Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cincuenta y dos
90%

Capítulo cincuenta y dos

OLIVER

El ático de Laiken está a pocos kilómetros del mío, en la misma dirección, y tiene unas vistas igual de asombrosas. Dentro, el aire vibra con la charla distendida, las bromas, las risas, y el repiqueteo regular de las fichas de póquer.

Por mucho que disfrute de una noche con los chicos, las ganas de volver a casa con Rina ya me están picando por dentro.

Steele se reclina en su asiento, sonriente.

—Llevas mirando el móvil cada cinco minutos desde que has llegado. ¿Qué es lo que pasa? ¿Que el Gran O no es capaz de sobrevivir dos horas sin su mujer?

Yo le ignoro y arrastro una pila de fichas hacia mí.

—Claro que puedo. Pero Rina es infinitamente más agradable de mirar que vosotros, caraculos.

Knox suelta una carcajada.

—El tío está atado tan corto que ni siquiera se molesta en negarlo.

—No estoy atado corto —le replico—. Es que por fin tengo a la mujer de mis sueños exactamente donde la quería. Dejadme disfrutar del momento.

Eso consigue que me gane un coro de gemidos y gruñidos.

Jax deja las cartas boca abajo con un manotazo antes de echar la cabeza hacia atrás con fingido disgusto.

—Te doy tres meses para que te tenga llevando pijamas a juego con los suyos.

—Ya los tenemos —digo, tranquilo—. De cuadros rojos y negros. Ya los veréis en nuestra postal de Navidad.

Se monta un escándalo en la mesa. River menea la cabeza, Steele casi escupe la cerveza y Jax finge estar a punto de vomitar, tirando la mitad de su pila de fichas.

Laiken suelta un gruñido antes de tirar sus cartas.

—Por Dios, ¿es que no podemos jugar ni una mano sin que O decida que necesita volver a llamar a Rina por FaceTime?

Sonrío y hago ademán de levantarme de mi asiento.

—En realidad, ahora que lo dices, probablemente debería ver cómo están, ella... Y el Pequeño O.

Un silencio mortal inunda la sala.

La sonrisa de Steele se esfuma.

—Espera… ¿qué?

—Rina está embarazada —anuncio.

La silla de Knox araña el suelo con las patas al moverse hacia atrás.

—Hostia puta.

Jax solo me mira fijamente.

—El Gran O... ¿Ha fabricado un bebé?

La sonrisa de Laiken brota lenta y firme.

—Vas a ser papá.

Sí, así es.

Las felicitaciones vuelan sobre la mesa y unas cuantas palmadas rudas me caen sobre la espalda entremezcladas con grandes sonrisas.

Entonces Jax resopla, y le da un largo trago a su cerveza antes de mirar a River.

—Bueno... y sobre Sloane...

River ni siquiera levanta la vista de las cartas.

—No te ha mencionado. Ni una sola vez.

Jax abre la boca.

—¿Y tú has...?

—No —le corta River, con voz impasible—. Yo tampoco le he preguntado. Y no pienso hacerlo.

—Jo, bro —murmura Jax—. ¿Cómo se supone que voy a hacer que esa mujer se case conmigo si ni siquiera tiene intención de darme la hora?

Knox se atraganta a medio sorbo, esparciendo la cerveza a su alrededor, antes de toser lo bastante fuerte para hacer tambalearse la mesa.

Jax solo sonríe.

—¿Es por algo que he dicho?

Las risas se apagan y dejan tras de sí una sensación más tranquila de camaradería, de esa clase que se instala cuando todos están a gusto con los demás.

Entonces es cuando escucho el sonido de unos pies descalzos por el pasillo.

Elody entra de puntillas al comedor, abrazada a su conejito de peluche, y con su coletita rebotando arriba y abajo cuando tira de la pernera del pantalón de Laiken.

Los duros rasgos del rostro de nuestro portero se suavizan, y la tensión que lleva consigo se desvanece al cogerla en sus brazos. Cualquiera que piense que Laiken adora el hockey por encima de todas las cosas es que nunca le ha visto con su hija.

—¿Ya estás lista para irte a la cama, cariño? —pregunta.

Ella asiente.

—Quería un besito antes. Luego Kia va a leerme un cuento.

Él sonríe suavemente y la ternura se pasea brevemente por su gesto.

—Ese es un buen plan.

Mi hermana se acerca unos pasos por detrás, titubeando cerca de la puerta como si no quisiera entrometerse.

Laiken la mira brevemente antes de que sus ojos vuelvan a centrarse en Elody.

—¿Te lo estás pasando bien con tu nueva amiga?

La pequeña sonríe.

—¡Sí, papi! Hemos jugado con mi casa de muñecas y hemos pintado. ¿Quieres ver mi dibujo?

—Me lo puedes enseñar por la mañana —dice él, volviéndola a dejar en el suelo—. ¿Te parece un buen trato?

—Vale. —Ella da un saltito, de puntillas—. ¿Puede Kia venir a jugar mañana?

Él vuelve a dirigirle una mirada rápida a mi hermana, que sigue ahí parada, antes de aclararse la garganta.

—No lo creo, bichito. Estoy bastante seguro de que Kia está ocupada. Solo ha venido hoy porque la señorita Katie se ha puesto enferma.

Antes de que él pueda decir nada más, Elody se le escapa de los brazos y corre hacia Kia, con sus pies cubiertos por el pijama golpeando contra el suelo. Le rodea las piernas con los brazos y la mira con los ojos muy abiertos.

—Kia, por favor. ¿Puedes venir mañana?

Kia se queda paralizada un instante antes de agacharse y quitarle un rizo de la frente a la niñita.

—Quizás.

—¡Yupi! —chilla Elody, volviéndose hacia su padre—. ¿Lo ves, papi? Sí que puede.

Laiken contiene una risa, como dándose cuenta de que le han acorralado.

—Ya veremos, bichito. Primero, a la cama. Las negociaciones, después.

Elody se escabulle pasillo abajo con Kia detrás, y sus voces se tornan una suave mezcla de parloteo y risitas.

Algo imposible de interpretar cruza rápidamente por el rostro de Laiken. Tal vez solo se trate de cansancio. De ese que surge de intentar ser tanto la madre como el padre de su niñita.

No transcurre demasiado tiempo antes de que la sala recupere la normalidad. Se escuchan los sonidos de las cartas al caer y el del roce de los vasos de vidrio contra la madera.

Y me recuesto en mi asiento, y les observo.

Hace un año, esta clase de noches habrían terminado en una disco o en el bar Rail Yard, con mucho ruido y distracciones.

Ahora lo hemos cambiado por risas, cartas y la clase de paz que siento como una victoria que ni siquiera sabía que estaba persiguiendo.

Cuando me vibra el móvil en el bolsillo, rompiendo el silencio, lo saco. La pantalla se ilumina con el grupo de chat de la familia. Lo aparto y abro un hilo privado con Hayes.

Yo: En plena noche de póquer con los chicos. Kia está aquí también.

Hayes: ¿Qué tal lo lleva?

Yo: Parece que bien, pero algo pasa. No te preocupes. Pienso llegar al fondo de esto.

Hayes: Sigue echándole un ojo. No me gusta que nuestra hermanita esté sufriendo.

Yo: Igual que yo.

Me quedo mirando el último mensaje un segundo más, y su resplandor baña mis manos de luz azul.

Todavía puedo escuchar la voz de Kia pasillo abajo, mezclándose con las risitas de Elody. No sé qué le pasa, pero lo está manteniendo bien oculto.

Tarde o temprano, se lo sacaré. Sea lo que sea, nos enfrentaremos juntos a ello. Yo cuidaré de ella... Igual que cuidaré de Rina y de la familia que estamos creando. Porque eso es lo que hacen los hombres Van Doren.

Una sensación de plenitud me invade. De esa clase que parece que vaya a durar para siempre.

Y si tengo suerte... Lo hará.