Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cuarenta y seis
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Capítulo cuarenta y seis

OLIVER

El ático me parece demasiado grande con tanto silencio. Cada sonido resuena. Desde el débil zumbido de la nevera, al grave zumbido de la bomba de calor, al suave tic-tac del reloj en la pared. Cada ruido llena el espacio en el que ella debería estar.

El aire sigue conservando su perfume de esta mañana. Es un aroma sensual, totalmente suyo. Limpio, con una pizca de ahumado que suele hacerme inclinarme más hacia ella para poder inhalarlo. Ahora permanece flotando como un fantasma que no puedo obligarme a exorcizar.

Me paso una mano por la nuca y sigo paseándome arriba y abajo sin hacer ruido, con mis pies descalzos sobre el suelo.

El teléfono me pesa mucho en la mano. Su ubicación no ha variado.

Sigue en casa de su madre, en los suburbios.

Me digo a mí mismo que solo me estoy asegurando de que ella esté a salvo, pero la verdad es mucho más oscura.

Es lo único que evita que haga algo impulsivo.

Como conducir hasta allí y aporrear la puerta sin parar, hasta que me deje entrar.

U obligarla a que tengamos una conversación para la que ella no está preparada.

Me detengo junto a la ventana, y veo mi tenue reflejo sobre el cristal.

¿Cómo diablos es que una proposición que pretendía demostrarle lo en serio que voy sobre nosotros termina siendo lo que la ha asustado?

Creí que mostrarle que iba a por todas haría que ella lo creyera.

Que la haría quedarse.

Resulta que los grandes gestos no solucionan el miedo. Solo le ponen un foco encima.

Me vibra el móvil en la mano, y yo salgo de mis pensamientos con un sobresalto.

Rina: Estoy en casa de mi madre. Solo necesito un poco de tiempo.

Lo primero que siento es alivio, seguido por el mismo dolor que lleva royéndome por dentro desde que ella se ha marchado. Al menos no me ha dejado fuera del todo. Al menos todavía hay una línea de comunicación abierta entre nosotros, aunque sea una frágil y desgastada.

Miro fijamente su mensaje, atrapado entre lo que quiero decir y lo que debo decir.

—Suelta el móvil y retrocede, lentamente.

La voz de Kia atraviesa mis pensamientos. Está hecha un ovillo sobre el sofá con una manta encima de las piernas y el pelo recogido en un moño flojo que empieza a soltársele.

La miro rápidamente.

—Ni siquiera sabes quién me ha escrito.

Ella arquea una ceja con gesto perfectamente crítico. El parecido familiar entre nosotros es asombroso.

—Esa era Rina. Y tú estás a dos segundos de hacer algo que empeorará todavía más la situación.

Frunzo el ceño.

—Mentira.

—Ajá. —Sus labios se estremecen—. Porque andar arriba y abajo como una Roomba silvestre clama a gritos que estás en posesión de toda tu estabilidad emocional.

La comisura de mis labios se eleva de golpe a pesar de mí mismo.

—Gracias por esa perspicacia, Dr. Phil.

—Solo estoy intentando salvarte de ti mismo —dice ella, con las palabras amortiguadas por un bostezo. Entonces su voz se vuelve más seria, y pierde el puntito jocoso—. Puedo ver cuánto te importa ella.

—La quiero —confieso, y la confesión me parece tener peso propio, definitivo, como si decirlo en voz alta causara que se cimentase más profundo dentro de mí—. Más de lo que yo creía posible.

La sonrisa traviesa de Kia se dulcifica.

—Lo sé. Lo llevas escrito por toda la cara. Nunca te había visto así. Me gusta. Y me gusta Rina para ti.

Me paso la palma de la mano por la cara.

—Sí, bueno, eso da igual si yo no soy lo que ella necesita.

—Lo eres —dice ella sin titubear, sonando serena, de una forma en que yo no he sonado desde hace días—. Tal vez tú lo hayas averiguado más deprisa que ella. Dale un poco de espacio para que pueda alcanzarte.

Se me escapa una risa seca.

—La paciencia no es precisamente lo mío.

—¿Bromeas? —Su sonrisa regresa—. Si la impaciencia fuese deporte olímpico, seguro que ganabas una medalla.

—Y si lo fuera dar consejos que nadie te ha pedido —replico—, tú arrasarías con el pódium.

Su sonrisa se ensancha.

—Probablemente. Pero tengo razón, y lo sabes. —Se ajusta la mantita más arriba sobre el regazo—. Si ahora insistes, solo volverás a asustarla y a hacer que se aleje.

Me balanceo de un pie al otro, intentando con eso mejorar la tensión que se acumula en la base de mi cráneo.

—Y si no insisto, la perderé de todos modos.

—Entonces es que no es tan lista como yo creía —dice Kia, como un hecho consumado—. Pero algo me dice que sí lo es. No puedes mirar a nadie tal como ella te mira a ti a menos que ya estés medio enamorada.

Su tranquila confianza me golpea con una fuerza inesperada. La observo durante un largo instante, intentando averiguar cuándo mi hermanita dejó de ser una niñita y creció.

—¿Cuándo demonios te has vuelto tú tan sabia?

Ella se encoge de un solo hombro.

—Confía en mí, no lo soy. He tomado suficientes malas decisiones por mi cuenta. Es simplemente más fácil reconocerlas en los demás.

Eso consigue que suelte una risa de verdad. Una que es más auténtica que ninguna otra que haya salido por mi boca desde hace días.

—¿Quieres hablar de ello? Sabes que se me da bien escuchar. —Hago una pausa—. Sea lo que sea, lo solucionaremos juntos. Esa es una cosa típica de los Van Doren: no nos abandonamos los unos a los otros.

Kia no responde enseguida, y el silencio se extiende entre nosotros, cargado pero no incómodo. Se coloca la manta más apretada a su alrededor y su mirada se pierde en algún sitio lejano. Cuando por fin habla, cada sílaba está imbuida de crudeza.

—Es raro... Yo no conocí a papá porque murió antes de que naciera, pero aun así, lo echo de menos. Echo de menos lo que podía haber sido.

El cambio de tema me deja descolocado. No me esperaba que fuese por ahí, y durante un instante, no sé qué decir. El dolor en su tono de voz me afecta en algún sitio en lo más hondo.

Me meto el móvil en el bolsillo y me acerco al sofá. Me siento a su lado. Los cojines se hunden cuando le rodeo los hombros con el brazo y la atraigo contra mí. Ella encaja ahí fácilmente, pequeña, con la postura de siempre.

—De entre todos nosotros tú eres a la que la situación la ha privado de más cosas. Al menos yo tengo algunos recuerdos. Aunque la mitad de ellos probablemente sean historias que mamá me ha contado tantas veces que los he convertido en propios.

Ella se apoya contra mí y apoya la cabeza contra mi hombro.

—Todos sacamos el palito más corto.

—Quizás —admito—. Pero también es lo que nos hizo estar tan unidos. Y yo no cambiaría eso por nada.

Su boca se curva contra mi manga.

—Oh, oh... Alguien se está poniendo sentimental.

—Es posible —digo, apartándole el pelo de la frente—. Pero no se lo cuentes a nadie, que arruinaría mi imagen.

Ella se echa a reír. Es un sonido cansado, pero suaviza lo intenso del momento, y la tensión que ha mantenido como rehén al aire se relaja por fin.

—Tengo suerte de teneros a vosotros, chicos.

—Lo mismo digo, hermanita. —Le doy un beso en la cabeza y capto el débil olor de su champú. Es limpio y familiar—. Puedes quedarte aquí todo lo que quieras.

—Gracias —dice ella, con la emoción contenida pero auténtica—. Tal vez te tome la palabra en cuanto a esa invitación.

Unos segundos de silencio se instalan entre ambos, densos con todo lo que hemos dicho, junto con todo lo que no.

Es una reminiscencia de la sensación que tuve en aquella habitación de hospital, años atrás, cuando todo lo demás se detuvo. Tal vez es por eso que me aferro con tanta intensidad cuando amo a alguien. Porque sé cómo te sientes cuando alguien desaparece de tu vida en un abrir y cerrar de ojos.

—Entonces, solo para que me quede claro... —digo, intentando aligerar el estado de ánimo—. ¿Estás totalmente segura de que no debería coger el coche e irme en busca de Rina a casa de su madre a exigirle que hable conmigo?

Kia gime, y se pasa una mano por la cara.

—Solo si lo que esperas conseguir es una orden de alejamiento.

Sonrío.

—¿De verdad sería eso tan malo?

Ella me mira sin expresión alguna.

—Sí, claro. Y a mamá le daría un parraque. Puede que seas un hombre adulto, pero ella podría todavía darte una patada en el culo.

Eso me saca una risita silenciosa.

—En eso tienes razón.

—Como siempre. —Ella combate otro bostezo—. Solo dale tiempo, Ollie. Ella entrará en razón.

Observo a mi hermana un instante antes de reclinarme contra el cuero del sofá, que noto fresco contra la piel, y dejar que mi mirada vague hasta los ventanales panorámicos.

En algún lugar, ahí fuera, Rina probablemente esté mirando el mismo paisaje urbano.

Tal vez esté hablando con alguien que la comprenda mejor de lo que yo puedo hacerlo ahora mismo.

Alguien que sabe lo que es levantar muros y llamar a eso «estar a salvo».

La idea anida por debajo de mi esternón. Y por primera vez en esta noche, el pánico se calma y me relajo por fin.

—Lo solucionarás —susurra Kia.

Tal vez el amor no signifique aferrarse tan fuerte que nada pueda escaparse. Tal vez consista en confiar en lo que es lo bastante real como para quedarse.

Espero que mi hermana tenga razón.

E incluso si se equivoca, seguiré luchando por Rina hasta que ella deje de correr.

Y quizás para cuando lo haga, yo ya habré aprendido a estarme quieto.