Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo adicional
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Capítulo adicional

LAIKEN

El ático se ha quedado de nuevo en silencio salvo por la voz de Oliver, que llega desde donde él está, cerca del ascensor.

Tiene el móvil pegado a la oreja y habla bajo, con palabras marcadas por ese tono medio en broma y medio en serio que siempre emplea con Rina.

Dice algo sobre llamar para asegurarse de que ha llegado bien a casa.

Todavía no puedo hacerme a la idea de que Oliver vaya a convertirse en padre. Pero será bueno para él. Bueno para ambos. Nuestra familia de los Railers está creciendo.

Empiezo a recoger la mesa por inercia. Las cartas en su caja. Las fichas en su estuche. Los vasos al fregadero.

Me gusta el orden.

Siempre me ha gustado.

Quizás porque es lo único que puedo controlar cuando percibo el resto de la vida como una maraña de jugadas incompletas.

Cuando mi móvil se ilumina sobre la encimera, le echo un vistazo.

Abigail. La madre de mi ex.

Solo de leer ese nombre, se me revuelven las tripas. Pongo el móvil boca abajo y sigo guardando los vasos. Ya me ocuparé de ella mañana.

Por el pasillo me llega la radiante explosión de la risa de Elody, seguida por un tono más tranquilo y suave.

Kia.

Le está leyendo otro cuento a mi hija aunque yo le haya dicho que no tenía que hacerlo. La mayoría de las canguros se largan en cuanto se termina el primer cuento para irse a dormir. La voz de Kia flota por el pasillo, y cada sílaba imprime calma en las paredes de este sitio.

Aclaro los vasos, intentando no escuchar, y fracaso miserablemente.

La mayoría de las noches me pregunto si estoy haciendo esto bien. Si soy suficiente para mi hija. Pero entonces ella sonríe, y me digo a mí mismo que eso es la prueba de que no la he cagado del todo.

Cuando Sarah se marchó, yo creí que la peor parte sería perderla.

Resulta que fue darme cuenta de la facilidad con la que había abandonado a Elody.

Esa clase de traición hace que tus circuitos internos cambien, volviéndote más cauteloso.

Hace que te lo pienses dos veces antes de confiarle a nadie las cosas que más amas.

Y luego están los abuelos de Elody.

Los padres de Sarah.

Esos que están haciendo cualquier maldita cosa que esté en su mano para arrebatármela.

Hablan mucho sobre lo que es mejor para Elody, como si yo no fuese el que ha estado aquí cada día desde que su madre se esfumó. Como si el amor fuese algo que pudiese medirse sobre el papel.

Se ha convertido en una batalla interminable.

Una que se niegan a abandonar.

La luz del pasillo se enciende y Kia sale con el pelo recogido y un mechón suelto formando un rizo contra su cuello. Oliver sigue al teléfono mientras la espera al lado del ascensor.

Ella me ve en la cocina y sonríe. Es una sonrisa suave y educada, pero también cálida.

—Hemos acabado el cuento y se ha quedado roque.

—¿Sí? —Me seco las manos en un trapo—. ¿Te ha pedido que te quedases a dormir?

Una suave risa se le escapa.

—Así es. Y cuando le he dicho que no, ha intentado convencerme con una descripción paso a paso de cómo podríamos jugar con su casa de muñecas.

Eso me saca una risita.

—Suena propio de ella.

—Es una niña estupenda —añade Kia.

—Sí. —Me obligo a mirarla a los ojos—. Lo es.

Algo no deseado parpadea en mi pecho.

Es la clase de atracción que no he sentido en años. Me golpea lo bastante fuerte como para sorprenderme, y la punzada es tan afilada que la detengo en seco, antes de que tenga ocasión de coger impulso.

Joder, que es la hermana pequeña de Oliver.

No tengo ni idea de la edad que tendrá, pero es joven.

De edad universitaria, quizás.

¿Pero en qué diablos estoy pensando siquiera?

Las mujeres son una complicación que me prometí a mí mismo que no volvería a traer a mi vida.

Y ya no soy ese tío. No desde Sarah o Elody.

—Gracias por ayudarme esta noche —le digo, intentando mantener el tono neutro—. No tenías por qué.

—No ha sido ningún problema —responde, metiéndose un mechón rebelde de pelo rubio por detrás de la oreja—. En realidad, ha estado bien. Me ha dado algo distinto en lo que centrarme.

Hay un leve deje cuando habla, un pequeño bajón que no pega con su sonrisa.

Tristeza, quizás.

O soledad.

Me preocupa más de lo que querría admitir.

—Has sido muy buena con ella —digo antes de poder contenerme.

Ella levanta la vista hacia mí.

—Gracias.

—Venga, Kia —la llama Oliver desde la puerta—. Vámonos antes de que Laiken decida echarnos. Confía en mí, este cascarrabias hijo de puta lo haría.

Yo suelto un resoplido.

—Solo contigo, Van Doren. Con placer.

Ella me dirige una última sonrisa rápida antes de coger su chaqueta y alejarse hacia el recibidor.

Yo los sigo, observando como ella se sube al ascensor al lado de su hermano.

El parecido entre ellos resulta obvio. Tienen los mismos ojos azules y la misma sonrisa, pero allí donde en Oliver todo puro pavoneo fanfarrón, ella es tranquila firmeza.

Su mirada se queda clavada en la mía mientras las puertas se cierran. El leve aroma de su champú permanece en el aire mucho después de que se haya ido. Es un olor a limpio y a cítrico.

Extrañamente reconfortante.

Apago las luces, una por una, hasta que el ático se queda en penumbra.

Sobre la encimera hay uno de los platos de galletas sin tocar, con el vaso de Kia a su lado, y un círculo de condensación marcándose en el mármol. Tendría que pasarle un trapo.

No lo hago.

Durante un largo momento, volvemos a estar solo yo y el silencio.

Pero ahora me parece distinto.

No exactamente tranquilo.

Solo diferente.

He aprendido que la vida no siempre te da lo que habías planeado. A veces te suelta algo inesperado en la puerta, y antes de que puedas decidir qué hacer con ello, ya eres alguien diferente, solo por haberlo visto.

Aun así, soy lo bastante inteligente como para darle demasiado peso a nada.

Kia es la hermana de Oliver.

Y ya he descubierto lo que pasa cuando te fías en la mujer equivocada y crees que se quedará contigo.

Al menos, eso es lo que me digo a mí mismo.

Hasta que esa noche cierro los ojos en la cama y escucho su dulce voz.