Perdiendo el Norte Capítulo 12
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Capítulo 12

Salgo del baño y avanzo hacia la habitación que hace años fue la de mis padres. No sé por qué voy allí.

«O sí».

Quizá ese es el problema. Mis pies parecen conocer el camino mejor que yo.

Recorro el pasillo despacio, con la sensación de entrar en una parte de la casa que no debería tocar todavía.

La puerta está entornada, la empujo con cuidado y me quedo quieta en el umbral.

La habitación huele a madera, a limpio reciente y a cerrado antiguo.

Una mezcla rara. Da la impresión de que alguien hubiera intentado poner orden en un lugar que llevaba demasiado tiempo guardándose cosas.

La cama está hecha. Alguien ha puesto un cubrecolchón nuevo y ha dejado las almohadas dispuestas con una pulcritud casi incómoda. No hay fotos a la vista. Ni objetos personales. Nada que grite «ellos estuvieron aquí». Y, aun así, lo noto, aquí fueron felices.

«Fuimos».

La palabra pesa más de lo que debería. No sé de dónde nace esa certeza ni por qué, en lugar de traerme la paz que esperaba, me deja una punzada difícil de nombrar.

No es exactamente nostalgia ni tristeza, es una sensación incómoda y física, como si una pieza llevara años mal encajada dentro de mí y esta habitación acabara de desplazarla un poco más.

Cierro los dedos sobre la tela del jersey, justo donde noto la presión, y trato de ordenar todo lo que se agolpa en mi cabeza.

Una risa de mi madre. Las manos de mi padre sobre una manta. El sol entrando por una ventana que ahora no sé localizar.

«O quizá nada de eso. Quizá solo estoy inventando recuerdos porque necesito que este viaje tenga sentido».

Un portazo a lo lejos me sobresalta. Después llegan unos pasos escandalosos por el pasillo, con la delicadeza de una apisonadora.

—Tess, te lo has perdido.

Brisa aparece en la puerta, con los ojos muy abiertos y esa cara de «tengo información y pienso soltarla, aunque estés viviendo una epifanía».

—¿Qué me he perdido?

—Al señor de la verja. Obvio.

Señala hacia la entrada con el índice. Frunzo el ceño.

—¿Ha venido alguien a arreglar la puerta? —pregunto, incrédula.

—La verja —me corrige, apoyándose en el marco—. Un tío enorme con cara de estreñido, pero muy atractivo.

Se toma un segundo para asentir, convencida de su propio veredicto.

—Mucho. De una forma casi ofensiva.

Brisa tiene una forma muy particular de describir a la gente: parece no tener ningún sentido hasta que conoces a la persona y descubres que, por desgracia, ha vuelto a acertar. Ella pone los ojos en blanco y continúa:

—Te he gritado, pero como estás en modo Insidious desde que hemos cruzado la puerta, no sé si te has enterado.

—¿Qué? No estoy en modo Insidious —protesto

—Tessa, has desaparecido por un pasillo sin avisar y has acabado en una habitación contemplando una cama a la espera de que te hable.

Observo la cama y luego a ella.

—No esperaba que me hablara.

—Vale. Eso ha sonado muchísimo peor de lo que crees —dice, y toda la burla desaparece de su voz.

Mi amiga se me queda mirando con esa intensidad que parece querer ver a través de la piel. No me siento cómoda. Ni estable. Ni preparada para que me pregunte qué hacía en la habitación de mis padres con la mano en el pecho y cara de estar oyendo psicofonías familiares.

—¿Tienes hambre? —pregunto, porque huir siempre resulta más fácil cuando una lo disfraza de necesidad básica—. Creo que voy a bajar a la tienda.

Brisa parpadea.

—Eh… Está lloviendo —me recuerda, señalando la ventana como si pudiera habérseme pasado por alto.

—Da igual. Solo es agua, no es ácido. Seguro que en dos pasos estoy en la tienda. No tiene pérdida.

—¿Tess?

—¿Qué?

—Acabas de llegar. Hace años que no vienes al pueblo y todo ha cambiado. No hay cobertura. La carretera hasta aquí parece diseñada por una cabra vengativa y llevas las deportivas bonitas, no las que agarran.

Contemplo mis zapatillas. Son blancas, monísimas, aunque poco prácticas. De esas que una se compra pensando en paseos casuales por calles con encanto, no en sobrevivir a la climatología del norte ni a una posible excursión por una cuesta húmeda.

—Agarran a la perfección.

Brisa señala mis pies con la barbilla.

—Esas zapatillas no agarran un mojón.

—Necesito aire.

La frase sale antes de que pueda disfrazarla. Mi amiga deja de bromear. Y eso es peor: ha entendido que necesito salir de allí de verdad.

—Vale —dice, más suave—. Pues salimos las dos.

—No. Tú quédate colocando las cosas. Yo bajo, compro pan, algo de cena y vuelvo.

—No me gusta.

—A ti no te gusta nada que implique que yo tenga autonomía y una cuesta cerca.

—Porque te conozco.

—Precisamente por eso sabes que, si me quedo aquí ahora mismo, voy a acabar abriendo la caja de Elena con los dientes o llorando contra un cubrecolchón nuevo.

Mi amiga aprieta los labios y no dice nada más.

«Victoria».

—Diez minutos —advierte.

—Quince.

—Doce.

—Hecho.

—Y si te pierdes, gritas.

—¿Gritar?

—Muy fuerte, con dramatismo, como tú sabes —ordena muy seria.

—Qué imagen tienes de mí.

—Una realista.

Compruebo que llevo las llaves, el móvil y una dignidad bastante inestable, y salgo antes de que Brisa cambie de opinión. La lluvia me recibe con gotitas finas, de esas que parecen poca cosa hasta que te empapan entera.

El aire huele a petricor, a leña y a verde.

Aspiro profundamente. Me coloco la capucha de la chaqueta y cierro la puerta detrás de mí.

Y, por primera vez desde que hemos entrado, puedo respirar sin sentir que las paredes lo hacen conmigo.

Bajo los escalones del porche con cuidado y cruzo la verja, que ya no chirría tanto.

«El señor de la verja sabe lo que se hace».

El camino desciende hacia el pueblo entre muros de piedra, hierba alta y árboles que sueltan gotas sobre mí como si colaboraran en mi proceso de humillación personal.

Al principio camino despacio, pendiente de no pisar ninguna zona demasiado resbaladiza.

Luego veo la calle estrecha que parece prometer civilización, pan y quizá algo de chocolate.

Bien. Puedo hacerlo, soy una mujer adulta.

He sobrevivido a un abandono en el altar, a una jefa con cuencos tibetanos y a una carretera con cuatro GPS dándome órdenes.

«Una cuesta no va a poder conmigo».

Esta parece escuchar mi pensamiento y decide convertirlo en un reto personal. Piso una de las franjas lisas que interrumpen los adoquines. Mi zapatilla derecha resbala, la izquierda intenta compensar y el resto de mi cuerpo decide que mantener el equilibrio está sobrevalorado.

—Uy.

No es un grito. Es más bien un aviso administrativo de que las cosas van mal.

Intento frenar clavando los talones, pero las deportivas bonitas confirman que Brisa tenía razón.

No agarran, ni sujetan, de hecho, no colaboran una mierda.

Están aquí por estética y porque en la tienda online la modelo caminaba por una acera seca con un café en la mano, la muy traidora.

Empiezo a deslizarme cuesta abajo, primero despacio y después una mijita más rápido de lo que mis piernas parecen capaces de controlar.

—No, no, no, no…

Agito los brazos en busca de equilibrio, dignidad o una rama baja a la que agarrarme. No encuentro ninguna de las tres cosas. La capucha se me viene a la cara. Una piedra sale despedida bajo mi pie y, de pronto, ya no estoy bajando la cuesta. Estoy surfeándola.

—¡No sé frenar! —grito.

Mi voz rebota entre las casas con una contundencia preciosa.

Seguro que la señora de los prismáticos, si existe, acaba de añadir un capítulo nuevo a mi expediente.

Y entonces lo veo. O, mejor dicho, veo una espalda enorme.

Ancha. Firme. Cubierta por una chaqueta oscura.

Camina con la tranquilidad de quien no sabe que está a punto de convertirse en infraestructura de emergencia.

—¡Perdón! —chillo—. ¡No sé frenar!

El hombre se gira y el mundo se ralentiza.

No de forma romántica; no nos emocionemos.

Es la clase de lentitud que precede a un impacto, cuando el cerebro decide guardar cada detalle por si luego hay que declarar o ayudar en un retrato robot.

Un rostro serio, con una barba corta que le ensombrece la mandíbula.

Ojos oscuros y profundos bajo unas cejas fruncidas.

Una expresión que pasa de la confusión al cálculo en menos de un segundo.

Deja caer la bolsa y extiende los brazos justo antes de que yo llegue a él.

Choco contra su pecho con un sonido bastante lamentable.

Mi salvador retrocede un paso, pero no cae.

Claro que no. Parece hecho de piedra, acero o alguna de esas cosas del norte que no se inmutan ante una sevillana deslizándose cuesta abajo igual que una bolsa de patatas.

Un brazo me rodea la espalda y el otro se cierra alrededor de mi cintura, absorbe el impacto y me mantiene anclada a su cuerpo, como si detener a mujeres descontroladas en mitad de una cuesta formara parte de su rutina.

Me quedo pegada a él, con la mejilla apoyada en su pecho, mientras intento recuperar el aliento.

«Huele a lluvia, a humo y a jabón. Demasiado bien».

Mi cerebro, siempre tan atento a los detalles importantes.

Céntrate, Tessa. Tengo el pelo en la cara, el corazón en la garganta y la dignidad unos metros más arriba, puede que atrapada entre una piedra mojada y mi mala elección de calzado.

Por un momento, ninguno de los dos se mueve.

Solo oigo la lluvia golpeando el empedrado y el ritmo de su respiración, mucho más tranquilo que el mío.

—¿Estás bien? —pregunta.

Su voz vibra bajo mi mejilla. Es grave, cálida y un poco rasgada, de esas que no necesitan alzar el volumen para hacerse notar.

—Sí.

Mi respuesta queda amortiguada por la tela húmeda de su chaqueta.

«Estupendo. Además de surfear cuestas, ahora también hablo directamente con los duros pectorales de los lugareños».

Despego la mejilla de su pecho y levanto la cabeza despacio, sin calcular bien la distancia.

Él inclina la cabeza al mismo tiempo y su barba me roza la frente.

El rubor me alcanza las orejas al instante.

Nuestros ojos se encuentran, pero él no se aparta ni me suelta.

Durante una fracción de segundo, lo sorprendo observando mis labios.

Su mano continúa apoyada en mi cintura, firme, abarcando demasiado espacio incluso a través de la chaqueta.

Soy consciente de cada uno de sus dedos, del calor que atraviesa la tela y de la cercanía de su cuerpo, mientras el resto de la cuesta desaparece hasta dejarnos solos.

«Debería apartarme».

Sería lo lógico después de haberme lanzado contra un desconocido a una velocidad poco recomendable.

Sin embargo, no lo hago. Él tampoco me suelta enseguida, aunque no sabría decir si es porque quiere asegurarse de que puedo mantenerme en pie o porque está igual de desconcertado que yo.

Sus ojos color tierra recorren mi rostro, atentos, con una calma que contrasta bastante con el desorden que acaba de instalarse dentro de mí.

Por un instante, nos quedamos suspendidos en ese silencio extraño que aparece cuando dos personas aún no saben nada la una de la otra, pero sus cuerpos ya han empezado a hacerse preguntas.

Entonces noto que sigo agarrada a su chaqueta. La suelto de golpe y aliso la tela con la palma, como si pudiera borrar las arrugas. O los últimos treinta segundos.

—Ha sido una bajada controlada —digo.

Su mirada se desplaza hacia la parte alta de la cuesta y vuelve a mí.

—Has gritado que no sabías frenar.

—Era información importante. Necesitabas conocer la gravedad de la situación para actuar en consecuencia.

—La gravedad de la situación eras tú cayéndote encima de mí.

—Qué exagerado.

—Venías cuesta abajo agitando los brazos.

—Estaba intentando mantener el equilibrio.

—No funcionaba.

Sus brazos se aflojan por fin. En cuanto comprueba que puedo sostenerme sola, retira la mano de mi cintura y da un paso atrás. La ausencia de su calor llega antes de que pueda fingir que no la noto. Me aparto el pelo de la cara.

Visto de cerca, es más grande, más serio y más…

todo. La barba corta le perfila la mandíbula y acentúa la dureza de sus rasgos, como si al universo le hubiera parecido necesario insistir.

Tiene ese tipo de atractivo que no parece haberse enterado de que lo es, lo cual resulta muy injusto para las demás personas, que sí tenemos que esforzarnos en parecer presentables después de bajar una cuesta sin utilizar los pies de la forma prevista.

—Gracias por… eso —digo, haciendo un gesto vago hacia lo alto de la cuesta—. Por detenerme.

—De nada.

—Normalmente controlo mejor mis extremidades.

Baja la mirada hacia mis zapatillas.

—Con eso puesto, lo dudo.

—Cuando las compré no sabía que vendría a Asturias.

—Se nota.

Entrecierro los ojos.

—¿Siempre eres tan agradable con las personas a las que acabas de salvar?

—No te he salvado.

—Has evitado que acabara empotrada contra un muro. Yo diría que cuenta.

—Te habría frenado el seto.

Miro el seto húmedo y lleno de ramas pinchosas que hay unos metros más abajo.

—Eso no parece una opción especialmente segura.

—Más seguro que seguir bajando con esas zapatillas.

—¿También eres experto en calzado?

—No hace falta serlo para saber que vas a volver a caerte.

—Qué confianza tienes en mí.

—Acabo de conocerte deslizándote cuesta abajo y gritando —me recuerda.

Abro la boca para responder, pero no encuentro una defensa que no confirme lo que acaba de decir.

Él se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta, adopta una expresión seria y borra de un plumazo el momento anterior.

Su mano en mi cintura. Su mirada detenida en mí más de la cuenta.

Como si nada de eso hubiera ocurrido. Y, por alguna razón, me fastidia bastante.

Es absurdo, porque ni siquiera sé cómo se llama.

—Disculpa —dice alguien.

Los dos rompemos el contacto visual. Una mujer mayor se ha detenido a pocos metros de nosotros, bajo un paraguas granate y con una bolsa de tela colgada del brazo.

Me examina despacio. Su atención recorre mi rostro, se demora en mis rizos y, cuando encuentra mis ojos, la curiosidad desaparece de su expresión y deja paso a una emoción que no alcanzo a identificar.

—Eres la hija de Pelayo.

La lluvia sigue cayendo, pero durante un segundo dejo de sentirla.