Capítulo 1
Tiempo después;
—Tessa… ¿me estás escuchando? —pregunta Brisa mientras me muevo de un lado a otro de la habitación con un zapato puesto y el otro todavía en la mano.
—Sí, te escucho —miento.
No me estoy enterando de nada de lo que dice.
Primero, porque llevo diez minutos intentando decidir si esta falda transmite «mujer profesional que ha superado una crisis» o «mujer que podría ponerse a llorar delante de la máquina de café».
Y, segundo, porque estoy bastante segura de que Brisa me está repitiendo el mismo discurso de siempre.
—¿Seguro? —insiste—. Venga, respóndeme a lo último que te he preguntado.
Me detengo en mitad de la habitación, con el zapato colgando de los dedos, y trato de rebobinar sus palabras. Algo sobre levantarme. Reconstruirme. Recuperar mi esencia. Todas esas frases que la gente dice cuando tu vida se ha ido a la mierda y no sabe muy bien qué hacer con los restos.
—Que tengo que levantarme, reconstruirme, volver a ser la Tessa de siempre, que ya ha pasado tiempo y… bla, bla, bla.
Brisa me observa desde la cama con los brazos cruzados.
—Te he preguntado si quieres que te acompañe a la redacción.
—Ah.
—Sí. Ah.
—No hace falta —digo mientras esquivo su mirada.
—Tessa.
—Brisa.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Responderme con mi nombre como si estuviéramos en un duelo del oeste.
Me siento al borde de la cama para ponerme el otro zapato y ajusto la tira con más fuerza de la necesaria.
—Solo voy a trabajar —respondo.
—No vas a trabajar. Vas a una reunión misteriosa después de que te hayan obligado a cogerte una baja. Te dejaron plantada en el altar y terminaste encerrada en una sacristía con una crisis nerviosa.
La atravieso con la mirada.
—No fue una crisis nerviosa —siseo.
Brisa arquea una ceja.
—Lanzaste un ramo contra una pared.
—Era feísimo.
—Intentaste arrancarte el vestido con las manos —enumera esta vez con más énfasis.
—Me apretaba —aclaro.
—Y gritaste que ibas a quemar la iglesia.
—Eso lo propusiste tú.
—Pero tú asentiste con mucho entusiasmo —determina y se deja caer en la cama.
Aprieto los labios para que no se me escape una sonrisa.
No pienso darle esa satisfacción. Bastante tiene con haberse instalado en mi dormitorio desde primera hora bajo la excusa de ayudarme a elegir ropa.
En realidad, lleva media hora vigilándome como si esperara que en cualquier momento me escondiera debajo de la cama para no salir de casa.
«No sería una opción tan mala».
Después de la no boda, en la revista insistieron en que me tomara unas semanas.
Una baja pequeña, dijeron. El tiempo necesario para descansar, desconectar y recuperarme de «todo lo ocurrido», ese eufemismo tan delicado que utiliza la gente cuando no quiere decirte a la cara que has protagonizado el abandono nupcial más comentado de Sevilla.
Yo les aseguré que estaba bien. Lo repetí tantas veces que incluso llegué a creérmelo durante algunos minutos.
Así que me negué en rotundo a aceptar limosnas lastimeras.
«Estoy bien. Perfectamente bien».
Tan bien que al día siguiente de mi no boda abrí el portátil desde la cama y respondí diecisiete consultas sentimentales de adolescentes que no sabían si el chico que les gustaba sentía algo por ellas porque les había dado me gusta a tres historias seguidas.
Seguí trabajando desde casa. Escribí artículos, corregí textos, respondí correos y preparé contenido para redes. Hice lo de siempre, solo que en pijama, con el pelo sin lavar y evitando cualquier consulta que incluyera las palabras boda, compromiso o infidelidad.
«Una estrategia impecable, salvo por el pequeño detalle de que la mayoría de mis consultas trataban precisamente de eso».
Una recuperación ejemplar. Sin embargo, ayer por la tarde, Elena, la directora de la sede de Sevilla, me llamó para pedirme que fuera hoy a la redacción.
No me explicó el motivo. Solo dijo que necesitaba hablar conmigo.
Una propuesta maravillosa cuando tienes ansiedad y una imaginación dispuesta a destruirte la vida antes incluso de desayunar.
—¿Y si van a despedirme? —pregunto, fingiendo que la idea acaba de aterrizar en mi cabeza y no que llevo contemplándola desde que recibí la llamada.
Brisa se incorpora.
—No van a despedirte —responde sin darle mucha importancia.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque eres la responsable de la sección más leída de la revista.
—Era.
—Eres —recalca.
—He bajado el ritmo —murmuro, y me levanto de la cama.
—Te dejaron plantada en el altar, Tessa. Puedes permitirte una ligera bajada de productividad.
—No en una revista juvenil. Las adolescentes no dejan de enamorarse porque a mí me hayan destrozado la vida. Son bastante poco solidarias en ese aspecto.
Brisa se pone en pie y se acerca hasta mí. Me coloca bien el cuello de la blusa y después me alisa los hombros con las palmas, como si con ese gesto pudiera devolver a su sitio todas las piezas que aún llevo desordenadas por dentro.
—No pueden prescindir de ti —dice—. Eres la mujer que lleva años explicándoles a miles de chicas cómo sobrevivir al amor.
Suelto una risa seca.
—Sí. La gran experta —digo con retintín.
—Una cosa no quita la otra.
—Brisa, me disponía a casarme con un hombre que estaba enamorado de una de mis amigas. Mi criterio sentimental tiene ahora mismo la credibilidad de un curso para nadar impartido por alguien que acaba de ahogarse.
—Eso no significa que no sepas aconsejar a los demás.
—Significa que soy una farsante.
La frase sale disparada tras llevar días esperando una oportunidad para escapar. Mi amiga deja de tocarme la blusa.
—No eres una farsante.
Bajo la vista hacia mis zapatos. Negros, de tacón medio y sensato. Los zapatos de una mujer que tiene su vida bajo control. O que, al menos, ha decidido dejar las ampollas nupciales para otra reencarnación.
—Le dije a cientos de lectoras que prestaran atención a las señales —murmuro casi sin voz—. Que no idealizaran a nadie. Que se aseguraran de que la persona que tenían al lado las elegía de verdad. Y yo no vi nada.
—Porque confiabas en él —responde con una suavidad que no le resta firmeza.
—Ese es un consuelo precioso.
—No es un consuelo. Es la verdad.
Cojo el bolso antes de que la conversación se ponga demasiado seria.
—Pues espero que Elena opine lo mismo.
—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta, dando un paso hacia mí.
—No.
—Puedo esperarte abajo —insiste con una sonrisa tan inocente que resulta sospechosa.
—No, ni que fueras mi guardaespaldas.
Brisa es mi mejor amiga desde que éramos adolescentes y la única persona capaz de convertir una película de miedo en un operativo de rescate.
A los dieciséis consiguió que nos echaran del cine por levantarse a gritarle a la protagonista que no bajara al sótano y discutir con el acomodador porque, según ella, nadie se estaba tomando en serio el peligro.
Desde entonces, trata cada uno de mis problemas como si necesitara un plan de evacuación.
—Puedo esconderme en el baño de la redacción y salir si escucho gritos.
La observo y ella arquea las cejas, encantada con su propia idea.
—Eso es preocupantemente específico.
—He tenido tiempo para preparar un plan —se defiende, encogiéndose de hombros—. Me conozco bien el edificio.
Me pellizco el puente de la nariz y dejo escapar el suspiro que llevo conteniendo desde que ha empezado a organizar mi rescate.
—Voy a estar bien —le aseguro, aunque no sé a cuál de las dos intento convencer.
Brisa me estudia durante unos segundos, buscando alguna grieta en mi fachada. Debe de encontrar varias, pero tiene la delicadeza de no señalarlas.
—Llámame cuando salgas —ordena.
—Lo haré.
—Y no firmes nada sin leerlo —añade, levantando un dedo.
—No voy a una reunión con la mafia.
—Eso todavía no lo sabemos.
Niego con la cabeza y me acerco al espejo por última vez.
La mujer que me devuelve la mirada se parece bastante a mí.
Lleva la melena negra suelta, algo de maquillaje y una blusa azul que siempre me ha hecho parecer más segura de lo que soy.
Ya no tiene el rostro hinchado de tanto llorar ni restos de rímel bajo los ojos.
Tampoco lleva velo, ni encaje, ni una alianza esperando a un centímetro de su dedo.
Parece normal. Y eso, teniendo en cuenta las circunstancias, debería contar como una victoria.
Tomo aire, enderezo la espalda y sonrío a mi reflejo.
—¿Ves? —digo—. La Tessa de siempre.
Brisa aparece detrás de mí en el espejo.
—Sí. Solo que ahora da un poquito más de miedo.
—Perfecto. Es justo la imagen que quiero proyectar.
Salgo de la habitación antes de que mi amiga encuentre otro motivo para detenerme. Sin embargo, mientras atravieso el pasillo, una pregunta vuelve a abrirse paso por encima de todas las demás.
«¿Qué demonios quieren de mí en la redacción?».