Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Epílogo
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Epílogo

OLIVER

L a luz de la tarde se extiende por el suelo del cuarto del bebé, iluminando las paredes de color amarillo pálido y esparciendo un tono dorado por la piel de Rina. Es una mezcla de nuevos comienzos y promesas calladas.

Estoy rodeado de cajas que se supone que van a convertirse en muebles por arte de magia. Hay una cuna a medio montar, instrucciones y tornillos esparcidos como confeti por el suelo. Un oso de peluche gigante está apoyado contra la esquina, como si estuviese ya montando guardia.

Al otro lado del cuarto, Rina está enroscada en la mecedora, con una pierna doblada por debajo del cuerpo, radiante, de una forma que todavía me hace quedarme sin aire en los pulmones. Una suave risita se le escapa mientras me observa.

Resulta que no se me da muy bien seguir las instrucciones en lo que a montar muebles para bebé respecta.

Pero, ¿ese sonido?

¿Esa risa fácil y sin barreras que llena el espacio y rebota en las paredes recién pintadas?

La encerraría en una botella y me la llevaría conmigo para siempre, si eso fuese posible.

A veces todavía no me puedo creer que esta sea mi vida.

Me he pasado años haciendo el papel que todo el mundo esperaba de mí...

El de una insensata y escandalosa pesadilla para el Departamento de Relaciones Públicas.

Tal vez hasta causara unos cuantos de esos líos solo para mantener la atención de Rina centrada en mí.

Resulta que nunca fue atención lo que quería.

Era a ella.

Incapaz de contenerme, cruzo el cuarto y me dejo caer de rodillas a sus pies, dándole un beso en el vientre mientras le apoyo la mano en él con gesto protector.

—Hola, Pequeño O —murmuro contra su piel—. Puede que tu papá no sepa ni una mierda de lo que hace en lo que a montar muebles de bebé se refiere, pero te prometo que nunca lo haré mal contigo ni con tu mamá.

En el mismo momento en que los dedos de Rina se deslizan en mi pelo, algo se mueve como con un aleteo por debajo de mi mano.

Me quedo paralizado mientras noto otra patada.

A ella se le corta el aliento.

—Conoce el sonido de tu voz.

Una sonrisa se extiende por mi cara.

—Bien. Eso debe de significar que ya sabe quién es el que manda.

Ella pone los ojos en blanco, sonriendo a través de las lágrimas que brillan en ellos.

—¡Que Dios nos asista a los dos si resulta parecerse en algo a ti!

Le planto un beso suave en la tripa.

—Será mejor que te acostumbres, Pequeño O. Tu padre es un insoportable hijo de puta cuando ama a alguien. Y yo os quiero a tu mamá y a ti más que a nada en el mundo.

Rina se ríe y solloza al mismo tiempo. El sonido me abre en canal antes de volver a coserme en el siguiente latido. Su pulgar dibuja mi nuca, como si estuviese intentando memorizar este instante junto con esta versión de nosotros antes de que todo cambie.

—Ya me has dado tanto —susurra—. Hubo una época en la que no era capaz de imaginarme siendo así de feliz. Solía esperar a que pasase algo malo y lo estropease. Ahora, solo estoy aprendiendo a disfrutar del momento.

Mientras nos deleitamos en todo lo que hemos construido juntos, levanto la vista hacia la mujer que una vez se escondía detrás de unos muros.

El hogar.

Eso es lo que es esto.

Lo que ella es.

El flash de una cámara solía significar titulares de prensa y problemas.

Ahora, la única luz que importa es la que se refleja en su brillante pelo negro.

Solía pensar que estaba en casa cuando oía el rugido del público después de una victoria en nuestro estadio.

Resulta que mi casa es su risa resonando en estas habitaciones y la diminuta vida por debajo de mi mano.

Puedo ver nuestro futuro tan claramente... Rina con un café en la mano, y yo persiguiendo a un enano por el pasillo, ambos envueltos en una clase de satisfacción que ni sabíamos que existía.

Incapaz de contenerme, le vuelvo a besar la barriga antes de quedarme un rato ahí.

—Para que conste —susurro—, tú también puedes mandar. Pero no le digas a tu madre que he dicho eso.

Rina menea la cabeza y resopla, riendo.

—Eres imposible.

—Pues sí —digo, sonriendo contra su piel—, pero tú me quieres igual.

—Es verdad, te quiero.

Ahí fuera, Chicago resplandece mientras llega el ocaso. Aquí dentro estamos solo nosotros tres y la clase de paz que parece que vaya a durar para siempre.

Me vibra el móvil desde alguna parte en el montón de cartones y piezas de muebles. Probablemente sean Hayes o quizás Kia preguntando cómo estamos. O podría ser uno de los chicos.

Lo dejo sonar.

Porque esto, ella, nuestro hijo, esta vida, es todo lo que nunca supe que necesitaba.

Me da igual si él se acerca o no a un palo ni si hace o no alguna jugada sobre patines. Solo quiero que sepa cómo es el amor cuando es de verdad. Cuando dos personas luchan por ello, negándose a dejarlo estar.

Esta es mi familia.

Mi hogar.

Y no me puedo imaginar que jamás necesite nada más.