Capítulo 2 #2
Mi novio y yo llevamos un año juntos. Últimamente está más distante porque dice que tiene mucho que estudiar. Yo quiero confiar en él, pero una amiga me ha dicho que lo vio hablando con otra chica a la salida del instituto. ¿Debería preguntarle o pareceré celosa?
Mi respuesta aparece justo debajo.
Pregúntale. Pregúntale todo. Dónde estaba, con quién, desde cuándo conoce a esa chica, por qué hablaban y si alguna vez se han besado.
No permitas que te convenzan de que eres una paranoica por querer saber la verdad.
Las personas que te dicen que confíes ciegamente suelen ser las mismas que aprovechan cuando cierras los ojos.
Hago una mueca.
—De acuerdo —admito, alargando las palabras—. Esta quizá está un poco influenciada por las circunstancias.
—Le recomendaste a una chica de diecisiete años que interrogara a su novio porque lo vieron hablando con una compañera.
—Hablando es como empiezan estas cosas.
Lucía abre mucho los ojos y hace girar los índices uno alrededor del otro, en un intento de rebobinar la conversación para darme la oportunidad de retirar la frase.
—La otra chica era su prima —añade Elena.
—Eso dijo él.
—La madre nos envió una fotografía familiar —dice mientras la saca de entre los folios y la coloca frente a mí.
—Las pruebas gráficas pueden manipularse con IA.
Lucía deja caer la frente contra la libreta. En cambio, Elena me sostiene la mirada durante unos segundos. No dice nada y, no sé por qué, su silencio me resulta mucho más incómodo que si me gritara.
—Era una broma —murmuro.
—Antes eras la mejor en esto. SOS Corazón se convirtió en una de las secciones más leídas de Boom! gracias a ti.
La frase me atraviesa como un misil, y el agujero que deja es enorme.
—Sigo siéndolo.
—Eras empática, cercana y divertida. Conseguías que las lectoras se sintieran que las entendías sin juzgarlas. Les dabas herramientas para tomar sus propias decisiones, no les decías qué hacer ni convertías cada duda en una señal de una traición inminente.
—Estoy intentando evitar que les hagan daño.
—No —niega Elena con suavidad—. Estás intentando impedir que les ocurra lo que te ocurrió a ti.
Abro la boca para responder, sin embargo, no encuentro nada que no suene a excusa. Lucía me mira desde el otro lado de la mesa. Ya no hace gestos, ni sonríe. Y eso es peor.
—Estoy bien —repito, aunque esta vez las palabras pierden firmeza antes de cruzar la mesa.
—No lo estás —responde Elena—. Y no pasa nada por admitirlo.
—Claro que pasa. Si admito que no estoy bien, significa que ellos han ganado.
—¿Quiénes?
—Mikel. Calista. Silvia. Todas las personas que están ahí fuera esperando que me desmorone para poder decir que ya lo sabían.
Elena se reclina en su silla.
—Tu recuperación no es una competición.
—Eso es fácil de decir cuando no han convertido tu desgracia en el tema favorito de conversación de media Sevilla.
—Seguir fingiendo tampoco hará que dejen de hablar.
—Entonces, ¿qué quieres que haga? —pregunto, apretando el bolso contra mis piernas.
—Quiero que te tomes unas vacaciones —dice Elena mientras cubre los papeles con una mano, como si el asunto ya estuviera decidido.
Suelto una risa.
—No —digo, sacudiendo la cabeza.
—No era una sugerencia.
—No necesito vacaciones.
Lucía levanta las manos y forma con los dedos algo parecido al tejado de una casa. Después apoya la mejilla sobre ellas y cierra los párpados.
Descansar.
Entrecierro los ojos y ella se encoge de hombros. Te juro que esta chica podría comunicarse con extraterrestres, creo que por eso la contrató Elena.
—Necesito trabajar —insisto, aunque el tono de súplica que se cuela en mi voz me traiciona—. Quedarme en casa pensando es lo peor que podría hacer ahora mismo.
—No he dicho que vayas a quedarte en casa.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Elena intercambia una mirada rápida con Lucía.
«Ahí está».
La parte de la conversación que no me va a gustar.
—La dirección de Madrid considera que necesitas apartarte temporalmente del consultorio —explica Elena con una serenidad que resulta ofensiva—. Tienes acumulado un mes de vacaciones y vas a utilizarlo.
—¿Un mes?
—Cuatro semanas.
—Sé cuánto dura un mes, Elena.
—Por tu expresión, he pensado que quizá necesitabas que lo aclarara.
Me pongo en pie y la apunto con el bolso.
—No podéis obligarme.
—Sí podemos. De hecho, acabamos de hacerlo.
—¿Y quién se ocupará de mi sección?
—Encontraremos una solución provisional.
Me llevo la mano al pecho, ofendida en lo más profundo de mi dignidad profesional.
—No quiero una solución provisional. Es mi consultorio.
—Y seguirá siéndolo cuando estés preparada para volver.
La miro, incrédula.
—Estoy preparada ahora.
Elena baja la vista hacia las respuestas impresas.
—Acabas de insinuar que una fotografía familiar podría estar manipulada por IA para encubrir una infidelidad adolescente.
—He visto documentales que empiezan con cosas más raras.
Lucía se cubre los ojos con una mano, como si ya no quisiera ser testigo de mi defensa.
Elena se levanta con calma y rodea la mesa.
Se detiene frente a mí, pero no invade mi espacio.
Nunca lo hace. Incluso cuando está a punto de destrozarte profesionalmente, mantiene una distancia respetuosa y con una voz capaz de convencerte de que el universo ha decidido darte una patada por tu propio bien.
—No te estoy castigando, Tessa. Intento protegerte. A ti y a algo que has construido todos estos años.
Miro de nuevo las hojas. Mis palabras parecen distintas impresas sobre el papel. Más duras y amargas. No soy yo. Es como si las hubiera escrito la mujer que salió de aquella iglesia sin novio, sin futuro y sin la más mínima intención de volver a confiar en nadie.
—No sé qué voy a hacer durante un mes —admito.
Elena sonríe por primera vez y eso tampoco me tranquiliza.
—Precisamente de eso quería hablarte.
Por encima del hombro de Elena, Lucía abre mucho los ojos, niega con la cabeza y junta los brazos delante del pecho para balancearlos de un lado a otro.
«¿Está acunando a un bebé?».
Tuerzo el gesto, cada vez más confundida. Ella se queda quieta un segundo y se tapa la cara con una mano, como si acabara de perder toda esperanza conmigo. Cuando vuelvo a mirar a Elena, algo me dice que la conversación todavía puede empeorar. Mucho.