Capítulo cuarenta y siete
RINA
La tormenta desatada en mí tarda veinticuatro horas completas en calmarse.
No estoy bien del todo, pero al menos puedo volver a respirar sin que me duela el pecho.
Mamá y yo hacemos juntas la cena, siguiendo una rutina relajada que no habíamos seguido en años. Ella está cocinando lasaña, de la misma clase que solía cocinar cuando yo era niña, allá cuando todo era más sencillo.
No hace falta demasiado tiempo para que el aroma de la salsa caliente y el queso fundido llenen la cocina.
Cada vez que abro la puerta del horno, surge de él una oleada de calor que me envuelve, hasta que la cocina huele igual que las cenas de los domingos de mi infancia.
La luz del techo ilumina las encimeras y se refleja en el tenue remolino de vapor que se eleva de la olla que hay en el fuego.
Durante un ratito, nuestra conversación y el suave tintineo de los utensilios de cocina me bastan para calmar los pensamientos que me dan vueltas en la cabeza.
Cuando faltan veinte minutos para que esté la lasaña, abro el horno y le quito el papel de plata para que el queso pueda gratinarse. Entonces es cuando el móvil se pone a zumbar sobre la encimera, y el sonido me sobresalta en medio de ese espacio tranquilo.
Lilah: ¿Dónde estás? Te estás perdiendo el partido. ¿Va todo bien?
Una punzada de culpabilidad me golpea. Probablemente tendría que haberle escrito para decirle que no iba a poder ir.
En los cuatro años que llevo trabajando para el equipo, jamás me había perdido un partido en casa.
Normalmente, para cuando los Railers salen a la pista, yo ya estoy subida en la tribuna, siguiendo las redes sociales y echándoles un ojo a los jugadores y a sus historias, para asegurarme de que no se me está escapando nada.
Pero esta noche…
No habría forma de aparecer y fingir que todo va igual que siempre.
Pongo el móvil boca abajo e intento no imaginarme a Oliver, pero es inútil. Se me presenta una visión suya, pasándose una mano por el pelo antes de colocarse el casco. La forma en que patina durante los calentamientos, su mandíbula tensa y su mirada aguda y concentrada.
Me he pasado años observándole desde detrás del cristal, siempre fingiendo que la atracción entre nosotros no existía. Negando lo que bullía por debajo de la superficie hasta que resultó imposible de ignorar.
Hasta que estalló.
Y nada en mi vida ha vuelto a ser lo mismo desde entonces.
Mamá deja su copa de vino en la encimera y me observa atentamente antes de hacer un gesto hacia el cuarto de estar con la cabeza.
—Si vas a estar preocupándote por él, también podrías ver cómo lo lleva.
—No hace falta.
Ella me ignora, coge el mando de la tele y la enciende.
La emisión atraviesa el silencio como el estallido de un trueno, y las voces de los locutores vuelan por el pasillo, seguidos por el rugido de la multitud. Me quedo en el umbral, diciéndome que solo echaré un vistacito.
Uno solo.
Es necesaria una única jugada para que me acerque más, atraída hacia la pantalla como si esta fuese capaz de ejercer una fuerza gravitatoria sobre mí.
Los Railers están en la mitad del partido, empatados a dos.
La cámara se desliza sobre el hielo, muestra un borrón de jerséis y patines pasando cerca de las tablas y finalmente, aterriza en Oliver.
Desde su primera temporada en el equipo, ha sido un favorito de los fans.
Encarna la fuerza y la precisión, y cada movimiento suyo es eficiente y deliberado. Irradia poder, y cada zancada suya da la impresión de que quiere correr más deprisa que alguna otra cosa. Está jugando con más intensidad de la que estoy acostumbrada a ver en él.
Más rápido.
Más agresivo.
El calor se remueve en lo profundo de mi vientre.
Incluso desde el otro lado de la pantalla, siento una atracción visceral hacia él.
—Van Doren, el número noventa y uno, parece tener algo que demostrar esta noche —dice uno de los comentaristas—. Normalmente está más contenido que hoy. Sea lo que sea lo que está alimentando ese fuego, parece algo personal.
La cámara vuelve a mostrarlo dándole un golpe limpio pero agresivo a un jugador contrario antes de robarle el disco con despiadada facilidad.
Mis dedos aprietan el borde del sofá mientras él se lanza a la carga por el hielo, con zancadas elegantes y poderosas.
Patina igual que un hombre poseído. Rápido, centrado y desesperado por correr más que algo o alguien que solo él puede ver.
La muchedumbre ruge, y el sonido vibra por los altavoces e inunda la estancia previamente silenciosa.
Mientras le observo, se me ocurre que yo he estado haciendo lo mismo, a mi manera. Estoy intentando correr más rápido que mi miedo a lo que significaría amarle.
Su palo golpea el disco con movimiento fluido, y este sale disparado hacia la portería y choca contra el tubo del fondo de la red con un sonido metálico y resonante que envía un escalofrío por mi espalda.
Los fans se ponen en pie, y un rugido atronador crece de intensidad mientras los palos golpean las tablas, celebrándolo. El ruido aumenta, extendiéndose por el estadio como una ola.
Pero Oliver no muestra ninguna sonrisa. Simplemente se desliza hasta que se detiene, con el pecho subiendo y bajando y el sudor reluciendo bajo las luces brillantes de la pista de hielo. Sus ojos se elevan, buscando la tribuna en la que yo he estado cada partido durante los últimos cuatro años.
Casi puedo sentir el peso de su mirada, como si estuviese mirándome a través de la cámara y de la gente.
A través de todo lo que nos separa.
Transcurre un momento.
Y luego otro.
Sus hombros descienden ligerísimamente antes de que se vuelva hacia la cámara más cercana y señale una vez con el dedo, antes de darse dos golpecitos con la mano en el corazón y alejarse patinando.
Los comentaristas se ríen.
—Parece que ese gol podría haber sido para alguien que nos está viendo desde casa —dice uno.
—Supongo que tendremos que esperar a la entrevista de después del partido para averiguar para quién —replica el otro.
Pero yo ya lo sé.
Cada hueso de mi cuerpo lo sabe.
Ese descubrimiento me golpea fuerte. Me escuece la garganta y me pican los ojos. Pestañeo, negándome a dejar que mis lágrimas se derramen. Si empiezo a llorar ahora, no sé si seré capaz de parar.
Mamá se sienta a mi lado. Al principio, en silencio. Cuando por fin vuelve a hablar, su tono de voz es dulce.
—Tienes la misma cara que yo después de que tu padre nos dejara. Como si estuvieses aterrada de necesitar a otra persona.
El comentario cae como una piedra en un lago tranquilo... Las ondas que causa se extienden hasta que ya no puedo ignorarlas más.
La diferencia es que ella fue lo suficientemente valiente para dejar de huir de lo que quería.
Y yo todavía estoy con un pie fuera.
Después de unos momentos de silencio, ella me pregunta lo único que he estado intentando evitar con todas mis fuerzas:
—¿Le quieres?
La pregunta suena como un susurro y un reto al mismo tiempo.
Con un nudo en la garganta, asiento.
—Así es, pero, ¿será suficiente con eso?
Ella mira hacia la tele rápidamente antes de contestar.
—Creo que es un principio bastante bueno.
Por primera vez desde que me largué corriendo, el pánico que me oprimía afloja un poco su agarre.
Tal vez esto no vaya de estar segura.
Tal vez vaya de estar dispuesta a arriesgarse a caer.
Mucho después de que acabe el partido, una repetición muda aparece en la pantalla.
Oliver en los vestuarios, sin el casco, con el pelo húmedo y rizándose ligeramente en las puntas.
Sus ojos son serenos e inescrutables, y su corazón está a la vista de todos aunque él intente esconderlo.
Lo veo en la forma en que se planta ahí y en la tensión que le envuelve la boca.
Cada parte de él todavía me parece estar ligada a mí.
Tal vez el amor no lo solucione todo.
Tal vez solo te haga suficientemente valiente como para intentarlo.