Capítulo cuarenta y dos
OLIVER
En cuanto Rina me mencionó la cita con el médico, le pregunté si podía ir. Bueno, vale... lo que en realidad dije es que por nada del mundo iba a perdérmelo.
Da igual.
Ella intentó mantenerse fría, con los hombros erguidos y el gesto inescrutable, como si le diese lo mismo de una forma o de otra, pero capté el alivio en sus ojos antes de que volviese a organizar sus rasgos en una expresión pétrea.
Esa, en pocas palabras, es Rina.
Justo cuando creo que estoy avanzando y haciendo algún progreso, ella me empuja otra vez dos pasos atrás.
Y esta es la cosa... Ella puede seguir empujando todo lo que quiera. Pero en algún momento se dará cuenta de que yo no pienso irme a ninguna parte.
Han pasado veinte minutos desde que nos han conducido a un pequeño consultorio con paredes de color amarillo pálido y un papel estirado sobre la camilla.
La enfermera ha comprobado sus constantes: peso, temperatura, ritmo cardíaco y tensión.
Y yo he preguntado por todas ellas, con la excepción del peso, para saber si eran normales.
Oye, no soy un idiota total. Soy lo bastante listo como para no comentar el peso de una mujer.
Jamás.
Así que sí, he mantenido la boca cerrada y he tomado notas detalladas en mi móvil, como si estuviese estudiando para algún examen.
Después de entregarle a Rina un vasito para la muestra de orina y una capa de papel para que se rodease la parte de abajo del cuerpo con ella, la enfermera se ha marchado, prometiendo que la doctora estaría con nosotros en breve.
En breve, mis cojones.
Eso ha sido hace veinte minutos.
—Esto es ridículo. ¿Por qué está tardando tanto?
¿Es que viene de fuera del estado? —Mi pierna se menea arriba y abajo, inquieta, mientras clavo los codos en los muslos.
Cada segundo que pasa hace que la presión en mi pecho empeore.
No seré capaz de serenarme hasta que alguien nos diga que nuestro bebé está bien.
Rina está sentada en la camilla, con una expresión a medio camino entre la exasperación y la risa, mientras hace un gesto de poner los ojos en blanco.
—Te he dicho que no tenías que venir conmigo.
—Y yo te he dicho que de ninguna forma pensaba perdérmelo. Estaré en todas y cada una de las citas.
—Eso suena más bien como una amenaza. —Me mira de reojo, enfadada—. Dime, ¿vas a ser tan divertido en todas ellas?
Yo me encojo de hombros.
—Probablemente.
La puerta se abre por fin y una mujer madura y diminuta con hebras plateadas en su oscuro cabello entra en la sala.
Sus cálidos ojos no se pierden nada mientras nos saluda con una sonrisa bien ensayada.
Se presenta, nos estrecha la mano a ambos y luego se acerca al lavabo para lavarse antes de ponerse unos guantes con movimientos rápidos y eficaces.
—Echemos un vistazo y veamos si podemos localizar el latido —dice—. Aunque puede que sea un poquito demasiado pronto.
Rina se recuesta en la camilla y el papel que tiene por debajo se arruga y resuena en la silenciosa consulta. Sin pensar, entrelazo mis dedos con los suyos. Ella me los aprieta una vez, y sus nudillos se vuelven blancos. Le quito un mechón rebelde de la frente y le beso ahí.
La doctora explica que va a usar un ecógrafo transvaginal para encontrar el latido del bebé.
Se coloca entre las piernas de Rina antes de insertarle el aparato con cuidado.
El silencio se alarga y cada segundo parece durar una eternidad.
Se me hace un nudo en el pecho con cada segundo de no oír nada.
El pulso me suena tan alto que ahoga el resto del mundo.
Y entonces un rápido bum-bum-bum llena la habitación.
Los latidos de mi hijo me arrollan como un tren de carga. El impacto me atenaza algún lugar en lo más hondo de mí, como si ese ritmo me hubiese clavado las uñas y me hubiese dejado marcado. Ese diminuto e implacable sonido acaba de reescribir cada maldita cosa que yo creía saber acerca del amor.
Es rápido y constante, igual que la lluvia golpeando las ventanas. Durante un segundo, es lo único que me mantiene anclado al mundo.
En vez de mirar al monitor, miro fijamente a Rina.
Sus pestañas aletean y sus ojos parpadean repetidamente, como si no pudiera soportar la ola que está rompiendo contra ella. Le tiemblan los labios y su mano libre se levanta sin pensar para posarse con gesto protector sobre su vientre. Aunque intente contenerla, veo la emoción desnuda en su cara.
¿Cómo podría no sentirla?
—¿Escuchas eso, nena? —Tengo la voz ronca—. Nosotros hemos hecho eso.
Su risa se quiebra en un sollozo, y lo juro, da igual cuánto tiempo viva, jamás olvidaré ese sonido.
—Sí —susurra—. Lo hemos hecho.
Me acerco más, apoyando la frente contra la suya, con los dedos todavía entrelazados, mientras la doctora aparta el aparato.
Las pestañas de Rina están húmedas y su pulso acelerado contra la palma de mi mano, y soy consciente hasta la médula de que este es el momento que me servirá como vara para medir cualquier otro.
Yo creía haber sentido presión otras veces, como el día de los fichajes, los playoffs, el peso de millones observándome... Pero nada de eso puede compararse al sonido de esos latidos.
Y sin embargo, más allá del asombro, me atraviesa una punzada de miedo intenso y afilado. ¿Y si la cago? ¿Y si no soy el hombre que ella y nuestro bebé necesitan que sea? Me he pasado toda mi carrera actuando bajo presión, pero no hay ningún libro de jugadas para esta clase de responsabilidad.
Rina es más fuerte de lo que cree. Lo veo en la forma en que lo mantiene todo bajo control aunque se esté desmoronando por dentro. Lleva el peso de todos los demás mientras finge que no le está afectando el suyo.
La doctora nos explica los siguientes pasos: citas de seguimiento y qué esperar en los próximos meses, antes de dedicarnos una sonrisa reconfortante.
—Si tienen alguna pregunta, no duden en llamar.
—No se preocupe, Doc —digo sin perder comba—. No dudaré.
Su boca se estremece, como si ya se lo hubiese figurado, antes de salir por la puerta y dejarnos solos.
Me paso una mano por la cara, todavía tocado.
—No me puedo creer que he escuchado el latido —murmuro, casi para mí mismo—. Eso ha sido una locura.
Rina vuelve a vestirse, abrochándose el botón de los pantalones y colocándose bien la blusa con las palmas de las manos con cuidadosa precisión, como si necesitase otra cosa en la que centrarse aparte de mí.
—Decididamente hace que esto sea más real, ¿verdad?
—Sí, así es. —Atravieso el espacio libre entre nosotros y vuelvo a cogerle de la mano, levantándola y dándole un suave beso en los nudillos.
Ese simple contacto me serena, y espero que haga lo mismo por ella—.
Decía en serio cada una de las palabras que te dije anoche.
Estoy implicado en esto, para largo. Puedes contar conmigo.
Su mirada flaquea, y una parte de la luz se apaga en sus ojos mientras se muerde el labio inferior.
—Por favor, no me hagas promesas que no puedas cumplir.
No suena como una acusación, más como una súplica que ella es demasiado orgullosa para admitir que me está haciendo.
Sus palabras me atraviesan por completo. Como es que todavía no puede ver, no se puede creer, ni una maldita cosa de lo que le estoy mostrando... No tiene sentido.
La acerco más a mí y la rodeo fuerte con los brazos.
—Esto no es una promesa —susurro con fiereza contra su pelo—. Es un hecho. Aquí estaré, siempre.
En lugar de responder, ella solo me deja que la abrace, apoyándose contra mí, mientras mi cerebro sigue reproduciendo en bucle ese diminuto latido.
No hay nada comparable a eso.
Ni siquiera el día en que dijeron mi nombre durante los fichajes de la NHL.
Ese momento me cambió la vida.
Este me la ha vuelto del revés.
Pero el asombro solo te lleva hasta cierto punto.
Ahora hay una nueva clase de presión cerniéndose sobre mí. Una responsabilidad que no termina cuando la bocina suena y se acaba la temporada. Por primera vez, lo que ocurre fuera del hielo importa tanto como lo que sucede en él.
Ya puedo sentirla apartándose de mí incluso mientras salimos del centro médico.
La distancia no es física, pero está ahí, en la forma en que sus hombros se tensan y su mano se queda flácida en la mía.
Todos los ladrillos que he estado quitando cuidadosamente vuelven a ser colocados en su sitio, uno por uno.
Aun así, entrelazo nuestros dedos y me niego a dejarlo estar mientras cruzamos el vestíbulo hacia la salida.
Fuera, el brillo del sol se refleja en los parabrisas del abarrotado aparcamiento.
Entonces es cuando noto un ligero movimiento unas cuantas filas más allá, y un hombre saca su móvil y nos hace una rápida serie de fotos antes de volverlo a bajar.
Aprieto los dientes y mi furia me hace verlo todo de un blanco incandescente, pero no aminoro el paso.
En vez de eso, cambio de postura y le paso a Rina un brazo por los hombros, usando mi cuerpo para apartarla de su vista.
Si quieren fotos, pueden hacer fotos de mí.
No de ella.
Para cuando aparezca el primer titular, ellos ya habrán escrito su propia versión de esta historia sobre un jugador alocado, la novia secreta y un rumor sobre un bebé que nadie había visto venir.
Puedo soportar el golpe.
Pero no quiero que arrastren también a Rina por esto.
Cuando llegamos al Porsche, abro la puerta y la ayudo a subirse antes de inclinarme hacia adentro para ponerle el cinturón con gesto protector. El sonido que hace al abrocharse parece algo definitivo.
Durante un breve instante, me quedo inmóvil.
—Sé que no vas a creerme, pero todo va a ir bien.
Aunque ella se obliga a sonreír, la incertidumbre en sus ojos la delata.
En vez de permitir que me domine la frustración, le doy un suave beso en los labios antes de cerrar la puerta y rodear el coche hasta el lado del conductor.
Mientras salgo al tráfico de mitad de la tarde, giro el mando de la radio hasta que esta cae en una emisora de rock clásico.
—Para el bebé —le digo, con tono despreocupado y bromista—. Quiero que él o ella crezcan conociendo adecuadamente lo que es buena música.
Una frágil sonrisa se pasea como un fantasma por sus labios.
—Estás chiflado.
—Lo que estoy —le rebato, mirándola— es loco por ti. No lo dudes jamás.
No hace mucho tiempo, los chicos solían bromear con que yo jamás iba a sentar la cabeza, que me retiraría antes de que eso ocurriera.
Solía pensar que tenían razón. Pero ahora mismo, sentado al lado de Rina, tengo una mejor perspectiva.
Lo duro no era enamorarse. Era permitir a alguien acercarse lo suficiente como para poder ver mi yo real.
Y desear verla a ella a su vez con idéntica claridad.