Capítulo 2
El logotipo de Boom! , con sus letras blancas perfiladas en rosa fluorescente, me da la bienvenida.
Respiro hondo, me sacudo los nervios y empujo las puertas.
Nada más traspasar el umbral de la redacción, noto todas las miradas clavadas en mí.
Me juzgan en silencio. Puedo oír sus pensamientos con tanta claridad que casi parece que los llevaran impresos y pegados en la frente.
Sabía que no durarían.
Ella era poca cosa para él.
Pobrecita, qué mala cara tiene.
¿Habrá devuelto ya los regalos?
Ahora echo de menos a Brisa. Al final, debería haber permitido que se escondiera en el baño. Si la necesitaba, solo tendría que gritar «¡Brisa, ataca!» y ella saldría en mi ayuda con su bolso lleno de objetos contundentes y una predisposición alarmante hacia la violencia.
—Tessa, ¿qué haces tú por aquí? —pregunta Silvia, levantándose de su silla—. ¿No estabas de baja?
Me detengo frente a ella y levanto la barbilla. No quiero que me vean flaquear.
«Ellas no».
—¿De baja? Qué va. Estaba trabajando desde casa. Ya sabes que no puedo dejar a mis lectoras sin su dosis de consultorio sentimental.
Silvia tuerce el gesto. No es una mueca grande, solo un pequeño movimiento de labios, sin embargo, la conozco lo suficiente para saber que está a punto de soltar una de esas frases que empiezan fingiendo preocupación y terminan dejándote una puñalada entre las costillas.
—Bueno… ya. Pero no sé si eres la persona más adecuada en estos momentos para hablar de amor, ¿no? —puntualiza con una sonrisa.
El silencio se instala en la redacción como un ente con muy mala leche.
Las teclas dejan de sonar. Alguien carraspea.
Una silla chirría al fondo. Solo falta que pase entre nosotras una planta rodadora.
Ya sabía que este tema tendría que salir.
Lo que no esperaba era que Silvia tuviera los ovarios de ser la primera en ponerlo sobre la mesa.
No pienso darle el gusto de mirar a mi alrededor para comprobar cuántas están pendientes de mi reacción.
Aquí hay muchas que tienen bastante por lo que callar, aunque no seré yo quien les diga cuatro cosas ni quien les abra los ojos.
Tampoco voy a recordarle a Silvia que sus consejos sobre nutrición quizá no estén demasiado documentados cuando ella se alimenta del aroma de la comida.
Ni a girarme hacia Lourdes, que escribe sobre el horóscopo, la compatibilidad de los signos y el poder de la luna cuando no cree en ninguna de esas cosas.
Una vez incluso me confesó que pensaba que Mercurio retrógrado era el nombre artístico de un cantante latino.
«No les daré el gusto».
Hoy he venido a demostrar que soy una persona adulta, equilibrada y capaz de controlar sus impulsos.
—La verdad… —comienzo.
Noto la bilis subiéndome por la garganta. No debería decir nada. Casi puedo saborear cada una de las palabras que se amontonan en la punta de mi lengua, esperando turno para destruir su autoestima.
—¡Tessa! —exclama Lucía desde la puerta del despacho de Elena.
La asistente personal de mi jefa agita una mano para indicarme que entre. Lo hace con tanta energía que parece guiar un avión hacia la pista de aterrizaje.
—Vaya, salvada por la campana —suelto, dedicándole a Silvia mi mejor sonrisa antes de guiñarle un ojo.
Paso junto a ella y le doy un golpecito en el hombro. Un gesto amistoso. Cercano y absolutamente libre de amenazas. Aunque ahora mismo no me fío de ninguna de las mujeres que trabajan aquí.
Lucía me espera con una sonrisa demasiado amplia y los ojos abiertos de par en par.
—Buenos días —dice.
—¿Son buenos? —pregunto arqueando una ceja.
Su sonrisa se tensa.
—Bueno… son días —balbucea.
«Eso no suena bien».
Se aparta para dejarme pasar y cierra la puerta a mi espalda.
El despacho de Elena tiene el mismo aspecto de siempre: limpio, ordenado y cargado de objetos destinados a limpiar energías que, a mi parecer, solo sirven para acumular polvo.
Hay un cuenco tibetano sobre una estantería, varias piedras colocadas alrededor de una vela, un atrapasueños junto a la ventana y una rama de algo seco colgando detrás de la puerta.
Podría ser salvia. Podría ser romero. Podría ser la prueba definitiva de que mi jefa ha sacrificado una planta para protegerse de nosotras.
O incluso la ramita que usa la tía Gladys en Weapons .
Elena está sentada detrás de su mesa con las manos apoyadas sobre un taco de folios. Eso nunca es buena señal.
—Tessa —me saluda—. Siéntate, por favor.
—¿Tengo elección?
—Preferiría que lo hicieras.
Me acomodo en la silla frente a ella y dejo el bolso sobre mis rodillas. Lucía permanece de pie a un lado, junto a una pequeña mesa auxiliar, con una libreta entre las manos. La miro y ella me sonríe. Después hace un gesto muy sutil con la palma extendida, moviéndola de arriba abajo.
Tranquila.
O quizá quiere decirme que baje el volumen. O que hay un mosquito sobre mi cabeza. Con Lucía nunca se sabe.
—Antes de que empecemos —me adelanto, enderezándome en la silla—, me gustaría dejar claro que estoy bien.
Elena entrelaza los dedos sobre el escritorio y me observa con la paciencia de quien espera que yo misma termine de desmontar mi mentira.
—No te he preguntado cómo estás.
—Ya, pero he pensado que era importante aclararlo —respondo, recolocando el bolso sobre las rodillas.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Miro a Lucía, niega despacio con la cabeza y se pasa un dedo por el cuello.
Eso… no puede significar lo que parece. ¿Me van a matar?
Espero que no. Aunque, visto el ambiente, tampoco pondría la mano en el fuego.
Entrecierro los ojos y trato de enviarle un mensaje claro: necesito que sea más específica.
Ella lo capta: apoya dos dedos sobre la palma de la otra mano, los hace caminar y los detiene en seco.
No sigas por ahí .
Eso sí lo entiendo mejor. Perfecto. Dos frases y ya estoy pisando una mina.
—Sé que estos meses han sido complicados —continúa Elena con una calma que empieza a parecer una amenaza—. Y también sé que insististe en seguir trabajando desde casa a pesar de que te recomendamos que desconectaras por completo —añade, poniendo un énfasis nada casual en «recomendamos».
—No necesitaba desconectar.
Lucía cierra los párpados y Elena continúa sin pestañear.
—Tessa, te dejaron plantada en el altar.
—Sí, estuve presente.
—Delante de doscientas personas.
—No hace falta recrearse en los detalles.
—Y tu prometido se marchó con una de tus amigas.
—Eso sí que ha sido recrearse.
Elena exhala despacio por la nariz. Después gira una de las piedras que tiene sobre la mesa, una especie de cristal morado con forma de huevo. No sé si está intentando relajarse o canalizar mis malas vibraciones hacia otro plano astral.
—No te lo recuerdo para hacerte daño —explica, deteniendo por fin la piedra bajo la yema del índice—. Lo hago porque has actuado desde el primer día como si no hubiera sucedido nada.
—Porque no ha afectado a mi trabajo.
Lucía cruza los antebrazos frente al pecho, formando una equis enorme.
No.
La miro de reojo. Ella señala discretamente los folios que Elena tiene delante y vuelve a negar. Siento un pequeño pellizco en el estómago.
—Ese es el problema —interviene mi jefa, ignorando por completo a Lucía, que hace señales de emergencia a dos metros —. Sí está afectando a tu trabajo.
—No es verdad.
—Tessa…
—He entregado todos los artículos dentro del plazo.
He respondido las consultas, preparado las publicaciones semanales y revisado los textos que me enviasteis —enumero, aferrándome a cada tarea como si pudiera construir una defensa con ellas—.
Puede que haya trabajado desde casa, pero no he dejado de hacer nada.
—No estoy hablando de la cantidad.
—Entonces no entiendo de qué estamos hablando.
Elena apoya las palmas sobre los folios y los desliza por el escritorio hasta dejarlos frente a mí.
—De esto.
Bajo la vista. En la primera hoja está impresa una de las consultas enviadas al consultorio la semana pasada. Reconozco el formato, el encabezado rosa y el seudónimo de la lectora.
CONFUNDIDA_16 pregunta:
Llevo tres meses hablando con un chico de mi clase.
Cuando estamos juntos es cariñoso conmigo y me dice que le gusto, pero después puede pasar varios días sin responderme.
Cuando le pregunto qué le pasa, dice que está ocupado y que no quiere agobiarse con etiquetas.
Yo creo que tiene miedo porque su anterior relación terminó mal. ¿Debería darle tiempo?
Debajo aparece mi respuesta.
Querida Confundida_16:
No tiene miedo. No está confundido. Tampoco necesita tiempo.
Simplemente le gusta tenerte disponible cuando le apetece y desaparecer cuando encuentra algo mejor que hacer.
No intentes buscar profundidad emocional donde solo hay un adolescente con poca cobertura y cero responsabilidad afectiva.
Bloquéalo antes de que convierta tu paciencia en una sala de espera.
Parpadeo varias veces. Bueno… Quizá el final sea un poco contundente.
—Es directa —digo.
Elena me observa sin pestañear. Ni siquiera hace el esfuerzo de fingir que mi argumento la convence.
—Tiene dieciséis años.
—Por eso. Cuanto antes aprenda que no debe conformarse con migajas, mejor.
Lucía ladea la mano a la altura del cuello y la agita de un lado a otro.
Regular.
—Su madre escribió a la revista —explica Elena, dando un toque con el dedo sobre la hoja—. Dice que su hija terminó llorando después de leer la respuesta.
—Llorar también libera toxinas.
—Eso no tiene ninguna base científica.
—Díselo a Silvia, que es la experta en nutrición.
—Tessa.
—Vale. Lo siento.
Elena aparta la primera hoja con la serenidad de quien todavía tiene munición y deja otra al descubierto.
—¿Y esta?
No necesito leer la consulta entera para recordarla.
ENAMORADA_PERO_ASUSTADA_17 pregunta: