Perdiendo el Norte Prólogo
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Perdiendo el Norte

Perdiendo el Norte

Por S.J. Garcia

© inepub.com

Prólogo

«Es hoy. Es hoy».

Tengo el corazón bombeándome a toda velocidad, tanto que por momentos parece que va a subírseme a la garganta y dejarme sin aire delante de todos.

Casi no puedo respirar, y eso que no me persigue un león ni huyo de nadie; simplemente camino por el pasillo de la iglesia hacia mi futuro marido. Sí, como suena: me caso.

Procuro mantener la sonrisa mientras avanzo y rezo para no tropezarme con el vestido ni salir despedida hacia mi destino matrimonial igual que una albóndiga con velo. Flores blancas, velas encendidas, luz atravesando las vidrieras… Todo parece diseñado para una boda perfecta.

Para mi boda perfecta.

Mi vestido, desde luego, está a la altura del escenario: de corte sirena y con una caída vaporosa de tul y gasa que compensa bastante bien que por dentro vaya hecha un flan.

El velo nace de una peineta antigua que fue de mi madre y, al notarlo rozarme los brazos, me siento como siempre imaginé el día de mi boda: preciosa, nerviosa y a un paso de una vida mejor.

Desvío la vista hacia la izquierda y me encuentro con mis compañeras de redacción.

Algunas sonríen; otras me observan con una intensidad que huele a envidia cochina desde aquí.

Qué le vamos a hacer. Mikel está buenísimo, tiene un puestazo, es superatento, detallista y posee una tableta de abdominales donde podrías lavar una colada delicada sin necesidad de centrifugado.

Además, varias de ellas apostaron que nuestra relación no duraría ni tres años.

Así que, al pillarlas observándome mientras avanzo hacia el altar envuelta en encaje, tul y victoria, me sale pensar: jodeos, zorras.

«Uy. Eso no es muy de novia dulce y luminosa».

No está bien, lo sé. Pero es lo que he pensado, así que para qué fingir a estas alturas que soy mejor persona de lo que soy.

Hace nada cuchicheaban a mis espaldas: que si Mikel era demasiado hombre para sentar la cabeza tan pronto, que si un tío como él no se casa de verdad enamorado, que si ya veríamos. Pues miradme ahora.

«¿Quién se casa? La menda».

Doy otro paso hacia ese futuro que llevo años imaginando con una nitidez casi ofensiva.

Tendremos una niña con un nombre moderno, de esos que suenan a personalidad fuerte y fotos perfectas de Navidad.

Viviremos en un chalet con jardín y piscina, y celebraremos barbacoas con otros padres del colegio mientras fingimos que no juzgamos a nadie, aunque en realidad sí.

Aún no tenemos esa casa, pero la veo tan clara que podría enseñaros el plano.

Miro a la derecha y ahí está la familia de Mikel, encajando en ese futuro como si llevaran toda la vida esperándome. Su madre se seca las lágrimas y sus hermanos, acompañados de sus mujeres y sus hijos, observan desde los bancos. Siempre he querido algo así. Algo que se pareciera al hogar que tuve.

Mis padres eran la pareja ideal. No lo digo por romanticismo barato ni porque hoy toque ponerse intensa; lo eran de verdad.

Representaban el amor tal y como lo entiende una niña cuando crece rodeada de gestos pequeños, miradas cómplices y dos personas que parecen buscarse sin esfuerzo.

Hoy me faltan más de lo que me atrevo a reconocer.

Mi padre me habría llevado hasta el altar intentando disimular la emoción y mi madre estaría recordándome que no me encorve.

Prefiero pensar que, de alguna manera, los dos están aquí.

Inhalo todo el aire que cabe en mis pulmones y en este vestido, que me queda algo más apretado que durante la última prueba.

La ansiedad hizo de las suyas estos días y yo, en lugar de combatirla con meditación o infusiones relajantes, que habría sido lo propio de una persona equilibrada, decidí comer.

Nada grave, salvo cuando mi tía Berta y mi mejor amiga Brisa tuvieron que meterme dentro como quien cierra una maleta antes de facturarla.

Si alguien recuerda aquella escena de Lo que el viento se llevó en la que a Escarlata la aprietan hasta dejarla sin respiración, que sepa que nosotras hicimos una versión bastante menos glamurosa, más sudada y con muchos más improperios de fondo.

Los zapatos tampoco colaboran. En la tienda no parecían tan altos, crueles ni vengativos, pero ahora cada paso me recuerda que la belleza tiene un precio y que el mío será varias ampollas escondidas bajo el vestido.

Aun así, sonrío. No pienso darles a las de la universidad el gusto de verme flaquear.

Enderezo los hombros y sigo avanzando hasta llegar por fin a él.

«Dientes. Dientes. Que eso es lo que les jode».

Mikel está impresionante. Tan guapo que casi da rabia.

Lleva el traje impecable, el pelo en su sitio y esa sonrisa tranquila de hombre seguro de sí mismo que siempre me ha parecido muy sexy.

Cuando extiende la mano hacia mí, se la doy con una punzada de emoción tan fuerte que me tiemblan los dedos.

Antes de entrelazarlos con los suyos, busco de reojo a Brisa y a mis tíos.

Ellos son mi red, mi refugio, la parte de mi vida que sigue en pie pase lo que pase.

Ese intercambio rápido de miradas me recoloca por dentro, me devuelve el aire, y entonces mi futuro marido me aprieta la mano y la ceremonia empieza.

No entiendo ni la mitad de lo que dice el sacerdote. Su voz me llega lejana, como si hablara dentro de una pecera. Yo solo tengo ojos para Mikel y pienso que soy muy afortunada. Muchísimo.

Hasta que llega el momento de los anillos.

En cuanto el sacerdote lo indica, toda mi piel se eriza.

El corazón, que ya iba acelerado, decide cortar todo vínculo con la normalidad y empieza a latirme a golpes desordenados.

Llega el cojín con las alianzas y Mikel toma la mía.

Lo veo sostenerla entre los dedos, aproximarla a mi mano, y por un segundo me invade esa emoción extraña de los momentos que una sabe que recordará siempre.

Pero entonces el instante se alarga. Y lo hace un poco más.

«No creo recordar que se tardase tanto…».

La alianza queda suspendida a un centímetro de mi dedo, inmóvil, y algo frío me recorre la espalda.

Levanto la cabeza para mirarlo mejor y descubro que Mikel no sonríe.

Tampoco parece nervioso en el sentido bonito de la palabra.

Está rígido. Pálido. Con los ojos clavados en mi mano como si el simple hecho de completar el gesto le resultara físicamente imposible.

—¿Mikel? —susurro, tan bajito que casi pienso que no me ha oído.

«Sí me ha oído, porque se tensa al instante».

No entiendo qué está pasando. Busco a Brisa y ella se encoge de hombros, tuerce el labio y me devuelve una expresión que, en circunstancias normales, me habría hecho reír.

Ahora solo sirve para confirmar que no soy la única en notar que algo va mal.

Vuelvo a mirar a Mikel y, al ver que no se mueve, estiro con disimulo el dedo para echarle una mano.

Una colaboración elegante, un gesto de mediación nupcial, llámalo como quieras.

Lo que no me apetece es quedarme toda la vida con el anular al aire hasta terminar con un esguince por amor. Aun así, no reacciona.

Estoy a punto de volver a intentarlo cuando una voz revienta el silencio de la iglesia.

—¡No puedes hacerlo!

La reconozco al instante y, precisamente por eso, me niego durante un segundo a aceptar que haya sido ella.

Sin embargo, el murmullo que se levanta entre los invitados, el ruido de todas las cabezas al girarse a la vez y la forma en que Mikel levanta los ojos poco a poco me obligan a hacerlo.

Sigo la dirección de su mirada y la encuentro. Calista.

«Mi amiga de la universidad».

La misma con la que hace dos noches tomaba chupitos mientras bromeábamos sobre todo lo que me perdería una vez me colocaran la alianza en el dedo. La que me ayudó a ir al baño sin pisarme el vestido en la despedida y que ahora está de pie al fondo de la iglesia, mirándolo como si yo no existiera.

«¿Qué coño?».

—Mikel… —murmuro entre dientes, manteniendo la sonrisa por puro instinto de supervivencia.

—¡Mikel! —repite ella.

Le lanzo una mirada asesina que, por desgracia, debo envolver en mi mejor expresión de novia encantada con la vida para no montar un espectáculo antes de tiempo.

—Calista… —responde él, y la voz le sale rota, lastimera. De pronto, el altar entero parece haber desaparecido y solo quedan ellos dos.

Se sostienen la mirada durante una jodida eternidad. El tiempo suficiente para que el brazo empiece a dolerme, el sudor se acumule bajo el encaje del vestido y una certeza feísima se abra paso dentro de mí. No entiendo lo que pasa, pero ya intuyo que no me va a gustar.

—Tessa —dice Mikel al fin, y algo en el tono de su voz me hiela la sangre.

Sigo con la misma postura, completamente ridícula en mitad de una ceremonia que hace apenas unos segundos era la escenificación de mi sueño y que ahora se ha convertido en mi peor pesadilla.

—No puedo.

Parpadeo, convencida de que no he oído bien.

—¿No puedes? —repito, y no sé cómo logro que la sonrisa siga en mi cara, aunque por dentro noto el pánico arañándome el estómago—. ¿Esto es algún tipo de broma?

Necesito que lo sea. Que alguien se ría y diga sorpresa, que aparezca una cámara o que el cura anuncie que todo esto forma parte de una experiencia inmersiva sobre los límites del amor contemporáneo.

Pero Mikel no dice nada. En lugar de eso, vuelve a mirar a Calista, que da un paso hacia delante con los ojos llenos de lágrimas y una mano apoyada sobre el pecho.