Perdiendo el Norte Capítulo 11
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Capítulo 11

Estoy a punto de llamar de nuevo cuando la puerta se abre.

No del todo, solo lo suficiente para que asome una mujer rubia con la rebeca cruzada sobre el pecho, el pelo revuelto por la humedad y una expresión que no sé si clasificar como defensiva, curiosa o dispuesta a morder.

Quizá las tres. La observo un instante más de lo necesario y suelto el aire despacio.

Es guapa, de una forma luminosa y difícil de ignorar, aunque sospecho que sería capaz de convertir cualquier cumplido en un arma arrojadiza.

Durante un par de segundos, ninguno de los dos dice nada. Ella me estudia y yo le mantengo la mirada. La lluvia empieza a caer con más intención sobre el tejado del porche y el sonido me recuerda a un metrónomo.

—Si vienes a vendernos una religión —dice al fin, abriendo un poco más la puerta—, te aviso de que llegas tarde. Hemos traído nuestra propia caja de brujería.

Parpadeo varias veces y arrugo el ceño.

—Vengo por la verja.

La mujer baja la vista hacia mis botas, vuelve a subirla hasta mi cara y entrecierra los ojos.

—Claro. La verja. Mucho menos inquietante que una secta, dónde va a parar —comenta, despreocupada.

—Se queda trabada cuando llueve —aclaro.

—¿Y tú lo sabes porque…? —Deja la pregunta suspendida y hace un gesto vago en mi dirección.

—Porque la arreglé hace años.

—Ah.

Alza las cejas, pero la sorpresa le dura poco.

Asiente como si le hubiera dicho que va a llover y no que conozco una casa que lleva años cerrada.

Parece de esas personas que, si se encuentran un cadáver en el salón, primero preguntan quién lo ha puesto ahí y después buscan una manta para taparlo porque «un poco de respeto, por favor».

—No quería que os asustarais al verme entrar sin  avisar  —añado—. Por eso he llamado.

—Qué detalle. Avisar antes de aparecer en una casa aislada con lluvia y cero cobertura es una costumbre muy bonita. Debería ponerse de moda entre los posibles asesinos rurales.

—No soy un asesino rural —replico, empezando a arrepentirme de haber llamado.

—Eso diría un asesino rural con buena estrategia —sentencia, satisfecha con su razonamiento.

Reparo en su acento. Es del sur. No tan cerrado como esperaba, pero está ahí, en las vocales abiertas, en la forma de sostener las palabras, en esa rapidez que hace que unas casi tropiecen con las siguientes.

—Soy Diago —me presento.

—Brisa —responde sin abrir más la puerta.

No me ofrece la mano ni hace ademán de acercarse para darme dos besos.

«Perfecto. Las presentaciones con distancia son mis favoritas».

—Olaya me pidió que revisara la casa —explico—. Ayer vine a abrirla, la aireé un poco y comprobé la luz y el agua. La verja suele hincharse con la humedad y Sindo me ha dicho que hoy podía volver a atascarse.

—¿Sindo?

—El del bar.

—Ah. El señor que nos miró antes como si fuéramos dos cabras conduciendo un coche de alquiler.

—Por lo que dicen, no ibais precisamente respetando las señales.

—Fue culpa del GPS —se defiende Brisa, abriendo un poco más la puerta.

—El GPS no entiende las carreteras de aquí.

—Entonces debería callarse. Una cualidad muy útil para los aparatos y, por lo visto, también para algunas personas.

Casi sonrío, pero me contengo a tiempo. No he venido para caerles bien.

He venido a revisar una verja, asegurarme de que estas dos no se queden encerradas a un lado o al otro y marcharme con la suficiente rapidez para evitar que el pueblo convierta mi presencia en la siguiente entrega de su telenovela local.

A espaldas de Brisa, el interior de la casa se pierde en la penumbra. Solo se oye el repiqueteo constante de la lluvia. Todo parece en calma, igual que ayer. No sé qué esperaba encontrar. Quizá que, después de tantos años, decidiera despertarse.

—¿Está todo bien dentro? —pregunto.

Brisa levanta una ceja.

—Definamos «bien».

—¿Tenéis luz?

—Sí.

—¿Agua?

—También, aunque el grifo del baño ha sonado como si acabáramos de despertar a una criatura del subsuelo.

El baño. Antes de poder evitarlo, vuelvo la cabeza hacia el pasillo de la izquierda. Brisa sigue el movimiento y la desconfianza reaparece en su expresión.

—Mi amiga está dentro —advierte.

Asiento como si la información me resultara indiferente. Los rumores del bar y el modo en que el pueblo lleva media tarde masticando la noticia han despertado mi curiosidad. Aun así, eso no explica la extraña inquietud que me provoca saber que hay alguien al final de ese pasillo.

—No hace falta que salga —digo.

Brisa ladea la cabeza.

—¿Quién ha dicho que fuera a salir?

—Nadie.

—Interesante.

—No lo es.

—Cuando alguien dice «no lo es» tan rápido, normalmente sí lo es.

Aprieto la mandíbula. Ella me examina la cara y parece tomar nota mental de algo.

«No me gusta que me mire así».

—Solo he venido a revisar la verja —insisto—. Cinco minutos.

—¿Y necesitas entrar?

—No.

—Bien.

—Pero sí necesitaré que no la cerréis del todo hasta que la ajuste.

—¿Cerrar la verja o la puerta?

—La verja.

—Perfecto. Porque la puerta ya ha hecho bastante teatro por hoy.

No pregunto. Es mejor mantenerme al margen. Lo último que necesito es que una mujer recién llegada, con pinta de no tenerle miedo a nada, descubra que puedo ser útil para algo más que una cerradura oxidada.

Brisa se aparta un poco del umbral y se vuelve hacia el interior.

—¡Ha venido el señor de la verja! —grita.

El anuncio me deja inmóvil, pendiente del pasillo. Desde allí llega el sonido de un grifo cerrándose. Nadie responde. La lluvia arrecia sobre el porche y Brisa se gira de nuevo hacia mí.

—¿El señor de la verja? —repito—. Eso no suena muy bien.

—¿Por qué no? A mí me gusta, tiene presencia. El señor de la verja… —dice, impostando la voz.

Me encojo de hombros porque me da a mí que no vamos a llegar a nada con esta conversación.

—Tranquilo, no la he avisado para que salga. Solo para que sepa que no estoy abriendo la puerta a un extraño con cara de talar árboles, espalda de armario empotrado y problemas para hablar de sentimientos.

—No talo árboles.

—¿Lo de los sentimientos no lo niegas? Pillín —canturrea.

—Tengo una verja que arreglar.

—Respuesta aceptada.

Me doy la vuelta antes de que se me escape una réplica.

El aire frío me da en la cara y agradezco la lluvia, la humedad y cualquier cosa que me obligue a pensar en algo tan concreto como una bisagra oxidada.

Bajo los dos escalones del porche y camino hasta la verja con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Noto la mirada de Brisa clavada en la nuca.

Echo un vistazo por encima del hombro y la encuentro en la puerta, sin hacer el menor esfuerzo por disimular.

—¿Vas a vigilarme todo el rato? —pregunto sin volverme del todo.

—Sí.

—Muy bien.

—No te ofendas. Es protocolo básico de supervivencia femenina.

—No me ofendo.

—Además, si resultas ser normal, siempre puedo decirle al pueblo que te comportaste de forma razonablemente humana.

—Qué generosa.

—Soy un regalo.

Me arrodillo junto a la bisagra inferior y la reviso. Como imaginaba, la humedad ha hinchado la madera del poste y la hoja roza contra la piedra del suelo. Nada grave. Molesto, pero fácil. Necesito levantar un poco, ajustar el pernio y limpiar la tierra acumulada en la base.

Trabajo mejor cuando tengo una tarea física entre las manos. Metal. Madera. Una cerradura. Un problema con bordes definidos. La gente es imprevisible. La verja, al menos, chirría cuando surge un fallo.

—¿Necesitas herramientas? —pregunta Brisa.

—Tengo —anuncio golpeando mi bolsa.

—Claro. Hombre del norte con herramientas y voz varonil que no necesita gritar para hacerse notar —entona con voz melodramática.

—¿Siempre hablas así? —pregunto con un gruñido.

—¿Siempre gruñes así?

—No gruño —digo mientras me levanto.

—Ha sido un gruñido con forma de frase.

—Eso no existe.

—Contigo sí.

Abro la bolsa y saco una caja pequeña con llaves, alicates y grasa para las bisagras.

La puerta principal sigue abierta, Brisa permanece en el umbral, recortada contra la luz del interior.

Más allá, la casa se extiende entre sombras, con la quietud amenazante de una boca abierta.

Entonces algo se mueve al fondo, cerca del pasillo de la izquierda.

Me detengo. Solo alcanzo a distinguir una silueta que desaparece antes de que consiga verla con claridad.

Seguramente sea su amiga. Sin embargo, tardo un segundo más de la cuenta en apartar la mirada.

—¿Todo bien? —pregunta Brisa.

Vuelvo la vista a la verja.

—Sí.

Pero, mientras me arrodillo de nuevo junto a la bisagra, no puedo evitar pensar que la casa parece distinta con alguien dentro. Como si, después de tantos años cerrada, hubiera vuelto a la vida.