Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cuarenta y nueve
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Capítulo cuarenta y nueve

RINA

Él se inclina y su boca encuentra la mía, y su beso evoluciona gradualmente, igual que el sol sobre el agua tranquila.

Las manos de Oliver me sostienen la cara como si no se creyese del todo que soy de verdad.

Sus pulgares me dibujan círculos en la mandíbula, deliberados, anclándome en el presente.

Sus labios se mueven contra los míos con una paciencia que me desarma más de lo que podría hacerlo cualquier tipo de prisa.

Saboreo un gusto mentolado, un ligerísimo toque salado de la piel y algo que es puramente él.

Es cálido, limpio y conocido. Me mantiene estable aunque el resto del mundo se vuelva borroso y se pierda contra el fondo.

Cuando se aparta, deja la frente apretada contra la mía y nuestros alientos se enredan en el frágil espacio entre ambos.

—Nena, el aspecto que tienes con mi jersey puesto... —murmura—, jamás podré olvidarlo, ni de coña. —Sus ojos se oscurecen al descender más—. Aunque por bien que te quede... No puedo esperar a quitártelo.

—Es gracioso —susurro—, yo estaba pensando lo mismo.

Su boca dibuja una sonrisa que es perezosa, confiada y cargada de promesas. Coge el borde del jersey y lo levanta, marcando con los nudillos un sendero intencionado por mi piel.

Mis caderas.

Mi cintura.

Mis costillas.

Cada caricia desata otra oleada de deseo. Mi compostura se resquebraja cuando sus dedos me rozan la parte interna de los pechos y una descarga de electricidad me atraviesa por completo. La tela susurra sobre mi piel cuando él la levanta más.

Entonces desaparece, y es descartada por detrás de él, dejando que el aire fresco me bese la piel desnuda, seguido por su mirada excitada, posesiva y reverente, todo al mismo tiempo.

Durante un instante, él solo me mira. Solo existe la intensa fuerza de su mirada, como si estuviese intentando memorizar cada centímetro de mí.

—Maldita sea, qué hermosa eres.

Su afirmación me hace arder por todas partes, corriendo bajo mi piel y palpitando por mis venas antes de hacer una laguna en mi vientre hasta que casi resulta insoportable.

Él se quita la camisa con un solo movimiento fluido, antes de dejarla caer al suelo.

Entonces llega el ruido de su cinturón, luego el sonido de la tela vaquera deslizándose por sus musculosas piernas.

Cada uno de ellos resulta amplificado por el silencio que hay entre nosotros.

Cada prenda de ropa que cae me parece como otro muro que se derrumba, otro kilómetro de distancia que desaparece.

Cuando está desnudo por fin, se detiene. No para poner una pose o exhibirse, sino para permitirme que yo le vea.

Que le vea de verdad.

La luna se desparrama a través de la ventana, bañándole la piel tanto de plata como de sombras. Las líneas esculpidas de su pecho suben y bajan con cada respiración y, por un momento, me olvido de cómo hacerlo con las mías.

Cuando estiro el brazo, él reduce la distancia entre nosotros sin titubear.

El colchón se hunde bajo su pecho y el débil aroma del cedro y de las especias se instala a nuestro alrededor.

Su mano encuentra la curva de mi cadera, y su palma áspera se mueve hacia arriba, reclamando cada centímetro con movimientos bien medidos hasta que encuentra mi pecho.

Dibuja un lento círculo por mis carnes con el pulgar, y mi cuerpo responde arqueándose sin remedio.

Nuestras bocas se encuentran de nuevo, esta vez más ansiosas. El beso se hace más profundo y cada uno de mis pensamientos se pierde en direcciones distintas mientras su lengua se desliza contra la mía.

Él cambia de postura, ajustando su cuerpo sobre el mío hasta que nuestros torsos quedan a la misma altura. El mundo se reduce a su presencia deslizándose entre mis muslos y al sonido que hace cuando yo me estremezco por debajo de él.

—Dime lo que quieres —susurra contra mi garganta.

—A ti —admito, y la confesión se quiebra en un suspiro—. Solo a ti. Solo esto.

Él suelta una maldición temblorosa que vibra por mi cuerpo. Encuentra mi mano y sus dedos se entrelazan con fuerza con los míos antes de guiar nuestras manos unidas sobre mi cabeza. El movimiento me deja sujeta contra el colchón, manteniéndome en el sitio incluso mientras todo lo demás se mueve.

Cuando me penetra por fin, lo siento menos como una posesión y más como un regreso al hogar. Casi como si cada puerta cerrada hubiese sido abierta, permitiendo que la luz entrase en espacios que había mantenido oscurecidos demasiado tiempo.

Durante años, he convertido el mantenerme a salvo en mi religión, y el control en mi armadura. Pero aquí, con Oliver, cada pared que he levantado se convierte en polvo.

Entramos en un tempo rítmico que siempre nos ha encontrado, sin importar lo lejos que nos hayamos distanciado.

Su cuerpo encaja contra el mío como si hubiese sido moldeado para completar cada curva y cada hueco.

Su boca me roza la sien cuando mis dedos le aprietan la nuca, porque necesito sentir su peso sólido.

Cada empujón es deliberado y lo bastante profundo como para poder sentirlo mucho después. El placer aumenta gradualmente, consumiéndome en oleadas, hasta que no solo es el deseo lo que me inunda las venas.

Es la confianza en él.

Cada movimiento delata la verdad que he estado ocultando.

Levanto las caderas, en busca de más, y el sonido primitivo y gutural que él hace me abre en canal.

Él deja caer su frente contra la mía.

—Mírame.

Nuestros ojos se encuentran, y el mundo deja de girar y se ralentiza hasta pararse.

Ya no quedan muros entre nosotros.

Ni juegos.

Ni escudos defensivos.

Cada emoción de la que me he pasado años intentando esconderme está ahí, expuesta en mis ojos, para que él la vea.

Se mueve dentro de mí como si estuviese volviendo a aprenderse mi cuerpo, y yo me guardo todos los detalles sobre este instante y sobre él en la memoria.

El ligero temblor de sus brazos. La forma en que su mandíbula se tensa cuando se acerca.

La casi invisible cicatriz cerca de sus costillas que he besado docenas de veces.

Solía pensar que dejar que alguien se me acercase tanto me haría pedazos.

Ahora me doy cuenta de que es lo único que me ha hecho sentir completa jamás.

Mi cuerpo se arquea con la tensión, que se va haciendo más potente hasta que su nombre es lo único que puedo obligarme a decir.

—Oliver...

Me aprieta la mano más fuerte.

—Estoy aquí —dice contra mi boca—. Siempre lo estaré.

Solo me faltaba eso para que el placer me golpease como un rayo antes de desperdigarse por cada uno de mis nervios. Él me sigue y se corre con un sonido que es a medias un gemido, a medias una oración. La forma en que mi nombre sale por sus labios como si fuese un voto me desmonta por completo.

Durante un instante ingrávido y suspendido en el tiempo, todo se detiene.

El aire.

El ruido.

El deseo.

Solo quedan nuestros corazones latiendo al unísono y el lánguido deslizar de piel contra piel.

Cuando el mundo vuelve por fin a su sitio, Oliver se vuelve hacia un lado sin salir de mí, con su cuerpo todavía pegado al mío.

Me abraza como si dejarme ir pudiese destrozar cada promesa que nos hemos hecho.

Su mano descansa sobre mi esternón, como si necesitase sentir la prueba de que todavía sigo aquí.

Que todavía soy suya.

—Estamos en casa —susurra en mi pelo, con una voz ronca por el agotamiento y el asombro, como si estuviese pronunciando unas palabras sagradas.

No hay ni una sola parte de mí que ponga eso en duda.

Él cambia de postura solo lo justo para mirarme fijamente a los ojos, y acariciarme el pómulo con el pulgar.

—¿Estás bien?

—Más que bien. —Las palabras salen suaves aunque seguras, como una verdad que he estado cargando durante demasiado tiempo—. Por primera vez en mi vida, me siento a salvo.

Él no habla de inmediato. Solo me mira como si yo fuese la respuesta a una plegaria que no creía que nadie estuviese escuchando.

Sus labios se mueven hasta mi sien y se quedan ahí.

—Bien. Porque conmigo, siempre lo estarás.

Yacemos enredados en el silencio que sigue, y la luz de la luna nos tiñe la piel con un pálido resplandor. Su aliento se hace más regular por debajo de mí y me doy cuenta de que he adaptado mi respiración a la suya de manera instintiva.

Su mano desciende más y se detiene en mi vientre. Es un gesto tierno, y se me hace un nudo en la garganta de la emoción mientras él me acaricia la piel. Por primera vez, eso no me hace dar un respingo.

Siento que está bien.

Al otro lado de la ventana, los primeros rayos de la aurora se deslizan sobre el perfil de los edificios y la luz se derrama sobre el agua y el cristal.

Gradual.

Incuestionable.

Inevitable.

Igual que nosotros.

Pronto, la vida real volverá.

Los titulares.

El equipo.

El ruido.

Pero por ahora, solo somos nosotros, y la promesa de todo lo que está esperando a comenzar.