Capítulo cuarenta y tres
RINA
Me quedo sentada en silencio mientras Oliver circula zigzagueando por las calles abarrotadas en el camino de vuelta al estadio.
El sonido del latido de nuestro bebé sigue resonando dentro de mí, una presencia implacable que nos ha seguido hasta fuera de la consulta, por los estériles pasillos blancos y todo el camino hasta el Porsche.
A mi lado, Oliver parlotea con la voz teñida de emoción. Pero eso se convierte en ruido de fondo y todo lo que dice, en una masa borrosa amortiguada bajo ese bum-bum-bum regular que sigue sonando dentro de mi cabeza. La prueba de que algo real está creciendo dentro de mí.
Algo imposible de ignorar.
—¿Rina?
Pestañeo y me obligo a regresar al presente, para darme cuenta de que el coche ha dejado de moverse. El ronroneo del motor se apaga cuando él lo detiene en el garaje del aparcamiento y su mano se desliza sobre la mía. De alguna forma, han pasado veinte minutos sin que yo me haya dado cuenta.
El latido sigue resonando como un eco en mi cabeza.
Regular, auténtico y real.
Siento como si me palpitara por debajo de la piel, haciendo demasiado ruido como para poder ignorarlo.
La mano de Oliver sigue encima de la mía, como si creyera que nos puede estabilizar a ambos a base de pura fuerza de voluntad. Cuando le miro por fin, su expresión se suaviza. Lleva el asombro escrito por toda la cara.
También la esperanza.
De esa clase que me aterra.
Suelta una risita suave, que suena casi incrédula.
—Eso sí que ha sido fuerte, ¿eh?
Asiento, pero es mentira.
En lugar de maravillarme, siento las paredes cerrándose a mi alrededor, el peso de todo lo que me oprime más y más por segundos.
Cuando su mano se aleja de la mía y se posa suavemente sobre mi vientre, me quedo paralizada debajo.
Se me atenaza el pecho y cada respiración me brota más entrecortada que la anterior mientras el pánico trepa con sus garras por mi garganta.
Es como si me hubiesen encerrado en un espacio demasiado pequeño para poder caber en él.
El sonido de un latido sigue retumbando en mis oídos. Ya no podría decir si se trata del bebé o del mío. Solo sé que me resulta demasiado sonoro, demasiado vivo, cuando ahora mismo no puedo permitirme sentir con tanta intensidad.
Las luces fluorescentes zumban sobre nuestras cabezas, reflejándose en los parabrisas mientras los motores reposan en el abarrotado garaje.
Es demasiado.
Demasiado cerca.
Necesito aire.
Ahora.
—Me tengo que ir —consigo decir, con palabras entrecortadas y roncas que me arañan la garganta.
Durante un tembloroso instante, creo que él me permitirá la retirada. Que me dará el espacio para salir corriendo de vuelta a la seguridad de mi despacho, donde puedo fingir que no acabo de compartir uno de los momentos más íntimos de toda mi vida.
Algo cambia por detrás de sus ojos.
El mismo hombre que vibraba de ilusión hace veinte minutos de repente parece estar aferrándose a un salvavidas mientras se remueve en su asiento, con la certeza marcada en cada rasgo de su cara.
—Casémonos.
Las tripas me dan una sacudida.
—¿Qué?
—Que nos casemos —repite tranquilamente, como si me estuviese diciendo que nos fuésemos a tomar un café en vez de reescribir el resto de toda nuestra vida. Tiene los dientes apretados y los ojos clavados sin titubear en los míos—. Podemos hacerlo hoy. Qué diablos, podemos hacerlo ahora mismo.
Su propuesta cuelga suspendida en el aire entre nosotros.
Durante un momento, lo único que consigo hacer es mirarle asombrada.
Parece tan seguro, tan firme, como si el mundo se acabase de abrir para él y pudiese ver por fin el futuro que le esperaba dentro. Tal vez por eso no consigo que se me calme el pulso, porque no puedo ver tan adelante en el tiempo sin prepararme para la caída.
Durante un insensato momento, quiero fundirme en la fantasía de todo eso y creer al hombre que tengo sentado a mi lado.
El que ha apoyado su frente contra la mía mientras el latido de nuestro bebé llenaba la sala, ese que me juró que yo era suficiente.
Quiero creer que él es exactamente quien dice que es, y que yo podría estar a salvo en esto.
Pero mi mente me lo impide.
Mi madre dijo una vez que «para siempre» eran dos palabras que la gente solo decía de verdad hasta que dejaba de resultarles cómodo. Yo la había creído el día que mi padre se marchó. Y aún la creo ahora, aunque no quiera.
Mis pensamientos se convierten en una espiral que me arrastra hacia abajo con ellos.
Un rollo de una noche convertido en muchas noches robadas.
Una serie de polvos secretos que se ha convertido en un embarazo.
Un embarazo que me ha obligado a venirme a su ático.
Y ahora... ¿ matrimonio ?
Es demasiado.
Demasiado deprisa.
Es demasiado peligroso para confiar en ello.
Pienso en Kia esta mañana, arrodillada sobre las frías baldosas, pálida y temblorosa, susurrando que el tío del que se había fiado le dijo que eso no era problema suyo.
Padres, novios, maridos... Todos te abandonan.
Mamá lo sabe.
Callie lo sabe.
Kia ya lo sabe, y solo tiene veintidós años.
¿Qué hace que Oliver sea diferente?
—Rina. —Su tono es persuasivo, y solo amplifica el pánico que bulle en mi interior.
—No puedo. —Mis dedos buscan frenéticos la manija de la puerta—. No puedo hacer esto ahora mismo.
Sus cejas se juntan de golpe mientras sus ojos se llenan de confusión.
—¿Qué quieres decir con qué no puedes? Estoy intentando hacer lo mejor para ti y para el bebé. Para nosotros.
—¡Ese es el problema! —Ya estoy medio fuera del coche—.
Sigues apresurándote a hacerlo todo como si fuese algún partido que pudieses ganar moviéndote lo bastante rápido.
Pero esto no es el hockey, Oliver. Esta es mi vida.
Nuestra vida. Y yo no puedo... —El sollozo resquebraja el poco control que me quedaba—. No puedo respirar .
La puerta se cierra de un portazo tras de mí.
Un instante después él ya está fuera, rodeando el Porsche.
Su mano se levanta como para cogerme, pero yo retrocedo tambaleante, cruzándome la chaqueta tirante sobre el pecho como si fuese una armadura.
No puedo mirarle. No puedo arriesgarme a ver el dolor en sus ojos cuando ya siento como si me estuviese haciendo añicos.
Aun así, escucho cómo suelta aire, como si acabase de robarle algo vital. El sonido me persigue por el garaje mientras me alejo.
Se me nubla la vista cuando las lágrimas se acumulan y ruedan por mis mejillas.
Las puertas de cristal del edificio se erigen imponentes en la distancia, borrosas a través de la niebla de mi visión, y yo solo puedo pensar que nunca me había sentido tanto como si estuviese corriendo para salvar mi vida.
No recuerdo el viaje en ascensor ni la gente sin rostro que pasa por mi lado. Solo están mis propios pasos y el sonido de su voz diciendo casémonos una y otra vez hasta que la palabra deja de sonar a amor y se convierte más bien en una amenaza.
Para cuando llego a mi despacho, la decisión me parece inevitable. No puedo permitirme dejarme llevar por sus impulsivas promesas. No cuando he visto en lo que se convierte el amor eterno en cuanto el brillo inicial se apaga.
No es en Oliver en quien no confío.
Es en mí.
Me he pasado toda la vida huyendo de los desengaños, de las decepciones, de cualquier cosa que me pareciese demasiado real.
Pero esta vez, no me parece ninguna huida.
Me parece más bien una pérdida.