Perdiendo el Norte Capítulo 5
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Capítulo 5

Berta se presenta en mi casa días después de que decidí convertir unas vacaciones obligadas en una expedición sentimental al norte. Trae una bolsa de tela, un táper envuelto en papel de aluminio y una expresión demasiado seria para alguien que viene con croquetas.

Brisa, que está sentada en mi cama supervisando mi maleta como si acabaran de ascenderla a ministra de Equipaje y Crisis Personales, levanta la vista.

—No me gusta esa cara —dictamina Brisa, señalando a mi tía con una patata frita.

—¿Qué cara? —pregunta mi tía.

—La cara de «vengo a soltar una bomba familiar entre dos croquetas».

Berta suspira.

—Vengo a darte una cosa.

—Si es sentido común, llegas tarde —murmura mi amiga—. Esta mujer ya ha decidido irse a Asturias a perseguir recuerdos con botas nuevas.

La fulmino con la mirada.

—No voy a perseguir recuerdos —protesto.

—No, claro. Vas a pasearlos con correa —replica Brisa antes de meterse la patata en la boca.

Berta se acerca a la cama y deja la bolsa sobre el colchón. Después extiende un puño cerrado hacia mí. Cuando abre los dedos, descubro unas llaves sobre su palma. Chocan entre sí con un leve tintineo.

Me quedo mirándolas como si aquel tintineo hubiera despertado algo que aún no consigo reconocer.

Son tres. Dos grandes, antiguas, de esas que parecen abrir puertas con historia y humedad en las paredes, y una más pequeña, moderna.

Todas cuelgan de un llavero tallado en madera con forma de navajita cerrada.

La reproducción es diminuta y delicada, con el mango oscuro atravesado de lado a lado por una veta clara.

—¿Y esto? —pregunto.

Ella traga saliva antes de responder.

«Mala señal».

Mi tía puede enfrentarse a una vecina cotilla, a una mancha de tomate y a una boda fallida sin pestañear. Pero cuando traga saliva así, es porque vienen curvas.

—Son las llaves de la casa del norte.

La habitación cambia de temperatura. Brisa deja de masticar y el silencio nos envuelve. Mi atención salta de las llaves a Berta y de Berta a las llaves.

—¿Por qué las tienes tú?

—Porque me las dejaron tus padres.

La frase queda flotando en mitad de la habitación, con los zapatos puestos. Berta toma aire y se sienta en el borde de la cama, despacio, como si necesitara ese apoyo para continuar.

—La casa es tuya, Tessa.

—¿Cómo que es mía? —pregunto, convencida de haberla oído mal.

—Tu padre la dejó a tu nombre. Era de su familia, eso sí lo sabes. Bueno… —Hace una breve pausa, parece buscar las palabras adecuadas—. Puede que no lo recuerdes todo… pero sí que pasabais allí las vacaciones antes del accidente.

«Accidente».

Esa palabra sigue clavándose. No fue solo un accidente de coche. Fue el día en que perdí a mis padres. Se me humedecen los ojos. De aquella casa solo me queda una sensación difusa, parecida a una canción que suena desde otra habitación.

Mi tía debe de advertirlo, porque hace tintinear las llaves entre los dedos y me arranca de allí.

—Pensaba dártelas después de la boda —continúa Berta.

Me tenso. Brisa me mira de reojo, preparada para intervenir si pronuncio el nombre del Innombrable o si empiezo a emitir humo por las orejas.

—Me pareció un bonito regalo —añade mi tía—. Una etapa nueva. Una vida nueva. Tus padres habrían querido que la tuvieras.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —pregunto, con un pinchazo raro en el pecho.

Berta baja la vista al llavero.

—Porque a veces una se convence de que espera el momento adecuado cuando en realidad solo intenta evitar el difícil.

La respuesta me deja sin réplica. Contemplo el manojo que aún tiene en la mano y algo se me atasca justo debajo de las costillas. No es rabia. Es otra cosa más difícil de ordenar. Una mezcla incómoda de pena, sorpresa y esa clase de ternura que duele porque llega tarde.

Brisa levanta una mano con la solemnidad de quien pide turno en clase.

—Pregunta desde el cariño y con cero intención de recibir una herencia que implique humedades: ¿la casa se cae?

Berta la observa.

—No.

—¿Tiene techo?

—Tiene techo.

—¿Agua caliente?

—Si el termo no se ha muerto de viejo, sí.

—Eso no me tranquiliza.

—Hace años que nadie va —admite mi tía—. Pero he llamado para que la abran, la aireen y revisen lo básico antes de que lleguéis. Luz, agua, mantas limpias, ventanas, esas cosas.

—¿Has dicho mantas en plural? —pregunta Brisa, alarmada.

—Es el norte.

—Me llevo pijama largo —sentencia ella.

Berta espera hasta que extiendo la mano y entonces deposita las llaves en mi palma.

Pesan más de lo que deberían. La madera del llavero me roza la piel, suave y fría, y durante un segundo tengo la sensación absurda de que no me entrega una casa, sino una versión de mí que alguien guardó allí hace años y olvidó recoger.

—No tienes que ir si no quieres —dice mi tía.

—Quiero.

La respuesta sale demasiado rápido. Berta me observa con esos ojos suyos que no preguntan porque ya saben.

—Entonces ve. Pero no entres allí como si la casa te debiera respuestas.

Bajo la mirada a las llaves.

—No voy por eso.

—Y entonces, ¿por qué vas? Y no me digas que solo porque tu jefa te lo ha sugerido.

Cierro los dedos alrededor del llavero. La navajita de madera queda escondida dentro de mi puño.

—Porque lo siento aquí —digo, llevándome la mano al pecho—. Sé que es allí donde tengo que ir.

Berta y Brisa no dicen nada. Y ese silencio, por una vez, no me empuja. Me acompaña.