Capítulo cuarenta
OLIVER
Al final de la velada, después de que Hayes y Ava se hayan ido de vuelta a su hotel y Kia haya desaparecido pasillo abajo afirmando que estaba exhausta, el apartamento se queda en calma.
Rina y yo estamos sentados en el sofá y el silencio se instala entre nosotros.
Ella está acurrucada a mi lado, con la cabeza apoyada en el cojín, y el cansancio resulta evidente en cada una de las líneas de su rostro.
Aun con esas ojeras oscuras bajo los ojos, sigue siendo la mujer más hermosa que yo haya visto jamás.
Mi deseo por ella va mucho más allá de su cuerpo. He pasado noches con mujeres en las que eso era todo lo que había. Calor, piel, y la trepidación de un orgasmo antes de alejarme sin que me hubiese afectado nada real. Esa clase de deseo siempre ha sido sencilla.
Fácil de olvidar.
Con Rina, nada es sencillo.
Y desde luego, no es fácil de olvidar.
Quiero cargar con parte del peso que está soportando, arrancarle el miedo y la tensión que la está desangrando. Quiero demostrar que sea lo que sea que es esto que hay entre nosotros, no es tan solo deseo.
Es algo mucho más profundo.
Deslizo mi mano sobre la suya. Mi pulgar le acaricia los nudillos antes de darle un suave apretón.
—Ven a la cama conmigo, nena.
Sus cejas se unen en el centro y la sospecha destella en sus ojos.
—Oliver...
—No para follar —la interrumpo, con tono firme, engastado con una verdad que nunca he compartido con nadie—. Quiero cuidar de ti.
Durante un largo instante ella solo me mira fijamente.
La réplica cortante que me esperaba no llega.
En cambio, ella me mira presa de la incertidumbre, y una débil grieta aparece en su armadura.
Ese titubeo, ese destello de confianza, me parece más importante que cualquier clímax que haya conseguido que alcance.
Entrelazo mis dedos con los suyos antes de guiarla hacia el dormitorio.
Ha habido múltiples ocasiones en las que el sexo entre nosotros ha sido frenético. Espoleado por el deseo, la desesperación y la necesidad de perdernos el uno en el otro. Pero no es eso lo que quiero esta noche.
Con Rina, no quiero nada rápido ni fácil de olvidar.
Quiero grabar cada segundo en su memoria.
El dormitorio está bañado de una luz ambarina que suaviza las líneas de todas las cosas.
Me tomo mi tiempo para desnudarla. Mis dedos le desabrochan los botones de la blusa uno por uno.
Cada suave ruidito que hacen al abrirse va exponiendo otro centímetro de piel.
Bajo la boca y le beso cada extensión nuevamente expuesta, tomándome mi tiempo para saborearla por todas partes, en la grácil curva de su clavícula y en la suave elevación de su pecho, hasta que la blusa se desliza por sus hombros con un susurro de tela.
Llega el turno del sujetador. El cierre se abre bajo mis dedos antes de que le baje los tirantes por los brazos.
Me pongo de rodillas delante de ella. Las palmas de mis manos se deslizan por sus caderas hasta llegar al botón de sus pantalones.
Después de abrirlo, tiro de la cremallera y le beso el vientre, los huesos de las caderas, el hueco de debajo del ombligo.
Ella se estremece cuando le bajo los pantalones hasta que quedan hechos un montón a sus pies.
—Esto no va de distraerte —digo contra su piel, respirando su delicioso aroma—. Va de adorar cada maravilloso centímetro de ti.
Sus pestañas aletean rápidamente, y por una vez, no hay ninguna respuesta cortante preparada en su lengua. Solo silencio y el peso de su mirada directa.
La tumbo sobre el colchón, con una suavidad que me resulta casi extraña.
Solo entonces me quito mi propia ropa, tirando de la tela que me tenía atrapado y dejando caer las prendas en una pila descuidada.
Cuando estoy tan desnudo como ella, me subo a la cama y me coloco entre sus piernas hasta que quedamos perfectamente alineados, como si siempre hubiésemos sido perfectos para encajar de esta forma.
En ese momento, vuelvo a caer en algo. Eso no va de recibir. Va de dar. De sostener. Y de por fin encontrar algo que vale la pena conservar.
Antes de que me mueva siquiera, me invade una sensación de que esto es lo correcto. La visión de ella por debajo de mí, con el pelo esparcido sobre la almohada y sus ojos clavados en los míos, como si estuviese intentando decidir si confiar en mí o salir corriendo, me desarma por completo.
Me sostengo sobre un codo y le cojo por la barbilla con la otra mano para que mi pulgar pueda acariciarle el tembloroso labio. Sus pestañas descienden como un telón cuando intenta romper el contacto visual.
—No te escondas de mí, Rina —susurro. No esta noche.
Mi polla llama suavemente a su entrada, y el calor resbaladizo hace que me dé vueltas la cabeza cuando me sumerjo profundamente en ella. No hay ningún movimiento brusco ni urgente. Son empujones deliberados, sin prisas, que dicen todo lo que no puedo fiarme de poner en palabras.
Sus labios se abren y liberan un gemido y su cuerpo se tensa alrededor de mi polla como si estuviese intentando mantenerme más cerca.
—¿Sientes eso? —Murmuro contra su boca—. Esto no es solo sexo. Este soy yo entregándote cada puta cosa que soy.
Sus puños aprietan las sábanas y luego se estremecen, deslizándose por mis brazos, buscando algo sólido a lo que aferrarse.
—Tengo miedo —se le quiebra la voz al decir—. Todo es tan diferente contigo...
La beso lenta y profundamente y apoyo mi frente contra la suya, susurrando:
—Lo sé, cielo. Yo también puedo sentirlo. Pero estás a salvo conmigo. No pienso irme a ninguna parte. Te estoy ofreciendo estar contigo para siempre.
Debería aterrarme cuánto de mí mismo le he dado a esta mujer sin darme cuenta siquiera. Pero por primera vez en la vida, no quiero recuperarlo.
Sus uñas se me clavan en la espalda y su cuerpo se estremece cuando el orgasmo la atraviesa. Verla deshacerse por debajo de mí, con la cabeza echada hacia atrás y los labios abiertos en pleno éxtasis, es la experiencia más poderosa que he vivido jamás.
La abrazo mientras dura, besándole la garganta, la mejilla, la comisura de los labios, y moviéndome dentro de ella, intentando darle todo lo que tengo.
Todo lo que soy.
Incluso mientras se agarra de mí con los brazos apretándome fuerte, percibo el miedo del que no puede librarse, los muros a los que sigue aferrándose en busca de seguridad.
Nos vuelvo a los dos de lado, sosteniéndola cerca, recogiéndola contra mí hasta que está acurrucada en mis brazos. Al final, suelta el aire, con la mejilla apretada contra mi piel mientras su cuerpo se derrite contra el mío.
La paz del momento se me mete en lo más hondo.
Abrazarla así me hace sentir dolorosamente cuánto deseo a esta mujer.
No solo su cuerpo, sino las partes que mantiene escondidas.
Caigo en que quizás si doy el primer paso y le muestro lo más privado de mí, ella hará lo mismo y por fin creerá que esto es algo más que sexo.
Me preparo y me obligo a hacer la pregunta.
—¿Sabes esa foto de mi familia que hay en el salón?
Su voz suena adormilada.
—Aja.
—Mi padre murió justo después de que la hicieran. Es la última que tengo de todos nosotros juntos.
Pestañea y abre los ojos, sorprendida por la tranquila confesión.
Aunque sea difícil, trago saliva.
—Hayes estaba todavía en el instituto cuando ocurrió.
Un día él era solo mi hermano, y al siguiente...
Lo era todo. Tuvo que cuidar de nosotros, mantener la casa funcionando y llevarme por el buen camino.
Se convirtió más en una figura paterna que en un hermano, y no fue justo para él, pero lo hizo igualmente.
La verdad brota cruda y entrecortada, pero prosigo, porque ella se merece que le dé también esta parte de mí.
—Nos mantuvo unidos cuando podríamos habernos hecho pedazos fácilmente. Se le daba bien. Mejor de lo que tendría que habérsele dado a nadie de su edad en las mismas circunstancias. Sin embargo, no importaba cuánto lo intentase, siempre había un vacío que ninguno de nosotros podía llenar.
Bajo la mirada hacia ella y veo la forma en que sus dedos se curvan ligeramente contra mi pecho.
—Juré que si alguna vez tenía un hijo, jamás le permitiría sentir esa clase de pérdida. No si podía evitarlo.
Lo que quiero guardarme para mí es que perderla a ella sería para mí como perder a la única familia que he construido por mí mismo.
Ella me mira con ojos nublados por la emoción y durante un instante, casi creo que me entiende, a mí y de dónde vengo.
—Ese es el problema, Oliver. Estás diciendo todas las palabras correctas a causa de este bebé. Pero eso no puede ser lo único que nos mantenga juntos.
Sus dedos se retuercen contra mí, como si estuviese intentando alcanzar algo que no puede llegar a coger.
Su respuesta me golpea como una puñalada en las costillas.
¿Lo único que nos mantenga juntos?
Esta mujer no tiene ni idea de que ella es el eje sobre el que gira todo mi maldito mundo. Por supuesto que el bebé importa. Pero, ¿Rina?
Ella lo es todo.
Le cojo la cara con las manos, obligándola a mirarme, porque necesito que escuche la verdad.
—Todavía no lo pillas. No estoy aquí por el bebé. Estoy aquí por ti. Tú sola ya eres suficiente... Lo eres todo. Siempre lo has sido.
Ella menea la cabeza. La negación tiembla en sus labios, pero su cuerpo la traiciona arqueándose contra mí, apretándose más fuerte, abrazándome como si soltarme la aterrara.
Nos doy la vuelta, haciendo que ella quede encima de mí, porque necesito que vea, que sienta, la verdad en todo lo que acabo de confesarle.
Su pelo cae hacia adelante formando una oscura cortina que nos aísla del resto del mundo hasta que solo existimos nosotros dos, y ella apoyándose con las manos contra mi pecho.
—Mírame —le digo con voz ronca, agarrándola por las caderas—. No te atrevas a creer que tú no eres suficiente.
Sus ojos se encuentran con los míos y cuando se mueve por fin, casi me destroza. La visión de ella sobre mí, vulnerable y abierta, me desarma.
Cada movimiento de sus caderas es una promesa, cada suspiro un recordatorio de lo que ya existe entre nosotros.
—Eso es, pequeña —gimo—. Tú y yo. Siempre.
Un temblor la atraviesa y me clava las uñas en la piel. La forma en que se agarra demuestra que me escucha, aunque no esté lista para decirme lo mismo. Su ritmo flaquea, pero yo la sostengo por las caderas y la guio a un tempo que nos hace subir a los dos más alto.
—Oliver —susurra. Mi nombre suena entrecortado en sus labios, a medio camino entre el temor y el deseo.
—Córrete para mí —le digo—. Te tengo. Siempre lo he hecho.
Su cuerpo se tensa cuando se rompe en mil pedazos, apretándome como si se estuviese ahogando y yo fuese lo único capaz de mantenerla a flote. Verla así, con la cara inundada de placer y confianza y algo peligrosamente cercano a la rendición, hace que pierda el norte.
Unos cuantos empujones profundos más y yo también me corro, fuerte, con un sonido que no parece humano.
Mis manos se quedan agarradas con fuerza a ella, como si fuese posible que nos fusionásemos en uno solo.
Mi orgasmo se derrama en su interior y lo único en lo que soy capaz de pensar es en que esta mujer es mía.
Me pertenece a mí.
Igual que yo le pertenezco a ella.
Colapsa sobre mi cuerpo, con el pelo cayendo por mi torso, mientras la rodeo con mis brazos.
Me quedo dentro de ella, porque no quiero dejar que la conexión se desvanezca.
Tiene la piel húmeda de sudor y su pulso le echa una carrera veloz al mío.
Poco a poco, deja caer su peso sobre mí, y la tensión abandona su cuerpo.
Le doy un beso en la coronilla, y mis labios se quedan ahí más de la cuenta, como haciendo una promesa.
—Eres suficiente para mí —murmuro en su pelo—. Siempre lo serás.
Ella suelta un pequeño sonido, casi un sollozo, pero no se aparta. Cierra los puños débilmente contra mi pecho. Luego abre las manos y sus dedos se extienden como si por fin se estuviese permitiendo a sí misma descansar.
Su respiración no tarda mucho en volverse regular.
Incluso dormida me busca, apretándose más contra mí hasta que la calidez de su aliento se derrama contra el hueco de mi garganta.
Tal vez no sea nada.
O tal vez sea una pizca de confianza en mí.
No ha reconocido lo que he dicho, y tal vez eso esté bien. Tal vez el silencio sea todo lo que pueda darme ahora mismo.
Si es así, lo aceptaré.
Aceptaré cualquier cosa que ella esté dispuesta a darme.
Y espero que algún día ella lo crea.
Sabrá que es suficiente porque nunca le permitiré olvidarlo.
Nos coloco cuidadosamente de lado, manteniéndola acurrucada contra mí, con nuestras piernas entrelazadas por debajo de las sábanas.
Abro la mano con gesto protector sobre su vientre, y ella cambia de postura ligeramente entre mis brazos, como si su cuerpo ya supiera lo que su corazón es demasiado terco para poder admitir.
El leve resplandor de las luces de la ciudad se cuela por la ventana, coloreando su piel con un suave tono dorado. La observo bajo la luz tenue, memorizando cada curva. Continúo despierto mucho después de que ella haya empezado a roncar suavemente, porque no quiero dejar escapar este momento.
Siento cómo ahora su cuerpo está flexible, confiado. Por la mañana, esa confianza habrá desaparecido, sobre todo con el mundo que hay fuera de este dormitorio esperando a ponerla a prueba.
El comentario de Evelyn de antes resuena en mi cabeza.
Ella intentará apartarte.
Tal vez tenga razón.
Tal vez Rina no confíe del todo en mí todavía.
Tal vez no lo haga hasta dentro de mucho tiempo.
Pero eso no me detendrá de demostrar que sí que puede.
Caricia a caricia, hasta que lo haga.