Perdiendo el Norte Prólogo #3
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Prólogo #3

—¿Respirar? —repito, y me sale una risa tan histérica que hasta yo me doy miedo—. ¿Respirar? Me han dejado plantada en el altar. ¡En el altar! ¡Delante de todo el mundo! ¿Cómo coño quieres que respire?

Mi voz sube al final y rebota en las paredes del cuarto, que la agrandan aún más. Me arranco el velo de la cabeza y lo lanzo sobre la mesa. La peineta cae al suelo con un tintineo seco.

—Ese hijo de puta… —escupo, con las manos temblándome—. Ese pedazo de cabrón… y la otra… la otra…

—Vale, no nombres todavía a la otra porque me sube la tensión —dice Brisa, moviéndose por fin y cerrando la puerta a su espalda—. Vamos por partes. Tú siéntate.

—¡No quiero sentarme!

—Pues quédate de pie, pero deja de tirar del vestido, que te vas a sacar una teta y bastante circo llevamos ya hoy.

Mi tía le lanza una mirada de advertencia, sin embargo, Brisa se encoge de hombros porque tiene razón y lo sabe.

Vuelvo a llevarme las manos al corsé y tiro de él como puedo, desesperada, convencida de que si no consigo aliviar la presión del pecho acabaré empotrándome contra la pared para ver si así reacciono o me desmayo y olvido todo lo que ha pasado.

—No puedo… —digo ahora más bajo, y eso es peor porque la voz se me quiebra—. No puedo con esto. No puedo. Hace cinco minutos iba a casarme. Hace cinco minutos tenía una vida. Una casa. Una niña con nombre moderno. Barbacoas. Piscina. Todo…

Las lágrimas, que hasta ese momento parecían demasiado orgullosas para salir, me nublan por fin la vista. Me limpio una con rabia y suelto uno de esos gritos que necesitas sacar del pecho antes de que el dolor termine por envenenarte.

—Y se ha ido con ella. Delante de mí y de todos. ¿Sabéis lo que han hecho? ¿Lo habéis visto? ¡La han aplaudido, Brisa! Como si yo fuera la villana de una comedia romántica de mierda y ellos los protagonistas.

Mi amiga abre la boca, la cierra y luego se lleva una mano al pecho.

—Bueno… a ver… es que un poco poseída sí estás.

Parpadeo y mi tía también.

—¿Qué? —preguntamos las dos a la vez.

Brisa da un paso hacia atrás, me señala con cautela y arruga la nariz.

—No, escuchadme. Yo venía dispuesta a abrazarla, a contenerla, a hacer terapia exprés si hacía falta, pero es que tiene una energía rarísima.

O sea, mira cómo ha dejado el ramo. Y el velo.

Y está desfigurada. Desfigurada emocionalmente, quiero decir, aunque físicamente tampoco vamos sobradas ahora mismo.

—Brisa… —advierte Berta.

—No, no, déjame terminar. Esto no es una crisis nerviosa corriente. Esto tiene vibra de posesión. De las buenas, de las de película. En cualquier momento empieza a hablar en latín y a levitar sobre la mesa. Estoy por llamar al sacerdote.

La miro con la boca abierta, llorando y jadeando a la vez, y durante un segundo no sé si abofetearla o darle las gracias porque acaba de soltar una burrada tan monumental en mitad del desastre que mi cerebro se ha quedado en suspenso.

—¿Que estoy poseída? —repito, incrédula.

—Un poco, sí —afirma, convencidísima—. Yo solo digo que, si vomitas una sustancia negra o giras la cabeza del todo, salgo corriendo. Te quiero muchísimo, pero tengo límites.

Y entonces ocurre algo tan absurdo como improcedente: me echo a reír.

No es una risa bonita ni liberadora. Sale rota, desafinada, mezclada con lágrimas, y me dobla sobre mí misma hasta que tengo que taparme la boca.

Mi tía suspira, agotada, y Brisa se relaja al comprobar que, de momento, no voy a escalar por las paredes.

—Eso, ríete —dice mi tía, acercándose—. Ríete o grita o rompe otra cosa, pero deja que te ayudemos.

Y en cuanto me toca los brazos con cuidado, con esa firmeza suave que solo tienen las personas que te quieren de verdad, me vengo abajo otra vez.

—Me ha humillado —susurro, mirándola—. Delante de todo el mundo. Me ha destrozado.

Mi tía aprieta la mandíbula. Brisa deja de hacerse la graciosa y su expresión cambia al instante.

—Lo sé —dice Berta.

—No, no lo sabéis. —Niego con la cabeza al tiempo que otra lágrima me resbala por la mejilla—.

Todos me han visto ahí plantada, con el dedo estirado con cara de imbécil, esperando a que me pusiera el anillo mientras él miraba a esa...

a esa arpía como si yo no existiera. ¿Cómo se supera algo así?

¿Cómo salgo yo de aquí? ¿Cómo vuelvo a poner un pie fuera sin imaginarme las conversaciones, los audios, los «tía, ¿te has enterado? ».

Brisa resopla, indignada.

—Vale, pues salimos con un lanzallamas y reducimos esta iglesia a cenizas. Yo me adapto.

—Brisa.

—¿Qué? Es una propuesta.

—Es una barbaridad.

—Pues como el día que llevamos, Berta.

Mi tía me seca una lágrima con el pulgar, apartándome un mechón que se ha soltado del peinado.

—Ahora no pienses en mañana ni en la semana que viene ni en las vecinas y mucho menos en internet. Ahora solo piensa en la siguiente respiración. Y después ya veremos a quién matamos.

—Eso. —Brisa asiente con solemnidad—. Primero estabilizamos al demonio y luego organizamos la venganza.

La fulmino con la mirada.

—No soy un demonio.

—Todavía no —matiza ella.

Y lo peor es que casi consigue arrancarme otra risa.