Capítulo 7
Dos días después, mi habitación confirma que preparar una maleta para Asturias debería considerarse un deporte de riesgo.
—No puedes llevarte sandalias al norte —sentencia Brisa desde el otro lado de la habitación.
Está sentada sobre mi maleta, con las piernas cruzadas y el móvil en una mano, igual que una inspectora de aduanas con problemas de confianza.
—Asturias también tiene verano.
—Asturias tiene verano de concepto: muy verde, muy bonito y con posibilidad de lluvia traicionera, aunque el cielo esté azul.
—¿Desde cuándo eres experta en climatología asturiana? —pregunto, entrecerrando los ojos.
—Desde que acepté acompañarte a un viaje que empezó siendo «voy a reconectar con el amor» y ha terminado siendo «me llevo un álbum familiar a una casa con nombre de película de terror». He investigado. Soy una mujer responsable.
—Hace tres días pediste vacaciones alegando una emergencia familiar.
—Y no mentí.
—Dijiste que, si no te las daban, podía terminar huyendo sola al norte con una maleta mal hecha y una salud mental discutible.
—Tampoco mentí.
Cojo las sandalias y se las enseño.
—Entonces, ¿sí o no?
Brisa las analiza con la misma cara con la que una médica comunica un diagnóstico complicado.
—Una. Por si hay milagro climático.
—Gracias.
—Pero también metes botas.
—¿Botas? ¿Voy a Asturias o a conquistar una colina?
—Conociéndote, ambas cosas pueden ocurrir antes del martes.
No puedo discutirlo, así que lanzo las sandalias al lado de la maleta y Brisa emite un quejido al notar el impacto contra su pierna.
—¡Oye!
—Daños colaterales.
—Yo soy tu acompañante, no tu saco de boxeo.
—Eres tú quien se ha sentado sobre mi equipaje.
—Porque si no me siento encima, esta maleta no cierra ni con una intervención divina.
Miro la ropa desperdigada a mi alrededor y suspiro.
«Tiene razón. Odio cuando tiene razón».
El plan, si es que puede llamarse así a una sucesión de decisiones impulsivas con una tarjeta bancaria temblando en un rincón, tomó forma en menos de cuarenta y ocho horas. Elena aceptó mi cambio de destino sin hacer preguntas. Solo pronunció una palabra al otro lado del teléfono: «Asturias».
Solo eso, como si supiera que la palabra tenía un peso raro en mi vida. No le di más explicaciones. Ni ella me las pidió. Mi jefa tiene esa peligrosa capacidad de parecer que no se entera de nada mientras te lee el aura, los silencios y, probablemente, los correos que escribes, pero no envías.
Brisa consiguió unos días libres con una rapidez sospechosa. Según ella, su jefa es muy empática. Según yo, utilizó las palabras «riesgo de fuga emocional, necesito contenerla antes de que salga en las noticias».
Berta también quiso venir. Lo dijo una sola vez, muy seria, con las manos metidas en los bolsillos del delantal y los ojos fijos en el álbum azul.
Yo le dije que no, y le conté que no haría esto sola, que Brisa estaría conmigo.
Eso ya es un cambio en mi plan. Mi tía no insistió.
Y su silencio me preocupó más que cualquier comité familiar acompañado de café, rosquillas y amenazas.
—¿Has metido chaqueta? —pregunta Brisa.
—Sí.
—¿Pijama decente?
—¿Qué consideras decente?
—Algo con lo que no parezcas una viuda victoriana atravesando un duelo complicado.
Saco del cajón mi vieja camiseta de dormir, esa en la que pone «Hoy no estoy para nadie» con las letras medio borradas. Mi amiga me la arrebata de un tirón.
—No.
—Es cómoda.
—Es un manifiesto.
—Estoy de vacaciones forzosas. Tengo derecho a manifestarme.
—Tienes derecho a sanar, no a dormir vestida cual amenaza.
Abro la boca para responder, pero en ese momento llaman al timbre. Las dos nos quedamos quietas.
—¿Esperas a alguien? —pregunta Brisa.
—No.
—Como sea Mikel, le tiro una bota.
—No digas su nombre —le recuerdo.
—El Innombrable.
—Mejor.
Brisa se levanta de la maleta con una agilidad sorprendente para alguien que hace cinco segundos estaba ejerciendo de cierre humano y se dirige hacia la puerta de mi habitación.
—Yo abro.
—¿Por qué?
—Porque tú estás en un estado en el que podrías comprar un billete de avión, insultar a un repartidor o adoptar una cabra. No quiero sorpresas.
—No voy a adoptar una cabra.
—Eso lo dices ahora.
Escucho sus pasos por el pasillo, la puerta principal abriéndose y un breve intercambio de voces. Después, Brisa aparece de nuevo cargando una caja mediana envuelta en papel kraft, con una cinta blanca alrededor y un sobre pegado en la parte superior.
—Ha llegado esto para ti —anuncia.
—¿De quién?
Mi amiga observa la etiqueta.
—De Elena.
«Eso no puede ser bueno».
Me acerco despacio, como si la caja pudiera activar algún mecanismo oculto si detecta mi mala energía.
El papel es bonito, demasiado para un regalo que viene de mi jefa.
En la parte superior hay un sobre color crema cerrado con lacre rojo.
Sobre este se distingue una pequeña estrella estampada.
Y encima, escrito con una caligrafía impecable, hay un mensaje:
NO AbrIR HASTA LLEGAR AL DESTINO.
Debajo, en letras más pequeñas:
No sacudir. No juzgar. No discutir con el contenido.
Brisa lee por encima de mi hombro.
—No discutir con el contenido —repite despacio—. Elena te conoce bastante bien.
—¿Qué crees que hay dentro?
Levanta la caja con cuidado y la inclina primero hacia un lado y después hacia el otro.
—No la sacudas —le advierto.
—No la estoy sacudiendo. La estoy escuchando.
—Eso es peor.
Pega una oreja al lateral.
—Suena a… a madera. O a piedras. O a un kit para invocar a una señora que huele a incienso y te dice que sueltes lo que ya no vibra contigo.
Me llevo una mano a la frente.
—Me ha mandado una caja de malas vibraciones.
—No. Supongo que será para eliminarlas.
—Brisa.
—¿Qué?
—Mi jefa acaba de enviarme una caja con un sobre lacrado para unas vacaciones obligadas en Asturias.
—Dicho así, parece el inicio de una película en la que nadie sobrevive al tercer acto.
—Gracias.
—Pero con paisajes preciosos.
Cojo la caja y la dejo sobre la cama, junto a la ropa. No pesa mucho, aunque tiene esa clase de presencia absurda que solo tienen los objetos que sabes que van a darte problemas.
—No pienso abrirla hasta llegar allí.
Ella arquea las cejas.
—¿Tú?
—Yo.
—¿La misma mujer que de pequeña abría los regalos de Reyes con un cúter y luego los volvía a envolver con celo torcido?
—Era una niña curiosa.
—Eras una delincuente navideña.
—He madurado.
Ignoro su expresión de incredulidad y vuelvo al armario.
Elijo otro jersey y un vestido que quizá no use, pero que me hace sentir menos persona en fuga y más mujer dispuesta a reaparecer con un poco de dignidad.
Después, mi atención se detiene en la cómoda.
El álbum está allí. Cerrado. Silencioso.
Como si llevara cinco días esperando a que dejara de fingir que no me da miedo.
Brisa sigue la dirección de mis ojos y, por primera vez en toda la mañana, no hace ningún comentario. Algo que agradezco. Me acerco a la cómoda y cojo el álbum. Pesa menos de lo que debería para todo lo que guarda dentro.
—Va a venir con nosotras —digo.
Brisa asiente.
—Lo suponía.
—Las fotos pueden ayudarme a encontrar los sitios.
—Claro.
—Y a recordar.
La palabra queda suspendida entre las dos.
No sé por qué pesa tanto si, en teoría, solo voy a recordar veranos, una casa antigua y a unos padres que se querían.
Un tiempo en el que el amor parecía de verdad.
Sin embargo, en el rostro de Brisa aparece una suavidad que odio un poco, porque significa que ha visto las grietas que todavía intento disimular con rímel.
—Tess… —empieza con cuidado.
—No pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—La de «soy tu amiga y estoy a punto de preguntarte algo emocionalmente incómodo».
—Es mi voz natural.
—Tu voz natural parece que va a sacarme una confesión en un documental de Netflix.
Suspira y se sienta en el borde de la cama.
—Solo quiero saber si estás segura.
Observo la maleta, la ropa, las botas, la caja de Elena y el álbum azul. Todo junto parece el equipaje de una persona que no sabe si va de vacaciones, a una investigación familiar o a que le hagan una limpieza espiritual contra su voluntad.
—No estoy segura de nada —admito—. Ni de que sea una buena idea ni de que al llegar allí no quiera volverme en el primer autobús. Pero necesito ir. Quedarme aquí fingiendo que no tengo miedo tampoco va a arreglar nada.
—Con tus padres —murmura Brisa, señalando el álbum.
Asiento. Me cuesta hacerlo. No porque no quiera hablar de ellos, sino porque cada vez que los nombro en voz alta siento que algo antiguo se mueve dentro de mí. Algo que no sé si viene a abrazarme o a romperme otra vez.
—Con mis padres —repito.
Brisa se levanta, coge el álbum, abre la maleta y lo coloca en el fondo con más delicadeza de la que ha mostrado con cualquiera de mis vestidos. Luego pone encima una chaqueta, como si lo arropase.
—Vale. Nos vamos al norte.
—¿Así sin más?
—No sin más. Voy a acompañarte, voy a impedir que abras la caja de Elena antes de tiempo, voy a controlar tu consumo de cafeína y, si hace falta, voy a pelearme con cualquier señora asturiana que te mire raro.
—No creo que las señoras asturianas tengan culpa de nada.
—Yo no discrimino por comunidades autónomas cuando se trata de protegerte.
Se me escapa una sonrisa. Pequeña, pero muy real.
—Gracias.
—No me las des todavía. He mirado la previsión y puede llover cuatro días seguidos.
—Eso es muy del norte, ¿no?
—Eso es muy de acabar las dos con el pelo tieso después de discutir con un enchufe.
Me río, y por un segundo, la habitación parece menos caótica.
Menos pesada. Como si la maleta no fuera una puerta abierta hacia algo que me asusta, sino solo una maleta, y el norte dejara de ser una palabra con frío en los brazos para convertirse en un destino.
Un sitio al que se llega con botas, chaqueta, álbum familiar y una mejor amiga dispuesta a insultar al clima si hace falta.
Brisa vuelve a sentarse sobre la maleta.
—Ahora ayúdame a cerrar esto.
—Es imposible.
—Nada es imposible para dos mujeres con traumas, prisa y un vuelo que sale mañana.
Me apoyo en la tapa y empujo con todo mi peso mientras Brisa pelea con la cremallera. El cierre avanza poco a poco, quejándose como si también tuviera una opinión sobre mi vida. Cuando por fin conseguimos cerrarla, mi amiga levanta los brazos en señal de victoria.
—Hecho.
Observo la maleta. La caja de Elena queda fuera, sobre la cama, con su sobre lacrado apuntando hacia mí, con aires de saber más que yo.
Respiro hondo. Asturias. La casa del norte.
El álbum azul. Mis padres sonriendo en un lugar que recuerdo a fogonazos: piedra, verde, cielo limpio y una paz que no sé si fue real o si los años la han vuelto más bonita en mi cabeza.
—Bueno —dice Brisa mientras coge la caja con ambas manos—. ¿Lista?
«No».
Ni de lejos. Sin embargo, asiento. Porque hay viajes que una no hace porque esté preparada. Los hace porque quedarse quieta empieza a doler más que moverse.