Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cincuenta
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Capítulo cincuenta

OLIVER

Me despierto escuchando el sonido de su respiración.

Es tranquila y regular.

Rina está dormida encima de mi brazo con el pelo esparcido sobre mi piel en ondas oscuras. La sábana se le ha resbalado por la espalda, destapando algo de piel dorada bañada por la mortecina luz de la mañana que entra por las ventanas.

Durante un instante, no me muevo.

Solo observo el ritmo regular de su respiración, el sutil temblor de sus pestañas y la forma en que sus labios se abren.

Ahí tumbado, con ella entre mis brazos, este momento me parece algo que nunca querría que terminase.

Lo de anoche se reproduce en bucle en mi cabeza y vuelve en flashes.

El ligero temblor de su voz cuando susurró mi nombre.

La forma en que su cuerpo se estremeció cuando por fin se dejó llevar.

He metido goles y levantado trofeos. He estado bajo los brillantes focos del estadio mientras me llovía la gloria. Pero ninguna de esas cosas se acerca a lo que sentí abrazándola cuando ella se corrió entre mis brazos.

Ha habido noches en las que este ático me parecía vacío. Demasiado cristal, demasiado espacio, y no la vida suficiente como para llenarlo. El silencio solía envolverme hasta que yo lo ahogaba con música, entrenamientos nocturnos, ruido y mujeres.

Ahora interpreto ese mismo silencio que nos rodea como paz.

He estado años diciéndome a mí mismo que desearla no era para mí. Que si dejase de perseguirla dejaría de necesitar algo que jamás podría tener.

Pero aquí tumbado, mientras la veo dormir, por fin lo entiendo.

Nunca se trató de la caza.

Todo iba de haberla encontrado.

De la tranquila y serena conciencia de que ella siempre había sido la pieza que le faltaba a una vida que yo todavía no sabía cómo vivir.

Le beso en el pelo y aspiro el débil aroma de su perfume, que permanece en la almohada, mezclándose con el limpio olor de mi jabón y la calidez de su piel. Es sensual y femenino.

Inconfundiblemente suyo.

La prueba de en qué nos convertimos anoche continúa entretejiéndose entre ambos, en las sábanas enredadas y el silencio del alba.

El hogar.

Eso es lo que siento.

Siempre he tenido un sitio al que regresar. Una familia que me quiere, una casa que nunca está vacía. Pero esto es diferente. Es la clase de sensación de hogar que se te mete debajo de la piel. De la clase que no se desvanece cuando la puerta se cierra tras de ti.

Con Rina a mi lado, el hogar ya no es un sitio.

Es un latido sincronizado con el mío.

Sus dedos se retuercen contra mis costillas y una sonrisita le curva los labios mientras sus pestañas tiemblan y se abren.

—Me estás mirando fijo —murmura, con una voz ronca por el sueño.

—¿Es que puedes culparme?

Ella parpadea y bizquea por la luz.

—Pareces terriblemente animado para ser alguien que me ha tenido despierta la mitad de la noche.

Sonrío y le aparto un mechón de pelo de la cara.

—Qué gracioso, no recuerdo haberte oído quejarte.

—Decididamente, no hubo ninguna queja.

Su confesión queda flotando entre ambos, ligera y juguetona, pero cargada de algo más profundo. Su sonrisa es tímida y cálida al mismo tiempo, mientras los últimos restos de distancia entre nosotros se esfuman por completo.

Nos quedamos en ese espacio tranquilo que existe solo por las mañanas antes de que todo cambie. Es un instante frágil pero lleno de paz y esperanza.

Sus dedos dibujan lentos círculos en mi pecho, arrastrando ligeramente las uñas entre el vello. Siento cada caricia más hondo que la anterior, centrándome, hasta que es como si el mundo entero se hubiese reducido para mí al contacto de su piel contra la mía.

—¿En qué estás pensando? —pregunta.

—En que no me quiero mover nunca más.

Su risa es breve pero auténtica, y vibra contra mí.

—Al final acabarías teniendo hambre.

—Entonces tendría que acabar comiéndote a ti.

Ella levanta la cabeza, con los ojos cargados de diversión y de algo más. Algo abierto y confiado.

—Te aburrirías de mí.

—Eso no es posible —le digo—. Todavía no lo pillas, ¿verdad? Siempre has sido tú. Solo es que te ha costado un poco que tú también lo creyeras.

Su gesto se suaviza una minúscula fracción mientras ella se queda quieta.

—No creía que fuese posible dejar que nadie se te acercase así.

Yo la estrecho con más fuerza con mi brazo y le pongo los labios en la sien.

—No tienes que mantener la guardia alta conmigo. Jamás.

—¿De verdad me has estado esperando?

—Años, Rina. —Mi pulgar le acaricia la curva del hombro—. Me he pasado años esperándote.

Ella se acerca y me besa. Sus labios me rozan los míos igual que una promesa antes de que ella se acomode contra mi costado.

Dibujo la curva de su hombro, intentando memorizar cada detalle. La calidez de su piel, la forma en que se le entrecorta el aliento cuando la acaricio, el peso de su mano descansando sobre mi corazón, como si estuviese usándolo como ancla.

Ella me dio su confianza anoche.

No porque se lo pidiese, sino porque por fin creyó que era seguro para ella hacerlo.

¿Y esa confianza?

Me pasaré cada día demostrándole que ha tomado la decisión correcta al otorgármela. Este es el momento en el que todo lo que jamás he querido por fin cobra forma y se hace algo sólido y real.

Algo que siento que es para siempre.

Ahí fuera, la luz de la mañana se vuelve más brillante, reflejándose en el cristal. El mundo ya está moviéndose de nuevo.

Ella se relaja, con todo el cuerpo laxo y vulnerable.

Los Railers pueden ir a por su siguiente victoria.

Yo ya he encontrado la mía.

Con Rina.

Cuando sus dedos se aprietan alrededor de los míos, sé que sea lo que sea que venga a continuación, nos enfrentaremos juntos a ello.