Capítulo cincuenta y uno
RINA
Lo primero que noto al entrar en Lakeshore Sweets no es el aroma, es el sonido reconocible de la risa que brota de una mesa junto a la ventana, el tintinear de las tazas y el suave sonido de fondo de una playlist que probablemente Callie haya confeccionado cuidadosamente ella misma.
Es algún tipo de música acústica, tan melosa como relajante.
El aire parece estar empapado de confort, y eso me encanta.
El sol se filtra por los cristales delanteros, haciendo brillar los frascos llenos de macarons color pastel y biscotes cubiertos de chocolate.
Detrás del mostrador, Callie desliza una bandeja de muffins en el expositor de cristal.
Tiene el pelo recogido y las mejillas sonrosadas por el esfuerzo.
El sitio me parece igual que siempre. Luminoso, acogedor y lleno de vida. Pero hoy lo noto algo más silencioso.
Más tranquilo.
Hay algo distinto ahora en las mañanas.
Son menos pesadas.
Tal vez hasta un poco más fáciles.
Como si el ruido blanco de mi cabeza se hubiese calmado por fin y yo pudiese simplemente... existir.
Lilah y Sloane ya han cogido nuestra mesa habitual del rincón, tienen las tazas a medio beber y hay un plato con migajas entre ambas. Kia se sienta con la taza agarrada entre las manos y las mejillas todavía rojas por el frío de fuera.
—¡Por fin! —Sloane me hace un gesto con la mano—. Estábamos a punto de enviar una expedición de búsqueda a por ti.
—O podríamos haberle pedido a Oliver que comprobase tu ubicación.
—Perdón. —Me deslizo en la silla vacía al lado de Kia—. Tuve que esquivar a un reportero por el camino. Al parecer, salir con Oliver Van Doren está clasificado como noticia bomba.
Lilah esconde una sonrisa tras su infusión de hierbas.
—Suena como uno de los riesgos de enamorarse de un Railer.
Kia menea la cabeza y una sonrisita juguetea con sus labios.
—No sé cómo lo haces, eso de tener a gente preguntándote constantemente sobre tu relación.
—Los auriculares con cancelación de ruido ayudan —digo con voz seca.
Sus risas resuenan en la pastelería. Es esa clase de sonido que se te mete en los huesos y te recuerda que vale la pena aferrarse a algunas cosas y a algunas personas.
Durante mucho tiempo no me había dado cuenta de cuánto necesitaba esto. La sensación de pertenencia. Esa tranquila clase de seguridad que viene de estar rodeada de gente que ve tu yo real, no solo la versión artificial y embellecida que le muestras al mundo.
Callie se une a nosotras y se limpia las manos en el delantal antes de dejar un plato de galletas todavía calentitas que casi parecen demasiado bonitas como para comérnoslas.
—Terapia de azúcar de emergencia —dice con una sonrisa—. Estás invitada.
—Bendita seas. —Sloane coge una antes de que el plato aterrice del todo en la mesa.
La conversación fluye tan fácil como siempre: rápida, con unas hablando por encima de las otras, y cargada de risas.
Saltamos del tema de las bodas al de decoraciones de cuartos de bebés, y a quién hace el mejor café en su casa.
Lilah afirma que Steele es capaz de servirle exactamente lo que le pide, lo que se gana un gemido por parte de Sloane.
Yo confieso que Oliver todavía no sabe cómo funciona del todo la máquina de expreso, y Callie se ruboriza cuando le señalamos que parece que River necesite un beso después de patinar cada mañana.
Pone los ojos en blanco pero su sonrisa la delata.
Es una mañana normal, formada por breves momentos acumulados.
Aquí sentada, rodeada por ellas, me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado mi mundo.
Tal vez por eso adoro tanto este sitio. Me recuerda que, no importa lo complicada que se vuelva la vida, todos necesitamos un sitio que nos parezca un puerto seguro.
Kia se ríe con nosotras, pero hay algo silencioso agazapado detrás, como si tuviese la mente puesta en otra cosa.
De vez en cuando, se lleva la mano al vientre.
Es un gesto sutil, apenas imperceptible, pero yo lo noto.
Cuando me pilla mirándola, me ofrece una sonrisita, y la gratitud parpadea en sus ojos antes de que los aparte.
Le devuelvo la expresión con una promesa silenciosa de que su secreto está a salvo conmigo.
Hay mucha calidez entre nosotras, y sin embargo la preocupación también aporta su punzante contribución.
Ella está intentando con todas sus fuerzas ser valiente, actuar como si lo tuviese todo bajo control...
Pero hay miedo en su mirada. Y eso me hace desear protegerla por todos los medios.
La puerta se abre y el suave golpeteo de unos zapatos contra las baldosas atrae mi atención antes incluso de que la campanilla deje de sonar. Se cuela una ráfaga de viento, llevando consigo el habitual frío de los otoños de Chicago.
El cambio en la pastelería es instantáneo cuando entran Steele, River, Oliver y Laiken.
Es como si alguien hubiese sintonizado otra emisora de radio, y el ambiente se hubiese transformado con una nueva melodía.
Las conversaciones se interrumpen, y luego vuelven a empezar.
Los chicos atraen esa clase de atención, aunque ni siquiera lo pretendan.
Steele es el primero que nos ve, y su mirada se clava en Lilah. Cruza la estancia con una sonrisa alegre y contagiosa. River le da un beso a Callie en la frente y de paso, roba una galleta. Oliver se desliza detrás de mí, y su mano me rodea por la cintura mientras sus labios me rozan la sien.
El mundo entero se reduce a esa caricia simple y conocida. Durante mucho tiempo, solía ponerme tensa cuando la gente nos miraba. Ahora, me da igual quién esté mirando.
Al otro lado de la mesa, Kia se queda quieta mientras sus ojos se centran en el guardameta de los Railers.
—Laiken —dice Callie, rompiendo el silencio con la calidez juguetona de su voz—. Me alegro de verte. Hacía tiempo.
Él levanta la mano para frotarse la nuca, con un gesto pequeño de timidez.
—Sí. Se me ha ocurrido comprarle algo a mi hija.
Sloane suelta aire con gesto dramático.
—¡Oh, Dios mío! Eso es tan dulce.
Las cejas de Kia se elevan ligeramente.
—¿Tienes una hija?
—Elody —le digo, sonriente—. Tiene cuatro años y ya tiene al equipo entero comiendo de su mano.
La boca de Laiken dibuja una leve curva, y la tensión de sus hombros se suaviza.
—Decididamente me mantiene entretenido.
La mirada de Kia se detiene un segundo de más, llenándose de curiosidad, antes de volver a descender hacia su taza. Durante un instante, la pastelería parece suspendida entre la risa y una pausa que se alarga lo suficiente para que algo nuevo y tranquilo coja forma.
Los chicos redirigen la conversación hacia el hockey, los eventos benéficos y la noche de póquer, hasta que Laiken menciona que al final su niñera le ha dicho que no podría ir, así que puede que tengan que retrasarla hasta la semana que viene.
Oliver mira a su hermana de reojo.
—Kia, ¿tú no solías hacerle de canguro a alguno de los vecinos cuando ibas al instituto?
Ella pestañea, sorprendida.
—Sí, a los Schmidt.
Laiken abre la boca para protestar, pero ella se le adelanta.
—Si necesitas que te eche una mano alguna vez, no me importaría ayudarte. —Un leve rubor le colorea las mejillas.
Laiken hace una pausa antes de asentir.
—Gracias, te lo agradezco.
River le da una palmada en el hombro.
—Supongo que la noche de póquer vuelve a estar en la agenda.
Steele sonríe.
—¿Queréis firmarme un cheque ahora mismo o después de que os gane?
—Sigue soñando —murmura River.
La risa se extiende por el grupo mientras Callie coge una galleta grande del expositor y la mete en una bolsita blanca de papel antes de dársela.
—La favorita de Elody.
La sonrisa de Laiken se ensancha. Es una de esas poco habituales que le acaricia los ojos y le cambia toda la cara. Unos minutos después, los chicos se van y un soplo de aire frío sigue a su salida por la puerta.
Los ruidos de la ciudad se filtran dentro. Los reconfortantes aromas a azúcar y café tostado siguen flotando en el aire, aunque algo es distinto en el ambiente ahora.
Algo que podría describir como esperanzador.
—Evelyn se ha pasado antes por aquí —dice Callie con una sonrisita—. Está planeando la siguiente gala benéfica para Navidad.
—¿Crees que habrá otra subasta de solteros? —pregunta Sloane—. Y si es así, ¿será Oliver uno de los tíos afortunados disponibles para pujar por él?
Lilah suelta una leve risita.
—No si Rina tiene algo que decir al respecto.
Callie sonríe, recostándose en la silla.
—Olvídate de Oliver. Lo que yo quiero saber es si ha pasado algo nuevo entre Evelyn y Hugh. La última vez que los vi, él mencionó que ella iba a pasar la noche en su casa.
A Sloane se le agrandan los ojos.
—Oh, es verdad. Me he estado muriendo por tener noticias frescas... Danos cada sucio detalle, Rina.
Meneo la cabeza, riendo.
—Modo relaciones públicas activado: sin comentarios.
—Deja de ser una aguafiestas —dice Sloane, sonriendo traviesa por detrás de su taza —. Espero que tengan una tórrida aventura secreta.
Lilah se ríe disimuladamente.
—Por favor. Evelyn lleva discutiendo contra ese hombre desde que soy capaz de recordar.
—Se detiene y luego añade, guiñándome el ojo y encogiéndose de hombros—: pero cosas más raras se han visto, como aquí nuestra amiga que juraba que jamás se enamoraría de un jugador de hockey.
Sobre todo de uno llamado Oliver Van Doren.
Eso sí que es verdad.
Seguimos especulando, enganchadas a algún punto entre la diversión y la curiosidad sobre lo que nos depararán los próximos meses.
Sloane levanta su taza.
—Por la cafeína, las galletas, y las mujeres que hacen que mi vida sea mejor.
Lilah levanta la suya.
—Y por los hombres que de algún modo consiguen seguirnos el ritmo.
La pastelería vuelve a llenarse de risas alegres.
Fuera de aquí, el día sigue en marcha. Pero aquí dentro, parece como si el mundo se hubiese ralentizado lo suficiente como para recordarme la verdadera cara de la felicidad.
No son las grandes victorias ni los momentos explosivos; se trata de esto.
De la gente a la que quieres.
De las risas que se quedan flotando en el aire.
Y de la certeza silenciosa de que, por el momento, todas estamos exactamente donde tenemos que estar.