Perdiendo el Norte Capítulo 8
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Capítulo 8

Recogemos las maletas y, después de equivocarnos de planta y dar una vuelta a la terminal, conseguimos encontrar el mostrador de alquiler de coches.

El trámite es rápido: firmas, tarjeta, un seguro a todo riesgo que Brisa considera imprescindible porque, según ella, juntas no inspiramos ninguna confianza.

Cinco minutos después, ya tenemos las llaves del coche que nos espera en el aparcamiento exterior.

Cuando las puertas automáticas se abren, Asturias me recibe con una bocanada de aire húmedo que me golpea la cara y se cuela bajo la ropa.

Después de una noche casi en blanco y un vuelo durante el que Brisa ha roncado a mi lado con calidad Dolby Atmos, debería bastar para despejarme.

Aun así, el paso se me frena y mis dedos se cierran alrededor del asa de la maleta.

No es frío exactamente. Es una humedad limpia que me revuelve los rizos y me obliga a respirar de otra forma.

El cielo está cubierto de nubes bajas, grises y enormes, como si alguien hubiera decidido acercar el techo del mundo.

A lo lejos, todo parece más verde de lo normal.

Verde de verdad, húmedo e imposible. Uno de esos verdes que en Sevilla solo vemos en los anuncios de seguros o en las ensaladas de gente dotada de mucha fuerza de voluntad.

No sé por qué me detengo. Mi cabeza sabe que acabo de llegar a un lugar que no recuerdo; el resto de mí parece tener otra opinión.

—Vale. Retiro lo de que Asturias tiene verano de concepto —dice Brisa mientras se cruza la rebeca sobre el pecho, igual que una señora mayor.

—Ah, ¿sí?

—Tiene otoño infiltrado.

Me río, aunque la risa me sale pequeña. Porque hay algo en ese aire. No sé qué es. Sin embargo, al dar los primeros pasos y mirar el cielo gris sobre nuestras cabezas, tengo la sensación absurda de que no estoy llegando a un sitio nuevo.

«Estoy volviendo».

El coche de alquiler resulta ser un utilitario gris con complejo de caja de zapatos, pero conseguimos guardar el equipaje sin sacrificar ninguna maleta. La caja de Elena viaja en el asiento trasero, con el sobre lacrado apuntando al frente como una pasajera exigente.

Me acomodo al volante y busco dónde introducir la llave, pero no encuentro ninguna ranura. Pulso el primer botón que parece prometedor y las luces de emergencia empiezan a parpadear.

—¿Qué he hecho?

—Respirar cerca de tecnología moderna —responde Brisa.

—No ayudas.

—Estoy buscando el botón de arrancar —dice, inclinándose hacia el salpicadero.

—¿No estaba aquí? —pregunto mientras vuelvo a pulsarlo.

—Ese es el de las luces de emergencia.

Nos miramos con la misma confianza en nuestras capacidades: ninguna.

—No toques más cosas —ordena.

—Es mi coche.

—Es alquilado.

—Durante unos días es mío —aclaro.

—Durante unos días eres legalmente responsable de no estrellarlo contra una vaca.

—¿Por qué iba a estrellarlo contra una vaca? —pregunto cada vez más nerviosa.

—No lo sé, pero este viaje tiene energía de vaca atravesando la carretera en el peor momento.

Después de varios intentos fallidos, descubrimos que hay que pisar el embrague antes de pulsar el botón de arranque que, por supuesto, nos ha costado localizar.

El motor cobra vida, el GPS nos saluda con una voz femenina demasiado tranquila y yo introduzco la dirección que Berta me envió por mensaje.

La pantalla nos muestra un largo recorrido por carretera, un desvío casi al final y un nombre que se me queda grabado en la retina.

Taramundi .

No lo pronuncio en voz alta. Hay nombres que abren puertas cuando una todavía no está preparada para cruzarlas.

—Ruta calculada —anuncia el GPS—. Llegará a su destino en una hora y treinta y dos minutos.

Brisa se queda inmóvil.

—¿Perdón?

—Está lejos.

—No. Lejos es ir de Sevilla a Madrid con una botella de agua caliente y un niño dando patadas al respaldo. Esto es una relación tóxica con curvas.

—Aún no hemos salido del aparcamiento.

—Y ya me siento traicionada.

Salimos del aeropuerto con una solemnidad bastante limitada, sobre todo porque el GPS del coche decide hablar al mismo tiempo que el móvil de Brisa, que también ha puesto la ruta «por seguridad», y mi teléfono, que se conecta solo al bluetooth para informarnos con una voz metálica de que debemos incorporarnos a la derecha.

—Gire a la derecha —dice el coche.

—En doscientos metros, mantente a la izquierda —dice el móvil de Brisa.

—Tome la salida —dice mi teléfono.

—¿Pero qué salida? —pregunto, mirando los tres sitios a la vez.

—No les hagas caso a todas —grita Brisa—. ¡Escoge una!

—¡No puedo escoger una bajo presión!

—Pues escoge la que parezca menos pasivo-agresiva.

—¡Todas parecen pasivo-agresivas!

—Eso es porque son mujeres dando instrucciones y tú no las estás obedeciendo.

—¡Callaos todas! Necesito concentrarme.

Al final, logramos incorporarnos a la carretera sin llevarnos por delante ningún cono, ninguna señal ni, por suerte, ningún trabajador del aeropuerto. Brisa levanta las manos como si acabáramos de completar una misión espacial.

—Muy bien. Primer obstáculo superado. Solo nos queda sobrevivir al norte profundo, a una casa cerrada desde hace años, que puede que esté encantada o en ruinas, y a una caja de tu jefa que probablemente contiene salvia, piedras y una nota que dice «suelta el rencor, cariño».

—Elena jamás pondría «cariño».

—Cierto. Pondría «suelta el rencor, Tessa, tu aura parece un contenedor ardiendo».

Me río. Y agradezco reírme, porque en cuanto dejamos atrás el aeropuerto, el paisaje empieza a cambiar de verdad.

La carretera se abre entre montes verdes, casas bajas, prados húmedos y árboles que parecen haber nacido con la única misión de recordarle al mundo que el color verde tiene más tonos de los que caben en una caja de lápices.

El cielo sigue gris, pero no gris triste.

Más bien gris de manta, de taza caliente y de sitio que no tiene prisa por gustarte porque sabe que acabará haciéndolo igualmente.

Apoyo las manos en el volante e intento concentrarme en la carretera, en lugar de fijarme en la humedad que se pega al cristal o en el olor a lluvia que se cuela cada vez que Brisa baja un poco la ventanilla y vuelve a subirla porque «el norte se le está metiendo en los huesos».

Pero, sobre todo, intento ignorar esa sensación absurda de que todo esto ya ha estado antes en algún lugar de mí.

—Estás muy callada —comenta Brisa mientras baja el volumen de la música.

—Estoy conduciendo.

—Conduces en Sevilla y no te callas ni cuando te pita un autobús.

—Aquí hay curvas.

—Aquí hay algo más.

No la miro, porque si la miro, igual me pregunta. Y si me pregunta, tengo que contestar. Y no sé qué decirle, salvo que cada árbol, cada curva y cada nube baja parecen estar colocados en el sitio exacto para tocar una parte de mi pecho que no sabía que seguía ahí.

—Solo estoy cansada —miento.

Brisa no me cree. La conozco bien para saberlo. Pero también me quiere lo suficiente para no desmontarme en mitad de una carretera asturiana, con un GPS empeñado en que sigamos recto treinta y siete kilómetros.

Durante un rato solo suena la lista que Brisa ha bautizado «Viaje sanador».

Empieza con una canción demasiado alegre para el nudo que tengo en el estómago, pero ella la tararea bajito mientras mira por la ventanilla y yo me limito a conducir, respirar y seguir adelante.

Hasta que el paisaje empieza a cerrarse.

Poco a poco, la carretera se estrecha, se retuerce y acaba encajonada entre los árboles.

Las casas aparecen de vez en cuando, salpicadas sobre las laderas, con tejados oscuros y paredes de piedra.

Hay flores en algunas ventanas, leña apilada junto a puertas cerradas y una calma tan distinta a la de Sevilla que casi parece otro idioma.

—Dime que el GPS no nos está metiendo por un camino donde moriremos sin cobertura —dice Brisa.

—No nos está metiendo por un camino donde vayamos a morir sin cobertura.

Mi móvil pierde una raya. Luego otra y Brisa lo ve.

—Me has mentido con una convicción preocupante.

—No lo sabía a ciencia cierta. Solo lo suponía y no quería preocuparte. Era una mentira piadosa.

—¿Piadosa? Si nos perdemos, la cobertura era lo único que teníamos. Esto apunta a precuela de La matanza de Texas , versión rural asturiana.

El GPS anuncia un giro a la derecha por una carretera secundaria. Obedezco y el coche se adentra en un tramo más estrecho, bordeado de muros bajos de piedra y vegetación que roza los laterales, como queriendo comprobar quiénes somos.

Agarro el volante con más fuerza. No porque me dé miedo la carretera.

O no solo por eso. Ese camino me resulta extrañamente familiar, un destello sin imagen.

Es igual que tener una palabra en la punta de la lengua y, cuanto más intentas alcanzarla, más se esconde.

Miro por el retrovisor y, durante un segundo absurdo, no me veo a mí.

Veo a una niña con el cinturón puesto, el pelo negro alborotado y algo apoyado en el regazo.

Mira por la ventana como si fuera feliz.

Parpadeo y la carretera vuelve a ocuparlo todo. Solo estoy yo, con las manos tensas sobre el volante y un escalofrío que me recorre la espalda.

—Tessa —dice Brisa, esta vez sin bromas.

—Estoy bien.

—No te he preguntado.

—Ya, pero lo ibas a hacer.

El GPS vuelve a hablar.

—En quinientos metros, llegará a su destino.

El corazón me da un golpe seco. Brisa se incorpora en el asiento.

—¿Ya?

Trago saliva. La carretera asciende un poco más, gira entre dos árboles enormes y entonces la veo.

Al fondo, sobre una pequeña elevación, aparece una casa de piedra clara, con ventanas verdes y el tejado oscuro por la humedad.

Hay hiedra en una pared, una verja antigua medio abierta y una maceta torcida junto a la entrada.

Es la casa de la foto. O se le parece lo suficiente para que el aire se me quede atascado en la garganta.

—Tess… —susurra Brisa, con una mano suspendida cerca de mi brazo.

De pronto, la casa deja de parecer una casa. Parece una puerta, una de esas que llevan años cerradas y que, aun así, saben perfectamente cuándo has vuelto. El motor continúa encendido, pero ninguna de las dos se mueve.

Y, por primera vez desde que salimos de Sevilla, no tengo claro si quiero bajar del coche.