Capítulo 10
—¿Quieres que entre yo primero? —me pregunta Brisa, colocando una mano sobre mi hombro.
Aspiro todo el aire que me cabe en los pulmones antes de contestar.
Ver la casa me ha dejado clavada en el sitio, con el cuerpo en huelga y la cabeza haciendo horas extra.
Llámalo pánico, ataque de ansiedad o bloqueo dramático con vistas al norte.
Lo que quieras, pero tengo una punzada en el esternón y la desagradable sensación de que esta casa se acuerda de mí bastante mejor que yo de ella.
Brisa lleva un rato hablándome, aunque yo la oigo cada vez más lejos.
Con la impresión de que su voz llega desde otra habitación.
Desde otro año o desde una versión de mí que quizá estuvo aquí antes y sabía moverse por este camino sin que le temblaran las piernas.
Y, por un instante, casi creo escuchar la risa de mi madre.
O eso me digo para no pensar que estoy perdiendo la cabeza justo al ir a abrir la verja.
—No —respondo, algo seca—. Quiero hacerlo yo.
Brisa presiona mi hombro una vez, muy suave, y me suelta.
—Cuando quieras. Solo llevamos quince minutos paradas frente a la verja. Tiene pinta de que va a llover, no lo digo por meterte presión ni mucho menos, solo como dato informativo.
Suelto un largo suspiro porque tiene razón.
Me ha costado bajar del coche y, después de sacar el equipaje del maletero, colocar la caja de Elena sobre la maleta más pequeña y arrastrarlo todo hasta la verja, me he quedado plantada frente a ella, con las llaves clavándoseme en la palma y el corazón golpeándome las costillas, empeñado en entrar antes que yo.
Y no es que no quiera moverme. Es otra sensación.
La certeza de que, al cruzar esa puerta, todo va a cambiar.
Un presentimiento pequeño, incómodo, que se me agarra por dentro cada vez con más fuerza.
—Vale.
—Vale —repite ella.
Hace un gesto con las manos, animándome a dar el paso.
—Ya voy. Solo me estoy mentalizando.
—Claro. Una preparación psicológica para abrir una verja. Muy necesario.
—No me juzgues.
—No te juzgo. Te narro.
—¡Buenas tardes! —saluda una señora mayor que pasa por nuestro lado.
—Buenas tardes —respondemos las dos a la vez.
No tengo claro si es la misma señora hace un momento o si en este pueblo todas vienen de serie con rebeca, mirada afilada y un radar instalado para detectar forasteras con maletas.
—Psst… ¿No es la señora de antes? —susurra Brisa entre dientes
—No lo sé —respondo casi sin mover los labios.
—Pues algo me dice que ya se ha enterado todo el pueblo de que estamos aquí.
—No sé por qué lo dices —siseo.
—Es un pueblo, Tessa. Esa señora ha pasado dos veces y he visto una sombra detrás del visillo de aquella ventana.
Señala hacia una casa a lo lejos y le doy un codazo para que no sea tan descarada.
—Desde allí es imposible que nos distinga.
—Puede que tengan prismáticos.
Se me escapa la risa. Creo que esa era la intención de mi amiga desde el principio; bajarme un poco las defensas. Y no le voy a negar que ha funcionado.
—Vamos.
—Esa es mi chica.
Introduzco una de las llaves grandes en la cerradura de la verja. Al principio no gira. La muevo un poco. Nada. La saco, la vuelvo a meter y pruebo hacia el otro lado.
—¿Seguro que es esa? —pregunta Brisa.
—No.
—Me encanta la seguridad con la que lideras esta expedición.
—Tengo tres llaves y ninguna etiqueta. Estoy haciendo lo que puedo.
—Si quieres, puedo rezar —dice Brisa, juntando las manos bajo la barbilla.
—¿A quién?
—A cualquier santo especializado en cerrajería rural.
—No existe eso —digo, mirándola de reojo.
—Pues debería. Hay mercado.
Pruebo con la segunda llave, pero no llega a entrar del todo y la descarto. La tercera parece demasiado pequeña. Vuelvo a la primera, empujo la verja con la cadera y giro con más fuerza. La cerradura oxidada cede con un chasquido seco, pero solo se abre unos centímetros antes de quedarse atascada.
—Bien —digo, contemplando el hueco ridículo—. Hemos desbloqueado el nivel uno.
Brisa se asoma por encima de mi hombro.
—¿Y el nivel dos es no dejarnos una vértebra empujando esto?
—Probablemente.
Entre las dos empujamos. Al principio se resiste; después cede con un chirrido largo y agudo, casi ofendido, como si la casa se hubiera acostumbrado tanto al silencio que nuestra llegada le pareciera una falta de educación.
—Madre mía —murmura Brisa—. Eso ha sonado a espíritu rencoroso.
—Ha sonado a óxido.
—El óxido es el idioma de los espíritus rencorosos.
Empujamos un poco más y la verja cede al fin.
El camino de entrada está cubierto de hojas húmedas y pequeñas piedrecitas que crujen bajo las ruedas de las maletas.
A los lados, la hierba ha crecido más de lo que debería, mezclándose con flores silvestres, helechos y una hiedra que trepa por parte del muro.
«La casa parece más pequeña de lo que recordaba».
La piedra clara sigue ahí, aunque más oscura por la humedad.
Las ventanas verdes están cerradas, con la pintura desconchada en las esquinas.
El tejado parece firme, pero tiene esa tristeza de las cosas que han pasado demasiado tiempo esperando a que alguien vuelva.
Y aun así… algo en mi pecho se afloja un poco.
Como si reconociera la forma del porche.
La maceta torcida junto a la puerta y el banco de madera pegado a la pared.
—Ese banco… —murmuro.
Brisa me mira.
—¿Qué?
Niego despacio, sin apartar la vista. No sé qué iba a decir. Solo que, durante un segundo, lo he visto ocupado. Mi madre con las piernas cruzadas, mi padre sentado a su lado, una bolsa de pan entre los dos y yo correteando alrededor, convencida de que el mundo cabía entero en ese camino de piedras.
Parpadeo y el banco vuelve a estar vacío.
—Nada.
Mi amiga no me presiona. Solo arrastra su maleta hasta el escalón de entrada y deja la caja de Elena encima, con muchísimo cuidado.
—Vale. Siguiente pantalla: la puerta.
Me acerco con las llaves en la mano. Esta vez sé cuál usar antes de probarla. No me preguntes por qué. La grande, la más antigua, la que tiene el borde un poco desgastado. La introduzco en la cerradura y el sonido metálico me provoca un escalofrío. Gira, pero la puerta no se abre.
—¿Qué pasa? —pregunta Brisa.
—Está trabada.
—Claro. Porque abrir una casa familiar en Asturias después de una ruptura humillante y unas vacaciones impuestas era demasiado sencillo.
Apoyo el hombro contra la madera y empujo. Nada.
—Tessa.
—¿Qué?
—No sé si te conviene pelearte físicamente con una puerta.
—No me estoy peleando.
—Pues no lo parece. Te estás poniendo cada vez más roja y tienes cara de estar preparando un insulto con inquina.
—Deja de decir tonterías y empuja, que se te va toda la fuerza por la boca.
Brisa resopla, pero obedece y apoya las manos en la madera, junto a mi hombro. Empujamos de nuevo, esta vez con más fuerza. La puerta protesta con un crujido y cede de golpe. Brisa suelta un gritito y se agarra a mi brazo cuando se abre unos centímetros.
—¡Madre mía!
—¿Qué?
—Nada. Me ha dado impresión.
La empujo del todo y el interior de la casa nos recibe con una bocanada de aire fresco mezclada con algo antiguo.
Huele a madera vieja, a piedra húmeda, a polvo removido y a ventanas abiertas después de demasiado tiempo cerradas.
Alguien ha estado aquí antes que nosotras.
Se nota en las sábanas dobladas sobre un sillón, en las contraventanas entornadas y en el camino limpio que atraviesa el recibidor, como si alguien hubiera intentado despertar la casa sin molestarla.
Y, aun así, debajo de todo eso, hay otro olor.
Un aroma tenue, casi borrado, que se me mete en la nariz y baja directo al pecho.
«Jabón».
No sé por qué pienso en jabón. En toallas tendidas. En mi madre diciendo que me secara bien el pelo antes de salir.
Me quedo inmóvil en el umbral, observando todo lo que me rodea. La claridad gris de la tarde entra por el cristal de las ventanas y acaricia el suelo, la cómoda del recibidor, el espejo manchado por el tiempo y la escalera de madera al fondo, que sube hacia la segunda planta.
«No está como la recordaba. Si es que la recordaba».
En mi cabeza todo era más luminoso. Más cálido. Había voces, pasos, risas, olor a comida y una corriente de aire entrando por las ventanas abiertas. Ahora parece una casa conteniendo el aliento.
Brisa entra detrás de mí, despacio.
—Bueno —dice, bajando la voz sin darse cuenta—. Aquí se rueda la próxima película de terror indie.
La fulmino con la mirada.
—¿Puedes no decir eso?
—He dicho indie. Eso la hace más profunda.
—Brisa.
—Vale. Perdón. Es… ¿bonita?
Observa una sábana cubriendo un sillón y arruga la nariz.
—Bonita, pero con posibilidades reales de que debajo haya una muñeca antigua mirando hacia una pared.
—No hay muñecas.
—Eso espero —murmura, manteniendo una distancia prudencial con el sillón—, porque yo tolero muchas cosas por amistad, pero las muñecas poseídas no están incluidas en el pack.
Se me escapa otra risa, más floja que antes.
Dejo mi maleta junto a la entrada y doy un paso hacia el salón.
El suelo cruje bajo mis zapatos. Es un sonido seco, insignificante, pero mi cuerpo lo reconoce con una urgencia que salta los límites de la memoria.
La luz entra por una ventana alta y cae sobre una mesa de madera cubierta con una sábana.
En una esquina hay una chimenea apagada.
Sobre la repisa, dos portarretratos vueltos boca abajo.
No los toco. Todavía no.
—Voy a abrir un poco las ventanas —anuncia Brisa—. Antes de que nos intoxiquemos con nostalgia concentrada.
—Buena idea.
Se acerca a una de las ventanas y forcejea con el pestillo. Mientras yo avanzo hacia el centro del salón.
Cada rincón parece saber quién soy, aunque yo no pueda decir lo mismo: la mesa, la escalera, el marco que da a la cocina y la puerta estrecha del fondo. Ninguno tiene nada extraordinario que explique por qué me cuesta tanto respirar. Es una casa cerrada desde hace años.
«Solo paredes, polvo y silencio».
Sin embargo, tengo la sensación de que, si doy un paso más, algo va a tocarme desde dentro.
Brisa consigue abrir una ventana y entra una ráfaga de aire fresco. También unas gotas finas de lluvia que empiezan a repiquetear fuera, suaves, insistentes.
—Ya está —dice—. Aire norteño gratuito. Huele a árbol mojado y a que mi pelo va a dimitir.
Intento sonreír, pero el pecho se me ha apretado otra vez. Demasiado. La casa se inclina un poco. O quizá soy yo.
—Voy al baño —suelto de golpe.
Brisa se gira enseguida.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo… necesito lavarme la cara.
Miento fatal. Pero ella me deja hacerlo, porque sabe que a veces necesito fingir para no romperme delante de nadie.
—Vale. Te acompaño.
—No hace falta.
—Tess…
—Brisa, de verdad. Solo voy al baño.
No sé dónde está o puede que sí. Esa es la parte que más me inquieta.
Porque mis pies ya han empezado a orientarse hacia el pasillo de la izquierda sin esperar a que mi cabeza recuerde haberlo decidido.
La puerta está abierta, recibiéndome. Entro y cierro detrás de mí.
Me acerco al lavabo, giro el grifo, que protesta antes de dejar caer un chorrito de agua, y coloco las manos debajo para recogerla y mojarme la cara.
Tres golpes secos llegan desde la entrada. La casa, de pronto, parece aún más silenciosa.
—¡Ya voy! —grita mi amiga—. Pero como preguntes si está Tamara, no pienso abrir.