Perdiendo el Norte Capítulo 4
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Capítulo 4

—Yo no sé qué está buscando —dice Brisa, alzando las manos como si quisiera dejar constancia oficial de que no es cómplice—. Te lo juro, Berta, no está drogada. Viene así de serie.

Levanto la vista desde el suelo del salón, rodeada de cajas, álbumes de fotos, sobres amarillentos y varias pruebas gráficas de que en los noventa la gente se hacía fotos con una confianza alarmante en el flequillo.

—No estoy drogada —aclaro.

—Eso es justo lo que diría una persona drogada —murmura Brisa.

—Estoy investigando.

—Peor me lo pones.

Mi tía Berta se detiene en la entrada del salón con las llaves todavía en la mano, una bolsa de la compra colgándole del antebrazo y con la expresión de quien llega a casa esperando paz, silencio y quizá media hora de televisión y se topa con su sobrina adulta desvalijándole los recuerdos familiares como si buscara el mapa de un tesoro.

A su espalda aparece mi tío Rafa, con una garrafa de agua en una mano y una barra de pan bajo el brazo.

—¿Nos han robado? —pregunta mientras contempla las cajas esparcidas por el salón.

—No —responde Brisa—. Técnicamente, solo está removiendo el pasado sin autorización.

—Ah. —Mi tío asiente con una tranquilidad preocupante—. Entonces es cosa de Tessa.

—Gracias por la confianza, tío.

—De nada, cariño.

Mi tía deja la bolsa sobre una silla sin apartar la vista de mí.

—Tessa, ¿por qué tengo el salón como si hubiera pasado una borrasca por la comunión de alguien?

Miro a mi alrededor. Quizá he perdido un poco el control.

«Solo un poco».

Sobre la alfombra hay tres álbumes abiertos, dos cajas de zapatos llenas de fotografías sueltas, una funda de negativos que no sé ni cómo se mira, varias postales antiguas, una invitación de boda de mis padres y una foto mía con siete años, sin un diente y con un vestido de volantes que demuestra que mi familia me quiso mucho, pero no siempre bien.

—Necesito encontrar una cosa.

—¿Una cosa? —Mi tía arquea una ceja.

—Una foto.

—¿Y para encontrar una foto era necesario sacar todas las que existen desde que se inventaron las cámaras?

—No exageres.

Brisa señala una caja.

—¡Ahí hay una foto de tu tía con hombreras! —exclama de manera dramática.

—Eso fue una época muy difícil para todas —dice Berta, quitándole importancia mientras entra en el salón.

La casa de mi tía siempre huele igual: a limpio, a café recalentado, a suavizante y a algún guiso que parece llevar haciéndose desde antes de que yo naciera.

Es una mezcla absurda, pero para mí tiene el poder de recolocarme por dentro.

El salón no ha cambiado demasiado en los últimos años.

El sofá de flores que se niega a jubilar, la vitrina con copas que solo se usan en Navidad, el aparador lleno de marcos y ese tapete de ganchillo que sobrevive a todas las modas, a todas las visitas y a todas mis crisis personales.

«Quizá por eso he venido aquí».

Porque si en algún sitio pueden quedar restos de la persona que era antes de que todo se torciera, es en esta casa.

—¿Me puedes explicar qué está pasando? —pregunta mi tía, agachándose con cuidado para recoger un puñado de fotos—.

Porque Brisa me ha escrito un mensaje que decía «vamos para allá, no preguntes», y eso, viniendo de vosotras dos, puede significar desde «hemos comprado churros» hasta «necesitamos una pala y discreción».

—No necesitábamos una pala —puntualiza Brisa.

—Todavía —añade mi tío Rafa.

Las dos lo miramos. Él se encoge de hombros.

—Por si acaso. Yo me adapto.

Berta suspira y se sienta en el sofá. Mi tío deja la garrafa en la cocina y vuelve con esa calma suya de hombre que ha criado a una sobrina dramática, ha sobrevivido a una esposa con carácter y ya no se altera por nada que no implique una factura de la luz.

—Elena me ha mandado de vacaciones —suelto sin anestesia.

Mi tía se queda quieta con una fotografía entre los dedos.

—¿Tu jefa?

—Sí.

—¿Por lo de la boda?

—Por lo de que, según ella, ahora mismo desprendo malas vibraciones, energía de abandono y una ligera tendencia a proyectar mi trauma en adolescentes enamoradas.

Brisa levanta un dedo.

—Lo ha suavizado.

—Mucho —confirmo.

Berta me mira con esa mezcla de preocupación y ganas de darme un coscorrón que solo tienen las mujeres que te quieren desde que eras una niña y todavía no han actualizado del todo la versión adulta de ti.

—¿Y tú qué has hecho?

—Aceptar.

Mi amiga suelta una risa seca.

—Aceptar, dice. Ha aceptado como acepta ella las cosas: discutiendo, poniendo caras, llamando «gilipollas infecto» al Innombrable y saliendo de la redacción con un plan que no estaba en el documento oficial.

—No era un documento oficial.

—Había opciones escritas, Tessa. Eso para mí ya es institucional.

—¿Qué opciones? —pregunta mi tía, dejando la foto sobre la mesa.

—París, Roma, Lisboa, Florencia… —enumero a toda prisa—. Sitios bonitos, románticos, llenos de parejas que probablemente se besan delante de monumentos sin pensar en quienes hemos sido traicionadas en lugares religiosos.

—Qué específica —murmura mi tío.

—Estoy sanando.

—Pues da miedo.

Ignoro el comentario y vuelvo a mirar las fotos desperdigadas.

Hay veranos enteros sobre esa alfombra. Cumpleaños con tartas caseras.

Navidades con jerséis imposibles. Mi padre levantándome en brazos.

Mi madre riéndose con la cabeza echada hacia atrás.

Los dos mirándose en un segundo robado, de esos que nadie prepara para la cámara y que, por eso mismo, parecen más verdad que cualquier posado.

Noto algo raro en el pecho. No es dolor exactamente.

Es otra cosa. Un tirón suave hacia un lugar que llevo mucho tiempo evitando.

—Elena me dijo que tenía que volver a conectar con el amor —explico, bajando un poco la voz—.

Y yo no quiero irme a una ciudad llena de candados en puentes, parejas que comparten helado y gente que se promete cosas con música de violín de fondo.

No quiero que me vendan el amor en formato de paquete turístico.

Brisa me observa desde su silla, más seria ahora.

—¿Y qué quieres?

Cojo una foto del suelo. En ella aparecen mis padres mucho más jóvenes de lo que yo puedo recordarlos.

Mi madre lleva un vestido de tirantes claro y una chaqueta fina anudada a la cintura, el pelo recogido de cualquier manera por la humedad.

Mi padre está a su lado, con una camisa de cuadros abierta sobre una camiseta y esa sonrisa suya, tranquila, como si el mundo no pudiera romperse.

Están sentados en un banco de madera, con una bolsa de pan y una botella de sidra a medio abrir entre ellos, el aire fresco moviéndoles el pelo y las manos entrelazadas sin darse cuenta.

Detrás se ve un trozo de cielo azul, una pared de piedra clara, macetas en una ventana y una hilera de árboles tan verdes que casi parecen inventados.

No sé por qué esa foto me aprieta el corazón. O sí lo sé, pero no del todo.

—Quiero volver ahí —digo, mirando a mi tía.

El salón se queda en silencio. Uno distinto al de la redacción. Uno que no juzga. Uno que duele un poco.

Berta baja la vista hacia la foto que tengo entre las manos y su expresión cambia.

El gesto se le suaviza y los ojos se le humedecen, pero el resto de su cuerpo reacciona de forma opuesta: los hombros se tensan, los brazos quedan rígidos junto a los costados y los dedos se curvan hacia las palmas.

Es un matiz sutil, aunque suficiente para que algo dentro de mí se ponga en alerta.

Durante un segundo deja de ser mi tía práctica, la que siempre tiene una respuesta, un táper o una amenaza preparada, y se convierte en alguien atrapado en un recuerdo al que yo todavía no consigo llegar.

—Ay, mi niña… —murmura.

Y odio un poco que me llame así porque afloja todas las costuras con las que llevo horas intentando mantenerme entera.

—No empieces.

—No he empezado.

—Tienes cara de empezar.

—Tengo cara de acordarme.

Eso me deja sin palabras.

Mi tío Rafa se acerca despacio y se sienta en el brazo del sofá, junto a ella.

No dice nada, pero le aprieta el hombro con una mano.

Ese gesto pequeño, casi automático, me golpea más que cualquier discurso.

Porque ahí está otra vez. Eso que busco.

Eso que no sale en las películas cuando alguien interrumpe una boda para besar al amor de su vida delante de una novia humillada.

Eso que no necesita público, ni aplausos, ni una música que suba en el momento justo.

El amor de verdad quizá se parece más a esto.

A una mano en un hombro cuando una foto duele.

«A alguien que se queda».

—¿Ese es el sitio? —pregunta Brisa con cuidado.

No respondo enseguida. Sigo mirando la imagen.

Me acuerdo de la luz limpia de la mañana, del aire fresco colándose por debajo de la chaqueta, de mi madre apartándome el pelo de la cara porque la humedad me lo pegaba a las mejillas, de mi padre comprándome helados, aunque mamá dijera que luego no iba a comer, de las tardes en las que ellos caminaban cogidos de la mano por calles de piedra y yo pensaba que el mundo era un lugar seguro porque ellos se querían dentro de él.

—Creo que sí —contesto al fin.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí. Vale. Pero necesito hacer constar que esto ha pasado de «me voy de vacaciones para no insultar adolescentes» a «voy a perseguir el fantasma emocional de mis padres por algún punto del mapa», y yo, en mi condición de amiga responsable, tengo que mostrar cierta preocupación.

—Queda constancia.

—También quiero añadir que no me gusta nada que sonrías así cuando tienes una foto antigua en la mano.

—¿Cómo sonrío?

—Como si acabara de ocurrírsete una idea preciosa y peligrosísima.

Observo a mi tía.

—¿Tú sabes dónde está el álbum del último verano?

Me sostiene la mirada unos segundos. Demasiados.

Después suspira y desvía los ojos hacia mi tío.

Es rápido, casi invisible, pero lo veo. Mi tía puede ocultar muchas cosas, pero no sabe disimular cuando algo le duele.

Rafa deja de jugar con la esquina de una fotografía y se queda muy quieto.

De pronto, el salón parece haberse llenado de algo que nadie se atreve a nombrar.

—Claro que lo sé —responde ella, recuperando el tono práctico de siempre.

Brisa alza las manos otra vez.

—Genial. Perfecto. Vamos a necesitar más café, una supervisión adulta y, probablemente, una orden judicial para impedirle comprar billetes.

Berta se levanta despacio y camina hacia el aparador del fondo. Abre uno de los cajones, aparta varias carpetas y saca un álbum grande, de tapas azules, con las esquinas gastadas. Al verlo, siento una punzada en el pecho.

«No es un recuerdo. Es más bien la sombra de uno».

—¿A dónde quiere ir? —pregunta Rafa, aunque por su tono parece que ya conoce la respuesta.

Berta vuelve con el álbum entre las manos.

—A la casa del norte —dice.

«La casa del norte».

No sé por qué, pero esas cuatro palabras me recorren con un frío extraño que se me mete bajo la piel. Mi tío levanta la mirada y asiente con una pesadez que no entiendo.

—A buscar algo que perdió —añade mi tía.

No sé si se refiere al amor, a mis padres, a la paz o a esa versión de mí que todavía creía que las cosas buenas podían durar sin romperse en mitad de una iglesia.

«Quizá a todo».

Berta deja el álbum frente a mí, sobre la alfombra.

—Pero cuidado, Tessa —advierte mientras se acomoda en el suelo a mi lado—. Una cosa es volver a un lugar para recordar quién eras y otra muy distinta creer que el pasado puede arreglar lo que te duele ahora.

Contemplo la tapa con una cautela que roza el respeto.

Tenerla ahí, tan cerca, me provoca una sensación extraña.

No es miedo, pero tampoco tristeza. Es como si una parte de mí reconociera aquella tapa antes de que mi cabeza lograra explicarlo.

Paso la mano por el cartón gastado, despacio, convencida de que debajo hay mucho más que fotografías.

—No quiero que me arregle —susurro sin retirar la mano del álbum.

Nadie dice nada. Hasta las paredes parecen contener la respiración, anticipándose a los recuerdos. Abro el álbum y observo la primera página. Ahí están ellos: mis padres, jóvenes, felices, vivos en un trozo de papel brillante.

Mi madre sonríe con la cabeza ligeramente inclinada hacia mi padre.

Él la mira a ella, no a la cámara. Como si el mundo entero pudiera esperar un segundo más.

Detrás se adivina aquella casa del norte, la piedra, las ventanas verdes, una maceta torcida y un cielo limpio que no sé si recuerdo de verdad o si mi cabeza lo ha ido pintando con los años para que no doliera tanto.

Sonríen en el único lugar del mundo donde, durante mucho tiempo, yo creí que el amor no hacía daño.

—Solo quiero acordarme de cómo era antes de que todo se rompiera.