Siempre Tuya
LILAH
—¿ D ónde estás, querida? Vas a perderte el comienzo del partido —me pregunta la tía Evelyn mientras atravieso corriendo las puertas del edificio en el que llevo trabajando los últimos tres años.
—Lo sé, lo sé. —Me peleo con el bolso de Louis Vuitton que llevo al hombro mientras revuelvo dentro en busca de mi tarjeta de acceso—.
Solo tengo que enviarle unos papeles por fax a un cliente de Devon.
He encontrado el archivo tirado en la encimera.
Estoy casi segura de que se ha olvidado de cogerlo esta mañana.
Solo tardaré dos minutos, como mucho. Lo prometo. Y entonces ya estaré.
—Ese hombre es afortunado de tenerte —dice ella, jovial—. De verdad, espero que sea consciente de ello.
Aunque lo deja ahí, estoy segura de que se está muriendo por meterse más con él.
Mi madrina no es la fan número uno de Devon Peterson.
—Lo es —me obligo a decir, con más confianza de la que siento actualmente.
El sonido de mi voz hace eco por el pasillo vacío.
Saludo con la mano a Mike, el guardia nocturno, mientras me acerco a grandes zancadas hasta la pared de ascensores y me subo a uno que me lleve hasta el piso veinticinco, donde se ubica nuestro bufete—.
Ha estado trabajando en un caso muy importante, y su atención está ahora centrada del todo en eso.
—Me parece que es lo mismo de siempre, Lilah —dice ella suavemente al otro lado de la línea—. Tal vez, por una vez, su atención debería estar centrada en ti.
—Lo está —respondo, un poco demasiado rápido. La mentira se me escapa antes de que pueda detenerla. Hago una mueca.
Hay una breve pausa. Una de esas que indica que ella ha escuchado todo lo que yo no le estaba diciendo.
—Eso espero, cariño. Es lo que te mereces. Estés con quien estés, debería hacerte sentir la persona más importante del mundo.
—Él lo hace. —En el mismo instante en que las palabras abandonan mis labios, me doy cuenta de que no son verdad.
La vida de Devon gira en torno al trabajo.
Siempre lo ha hecho. Yo lo sabía antes de que nos hiciésemos pareja.
Nuestras familias han estado empujándonos para que estuviésemos juntos desde que yo apenas tenía edad de entender lo que significaba salir con alguien.
En cuanto entré a trabajar en su bufete, solo pareció algo inevitable.
Como si todas las piezas hubiesen sido dispuestas para encajar para nosotros, y lo único que tuviésemos que hacer fuera dejarnos caer en los huecos asignados.
—Vale —dice ella, abandonando el tema. Esa es una de las cosas que me encantan de la tía Evelyn: siempre sabe cómo retroceder, y dejarme el tiempo y el espacio necesario para que yo lo descubra todo por mi cuenta.
Que es todo lo contrario de lo que hacen mis padres.
Aunque yo ya tenga veintiocho años, ellos tienen un montón de cosas que decir sobre mi vida. Y la mayor parte de ellas no son buenas.
En cuanto esa idea aparece en mi cabeza, la aparto de mi mente. Ya ha sido un día lo bastante largo. Estoy deseando relajarme en el partido, viendo cómo los Chicago Railers destrozan a los Baltimore Baddies.
—¿Le has mencionado alguna vez a Devon que no eres demasiado feliz y que has estado pensando en hacer algo diferente?
—pregunta Evelyn, y su preocupación maternal hace que una sensación de calidez me inunde el corazón, a pesar de la prisa que llevo—.
Ya sabes que yo te daría un puesto en el estadio en un abrir y cerrar de ojos.
¿No sería divertido? ¿Que las dos trabajásemos juntas?
—Dudo que Hugh estuviese muy contento con eso.
Aunque la tía Evelyn posee el cuarenta y ocho por ciento de los Railers, Hugh Landry es el dueño de la parte equivalente del equipo.
Durante más de veinticinco años, las dos familias han estado enemistadas, y es por eso que el cuatro por ciento restante, en manos de un tercer inversor, a menudo actúa como el punto de desempate cuando ellos irremediablemente estén en desacuerdo.
La tía Evelyn nunca habla de ello, pero, hace muchos años, Hugh y ella estuvieron prometidos.
Hasta que todo se vino abajo.
—Eso solo sería un incentivo extra para endulzar el trato —dice ella, con una risita.
—Qué mala eres, tía Evelyn.
—Lo sé. Es parte de mi encanto.
—¿Sigue él intentando comprar tu parte?
—Por supuesto. Aunque eso no es algo que vaya a ocurrir. Este es mi equipo, y mi apellido el que está en la fachada del edificio. No pienso irme a ninguna parte. Tarde o temprano, tendrá que darse cuenta.
—Esperemos que el infierno no se congele antes.
Ella gruñe algo antes de decir:
—Volviendo al tema de Devon... Deberías decirle simplemente que no eres feliz. Si te quiere, querrá lo mejor para ti.
—Todavía no he tomado ninguna decisión. —Me mordisqueo el labio inferior mientras se abren las puertas del ascensor y salgo al recibidor—. Lo que debo hacer es encontrar algo que me apasione porque el derecho no me apasiona.
—¿Qué tal algo que implique hornear cosas? Te encanta trastear en la cocina.
Eso es más bien un hobby, no un trabajo.
—Necesito algo con lo que pueda ganar dinero. —Hago una pausa antes de añadir—: Y por mucho que aprecie tu oferta de empleo, no creo que trabajar en el estadio sea tampoco la solución. Ojalá lo fuese. Me facilitaría muchísimo la vida.
—Querida, eso era solo una idea. Mi mayor deseo es que tú seas feliz. Ya se te ocurrirá algo. Solo date algo de tiempo.
—Casi he cumplido los treinta. Siento como si en este punto ya tuviese que tener mi vida encaminada. —Bajo la voz un poco—. Creía que al llegar a esta edad ya estaría casada, tendría un par de críos y tal vez una casa en las afueras.
—¡Por favor! —exclama Evelyn, riendo—. Aún eres joven. Tienes toda la vida por delante. Le daremos unas vueltas juntas a todo cuando llegues. Hablando de lo cual, sé de alguien que va a estar muy disgustado si no apareces pronto.
A pesar de lo serio de nuestra conversación, mis labios dibujan una sonrisa.
—Steele sobrevivirá sin su amuleto de la suerte en el partido durante cinco minutos.
—Aun mientras lo digo, puedo imaginarme la expresión del central estrella de los Railers fingiendo estar dolido.
Lleva llamándome «su amuleto de la suerte» desde que empecé a asistir a sus partidos en la universidad.
Aunque estoy bastante segura de que su talento y sus capacidades naturales tienen mucho más que ver con su habilidad que mi presencia en las gradas.
—Estaré ahí en cuanto pueda —digo, agarrando el pomo de la puerta de la oficina de Devon y abriéndola.
La visión con la que me topo hace que todo mi mundo se detenga en seco antes de salirse de su eje y marcharse rodando. Puede que la habitación esté poco iluminada, pero hay luz más que suficiente para ver todo lo que está ocurriendo dentro.
Y quiero decir todo .
Marissa, una de las abogadas del bufete, se sujeta a la mesa de Devon mientras él la penetra rítmicamente desde atrás.
La tiene fuertemente agarrada por la cola de caballo con una mano, mientras le sostiene con la otra por la cintura.
Cada empujón hace que a ella se le escape un gemido de los labios.
Él tiene los ojos fuertemente cerrados mientras se la folla.
—Sí, pequeña. Qué rico. —Le da una palmada en el trasero, y el restallar de la carne resuena por el despacho—. Esto te gusta, ¿verdad?
—Dios, sí —gime ella—. Nadie me había follado nunca tan duro.
Cuando él vuelve a azotar su redondeado trasero por segunda vez, mi corazón hace esa cosa tan rara en la que se detiene y simultáneamente intenta salírseme del pecho. Siento que el teléfono que tengo en la mano se ha transformado en un ladrillo antes de apartarlo de mi cara.
Pestañeo, incapaz de creerme lo que estoy viendo.
No es posible que esto sea real.
Dejo escapar un sonido ahogado y los ojos de Devon se abren de golpe y se encuentran con los míos al tiempo que su cuerpo se detiene. Yo me quedo congelada en el sitio mientras nuestras miradas continúan clavadas la una en la otra a través de la habitación.
—Joder —murmura.
—Eso es, cariño. Jódeme tan fuerte que no sea capaz de andar mañana por la mañana —le pide Marissa.
Lo peor de todo es que la duda cruza rápidamente el rostro de él.
Carraspeo.
—Por supuesto, Devon, por favor, termina, y asegúrate de hacérselo bien duro.
Marissa ahoga una exclamación y se endereza de golpe. Aunque no consigue hacerlo del todo, porque Devon sigue agarrándole por el pelo.
Mientras les miro fijamente, presa de una fascinación morbosa, una única idea no deja de dar vueltas en círculo por mi mente... En todas las veces que nos hemos acostado, él jamás me ha tocado de esa forma.
Ni una sola vez.
Tal vez las cosas habrían sido distintas entre nosotros si lo hubiese hecho.
—¿Qué estás haciendo aquí, Lilah? Creía que a estas horas ya estarías en el partido —pregunta.
Me quedo totalmente boquiabierta.
Esa pregunta me golpea más fuerte que el manotazo en el trasero firme de Marissa.
¿Qué estoy haciendo aquí?
El tío ni siquiera se ha molestado con un tibio «esto no es lo que parece», lo cual, siendo sincera, habría sido igual que un chiste, porque es exactamente lo que parece.
—¿En serio? ¿Eso es todo lo que tienes que decir cuando te pillo tirándote a otra mujer?
Él sale de ella antes de volver a meterse la polla cada vez más blanda en los pantalones y subirse la cremallera.
Marissa se endereza a toda prisa. Sus manos pasan volando por su falda arrugada, tratando de alisarla y recolocarla en su sitio.
Tiene la blusa de seda abierta y hay pintalabios esparcido por toda su cara.
Rehúye mi mirada sin siquiera una disculpa.
En vez de apresurarse con el control de daños, Devon suelta un suspiro largo y deliberado.
El corazón me golpea con fuerza contra la caja torácica mientras espero una explicación.
—¿Lilah? ¿Querida? ¿Qué es lo que pasa?
Entonces me doy cuenta de que la tía Evelyn sigue al teléfono.
Con la mirada clavada en Devon, me acerco el móvil a los labios.
—Luego te llamo.