Perdiendo el Norte Prólogo #2
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Prólogo #2

—No podía dejar que te casaras sin decirte la verdad —empieza, con esa voz temblorosa que parece sacada de una película romántica de sobremesa—.

He intentado apartarme, de verdad que lo he intentado.

Me repetí una y otra vez que ya era tarde, que tenías una vida construida, una boda, una mujer maravillosa a tu lado…

pero no podía seguir callándome. Porque te quiero, Mikel.

Te quiero desde hace mucho tiempo. Y sé que tú también me quieres, aunque no hayas sabido reconocerlo o, te haya dado miedo admitirlo.

Si hoy das este paso, no será por amor, será por costumbre, por inercia, por no romper lo que ya está montado.

Y yo no podía vivir sabiendo que te dejaba cometer ese error.

«Se me desencaja la mandíbula. Literalmente».

A mi alrededor empiezan a sonar suspiros y un murmullo emocionado.

Como si presenciaran la gran declaración romántica del siglo en lugar de al descuartizamiento público de una novia con peineta familiar.

Incluso alguien suelta un «oh» largo y enternecido, y no sé en qué momento exacto una persona empieza a aplaudir.

Tengo que hacer un esfuerzo gigantesco para no girarme y gritarle si ha venido a una boda o a ver la final de un talent show.

Mikel da entonces un paso atrás. Solo uno.

Me mira a los ojos una última vez, y en ellos no hay nada que pueda salvarme: ni explicación suficiente, ni disculpa, ni amor.

Después baja los escalones que lo separan de Calista mientras yo me quedo inmóvil, con el dedo aún extendido y el cuerpo entero agarrotado dentro de mi vestido perfecto.

Ella lo espera con los brazos abiertos. Y cuando él llega, no se abrazan.

«Se besan».

Lo hacen delante de mí, del sacerdote, de los invitados y de la peineta de mi madre.

Entre aplausos y cuchicheos, el futuro que acababa de construirme al avanzar por el pasillo se hace añicos sin el menor pudor.

Casi puedo oír mi corazón rompiéndose. Y luego, como si esto fuera el final feliz de su historia y no el incendio de la mía, se dan la vuelta y se marchan juntos por el mismo pasillo que yo había recorrido convencida de que caminaba hacia el amor de mi vida.

No sé cómo lo hago. Ni de dónde saco las fuerzas para no lanzarme sobre ellos, arrancarle a Calista ese moño lacado o coger una vela del altar y prenderle fuego a la felicidad repentina de los dos.

Supongo que hay una parte de mí, pequeña, aunque durísima, que se niega a regalarles también el espectáculo de mi derrumbe.

Así que sonrío. O, al menos, mantengo en la cara algo que desde fuera debe de parecer una sonrisa y no una parálisis facial provocada por el trauma.

Alguien me toca el codo. No sé quién. Quizá una de las mujeres de protocolo de la iglesia.

Quizá una prima de Mikel. Quizá un ángel de la guarda con contrato temporal.

Solo sé que asiento cuando me sugieren bajar del altar, le arranco el ramo de la mano y echo a andar con el cuerpo rígido, notando todas las miradas clavadas en mi nuca, en el velo, en el culo enfundado en satén, en la novia abandonada que acaba de perder al novio y, probablemente, también la dignidad.

Me conducen por una puerta lateral, lejos del altar, de los aplausos para la pareja del año y del pasillo que hace unos minutos recorría sintiéndome la reina del universo.

Tras cruzar un corredor en penumbra, llegamos a un pequeño despacho parroquial que huele a incienso rancio, a flores marchitas y a encierro.

En cuanto la puerta se cierra a mi espalda, algo dentro de mí revienta.

Lanzo el ramo contra la pared con tanta fuerza que los tallos se parten y las flores se desparraman a mis pies.

Respiro una vez, dos, pero no entra suficiente aire. No entra una mierda.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! —grito, y mi voz suena tan rota que casi no la reconozco.

Me llevo las manos al pecho, al encaje, al maldito vestido, y tiro de él con desesperación. Necesito arrancármelo y que deje de oprimirme las costillas y de cortarme el aire. El vestido se ha convertido de pronto en una jaula blanca y carísima.

—¡No puedo respirar! ¡No puedo respirar con esta mierda puesta!

Tiro del tul, del corpiño, de una manga invisible, de lo que pillo. Escucho un crujido y no sé si es una costura cediendo o mi cordura haciendo las maletas. Me da igual. Vuelvo a tirar, esta vez con más rabia, y noto cómo una de las aplicaciones del encaje se desprende y cae al suelo.

—¡Tessa! —exclama una voz al otro lado justo antes de que la puerta se abra de golpe.

Mi tía Berta entra la primera, sofocada, con los ojos muy abiertos y esa expresión suya de señora capaz de resolver una guerra civil y una mancha de vino tinto con el mismo aplomo.

Detrás viene Brisa, con el maquillaje intacto por puro milagro y la cara de quien ya sabía que algo así iba a terminar pasando porque el universo me tiene manía.

Ambas se quedan clavadas en el umbral. Yo me detengo un segundo, con el velo medio torcido, el pecho subiendo y bajando como si acabara de escaparme de un incendio y los restos de mi ramo esparcidos por el suelo. Debo de parecer una aparición mariana con serios problemas de gestión emocional.

—Ay, mi madre… —murmura Brisa.

—No digas «ay, mi madre» con ese tono, que parece que acabas de entrar en una carnicería, Brisa. Muévete —suelta mi tía, antes de fijar la vista en mí—. Tessa, respira.

Y eso, claro, es facilísimo de decir cuando no te han arrancado el futuro delante de doscientas personas.