Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) EVELYN
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EVELYN

L a conversación en el despacho de Hugh...

Rina y Oliver se sientan muy derechos en el despacho de Hugh. La atmósfera es pesada, densa con todo lo que les queda por decir.

Hugh se reclina en su silla, con los brazos cruzados, y habla con tono cortante y frío.

—Si hago una excepción contigo, ¿qué sentido tendría que existan las normas?

Rina sorbe un aliento tembloroso. Tiene la tez pálida pero su barbilla sigue en alto.

—Lo comprendo.

Aparece un tic en la mandíbula de Oliver, con el músculo palpitando. Está a pocos segundos de hacer algo que empeorará todavía más la situación.

Me aclaro la garganta.

—Hugh, seguro que podríamos mostrar un poco de flexibilidad...

Él me interrumpe.

—No, en absoluto.

Rina parpadea y le tiemblan las pestañas, como si fuese a venirse abajo en cualquier momento.

Las cejas de Hugh se elevan y una chispa de desafío prende en sus ojos.

—Oliver y Rina —digo, obligándome a mostrar una sonrisa tranquila. ¿Os importaría darnos un momento?

—Claro —murmura Oliver, poniéndose de pie antes de rodear a Rina con un brazo y guiarla a través del umbral.

—Si no os importa, cerrad la puerta al salir —añado cuando salen al pasillo.

Cuando nos quedamos solos, me obligo a serenarme. Si no detengo esto ahora mismo, Hugh la va a despedir, y no quiero presenciar cómo eso sucede.

Me vuelvo hacia Hugh.

—¿De verdad te desharías de una de las mejores estrategas de recursos humanos que hemos tenido nunca por culpa de una foto?

Él me estudia un instante, con una expresión tan dura e implacable como si hubiese sido grabada en piedra.

—No es solo una foto. Es toda una relación. Ella sabía las reglas cuando la contratamos y ella es la que ha comprometido su posición, Evie.

El sonido del antiguo término cariñoso deslizándose de su lengua me golpea en lo más hondo. Hace tiempo, su voz significaba seguridad.

Ahora suena más bien como una amenaza.

—No hagas eso —murmuro—. Aquí no.

Ni en ninguna parte.

Pero Hugh es un hombre que hace lo que quiere y consigue lo que propone. De no ser así, yo no estaría viviendo en su ático durante esta temporada.

Él me dirige una ligera sonrisita socarrona.

—¿Preferirías que te llamase «cariño»? Porque a mí me daría totalmente igual.

Le lanzo una mirada furiosa, esperando que ponga freno a la dirección que ha tomado esta conversación.

—¿Podemos centrarnos, por favor?

—Por supuesto. Creo que tienes cierta debilidad por la chica.

Tiene razón sobre eso, pero yo no pienso admitirlo jamás. Rina me recuerda demasiado a mí misma a su edad: ambiciosa y decidida a no doblegarse a menos que se viese forzada a hacerlo. No permitiré que Hugh sea el que la destroce.

—Es buena en su trabajo —digo, por contra—. Demasiado buena para perderla por una indiscreción.

Cuando él se levanta, yo alzo la barbilla para mantener el contacto visual mientras él rodea su mesa y devora la distancia entre nosotros.

Cada movimiento es deliberado.

Como el de un depredador.

El reloj de la pared suena rítmicamente, inexorable, hasta que cada segundo parece un desafío.

—Esto se convertirá en un escándalo —dice.

—Haremos todo lo posible para mantenerlo en secreto.

—Los dos sabemos que eso es casi imposible. En estos tiempos hay cámaras por todas partes. Están preparadas para pillar cada mirada robada, cada caricia que crees que nadie está viendo.

Un recuerdo largo tiempo olvidado resurge antes de que yo pueda detenerlo. El sonido de su voz la noche en que rompió nuestro compromiso, educada e implacable, como si se hubiese tratado de una transacción comercial en lugar del acto de romperme el corazón.

El silencio sigue estirándose entre nosotros hasta que sus fibras están a punto de romperse. Su mirada me clava en mi asiento. Lo que he aprendido con él es que el silencio es el lugar donde habita el peligro.

Cierro los ojos e intento centrarme.

Solo un segundo.

Solo lo suficiente para recordar por qué me juré no permitirle nunca acercarse a mí de nuevo.

—Por desgracia para Rina —dice—, parece que va a quedarse sin trabajo.

Mi lengua sale disparada a humedecerme los labios, y yo me levanto.

—No.

—¿No?

—Rina se queda.

—¿Ah, sí? Porque tengo el contrato blindado que ella firmó, y un pequeño ejército de abogados a los que pago para que esas cosas se cumplan.

—Estaría de acuerdo en llegar a un compromiso con respecto a algunas de las reglas que te he puesto para conseguir que el trabajo de Rina permaneciese a salvo.

Nos movemos igual que las piezas de ajedrez en el tablero, él avanza y yo retrocedo, hasta que la parte de atrás de mis muslos choca contra el borde de su escritorio y me encuentro medio sentada en la pulida superficie de caoba.

—Tienes mi atención —dice—. Continúa.

Se me acerca más, hasta que se me hace necesario sostenerme con las manos.

—¿Qué es lo que quieres, Hugh? ¿Es que no me has sacado ya bastante?

Sus ojos se oscurecen con algo que no es precisamente remordimientos.

—¿Crees que no recuerdo lo que teníamos? ¿O que no lamento como acabó?

Es extraño lo convincente que es la mentira al deslizarse fuera de sus labios.

—¿Qué es lo que quieres? —repito, redirigiendo la conversación a un territorio más seguro.

Su boca se curva.

—A ti.

Ambos sabemos exactamente qué es lo que me está pidiendo, y lo que yo juré que nunca más le daría.

—Es tu decisión. ¿Qué va a ser?

Yo levanto la cabeza.

—¿En serio tengo elección?

—Totalmente. —Su voz es suave como el terciopelo, dura como el acero, y tiene un tono lo bastante profundo como para que sea posible sentirla más que escucharla—. Puedes decir que no.

Tal vez pueda.

Pero no puedo permitirme perder a Rina. La junta me crucificaría si se enterasen alguna vez de nada de esto. Pero despedir a la joven costaría más. Es algo que no puedo poner en un papel y justificar en una reunión.

—O... Puedes decir que sí, Evie. —Sus ojos se quedan clavados en los míos—. Y lo haremos a tu modo.

Debería ordenarle que se sentara y actuara como el profesional que finge ser.

En vez de eso, asiento.

—No me basta con eso. —Su mano se levanta y me recorre el labio inferior con el pulgar—. Quiero escuchar tu respuesta.

—De acuerdo. —Un latido intenso patalea bajo mi piel, traicionándome.

Su boca se curva débilmente.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces ella se queda. Y yo recibiré lo pactado en el momento de mi elección.

Él se aparta y el espacio entre ambos se enfría en un instante. Mis rodillas amenazan con ceder, aunque no sé si es por el alivio o por el arrepentimiento.

Ya me destrozó una vez sin ponerme siquiera una mano encima.

Y no permitiré que eso ocurra por segunda vez.

Me aliso la falda, recuperando las pocas briznas de control que me quedan.

—Pues está decidido. Rina se queda.

Sus ojos chispean.

—Por ahora.

Cada decisión que he tomado desde que se rompió nuestro compromiso ha girado en torno al control. Esta es la primera vez que lo he cedido voluntariamente.

Y lo he hecho por ella.

Asiento y me vuelvo hacia la puerta. No deja de temblarme la mano cuando agarro el pomo de la puerta.

Al salir al pasillo, me obligo a sonreír levemente antes de pedirles a Rina y a Oliver que vuelvan al despacho.

Por detrás de mí, el reloj sigue marcando su ritmo, sereno e implacable, señalando cada elección de la que no puedo echarme atrás.

Él cree que este es un juego que puede ganar.

Y tal vez lo sea.

Pero, ¿sabéis lo que pasa con los juegos?

Que yo también he aprendido a jugarlos.

La próxima vez no seré yo la que ceda primero.