Capítulo cuarenta y uno
RINA
Cuando me despierto a la mañana siguiente, Oliver ya se ha marchado.
Lo último que recuerdo es el sonido amortiguado de la ducha saliendo del baño después de que me acariciase con la nariz antes de salir de la cama.
Las sábanas están ahora frías donde estaba su cuerpo y el hueco que dejó marcado ya ha desaparecido aunque su olor permanezca en la almohada.
Es un olor a limpio, a especias y a algo que he llegado a reconocer como suyo propio.
Y nunca me parece tener demasiado de eso.
Me duelen los músculos recordándome exactamente lo que hicimos anoche. Durante un momento de locura, casi me permito creerme lo que susurró contra mi piel.
Casi me permito creer que podría quedarme entre sus brazos y estar a salvo.
La realidad no tarda demasiado en presionarme poco a poco, recordándome lo peligroso que es desear esa clase de comodidad.
Lo peligroso que es necesitarla.
Depender de ella.
Dejo de lado esos pensamientos y me visto rápidamente para ir al trabajo, colocándome la blusa en su sitio y luego alisándome las solapas de la chaqueta. Cualquier cosa que me sirva para mantener la ilusión de que tengo el control.
Por tentador que fuese hacer una parada en Lakeshore Sweets, no me da tiempo. Tengo una reunión a las nueve y después del desastre de ayer, necesito proyectar profesionalismo de cualquier manera posible. Lo último que puedo permitirme es darles a Hugh o a Evelyn otro motivo para cuestionarme.
Otra excusa para despedirme.
Me detengo al pasar junto al cuarto de invitados donde duerme Kia. Sería más fácil mandarle un mensaje de texto y hacerle saber que me he marchado. La experiencia de venir al trabajo conmigo de ayer le habrá dejado una indeleble marca negativa y seguro que tiene cero interés en repetirla.
Igual que yo, chica. Igual.
Pero algo me impide tomar la salida más fácil.
Tal vez sea alguna clase de sexto sentido.
O sentimiento de culpa.
O quizás sea el recuerdo de tener su edad y fingir tener confianza en mí misma mientras el mundo se movía continuamente por debajo de mis pies. Comprendo cómo se siente una al despertar y darse cuenta de que no sabes a quién tienes aún de tu lado.
En vez de escaparme hacia el ascensor, llamo a la puerta entreabierta antes de abrirla más y echar un vistazo en el espacio oscuro. —¿Kia?
Cuando no obtengo respuesta, empujo titubeante la puerta para abrirla más y veo la cama deshecha, con las sábanas revueltas.
Mis ojos se mueven rápidamente hacia el baño.
La puerta no está cerrada del todo, y una fina línea de luz se desparrama por la abertura.
Lo último que querría sería entrometerme.
Cuando doy un paso atrás en retirada, un sonido apagado sale del cuarto. El áspero ruido del vómito es inconfundible.
Ay Dios.
Espero de verdad que no sean los rollitos del chino haciendo una reaparición inesperada.
Ella no mentía sobre lo mucho que quería comer anoche. Supongo que su estómago no estaba de acuerdo con esa decisión.
—¿Kia? —atravieso la estancia y me detengo junto al umbral.
Ella levanta la vista desde donde está agachada cerca de la taza, con los ojos llorosos y rodeados por círculos que marcan su agotamiento.
—Oye, ¿te encuentras bien? —pregunto.
Ella se limpia la boca con una mano temblorosa mientras las lágrimas ruedan por sus pálidas mejillas.
—Estoy bien. Lo siento. No quería preocuparte.
—No seas tonta. Por supuesto que no querías. —Mojo una toalla con agua tibia y me arrodillo a su lado, poniéndola suavemente contra su cara mientras le aparto unos cuantos mechones húmedos de la frente—. Estaba yéndome a trabajar y quería ver si necesitabas algo antes de marcharme.
Ella menea la cabeza débilmente.
—Estoy bien. Creo que ya casi ha pasado del todo.
Pobrecita.
Por ahora, he tenido suerte con este embarazo. Nada de náuseas matinales ni de salir corriendo hacia el baño al amanecer. Pero conozco a muchas mujeres que lo sufren sin cesar durante semanas, o incluso meses.
La idea se aloja en mi cerebro, resonando con repentina claridad.
—Kia... Tú, ejem, ¿no estarás embarazada, verdad?
No puede ser.
Está en el cuarto curso de la universidad.
Cuando el miedo atraviesa velozmente su cara, sé que estoy en lo cierto.
—Por favor, no se lo cuentes a Ollie —susurra, con la voz temblorosa—. Le va a dar un algo. ¡Dios, se va a enfadar tanto!
Me dejo caer al suelo antes de rodearle los hombros con el brazo.
Me parece tan frágil apretada contra mí...
Su pequeño cuerpo no es más que huesos y aristas afiladas, y parece como si fuese posible que se rompiera bajo el peso que está cargando.
El débil aroma floral de su champú permanece terco en el aire, peleándose con el agrio olor de la bilis.
Noto el frío de las baldosas atravesando mis pantalones y alcanzando mis rodillas cuando la acerco más a mí.
—Oye. No pasa nada. No voy a decir nada. Al menos, no por ahora. Pero espero que seas consciente de que no tienes que hacer esto tú sola. Tienes a tu familia.
Sus ojos se inundan con nuevas lágrimas.
—Van a enfadarse tanto conmigo por permitir que pasara esto... Tendría que haber sido más cuidadosa.
Yo arqueo una ceja e intento exhibir una sonrisa irónica.
—Chica, estás predicando a los conversos aquí. En caso de que no lo hayas notado, estamos más o menos en el mismo barco.
Le tiemblan los labios y el espectro de una sonrisa se abre camino hasta ellos. No es mucho, pero es algo.
—¿Y qué hay del padre? —pregunto suavemente.
Ella menea la cabeza, y la amargura invade su rostro.
—No está implicado. —Deja escapar una risita sin pizca de humor—. Cuando le dije lo del bebé me dijo que no era su problema.
Menudo gilipollas.
—Tendría que haber sido más lista. Él no es alguien con el que poder contar. —Pestañea, luchando por contener una nueva oleada de lágrimas—. Lo peor es que es un jugador de hockey del equipo universitario. Su cara está por todo el campus. No podía quedarme allí.
—No —le aprieto los hombros más fuerte—. Por supuesto que no.
Su confesión me golpea. Casi puedo imaginarme en su lugar: sola, asustada, intentado convencerme a mí misma de que no necesito a nadie.
Tal vez es por eso que mantengo a Oliver a cierta distancia.
Porque en el momento en que empiezas a creer que alguien va a quedarse contigo, entonces es cuando se van.
Trago saliva, con fuerza, estrujando más a Kia.
—Lo comprendo, pero a veces guardártelo todo para ti solo hace que te resulte más duro.
Ella solloza, asintiendo contra mí mientras le tiemblan los hombros.
—Ni siquiera sé si puedo hacer esto.
—Puedes —le digo con firmeza, aunque una pequeña y dubitativa parte de mí no se lo cree. Mis palabras de ánimo brotan con fuerza pero, por dentro, me suenan vacías. Porque tal vez las esté diciendo para las dos.
—Escucha... Tengo una cita con el médico un poco más tarde. Cuando esté ahí, pediré otra para ti. ¿Vale?
El alivio aparece en sus ojos, como si le hubiese tirado un salvavidas.
—¿No se lo contarás a Ollie? —vuelve a preguntar, con un tono de voz lleno de desesperación.
—No, no ahora mismo —le prometo—. Pero esto no es algo que vayas a poder ocultarle para siempre. Él va a averiguarlo al final.
Aunque le tiemble el labio inferior, ella asiente.
Yo le froto el brazo.
—Pasaremos por esto juntas, Kia. No estás sola.
Ella se relaja contra mí con un suspiro entrecortado.
Mientras la abrazo, la promesa me hace sentir un dolor más allá de las costillas.
Anoche, Oliver me susurró que yo era suficiente.
Que siempre lo sería. Y esta mañana, sosteniendo a la temblorosa Kia en mis brazos, no puedo librarme de la verdad de que ninguna de nosotras estaba a salvo de que la abandonasen.
Tal vez sea la maldición de querer a la gente... Saber que en cualquier momento, podrían decidir que ya no eres nada suyo... Y tú no tienes ningún poder sobre eso.