi nombre.

Hay dureza en su mirada. No alcanzo a descifrar si es enfado, sorpresa o si esa es su expresión natural.

—Solo hasta la tienda —dice.

—Así me gusta.

Celia me guía y echamos a andar. Detrás de nosotras, Diago recoge la bolsa del suelo con la resignación de quien sabe que las mujeres mayores de este pueblo no invitan: dictan sentencias.

Camino junto a ella mientras me cuenta anécdotas de mis padres.

Cada una de sus palabras me deja un calorcito en el pecho y sonrío sin proponérmelo, dejándome envolver por este encuentro inesperado.

Aun así, noto la presencia de mi salvador detrás de nosotras a cada paso.

No dice nada. Ni siquiera necesito volverme para saber que sigue tenso.

La tienda de Lolina ocupa la esquina de una pequeña plaza empedrada, entre una casa de piedra con tejado de pizarra y una fuente a la que el musgo parece haber ganado la batalla.

Un toldo verde protege la entrada y, detrás del cristal, se amontonan tarros de miel, quesos, conservas y botellas de sidra sin ninguna intención de respetar un orden.

De una viga cuelgan ristras de ajos y, junto a la puerta, varias cestas de mimbre rebosan panes, manzanas y paquetes envueltos en papel de estraza.

Celia empuja la puerta y una campanilla anuncia nuestra llegada.

—¡Lolina! Mira a quién te traigo.

Desde el fondo aparece una mujer menuda, con el pelo blanco recogido en un moño y unas gafas colgadas del cuello. Tarda un segundo en reconocerme y después se lleva ambas manos a la boca.

—Ay, mi niña…

Y algo dentro de mí, algo que llevaba demasiados años dormido, vuelve a moverse.

—Tengo que irme —dice Diago.

Me vuelvo justo a tiempo de verlo retroceder hacia la puerta.

—¿No venías a ayudarnos con las bolsas? —pregunto, sosteniéndole la mirada.

Se queda quieto, con una mano sobre el picaporte. Durante un instante, parece debatirse entre responderme o salir huyendo. Gana lo segundo.

—Seguro que podéis arreglároslas.

La campanilla vuelve a sonar y la puerta se cierra tras él.

Me quedo contemplando el cristal, desconcertada y con una molestia absurda que se instala en algún lugar del pecho.

Hace menos de una hora me ha sujetado con tanta firmeza que soltarme ni siquiera parecía una opción. Ahora no ha tardado nada en hacerlo.