Siempre Tuya #2
Cuelgo pulsando una sola vez con un pulgar tembloroso. La ira que me invade es casi cegadora. Las manos me tiemblan con toda la furia que me bulle por debajo de la piel.
Devon se aclara la garganta antes de enderezarse la corbata.
—¿Qué te gustaría que dijese?
Se me pone tiesa la espalda ante su falta de arrepentimiento.
—¿Qué tal que sientes haberme hecho daño? Ese sería un buen sitio por dónde empezar.
Él da un paso adelante.
—¿Es que eso cambiaría alguna cosa?
Yo meneo la cabeza, mientras empiezo a asimilar la verdad.
—No, nada.
—Entonces, ¿para qué?
Mi cara se arruga mientras yo le repito la pregunta igual que un loro.
—¿Para qué? ¿De verdad me estás preguntando eso?
Él se apoya en el borde del escritorio.
—Mira, siento que hayas entrado y hayas visto lo que has visto. Sé que ha tenido que dolerte.
Me quedo boquiabierta.
—¿Es eso tu ridículo intento de disculpa?
Él se pasa la mano por el pelo ya revuelto, sin parecerse en nada al hombre a quien yo creía conocer y amar.
—Supongo que sí —responde con voz queda.
Mi garganta libera una carcajada. Es falsa, incrédula y cargada de más dolor del que yo querría admitir.
Me obligo a apartar la vista de Devon y miro furiosa a la otra persona que hay en la habitación.
Marissa.
—¿Desde hace cuánto lleva pasando esto?
Sus ojos se desvían rápidamente hacia Devon, con una expresión de pánico silencioso.
—Lo mínimo que puedes hacer es darme una respuesta sincera después de haber estado follándote al hombre con el que yo vivía.
Ella saca la lengua rápidamente y se humedece los labios.
—Cuatro meses.
¿Esto lleva pasando cuatro meses?
Las palabras reverberan en mi mente.
Entonces ella susurra:
—Estoy embarazada.
—¿Estás... embarazada ?
Ella asiente y se arrima más a Devon.
—Él iba a contártelo este fin de semana.
Oh, Dios mío.
Es como si se hubiese abierto una trampilla debajo de mis pies y yo estuviese cayendo por un hueco profundo.
¿Está pasando esto de verdad?
Vuelvo a centrar mi atención en Devon aun cuando no deja de darme vueltas la cabeza.
—¿E-es eso verdad?
Por primera vez desde que los he pillado, un color rosado inunda sus mejillas, y aparta la mirada.
—Sí, lo es.
—¿Cuatro meses? —Meneo la cabeza mientras siento que me fallan las rodillas. En cualquier momento, voy a caer redonda al suelo—. ¿Por qué no me lo habías contado?
—La situación es complicada —responde él con un resoplido.
—¿Complicada? Vas a tener un niño con otra mujer mientras estás viviendo conmigo. —Cuando él aprieta los labios, yo levanto la voz—. ¿Pensabas contármelo en algún momento? ¿O solo ibas a seguir manteniendo una doble vida?
Él se lleva una mano a la nuca y la frota como si prefiriese estar en cualquier otro sitio salvo este.
Pues ya somos dos.
—Estaba intentando pensar en la manera de romper contigo sin hacerte daño.
Una risa estridente se escapa de mis labios.
—Bueno, felicidades. Has fracasado miserablemente en ese frente.
—Parece que así es.
Marissa se aclara la garganta, mira a Devon y hace un gesto con las cejas.
Al parecer, hay más.
¡Joder, por amor de Dios! ¿Es que esto puede ser todavía peor?
Él cambia su peso de un pie al otro.
—Los dos lo hemos hablado y creemos que, dada la situación, sería mejor que tú dejases el trabajo.
Mis ojos se agrandan.
—¿Quieres que deje mi trabajo?
Marissa se pone al lado de Devon antes de rodearle con el brazo y apoyarse en él.
—Sería incómodo tenerte por aquí cuando este debería ser un momento feliz y sin estrés para mí. —Se pone la mano en el abdomen—. Y para nuestro bebé.
—Tienes toda la razón. Puedo ver cómo mi presencia sería un recordatorio incómodo de que te has pasado meses tirándote a mi novio a mis espaldas.
Devon frunce el ceño antes de besar la oscura coronilla de la cabeza de Marissa.
—No hay ninguna razón para que no podamos llevar esta situación como adultos.
—Tú has tenido meses para que tu cerebro se acostumbrase a lo que habéis estado haciendo vosotros dos. Yo, por otra parte, acabo de encontrarme de golpe con ello. Así que tendrás que disculparme si todavía estoy intentando que mi mente se haga a la idea.
Él me dirige una mirada de pena y lo odio.
—Seamos honestos, Lilah. Nuestros padres nos convencieron de que iniciásemos esta relación y, durante un tiempo, ha sido algo fácil y cómodo.
Asiento, y mi dolor está siendo reemplazado por una claridad que no tenía antes de cruzar esa puerta. No se equivoca. Nuestra conexión familiar me ayudó a conseguir el empleo y luego nuestros padres no pararon de empujarnos el uno hacia el otro a la menor oportunidad.
—Si tú no querías tener una relación, tendrías que haberte apretado los machos y haberme dicho algo en lugar de mentirme, y estar mientras tanto tirándote a una colega a mis espaldas.
—Tampoco es que nosotras fuésemos amigas —interviene Marissa.
Como si eso lo hiciese de alguna forma mejor.
O la absolviese.
—Supongo que solo por eso tú tenías todo el derecho de quitarme lo que era mío.
—Él nunca fue tuyo para empezar —dice ella con voz queda.
—¡Guau! Vale, supongo que ya hemos acabado con esto. —Aunque haya muchísimo más que quiero decir, me lo quedo guardado dentro. En vez de eso, levanto la mano y me arranco la placa de empleada de la blusa antes de arrojarla sobre su mesa.
Mientras giro sobre mis talones y me dirijo rápidamente hacia la puerta, Devon dice:
—Haré que alguien empaquete todas tus cosas del apartamento. Solo dime dónde te las envío.
In-joder-creíble.
Yo me enderezo.
—En cuanto lo averigüe, serás el primero en saberlo.
Aunque resulte tentador irme dando un portazo que haga temblar las bisagras, la cierro sin ruido tras de mí.
Que le jodan.
Y a ella.
Oh, Dios... Devon y Marissa no solo están teniendo un lío, también van a tener un bebé juntos. El dolor que inunda todo mi cuerpo casi me deja doblada.
¿De verdad es este el mismo hombre que, hace seis meses, se echó a reír cuando le hablé de la posibilidad de tener hijos, antes de hacerme saber que la paternidad no formaba parte de su plan de vida a cinco años?
¿Y ahora va a tener un bebé con otra?
La cabeza me sigue dando vueltas, y me siguen temblando las manos al entrar en el ascensor. El descenso hasta el recibidor me resulta eterno.
Mientras paso junto a Mike por segunda vez, él le echa un rápido vistazo al jersey de los Chicago Railers que llevo puesto debajo de la chaqueta.
—¡Que se divierta en el partido de esta noche, Sta. Monroe!
—Gracias, lo haré. —Apenas soy capaz de contener las lágrimas que me escuecen en los ojos.
Cuando por fin salgo a la calle, el frío aire nocturno me golpea con fuerza, haciéndome volver a la tierra solo lo suficiente para darme cuenta de que mi vida ha cambiado en un abrir y cerrar de ojos.
No tengo trabajo.
Ni casa.
Y el hombre con el que creía que iba a casarme algún día es ahora mi ex.
El peso de todo eso me aplasta en un instante, dejándome helada e incapaz de pensar en qué va a pasar ahora conmigo.
La emoción bulle dentro de mí, amenazando con liberarse, y eso es lo último que quiero.
Me niego a derrumbarme en esta calle, a la vista de los extraños que pasan por aquí.
O donde Devon y Marissa pueden encontrarme al salir de su oficina, y ver así de primera mano el daño que han causado.
Aunque me parezca imposible de hacer, enderezo los hombros y sigo calle abajo unas cuantas manzanas, hasta un pequeño espacio verde con un banco. Cuando me suena el móvil, lo pongo en silencio sin mirar siquiera a la pantalla.
No hay forma de que pueda hablar con nadie ahora mismo.
No cuando siento una herida tan viva y sangrante por dentro.
Sin mencionar lo de sentirme tan idiota.
Durante todo el rato que me quedo sentada en el banco mirando al infinito, no puedo evitar repasar con cuidado el par de meses anteriores buscando pistas de su infidelidad.
Todas las miradas y las conversaciones entre ellos que yo minimicé, echándome la bronca por dentro por ser celosa.
Claramente, tenía razón en tener sospechas y tendría que haberle hecho caso a mi instinto.
Tal vez entonces no habría estado tan ciega.
Podría haberme protegido mejor.
Solo cuando estoy rodeada por una oscuridad total, lucho por salir de la niebla mental que me había invadido y miro rápidamente mi móvil.
Doy un respingo al ver que han pasado tres horas y que me he perdido el partido.
Tengo que irme.
Es imposible que pueda quedarme aquí.
Pero, ¿a dónde?
El apartamento de Devon está descartado. Probablemente estén ahí ahora mismo, empaquetando mis cosas, encantados, como si celebrasen alguna clase de fiesta.
Aunque ahora esté en la calle y la gélida brisa me azote las mejillas, todavía me parece como si las paredes se me echasen encima. En cualquier momento, voy a tener un ataque de pánico.
Aprieto los ojos con fuerza y me centro en hacer que el aire entre en mis pulmones y en aguantarlo unos segundos antes de soltarlo gradualmente de vuelta a la atmósfera. Lo hago una y otra vez hasta que mi ritmo cardíaco se estabiliza y vuelvo a ser capaz de pensar con claridad.
Solo entonces me saco el móvil del bolsillo y pido un coche antes de ver una pila de mensajes de texto y llamadas perdidas de Steele.
Hago una mueca.
Probablemente esté frenético ahora mismo.
Durante un segundo, me planteo llamarle, pero entonces vuelvo a meterme el teléfono en el bolsillo. En cuanto escuche su voz, me romperé. Y eso es lo último que quiero que ocurra. Esta conversación es algo que necesito tener en persona.
En cuanto el vehículo se detiene a mi lado, me deslizo en el asiento trasero y le doy rápidamente la dirección.