Capítulo 3
La cafetería está a medio llenar, lo justo para que nadie pueda decir que estamos solas y lo suficiente para que, si empiezo a gritar, haya testigos.
Huele a café recién molido, a tostadas con mantequilla y a ese tipo de mañana en la que la gente normal desayuna tranquila mientras yo intento decidir si mi vida se ha convertido en una comedia romántica o en una denuncia pendiente.
Brisa y yo ocupamos una mesa pequeña junto al ventanal. Ella tiene delante un té que no piensa beberse porque pedir infusiones en cafeterías es su forma de fingir equilibrio, y yo abrazo mi taza de café convencida de que es lo único que me separa de tomar decisiones cuestionables.
—Frena, frena, frena —repite sin parar.
Aunque creo que mi explicación ha quedado bastante clara, por su expresión parece que necesita interrumpir mi ponencia para comunicarme algo de importancia nacional.
—¿Por qué? —pregunto antes de llevarme la taza a los labios.
Mi amiga alarga la mano, me arrebata el café y lo aparta de mí. La miro horrorizada. Ahora mismo me siento como un niño al que le han quitado el chupete, solo que con más ojeras y una posibilidad real de morder.
—Para ti se acabó el café.
—Ya, claro. Porque tú lo digas.
—Exacto. Porque yo lo digo. Estás revolucionada y no quiero recordar la última vez que te pusiste así. Te dio por apuntarte a no sé cuántos cursos de punto, macramé y una cosa rarísima con agujas circulares que parecía brujería de mercería.
—Era crochet.
—Me da igual. Dabas miedo con esas agujas.
—A ti te da miedo todo —argumento, porque yo recuerdo aquella etapa de una forma bastante más artística.
—No. Parecías sacada de Insidious . Y no hablo de los espíritus que no hacían nada. Hablo de los que están al otro lado de la puerta esperando colarse en tu cuerpo. Tenías mirada de psicópata con lana.
Me llevo una mano al pecho, ofendida.
—Dijiste que se me daba bien.
—Te habría dicho cualquier cosa mientras empuñabas dos agujas metálicas y murmurabas que ibas a hacer una bufanda «para canalizar la rabia».
—Era una bufanda preciosa.
—Era una soga emocional.
Estira el brazo todavía más, alejando mi taza de mi radio de acción. Yo sigo con la vista fija en ella, calculando si podría lanzarme sobre la mesa sin provocar demasiados daños colaterales.
—Ahora respira —ordena con suavidad—. Vamos a hablar de esas «vacaciones», pero esta vez paso por paso. Articulando bien las palabras.
Pronuncia lo último muy despacio, remarcando los labios como si estuviera hablando balleno con Dory. Suelto un suspiro largo, me cruzo de brazos y la miro fijamente.
—Elena me ha dicho que necesito volver a conectar con el amor.
Según ella, tengo que alejarme de las malas vibraciones que ahora mismo me rodean —explico, y mi amiga asiente sin bajar el brazo—.
Me ha ofrecido varias opciones. París, Roma, Lisboa, incluso Florencia.
Ciudades bonitas, inspiradoras, llenas de arte, calles con encanto, música, parejas besándose en esquinas preciosas y todas esas cosas que, en teoría, deberían ayudarme a recordar quién era antes de ese gilipollas infecto al que me gustaría darle una patada en los cojones…
Brisa me tapa la boca con una mano.
—Dijimos que no volveríamos a nombrarlo.
Intento hablar, pero solo consigo emitir un ruido indignado contra su palma.
—Es el Innombrable —continúa—. Ahora voy a apartar la mano de tu boca, pero la taza seguirá bajo mi custodia mientras hablamos de ese viaje tan bonito y sanador que te ofrece tu honorable jefa, ¿vale?
Asiento despacio y mi amiga retira la mano con cautela, como quien abre la jaula de un animal que aún no tiene claro si muerde.
—Es verdad —admito—. Me he dejado llevar por el recuerdo y por mis ganas asesinas.
—Eso es —dice, complacida.
Sinceramente, podría haber seguido despotricando un rato más sobre ese cabrón insensible, pero no es el momento ni el lugar, y tampoco tengo acceso a mi café, así que decido comportarme igual que una adulta funcional durante al menos treinta segundos.
Además, tengo que contarle a Brisa mi verdadero plan.
—¿Y qué has decidido? —pregunta ella—. Porque a mí todas esas opciones me parecen maravillosas. París suena a croissant, Roma a helado, Lisboa a atardecer con drama bonito y Florencia, a encontrarte con un señor guapo mirando esculturas.
Sonrío. Mucho. Tanto que noto cómo las comisuras intentan conectar con mis orejas. Brisa se congela en el acto.
—Esa sonrisa me da más miedo que las agujas —murmura, echándose hacia atrás—. ¿Por qué parece que te ha poseído el ser maligno de Smile ?
—Porque tenemos un plan.
—No me gusta cómo suena.
—Te va a encantar.
—¿Por qué hablas en plural? ¿Te has unido a una secta? ¿Es eso? Porque yo respeto muchas cosas, Tessa, pero no pienso vestirme de lino beige ni llamar «hermana luz» a una señora que vende velas a treinta euros.
Suelto una carcajada que, por desgracia, suena un poco maléfica.
—¿Eso es un sí? —pregunta, estrechando la taza contra el pecho.
Lo que tengo pensado no es malo. No exactamente. Más bien improvisado. Impulsivo. Con cierto margen para que todo salga fatal. Pero eso también podría decirse de muchas decisiones importantes de la historia de la humanidad.
—No estoy en ninguna secta.
Brisa entrecierra los ojos.
—No sé si esa respuesta me calma o me altera. ¿Se pueden vivir ambas sensaciones a la vez?
—Conmigo, sí.
—Eso es lo que me preocupa.
Me inclino sobre la mesa.
—He elegido destino.
—Y algo me dice —murmura, mirándome como si acabara de ver abrirse una grieta bajo sus pies— que no está entre las opciones que te ha ofrecido Elena.
Mi sonrisa se ensancha y mi amiga deja la taza sobre la mesa, pero no la acerca a mí. Buena decisión.
—Digamos que Elena quiere que vuelva a conectar con el amor —digo—. Yo solo he decidido hacerlo a mi manera.
—Tessa…
—¿Qué?
—Cuando dices «a mi manera», normalmente alguien termina llorando, bloqueado o buscando vuelos a las tres de la mañana.
Apoyo los codos sobre la madera y bajo la voz, porque todavía no quiero decirlo en alto. No del todo. No hasta que el plan deje de parecer una locura y empiece a sonar como una brillante estrategia de recuperación personal. O al menos a una locura con billete de ida.
—Pues esta vez —susurro— puede que haya vuelo incluido.