Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cuarenta y cuatro
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Capítulo cuarenta y cuatro

OLIVER

El portazo que se escucha cuando ella entra en el edificio reverbera por todo el garaje. El sonido rebota en el cemento y el acero.

Mucho después de que se haya ido, yo sigo aquí plantado, anonadado.

No soy capaz de moverme durante lo que me parece una eternidad. Es como si hubiesen vaciado el garaje de oxígeno cuando se ha ido ella. Mi cuerpo sabe que algo se ha roto antes de que mi cerebro lo razone, y no tengo ni idea de cómo arreglarlo.

Hace solo un instante, Rina estaba sentada a mi lado, y yo le agarraba la mano con fuerza, y el futuro con nuestro bebé se mostraba delante de nosotros como algo sólido y real.

Algo sobre lo que podríamos construir. Y al instante siguiente, ella se estaba alejando y su retirada tenía todos los visos de ser un rechazo.

Me quedo clavado junto al Porsche, mirando fijamente hacia el punto por el que ella ha desaparecido a través de las puertas de cristal del estadio.

Aprieto los puños a los lados y las uñas se me clavan en las palmas, porque cada pedazo de mí me está gritando que la persiga y la atrape, que la abrace hasta que ella me crea y entienda que le estoy diciendo la verdad.

La imagen de su expresión me golpea. Ese pánico puro y sin filtros. La forma en que sus ojos me suplicaban que le diera espacio.

Como si pensara que me estaba declarando a causa del bebé.

Como si fuese por obligación y no por elección.

¿Qué es lo que he hecho mal?

Se lo estaba ofreciendo todo.

Mi corazón.

Mi futuro.

Para siempre.

No por el bebé.

O porque tuviese que hacerlo.

Sino porque yo ya la había elegido.

Pero ella me ha mirado como si la hubiese acorralado contra algún rincón.

Me paso las manos por el pelo, con los dedos trabándose contra mi cráneo, y respiro hondo.

Mi pulso resuena atronador en mis oídos, un palpitar implacable que se corresponde con ese recuerdo que todavía hace que se me estremezca el pecho.

Ese sonido rápido y regular que me ha abierto en canal de la mejor forma posible.

El latido de nuestro bebé.

Ahora lo tengo marcado a fuego, grabado en mi ADN.

Nunca volveré a ser el mismo.

Creo que ella también lo ha sentido.

No. Sé que lo ha hecho.

Y en vez de hacer que ella se acercase más y se sintiese más unida a mí, la he presionado demasiado y la he empujado directamente al precipicio.

La paciencia nunca ha sido mi fuerte. Sobre el hielo, la velocidad lo es todo. Golpeas antes de que tu adversario pueda verte venir siquiera.

Pero con Rina... Si sigo acelerándome con las jugadas, perderé todo el maldito partido.

Esa idea me parte en dos.

La idea de perderla... No, no solo a ella, sino a ella y a nuestro bebé, me parece peor que cualquier cosa por la que haya pasado antes.

Peor que una temporada perdiendo. Peor que la noche en que me senté en una oscura habitación de hospital esperando a que papá muriera, preguntándome si mi familia volvería a ser la misma de nuevo.

Esa noche aprendí lo rápido que todo puede desaparecer.

Un segundo, estás haciendo planes de futuro.

Y al siguiente, estás plantado en medio de las ruinas de lo que creías que era indestructible.

Desde entonces, he estado intentando controlar todo lo que podía: partidos, contratos, gente...

Porque si lo mantengo todo en movimiento, tal vez nada más vuelva a derrumbarse.

¿Que dice que necesita espacio?

Vale. Se lo daré.

Pero espacio no tiene por qué significar distancia.

No para mí.

Da igual lo mucho que corra, esa mujer siempre será mía.

Cuando vuelvo a meterme detrás del volante, el coche me parece un espacio cavernoso, con un vacío que me rodea por todas partes.

Todavía hay un débil rastro de su perfume en el asiento de al lado, algo ahumado y sensual, un fantasma del que no puedo librarme por mucho que lo intente.

Me arden los nudillos al agarrarme con fuerza del volante.

Obligo a mis pulmones a llenarse de oxígeno en inspiraciones graduales y regulares.

Me he pasado toda la vida reaccionando, tanto dentro como fuera del hielo. Cuando quiero algo, voy tras ello con todas mis fuerzas. Pero quizá esta vez, desearla significa aprender a esperar.

Ella cree que me estoy apresurando a esto ciegamente.

Que soy un insensato.

Que lo que le estoy ofreciendo no es nada más que una decisión impulsiva.

Pero ahí es donde Rina se equivoca, porque no hay nada de impulsivo en cómo me siento por ella. Esto no es ningún rollo de una noche que se haya torcido. Esto no es obligación, pánico ni desesperación.

Esto es el resto de mi vida.

Y me pasaré cada maldito día demostrándoselo.

Incluso aunque todavía no me crea.

Incluso si hace falta tener toda la paciencia que jamás antes había tenido.

Esperaré.

Da igual el tiempo que cueste.

El zumbido de mi móvil resuena contra el salpicadero, rompiendo el silencio. Miro y veo iluminarse el nombre de mi hermano en la pantalla.

Hayes: ¿Qué tal ha ido la cita?

Durante un largo instante, me quedo mirando fijamente el mensaje, sin estar muy seguro de cómo responder.

Se me hace un tenso nudo por dentro mientras mis ojos se mueven hacia el vacío asiento del acompañante, el espacio en el que ella debería estar.

La respuesta se me traba en la garganta, porque mis pensamientos son demasiado complejos como para poderlos expresar ahora mismo.

Porque, sí, hoy hemos escuchado el latido.

Pero también he escuchado el sonido que hacía Rina al salir corriendo.

Si me concentro con la atención suficiente, todavía puedo escuchar ese latidito.

Regular y seguro.

La prueba de que algunas cosas siguen funcionando aun después de que todo lo demás se desmorone.