Capítulo 6
El fuego siempre me ha parecido más sincero que las personas. Si te acercas demasiado, quema. Si lo descuidas, se apaga. Si lo respetas, te da exactamente lo que promete: calor, luz y una buena razón para no meter la mano donde no debes.
—No, Mateo —le advierto antes de que llegue a apoyar toda la palma—. El yunque no se acaricia.
El niño retira la mano a toda velocidad y abre los ojos de par en par, como si acabara de decirle que el yunque muerde.
—¿Por qué?
—Porque está caliente.
—No parece caliente —dice mirándolo de reojo.
—Tú tampoco pareces peligroso —le recuerdo mientras aparto las tenazas de su alcance—, y hace diez minutos casi le sacas un ojo a tu prima con ellas.
Su prima, una niña con dos trenzas, un delantal enorme y cara de no haber olvidado la ofensa, asiente con energía, satisfecha de que alguien reconozca por fin la gravedad de los hechos.
—Me ha atacado.
—No te he atacado. Estaba probando.
—Eso dicen todos los villanos antes de ir a la cárcel —murmuro.
Los niños se ríen, aunque no estoy seguro de que todos entiendan la broma. Desde su rincón junto a la puerta, Tizón levanta la cabeza al oír el alboroto. El san bernardo observa a Mateo durante unos segundos, decide que la amenaza está controlada y vuelve a apoyar el hocico entre las patas.
A veces los niños son el público perfecto: hacen ruido, examinan demasiado y todavía no han aprendido a fingir que no tienen miedo cuando algo los impresiona.
Quizá por eso acepté llenar la forja de delantales pequeños, manos inquietas y preguntas imposibles durante algunas mañanas.
Es tan limpia la forma que tienen de mirar el fuego.
Como si no supieran todavía que algunas cosas bonitas también pueden hacer daño.
Dejo caer los hombros mientras el olor familiar del taller me llena los pulmones; metal caliente, carbón, cuero viejo y madera húmeda.
Fuera, el norte se ha levantado con esa calma suya que parece preciosa en las fotografías y cala hasta los huesos en cuanto te descuidas.
Dentro, en cambio, el fuego respira con fuerza en la fragua y le da pulso a la mañana.
—Diago —interviene Lara, la monitora que acompaña al grupo, estirando el cuello para mirar por encima de mi hombro—, creo que se te está quemando eso.
Observo la pieza hundida entre las brasas.
—No se está quemando —aseguro.
—Está naranja —señala.
—Eso es bueno.
—¿Seguro? —pregunta, retrocediendo un paso.
—Lara, si quisiera opiniones sobre metal incandescente, habría colocado un buzón de sugerencias junto a la fragua.
Ella me dedica una mirada cansada, de esas que la gente lleva años lanzándome con la esperanza de que algún día me convierta en una persona más sociable.
«Pobres, a estas alturas deberían saber que conmigo no hay milagro que valga».
Sujeto la barra con las tenazas, la saco del fuego y la apoyo en el yunque.
El metal brilla con un naranja intenso, casi blanco en los bordes.
Por un momento, todos se quedan callados.
Incluso Mateo, que hasta ahora parecía convencido de que guardar silencio por más de ocho segundos podía tener consecuencias médicas.
Ese instante me gusta. La calma que precede al golpe.
Levanto el martillo.
—Escuchad —les digo—. El truco no está en golpear más fuerte, sino en hacerlo donde toca.
Descargo el primer golpe. El sonido estalla en el taller, seco y limpio, y varias bocas se abren al mismo tiempo.
El metal cede lo justo bajo el impacto. Repito el movimiento una vez y después otra; la forma empieza a dibujarse, todavía tímida, bajo la fuerza medida del martillo.
Así funciona todo lo que merece la pena: paciencia, fuego, golpes bien dados y saber cuándo parar antes de estropearlo.
El móvil vibra en mi bolsillo justo cuando les explico que ninguno va a tocar el martillo grande, por mucho que me miren con cara de gatitos abandonados.
Lo ignoro, pero vibra otra vez. A la cuarta, Lara levanta las cejas y Tizón abre un ojo desde su rincón, tan molesto por la insistencia como ella.
—Creo que te llaman.
—Qué observadora.
—Puede ser importante.
—También puede ser alguien intentando venderme una nueva tarifa.
El sonido es cada vez más molesto.
—Pero… por si acaso, cógelo.
Gruño, dejo el martillo sobre la mesa y saco el móvil. El nombre que aparece en la pantalla me hace cerrar los ojos un segundo.
«Güela Olaya».
Mi abuela, una mujer criada entre el estruendo de los mazos, el olor a metal y la firme convicción de que un nieto nunca está ocupado para obedecerla. Suelto un largo y profundo suspiro. Descuelgo, sujeto el teléfono entre el hombro y la mejilla y vuelvo a coger las tenazas.
—Ahora no puedo —mascullo entre dientes.
—Buenos días a ti también, rapaz.
Tiene ese tono de mujer del norte capaz de hacerte sentir culpable hasta por respirar demasiado fuerte.
—Estoy dando un curso.
—Pues das el curso y me escuchas.
—Eso no suele salir bien —respondo mientras echo un vistazo al grupo.
—Para ti, quizá.
Varios niños me observan con la estupefacción de quien acaba de descubrir que los adultos también reciben broncas. Mateo sonríe, me enseña todos los dientes y le apunto con el índice.
—Ni una palabra.
Los granujillas ríen todavía más. Mi abuela suspira al otro lado de la línea.
—Necesito que vayas a abrir una casa.
—No trabajo de portero.
—No te he pedido que trabajes de portero. Te he pedido un favor.
—Peor.
Lara carraspea para contener la risa. Me giro para dar la espalda al grupo, aunque todos continúan escuchando con la misma discreción con la que una vaca entraría en una cristalería.
La petición no me resulta extraña. Olaya guarda copias de las llaves de varias casas que pasan vacías buena parte del año y se ocupa de abrirlas, vigilar las humedades y comprobar que todo siga en su sitio hasta que regresan sus dueños.
Aquí siempre hay alguien cuidando lo que los demás dejan atrás.
—¿Qué casa? —pregunto.
Hay una pausa. No es larga, pero sí suficiente para que algo se tense en mi nuca antes de que responda.
—La de la colina.
Las tenazas se quedan inmóviles entre mis dedos. El fuego cruje. Un niño hace una pregunta, pero no consigo entenderlo. Durante un segundo, el taller parece alejarse. El olor a carbón sigue ahí, el calor y la voz de mi abuela, pegada a mi oído.
—No —digo.
—Diago.
—He dicho que no.
—Y yo he oído que sí.
Aprieto la mandíbula y, por un momento, creo que me va a estallar un empaste.
—Tú siempre escuchas lo que quieres.
—Exacto. Así que aparca ese mal humor, que últimamente lo llevas de serie.
—Busca a otra persona.
—No hay otra persona.
—En este pueblo hay gente de sobra con llaves, piernas y capacidad para abrir ventanas.
—Pero yo te lo estoy pidiendo a ti.
Cierro los ojos y bufo.
«Maldita sea».
—¿Para qué? —pregunto levantando la voz.
—Van a quedarse unos días.
—¿Quién?
Mateo elige ese preciso instante para golpear la mesa con el martillo pequeño.
Lara grita su nombre, la niña de las trenzas lo acusa de intentar matarla otra vez y las palabras de Olaya se pierden entre el estruendo, el eco del metal y el pequeño caos infantil que se desata a mi espalda. Aparto el teléfono de la oreja.
—¡Mateo! —rujo más alto de lo que pretendía.
El niño deja el martillo sobre la mesa y esconde las manos a la espalda.
—Solo quería probar.
—Eso ha dicho tu prima antes de acusarte de intento de asesinato.
—Pero ella exagera.
—Tiene ocho años y dos trenzas. Claro que exagera.
—¡Te he oído! —protesta la niña.
—Esa era la intención.
Vuelvo a colocarme el teléfono entre el hombro y la mejilla.
—¿Qué has dicho? —pregunto.
—Que llegan mañana.
—Eso sí lo he oído.
—Pues escucha también que quiero la casa abierta, aireada y con el agua caliente funcionando.
Observo la pieza sobre el yunque. Ha empezado a perder color y vuelve a oscurecerse.
—Estupendo —respondo—. Con tiempo.
—Solo tienes que abrirla, comprobar que haya luz y que no se haya metido ningún bicho.
—¿Bicho de qué tamaño?
—Diago.
—Es una pregunta técnica.
—Haz el favor.
Me vuelvo hacia los niños. Mateo ha levantado la mano como si estuviera en el colegio.
—¿Sí?
—¿Podemos tocar el martillo pequeño?
Arrugo el ceño observando el martillo que acaba de soltar. Él también lo mira.
—No —respondo.
Mateo baja la mano y mi abuela resopla al otro lado de la línea.
—Veo que sigues siendo encantador.
—Y tú sigues pidiendo favores que parecen órdenes judiciales.
—Me preocupa que la casa esté en condiciones.
No sé cuánto tiempo lleva cerrada aquella casa. Hay lugares que deberían permanecer vacíos. Puertas que nadie tendría que volver a abrir y ventanas que están mejor acumulando polvo. Ajusto el teléfono entre el hombro y la mejilla mientras acepto que esta discusión ya la he perdido.
—¿Cuándo has dicho que llegan?
—Mañana.
Olaya guarda silencio un instante. Seguramente porque sabe reconocer una derrota cuando la oye respirar al otro lado del teléfono.
—Iré esta tarde —digo al fin.
—Gracias.
—No confundas que vaya con que me apetezca —gruño.
—No te he dado las gracias por el entusiasmo, sino por ir.
Me quedo en silencio, observando la pieza apagarse.
—Las llaves están aquí —añade—. Pasa a recogerlas cuando termines.
—Vale.
—Y podrías aprovechar para comer.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre.
—Entonces, ¿para qué sacas el tema? —inquiero, molesto.
—Porque he hecho pote.
Cierro los ojos con fuerza. Así es Olaya. Primero te coloca una obligación sobre los hombros y después te sirve un plato caliente para que no puedas protestar con el estómago vacío.
—Intentas sobornarme.
—Te alimento. No confundas las cosas.
—Nos vemos luego.
—Y no tardes, que el pote no espera por nadie.
Cuelgo antes de que intente suavizar la conversación con alguna frase amable que no quiero escuchar. Dejo el móvil sobre la mesa, recupero la barra y la devuelvo a la fragua.
—¿Estás enfadado? —pregunta la niña de las trenzas.
—No.
—Tienes cara de enfadado.
—Es mi cara normal.
Mateo ladea la cabeza.
—Mi madre dice que cuando los mayores dicen «no estoy enfadado» es porque están enfadados.
—Tu madre sabe demasiado.
Lara me observa como si hubiera percibido el cambio en el aire y el taller se hubiera llenado de algo que no tiene nada que ver con el humo ni con el calor.
—¿Todo bien? —Se acerca lo suficiente para que los niños no la oigan.
—Sí —respondo, más cortante de lo quería.
El metal empieza a teñirse de naranja de nuevo. Lo observo en silencio mientras espero a que alcance el punto exacto, ese instante breve en el que todavía puede moldearse antes de enfriarse del todo.
«La casa de la colina».
El norte, a veces, tiene una forma muy retorcida de abrir puertas que uno creía cerradas.
Levanto el martillo y descargo un golpe más fuerte de lo necesario. El sonido rebota contra las paredes del taller y todos los niños se callan.
—Recordad —digo, sin apartar la vista del metal—: no se golpea con rabia.
Lara arquea una ceja y yo aprieto los dientes.
—Aunque a veces cueste.