Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cuarenta y cinco
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Capítulo cuarenta y cinco

RINA

Aunque me haya pasado la última hora mirando fijamente la pantalla de mi ordenador, las palabras siguen convirtiéndose en formas borrosas y sin sentido.

La agenda de reuniones abierta que tengo delante podría igualmente estar escrita en otro idioma.

El cursor parpadea acusador y silencioso...

Un diminuto brillo en una estancia que parece demasiado estancada.

Cada vez que cierro los ojos, veo la cara de Oliver cuando me soltó esa propuesta.

Casémonos.

Sigo ahogándome en la incredulidad y el pánico que me inundaron entonces.

En la forma en la que me he echado a correr antes de poder siquiera contestar.

Me pongo la mano abierta contra el vientre, como si fuese posible hacer que el recuerdo desapareciera con solo desearlo, pero este solo se hace más presente.

Más insistente. Mi mente vuelve a reproducir ese sonido, su mirada cuando lo escuchó, la calidez de sus dedos enredados en los míos.

La profundidad de la emoción que él exudaba casi me hace perder los papeles.

Nosotros hemos hecho eso.

El suave zumbido del ordenador y la débil brisa del conducto del aire que tengo por encima me parecen casi opresivos.

Es como si volviese a estar en esa consulta otra vez.

O sentada en el coche cuando él se ha girado hacia mí con esa certidumbre inquebrantable, pidiéndome que me casara con él como si fuese la cosa más natural del mundo.

Se me agarrota la garganta, haciéndome imposible tragar, y mucho menos pensar.

Hasta el olor de su colonia sigue pegado al jersey que cuelga del respaldo de mi silla. Huele a cedro cálido, y algo más oscuro. Me envuelve hasta que no soy capaz de decir dónde acaba el recuerdo y dónde empieza la añoranza.

Antes de darme cuenta de lo que hago, ya he metido mi portátil en el bolso y he cogido mis llaves.

No puedo quedarme aquí sentada, rodeada de pedazos de él.

La infusión para llevar de Lakeshore Sweets que me ha dejado aquí esta mañana y que tengo a medio terminar.

El jersey que me trajo ayer porque me quejé de que hacía frío en el despacho.

La nota adhesiva con su letra inclinada y de trazos fuertes.

Que no se te olvide comer al mediodía, lady jefa.

Para cuando llego al parking, el frío me golpea como una bofetada. Camino más deprisa, y mis pasos resuenan en las paredes.

Ni siquiera pienso en adónde ir.

Solo conduzco.

La ciudad pasa borrosa y rápida por mi lado mientras me incorporo a la autopista. La luz del otoño es fría y mate, de las que hacen que todo adquiera un tono apagado.

Cuando aparece la salida para el barrio de mi madre, la cojo sin pensarlo. Unas cuantas calles más tarde, me encuentro aparcando en la misma entrada de cemento agrietada por la que solía bajar haciendo carreras con mi bici de pequeña.

Cuando subo los escalones delanteros, el porche cruje bajo mi peso, y antes de que pueda llamar a la puerta, esta se abre. Mamá está al otro lado del umbral, con la sorpresa escrita en el rostro, antes de que la preocupación le suavice el gesto.

—¿Rina? ¿Qué es lo que pasa? No te esperaba esta tarde.

Resulta una sorpresa cuando las lágrimas hacen que me escuezan los ojos. Aparecen sin advertencia previa antes de derramarse. No soy alguien de llanto fácil, o al menos nunca lo había sido antes, pero ahora parece que no puedo evitarlo.

Tal vez sean las hormonas.

O la pena.

Probablemente, una combinación de ambas.

—¡Oh, Dios mío, Rina! —Me atrae hacia ella y me abraza fuerte.

Yo cierro los ojos con fuerza y solo respiro su olor.

Madera de sándalo y el más mínimo de los rastros de iris.

Es un aroma que he conocido toda mi vida.

Mamá nunca ha sido abiertamente cariñosa.

Es exactamente tal como te esperarías que fuese una profesora titular de la Universidad de Chicago.

Refinada, metódica y completamente contenida.

—Lo siento —digo, atragantándome.

—No seas tonta. —Me conduce dentro, rodeándome los hombros con el brazo.

En el salón, veo a una de sus amigas sentada en el sofá.

Es Maryanne, otra profesora a la que recuerdo vagamente de haberla visto en eventos de la facultad.

Me quedo helada, con un pie en el aire, y el calor invadiendo mi cara.

Llevo años sin llorar delante de nadie aparte de Oliver, y darme cuenta de eso me sonroja todavía más.

—No sabía que tenías compañía.

Mamá hace un gesto hacia su amiga.

—Estábamos acabando de cenar.

Ni se me había ocurrido pensar en que mi madre pudiese tener planes, una vida social real, más allá de las clases y las reuniones de departamento. Cuando hablamos por teléfono, ella solo menciona corregir trabajos, las becas que está pidiendo, o los proyectos domésticos que requieren atención.

Nunca cenas ni amigas.

Maryanne se levanta con gracia, y me dirige una sonrisita de simpatía.

—No pasa nada. La cena estaba estupenda. A la próxima lo hacemos en mi casa.

Mientras mamá la acompaña hasta la puerta, mi mirada se desvía hacia la mesa de comedor. Hay una botella de vino tinto, dos copas medio vacías y un par de velas titilando entre ellas. La escena es cálida e íntima. Tan distinta de la versión de mi madre que siempre he conocido...

Cuando regresa, me apresuro a volver a disculparme.

—No pretendía interrumpir...

—No pasa nada —dice ella, con un tono de voz que no deja espacio para la discusión. Hace un gesto hacia el sofá—. Siéntate. Pondré el agua a hervir.

Unos minutos más tarde, me encuentro enroscada bajo el suave resplandor de una lámpara, con una humeante taza de manzanilla calentándome las manos. El aroma de las velas de vainilla se mezcla con el de la infusión calmando un poco mis nervios de punta.

Por primera vez en todo el día, la tensión con la que había estado cargando se libera por fin.

Mamá se instala a mi lado, con una pierna recogida por debajo.

—¿Vas a contarme qué es lo que pasa?

El oxígeno se escapa de mis pulmones con una exhalación lenta y entrecortada. Apenas le he contado nada de Oliver. Lo más cerca que he estado fue al decirle de pasada: hay un tío pero no es nada serio . Incluso decirle eso me había parecido demasiado.

Cuando me quedo callada, ella levanta las cejas con una mirada de saber más de lo que parece que ha perfeccionado después de años de observar a los estudiantes trabucándose con verdades a medias.

—No has venido todo el camino hasta aquí y te has echado a llorar porque no esté pasando nada.

Me muerdo el labio inferior, intentando ordenar mis pensamientos, pero todo me parece un lío. Las palabras se escapan en todas direcciones antes de que yo pueda atraparlas. Al final, lo suelto sin más.

—Estoy embarazada.

Ella pestañea una vez. Y luego otra.

—¿Estás... embarazada?

Yo asiento.

—Se llama Oliver. Es jugador de hockey, y quiere casarse conmigo.

—Ay, señor.

Se le escapa una risa a borbotones.

—Sí.

Ella me examina mientras el silencio se alarga entre nosotras, estirándose tanto que me parece que podría romperse por la tensión.

—¿Y cómo te sientes tú al respecto?

—Abrumada —admito—. Confusa. Tal vez un poquito aterrada.

Su tono se suaviza y las arrugas de alrededor de su boca se destensan. —Ojalá me lo hubieses contado antes. Hablamos todas las semanas y nunca me lo habías nombrado.

El calor trepa por mi cuello.

—Lo sé. Es que... —El resto se desintegra antes de que pueda obligarme a decirlo. No tengo ni idea de cómo empezar a explicar lo de Oliver. Cómo empezó, lo rápido que escalaron las cosas, o cómo apenas reconozco ya mi propia vida.

Su boca se curva débilmente.

—Supongo que yo tampoco soy la persona más fácil con la que abrirse.

Mis hombros descienden en mudo asentimiento. Aunque ella esté en lo cierto, no puedo obligarme a decirlo en voz alta.

—Sobre todo en lo que a los hombres y las relaciones se refiere —prosigue.

Yo consigo mostrar una ligera sonrisa.

—No te culpo por ser precavida.

—Creo que la expresión que estás buscando es «una amargada» —dice, con un gesto irónico de los labios que no alcanza a reflejarse en sus ojos.

—Puede.

Durante un largo instante, ella aparta la vista, con la mirada perdida. Como si pudiese ver algo que yo no veo.

Entonces respira hondo y se vuelve hacia mí con un gesto más amable, y, de alguna forma, firme, dice:

—Rina, hay algo que tengo que contarte.

Su súbita franqueza me sorprende.

Mi madre nunca ha sido una persona proclive a las confesiones.

—En retrospectiva —comienza, con cuidado—, tu padre y yo nunca encajamos de verdad.

Yo creía que estaba haciendo lo que se esperaba de mí al casarme, tener un hijo y vivir la vida que mis padres deseaban para mí.

—Una suave y triste sonrisa se dibuja en sus labios—.

Pero eso nunca fue lo que tenía que ser.

La confusión me invade en oleadas.

—No lo entiendo. ¿Qué quieres decir?

Ella se inclina sobre el sofá y rodea mi mano con la suya.

—Maryanne y yo somos más que amigas. Llevamos bastante tiempo juntas.

Yo vacilo.

—¿Tú... y Maryanne?

Ella asiente.

—Y por primera vez en mi vida, siento que soy yo misma.

La persona que siempre debí haber sido. Me pasé años intentando encajar en una versión de la felicidad que nunca fue la mía.

Siempre hacía lo que creía que debía hacer, nunca lo que quería.

En cuanto dejé de fingir, todo se volvió menos duro.

Más fácil. Y me di cuenta de cuánto de ese miedo, de la necesidad de protegerme a mí misma, de controlarlo todo, te he transmitido a ti.

Durante un instante, me veo reflejada en la mujer que tengo sentada delante.

El mismo tenso control, el mismo miedo a desear demasiado. Me doy cuenta de que no solo he heredado sus ojos o sus gestos. Tal vez también haya heredado su miedo. La creencia de que el amor debe ser controlado y mantenido a una distancia segura.

Su confesión me cala hondo, justo en el sitio hacia el que he estado intentando no mirar.

Porque tiene razón. Eso es exactamente lo que he estado haciendo.

He estado manteniendo a Oliver a cierta distancia, fingiendo que esa distancia equivalía a estar a salvo, fingiendo que puedo vivir sin él cuando lo único que consigue eso es causarme dolor.

Mamá me da un apretón en la mano y me acaricia los nudillos con el pulgar.

—No puedes vivir tu vida con miedo, Rina. Yo me he pasado demasiado tiempo haciéndolo. No cometas mis mismos errores. No te alejes del amor solo porque te asuste. O porque viste cómo tu padre y yo acabábamos mal.

Revivo un recuerdo de la maleta de papá preparada junto a la puerta antes de que desapareciera de nuestras vidas.

Yo tenía trece años, y me dije a mí misma que nunca jamás volvería a necesitar tanto a alguien.

Pestañeo con energía cuando las lágrimas hacen que la cara de mamá se vuelva borrosa.

Tal vez sanar deba hacerse de esta forma, no borrando el pasado, sino sentándose por fin con él y asumiéndolo.

Lo que ahora estoy, exactamente, es aterrorizada.

Y aun así, por detrás de todo ese miedo, florece algo más tranquilo.

Algo que sé.

Una verdad.

Que quizás Oliver no sea el peligro que me he estado diciendo a mí misma que era. Que quizás él sea lo único de lo que no debería salir huyendo.

Más tarde, esa noche, cuando por fin me arrastro hasta mi cama de la infancia, la casa se asienta a mi alrededor con su conocida quietud. Durante años, este ha sido mi refugio. Un lugar donde esconderme, sanar, convencerme de que no necesitaba a nadie.

Pero esta noche, me parece diferente.

Más vacío.

Como si algo hubiese cambiado, como si la niebla en la que he estado viviendo se hubiese disipado y yo estuviese viéndolo todo, tal vez incluso a mí misma, con sorprendente claridad.