Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cuarenta y ocho
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Capítulo cuarenta y ocho

OLIVER

El vestuario vibra con el jaleo de después del partido. Se abren las botellas de agua, resuenan los velcros al abrirse, y unos gritos triunfales retumban en las paredes. El aire está cargado de sudor, jabón y adrenalina.

Me siento cerca de mi taquilla, con el equipo a medio quitar, y miro fijamente hacia el suelo.

Mis pensamientos son una maraña retorcida que sigue volviendo a Rina cuando debería estar celebrándolo con el equipo.

La victoria de hoy ha sido dura. Es de esas que debería dejarme animado.

Tengo los guantes quitados y los patines desatados, pero no puedo obligarme a moverme.

O a que me importe una mierda.

Y eso es la primera vez que me pasa.

—¡Vamos, Van Doren! —grita Knox desde el otro lado del pasillo, con una sonrisa cada vez más amplia—. Hemos ganado. Que se vea que estás contento.

River resopla y se pasa una toalla por el pelo.

—Esta noche has estado sembrado. No creo haberte visto patinar así de bien desde los playoffs.

Me quito el jersey y lo echo al cesto.

—Solo estaba centrado, supongo.

—¿Centrado? —River se echa a reír—. Más bien poseído.

Sus voces se pierden a lo lejos. Normalmente, sus bromitas me sacarían una sonrisa, pero hoy ni siquiera se acerca.

El único rostro que yo quería ver en la multitud esta noche no se ha presentado.

Rina nunca se pierde un partido en casa. Su asiento en la tribuna VIP podría hasta tener su nombre grabado. Forma parte de este equipo, y se toma en serio su papel como relaciones públicas. Ver su sitio vacío por primera vez en años me ha dolido más que cualquier encontronazo sobre el hielo.

Ha sido un gancho en el estómago para el que no estaba preparado.

Sigo diciéndome a mí mismo que estoy haciendo lo que es mejor para ella al darle el espacio que necesita. Pero, Dios, es más duro de lo que imaginaba.

Las risas a mi alrededor se hacen más fuertes.

Alguien está gritando algo sobre un trago postpartido, otro de los tíos está hablando de estadísticas, pero todo me parece como lejano.

Casi como si estuviese debajo del agua, escuchando un mundo al que no pertenezco, ambientado con el sonido del velcro, el tintineo del metal, y el apagado murmullo de la música que viene del pasillo.

Cada sonido se clava en el vacío que me llena.

Me inclino hacia adelante y apoyo los codos en las rodillas antes de pasarme una mano por el pelo húmedo.

Es duro no ir tras ella cuando todas las partes de mi ser están tensas, buscándola.

¿Cuándo se ha convertido en mi otra mitad?

La idea se asienta pesadamente en mi interior mientras el ruido que me rodea se apaga.

Me muevo en piloto automático, quitándome el resto del equipo antes de dirigirme a las duchas.

El agua cae golpeándome los hombros, lo bastante caliente para que me pique, pero no hace nada por lavarme el daño que tengo bajo la piel.

Si esta fuese cualquier otra ocasión, me quedaría haciendo el tonto con los chicos, y dejaría que la adrenalina se fuese eliminando junto con las chorradas y los chistes habituales.

Pero no esta noche.

Para cuando los reporteros se han largado, a mí solo me queda un agotamiento que me cala hasta los huesos.

El espacio me parece más pequeño.

Más ruidoso.

Demasiado iluminado.

Saco el móvil de mi bolsa de lona, y una leve chispa de esperanza prende antes de que pueda contenerla, al ver un mensaje que me espera.

Tal vez ella me haya escrito.

Quizás...

Hayes: ¡Gran partido esta noche! Estamos a la vuelta de la esquina comiendo algo. Kia está con nosotros. Si te quedan ánimos, pásate.

Me quedo mirando fijamente la pantalla hasta que las palabras se vuelven borrosas. Después de unos segundos, escribo mi respuesta.

Yo: Gracias por la oferta pero me voy directo a casa. Hablamos pronto.

Es lo único que soy capaz de decir.

Me meto el móvil en el bolsillo y me cuelgo la bolsa al hombro mientras las risas continúan retumbando en las paredes.

Jax levanta la vista desde el banco donde estaba sentado atándose los zapatos.

—¿Ya te vas?

—Sí —murmuro—. Un día largo.

Él asiente, relajado como siempre.

—Vete a descansar un poco, hombre.

Yo asiento levemente y me dirijo a grandes zancadas hacia la puerta. El sonido se interrumpe a mis espaldas cuando esta se cierra, y es reemplazado por el murmullo de los fluorescentes y el chirrido de mis zapatillas contra el suelo.

Nadie me detiene de camino hacia el aparcamiento.

No hay ninguna charla intrascendente ni resúmenes del partido.

Solo el rítmico paso de mis pies contra el cemento hasta que me meto tras el volante y arranco el motor.

El rugido del Porsche llena el silencio cuando salgo del garaje y salgo a la calle.

El camino hasta casa es tranquilo. Las farolas pasan veloces por el parabrisas en rayos irregulares de luz, rompiendo y volviendo a crear el cristal.

La ciudad está viva, con sus taxis corriendo arriba y abajo y sirenas aullando a lo lejos.

Dentro del vehículo solo existimos yo y el ronroneo del motor.

No me molesto en encender la radio ni en mirar el móvil.

¿Para qué?

Aparte de por ese único mensaje de Rina la noche que se fue, no ha habido nada más que silencio por su parte. Cada parte de mí grita que la llame y me asegure de que está bien. Pero en cambio, mantengo la distancia. Es lo más duro que he tenido que hacer jamás.

Por mucho que odie admitirlo, Kia tiene razón. Rina debe resolver esto ella sola.

Y si no lo hace... bueno, entonces sí que estaré jodido.

Probablemente tendría que haber quedado con mi familia y haber comido algo.

Tal vez habría sido mejor que volver a casa, a un ático vacío, y seguir dándole vueltas.

Pero ¿cómo diablos se supone que voy a quedarme sentado y a sonreír cuando solo puedo pensar en Rina y en el futuro que quiero tener con ella?

Para cuando entro en mi plaza de garaje, siento un vacío en el pecho. El ascensor tarda una eternidad en subir, con esa clase de silencio que se aprieta contra tus oídos hasta que incluso el sonido de tu propia respiración resulta demasiado fuerte.

Las puertas se abren con un siseo, mostrando nada más que oscuridad al otro lado.

Está vacío, exactamente tal como yo sabía que iba a estar.

Aunque me había advertido a mí mismo que no tuviese demasiadas esperanzas, que ella no estaría aquí esperándome, la decepción me golpea.

La esperanza es una auténtica zorra.

Me quito el calzado sin agacharme y me obligo a entrar más en la casa. El espacio huele débilmente a limpiador de limón, igual que siempre.

Estoy empezando a odiarlo de verdad.

Cuando dejo las llaves sobre el mueble, el sonido hace eco en el silencio. Mis hombros caen abatidos y me paso una mano por el pelo, mirando a mi alrededor. El salón tiene exactamente el mismo aspecto que tenía cuando salí hacia el partido. Todo está en su sitio.

Sin tocar.

Perfecto.

Sin vida.

En vez de quedarme a pasar el rato en el salón y ver un poco la tele, me dirijo pasillo abajo, deseando solo quedarme frito. Tal vez si duermo lo suficiente, el tiempo suficiente, me despierte por la mañana y el dolor que me agujerea por dentro se haya calmado, aunque solo sea un poquito.

Cada paso que doy parece retumbar contra el suelo.

El ático está tan silencioso que puedo escuchar los latidos de mi propio corazón en mis orejas.

El silencio no me había pesado nunca tanto como ahora.

Nunca me había parecido denso ni sofocante.

Ni siquiera estoy seguro de poder seguir viviendo aquí sin ella, que puede que no haya estado aquí tanto tiempo, pero ha sido más que suficiente para dejar huella.

En cuanto atravieso la puerta, me detengo de golpe.

Durante un instante, mi cerebro se niega a procesar la imagen que tengo delante. El dormitorio está tenuemente iluminado y al principio solo veo sombras, hasta que las formas adquieren consistencia y la realidad ocupa su sitio.

Rina está estirada en el centro de la gran cama de matrimonio, con el pelo oscuro extendido sobre las almohadas y sin nada más puesto excepto mi jersey.

Mi número resalta en gruesos trazos por las mangas.

Sus piernas desnudas están enredadas en las sábanas, y su piel resplandece contra el algodón blanco.

Durante un momento de asombro, se me corta el aliento.

Parece como algo sacado de un sueño.

De mi sueño.

—¿Rina? —No soy consciente de lo duro que es hacer la pregunta en alto hasta que lo intento—. ¿Has vuelto?

Ella asiente.

—Durante todo el tiempo que he estado fuera, no podía dejar de pensar en ti. De desearte. Da igual cuánto me resistiera, no he podido evitar enamorarme de ti. Me he pasado tanto tiempo en mi vida dejando que el miedo guiase mis decisiones... Y casi dejo que ocurra de nuevo contigo.

Me quedo ahí paralizado, intentando absorber las palabras que llevaba toda la vida esperando escuchar. Entonces me muevo, devorando la distancia entre nosotros hasta que puedo cogerle la cara entre las manos. Mi pulgar le acaricia la curva de la mandíbula.

—¿Me quieres?

Su mirada se queda clavada en la mía.

—Te quiero. Y si he de ser honesta, llevo un tiempo haciéndolo. Pero estaba demasiado asustada como para admitirlo, ante mí misma y ante ti.

Me inclino más y le rozo la frente con la mía.

Durante un instante, solo el sonido de nuestras respiraciones llena el aire.

Me recuerda a ese ritmo rápido y leve que escuchamos en la consulta de la doctora.

Ese que lo cambió todo. La prueba de que lo que hemos hecho sigue estando ahí, vivo y esperando a que encontremos el camino de vuelta hasta él.

—Lo sé —susurro—. Y eso está bien. Yo también te quiero. Solo estaba esperando pacientemente a que te dieras cuenta de que sentías lo mismo.

Una sonrisita se dibuja en sus labios.

—Pacientemente, ¿eh?

Sonrío.

—Bueno, es cierto que tú te has tomado tu maldito tiempo en hacerlo.

Sus hombros se sacuden mientras se apoya en mí. La risa se disuelve en un suave e irregular suspiro. Por primera vez desde hace días, la tensión con la que he estado cargando se libera por fin.

Porque ella está aquí.

Entre mis brazos.

Exactamente donde siempre había tenido que estar.

Mañana, habrá jaleo con el equipo y con la prensa. Pero por esta noche, nada de eso importa. Solo estamos nosotros, y la promesa de algo nuevo.