Perdiendo el Norte Capítulo 9
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Capítulo 9

El bar de Sindo tiene tres cosas que nunca cambian: el olor a café recalentado, la tele puesta a un volumen que nadie admite haber subido y una capacidad sobrenatural para enterarse de todo antes que los propios implicados.

Por eso suelo evitarlo cuando necesito paz. Y por eso, evidentemente, estoy aquí.

—Tienes cara de haber discutido con una puerta —dice Nico, dejando su botellín sobre la mesa.

—No discuto con puertas.

—Claro. Tú solo las abres con mala hostia y haces que parezca una declaración de principios.

Deva, sentada a su lado, suelta una risa contra el borde de la copa.

Nico la observa como si acabara de hacer una proeza.

Solo se ha reído, pero él la mira así desde que tengo memoria.

Y, aunque nunca lo reconocería delante de ellos, tiene algo bonito que después de tantos años sigan mirándose de esa manera.

El problema es que lo hacen a todas horas.

Y uno también tiene un límite de azúcar.

—He abierto la casa de la colina —digo, porque prefiero arrancarme la tirita antes de que Nico empiece a hacer preguntas con esa cara suya de amigo que se cree terapeuta por haber leído dos artículos sobre responsabilidad afectiva.

Deva deja la copa sobre la mesa.

—¿La casa de Pelayo?

—Esa —respondo.

Todo el mundo conoce esa casa. En un pueblo tan pequeño, basta con que una puerta cerrada durante años vuelva a abrirse para que la noticia corra más rápido que quien lleva las llaves. Nico se inclina hacia mí, de pronto mucho más interesado.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Cómo estaba?

De pronto, vuelvo a estar frente a la casa.

Veo la llave girar en la cerradura, oigo el chirrido de la puerta y aspiro de nuevo el olor a madera, polvo y humedad encerrada.

Las sábanas blancas cubren algunos muebles como fantasmas y las ventanas verdes se resisten hasta que, por fin, ceden y dejan entrar el aire de fuera.

Recuerdo haberme quedado quieto en el salón más tiempo del necesario y haber apartado la mirada de la habitación del fondo, donde sabía que seguían aquellas marcas en la pared, ya casi borradas por el tiempo.

—Cerrada —respondo.

Mi amigo arquea una ceja.

—Gracias por ese informe detallado.

—Si quieres poesía, se la pides a Deva.

Ella sonríe, pero no insiste, sabe cuándo tocar una herida y cuándo dejarla quieta. Nico, en cambio, nació sin ese mecanismo. O lo perdió un día en una fiesta de prao y nunca volvió a recuperarlo.

—Mi madre dice que llegan hoy —comenta él.

—Tu madre dice muchas cosas —respondo con toda la indiferencia que consigo reunir.

—La mayoría, ciertas.

—La mayoría exageradas.

Bebo un trago. La sidra está fría y ácida, exactamente tal y como exige la costumbre.

Debería concentrarme en eso: en la superficie áspera de la mesa, la humedad que cubre los cristales, el partido que nadie mira y la historia que Nico intenta contarme sobre un cliente empeñado en pedirle una barandilla «rústica, pero moderna, sin que parezca nueva ni vieja».

«Debería».

El problema es que, en la barra, a tres mesas de distancia, Maruja la de la farmacia acaba de pronunciar las palabras «la casa de la colina» con la discreción de una sirena de puerto.

—Pues yo las vi pasar —dice—. Dos muchachas. La morena conducía como si la persiguiera Hacienda y la rubia iba agarrada al salpicadero, santiguándose.

—¿Y quiénes son? —pregunta alguien desde el fondo.

—No tuve tiempo de preguntarles. Pasaron demasiado rápido —responde Maruja, encogiéndose de hombros.

—Entonces no te has enterado de nada —dice Sindo.

—Me he enterado de lo importante —Maruja carraspea y espera hasta tener la atención de todo el salón—. Son dos y vienen de fuera.

—Serán unas interesadas en comprar la vivienda.

—¿Quién va a querer comprar esa casa? —pregunta Maruja, ofendida.

—Algún jípster de esos —argumenta Mariola.

—¿Algún qué? —pregunta Maruja, arrugando la nariz.

— Jípster . Los de los pantalones remangados, las gafas grandes y el café con cosas.

—Ah. Un moderno —concluye, satisfecha de haber encontrado una traducción comprensible.

—Eso.

No levanto la vista. No me hace falta para seguir cada palabra. Nico, por desgracia, me conoce muy bien y se inclina hasta entrar en mi campo de visión.

—¿Te interesa la conversación?

—Me interesa que la gente no hable a gritos.

—Claro.

Deva le da un codazo suave.

—Déjalo.

—Lo estoy dejando.

—No lo estás dejando. Tienes esa sonrisa y las cejas levantadas.

—Mi cara de siempre. —Sonríe con suficiencia.

—No —digo—. Tu cara normal es peor.

Él se lleva una mano al pecho.

—Qué bonito es tener amigos.

En la barra, otro vecino se suma al comité de análisis territorial.

—Yo he oído que son de ciudad.

—Eso explica lo de conducir sin miedo a la muerte —dice Sindo activando la cafetera—. Los de ciudad creen que las curvas son una sugerencia.

—Como si los de aquí respetarais las curvas —murmura Deva.

—Tú no entres en esto, que conduces igual que una señora con un bizcocho en el asiento de atrás —le dice Nico, con una devoción casi ofensiva.

Deva le da un pequeño golpe en el brazo y Nico se ríe, encantado de haber conseguido provocarla.

Los observo discutir y siento la punzada de siempre.

No es envidia. O no exactamente. Es la certeza incómoda de que, por mucho que me burle de ellos, finja que me parecen empalagosos y ponga los ojos en blanco cada vez que Nico le aparta un mechón de la cara como si protagonizaran una película francesa, una parte de mí también quiere eso.

No quiero los besos en mitad del bar. Quiero esa forma tranquila de ocupar el mismo espacio, ese idioma propio que no necesita demasiadas palabras y la seguridad absurda de saber que alguien me pedirá otra bebida antes de que yo mismo me dé cuenta de que la quiero.

Nico hace una seña a Sindo.

—Ponle otra a Diago. Está intentando pensar y se le va a hacer bola.

—No estoy intentando pensar.

—Peor. Entonces esa cara te sale sola.

Nela sonríe.

—¿Te preocupa la casa?

—No.

Deva y Nico giran la cabeza hacia mí al mismo tiempo.

—Qué sincronizados sois cuando queréis tocar las narices.

—Nos compenetramos —dice Nico, orgulloso.

—Doy fe —añade Deva.

—Qué asco dais.

—Pero nos quieres.

No respondo, es mi manera de decir que sí sin perder dignidad. En la barra, el rumor empieza a engordar como lo hacen aquí todas las historias: nace de un dato, se alimenta de imaginación y termina convertido en una versión local del apocalipsis.

—Pues mi cuñada dice que llegaron con una caja rara —comenta Maruja.

Sindo detiene el paño sobre el vaso que estaba secando.

—¿Con lacre? —pregunta, escéptico.

—Eso me han dicho.

—Eso es de brujería —sentencia un hombre desde la esquina.

—Fijo que lo han pedido en Amazon —responde otro.

Mi amigo me mira, yo desvío la vista a mi vaso. Deva, que intenta no reírse, se muerde el labio.

—¿Una caja con lacre? —pregunta Nico, bajando la voz—. Qué nivel. La casa llevaba años cerrada y ahora llega gente con atrezo de exorcismo —bromea.

—No es asunto mío.

—Has abierto la casa.

—Precisamente por eso ha dejado de ser asunto mío.

—Ajá —murmura Nico mientras asiente despacio, con las comisuras temblándole.

—No hagas ajá ni pongas esa cara.

—No he hecho nada. Es mi cara normal.

—Tu cara normal está a punto de recibir un puñetazo.

Deva le pone una mano en el brazo a Nico. Él baja la vista hacia el lugar donde descansan sus dedos y parece olvidarse de seguir molestándome. Lo hace mucho. Perder el hilo por ella. Como si pudiera tocarle el brazo y apagarle los pensamientos.

Me pregunto cómo sería eso. Que alguien te callara el ruido por dentro con un gesto. Me lo pregunto medio segundo, luego lo entierro donde coloco todas las cosas que no pienso reconocer en voz alta.

—No entiendo tanta historia —digo con un gruñido—.

Es una casa. Llegarán, abrirán las maletas, se quejarán de la humedad, harán fotos del paisaje para Instagram, descubrirán que aquí el silencio pesa más que en sus pisos y se irán.

Vacaciones, aire limpio, ganas de desaparecer unos días… lo que sea.

Deva me observa con calma.

—¿Y si no se van tan rápido?

—Todo el mundo se va.

La respuesta se me escapa antes de que pueda medirla. Las sonrisas desaparecen al instante.

«Mierda».

—Quiero decir —rectifico, dejando el vaso en la mesa— que la gente viene de vacaciones, crea recuerdos familiares y desconecta de la ciudad. Luego vuelve a su vida.

—Claro —dice Deva, demasiado suave.

Odio cuando la gente me habla así. Prefiero que me insulten. Es mucho más práctico.

—Además —dice Nico, recuperando el tono burlón—, si conducen como dice Maruja, igual no llegan vivas al final de la semana.

—No tiene gracia.

—Lo sé —admite, frotándose la nuca—. Era para aliviar tensión.

—Trabaja más esa técnica.

Desde la barra, alguien interviene.

—La morena era guapísima, eso sí.

Levanto la vista antes de poder evitarlo.

«Error».

La sonrisa de mi amigo se ensancha.

—¿La morena? —pregunta Maruja, encantada de tener público—. Guapa, sí. Pero tenía una cara… Ay, una de esas caras que parecen llevar una pena enganchada a la espalda.

—O sueño —añade Sindo—. La gente que baja de un avión tiene mala cara.

—No era sueño —insiste Maruja—. Hay caras que una reconoce.

Deva baja la mirada hacia su copa, la sonrisa de Nico desaparece y yo cierro los dedos alrededor del vaso.

No sé quién es esa mujer. Tampoco por qué ha venido ni qué busca en una casa que lleva años cerrada.

Y, desde luego, no pienso implicarme en ningún drama ajeno.

Bastante tengo con la fragua, mi abuela, mis encargos atrasados y una tienda donde cada cliente cree que «artesanal» significa «rápido, barato y hecho con amor».

—Bueno —dice Nico—. ¿Y tú cuándo piensas volver a la casa?

—No pienso volver.

—¿Ni para comprobar que el termo funciona?

—He abierto, he aireado y he comprobado la luz. Mi trabajo ha terminado.

—El agua caliente es importante.

—Que llamen a un fontanero.

—Tú sabes arreglar termos.

—También sé cortar acero y no por eso voy por ahí haciéndoles pendientes a desconocidas.

Deva inclina la cabeza.

—Serías malísimo en atención al cliente.

—Soy malísimo en atención al cliente.

—Por eso tu abuela saluda por ti.

—Mi abuela intimida por mí. Es diferente.

Sindo deja una sidra nueva sobre la mesa y me señala con la barbilla.

—Diago, ¿tú no abriste esta mañana la casa? —pregunta Sindo.

Aprieto la mandíbula. Ya empezamos.

—Ayer por la tarde.

—Pues vuelve a echarle un ojo, anda. Dicen que la verja se queda pillada si llueve. Y hoy va a llover.

—Siempre va a llover.

—Pero hoy viene con intención.

Miro por la ventana. El cielo se ha oscurecido un poco más, y una nube baja parece haberse sentado sobre las montañas con ganas de quedarse a vivir.

—No soy mantenimiento municipal.

—No —dice Sindo—. Eres el único que sabe qué ventana no cierra bien desde aquel invierno en que una de las contraventanas estuvo a punto de venirse abajo.

Nico oculta la sonrisa con el vaso.

«Traidor».

—Qué memoria tenéis todos cuando os conviene —murmuro.

—Y qué poca cuando hay que pagar rondas —contesta Sindo.

En la barra, Maruja sigue con lo suyo:

—Pues la otra muchacha cargaba con una maleta más grande que una vaca. Tiene pinta de que se quedarán una larga temporada.

Dejo unas monedas sobre la mesa y me levanto. Nico abre mucho los ojos.

—¿Ya te vas?

—Tengo trabajo.

—Hace treinta segundos no eras mantenimiento municipal.

—Y sigo sin serlo.

—Entonces…

—Voy a comprobar una verja.

Deva sonríe, pero no dice nada. Nico, por desgracia, sí.

—Claro. Una verja. Muy importante. Metálica. Fría.

—Nico.

—Me callo.

—No sabes callarte.

—No, pero lo intento por Deva.

Ella le da un beso rápido en la mejilla y él se queda tan contento que por un momento me dan ganas de perdonarle la existencia.

Cojo la chaqueta del respaldo de la silla y salgo del bar antes de que alguien más opine sobre la casa, las mujeres que acaban de llegar o mi supuesta capacidad para reparar portones ajenos.

Fuera, el aire ya huele a lluvia. Me detengo bajo el toldo y miro hacia la carretera que sube a la colina.

No se ve la casa desde aquí, pero sé exactamente dónde está.

Siempre he sabido dónde estaba, incluso cuando llevaba años fingiendo que no.

Me subo el cuello de la chaqueta y empiezo a caminar cuesta arriba.

«Solo voy a comprobar una verja. Nada más». Eso me digo. Y casi me lo creo.