Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

RINA

El camino de vuelta en coche al ático al final del día transcurre en silencio.

Oliver se sienta a mi lado en su Porsche Panamera Turbo S.

La vibración del grave rugido del motor se desplaza a través de los asientos de cuero.

Tiene la mano descansando relajada sobre la mía, de una forma posesiva y que a la vez me proporciona una extraña sensación de seguridad.

Mantengo la mirada fija en las luces que pasan al otro lado de los cristales tintados y finjo que no siento el peso de su mirada dirigiéndose rápidamente hacia mí cada pocos minutos.

Aunque estoy rodeada de tranquilidad siento como si todavía me estuviese preparando para recibir un impacto, esperando a que caiga el siguiente golpe.

Cuando mete el coche en el garaje y apaga el motor, mis pensamientos siguen enmarañados.

Vuelvo a visualizar la conversación del despacho en un bucle interminable que no puedo detener.

En algún momento, Oliver y yo tendremos que sentarnos y hablarlo, pero ahora mismo, tengo las palabras atascadas en la garganta.

El garaje huele débilmente a petróleo y a gases de tubos de escape, y cada sonido hace eco en el silencio. Kia se baja del asiento trasero sin esperar. Sus zapatillas deportivas golpean contra el cemento del suelo cuando se va directa hacia el ascensor.

—Daos prisa —nos dice, sosteniendo las puertas de metal abiertas—. Me muero de hambre.

En cuanto nos subimos, Oliver me abraza contra él.

Su mano se desliza por la parte baja de mi espalda y luego más arriba, recorriendo mi espina dorsal hasta que su pulgar me roza el punto sensible de la nuca.

Ese gesto hace que un temblor me recorra a toda velocidad.

En vez de resistirme, me derrito contra su mano.

La firmeza de Oliver no es ruidosa ni exigente. Simplemente está ahí. Tranquila e inquebrantable, rodeándome de una forma que no me había dado cuenta que necesitaba.

Su barbilla desciende hasta que el marcado perfil de su mandíbula me acaricia la sien, con la boca lo bastante cerca de mí para que pueda notar el calor de su aliento.

—No entiendo cómo lo haces —le digo—. Cómo consigues que todo lo demás desaparezca.

—Todo irá bien —murmura, acariciándome el cuello—. Veremos cómo solucionarlo juntos. Te lo prometo.

Lo que es una locura es que casi le creo.

Cuando las puertas se abren, nos recibe la tranquilidad del ático. Una luz apagada se derrama desde los focos integrados en el techo, bañándolo todo con una calidez dorada. Es tranquilo y limpio al mismo tiempo.

Si sigo moviéndome, tal vez consiga convencerme a mí misma de que el suelo no sigue moviéndose bajo mis pies.

—Probablemente deberíamos pensar en qué hacer para cenar —dice Oliver, con un tono relajado, como si esta fuese solo otra noche normal.

—Voto por comida china —apunta Kia inmediatamente—. Con rollitos de primavera extras… Oh, es igual, pide la ración familiar. No me juzgues.

Oliver sonríe.

—¿Quién te ha dicho que tenías voto en esto?

Ella resopla y se coloca la rubia melena sobre un hombro.

—Tengo voto en todo lo que implique a mi estómago.

Su alegre toma y daca hace que una sonrisa reluctante aparezca en mi cara.

El lazo entre ellos es fácil, de esa clase que solo los hermanos pueden compartir.

Yo nunca he tenido a alguien que me entendiera sin precisar de una explicación.

Tal vez el matrimonio de mis padres hubiese sido más fácil de capear si no me hubiese enfrentado a ello sola.

—¿Y qué hay de nosotros? ¿También tenemos derecho a voto? —resuena una voz profunda, proveniente del cuarto de estar.

Me quedo helada. Todos los músculos de mi cuerpo se tensan y se me pone de punta el vello de la nuca.

¿Quién demonios es ese?

El pánico me atraviesa veloz mientras mis oídos se esfuerzan por detectar cualquier atisbo de movimiento.

Veo el tranquilo perfil de Oliver, sin aspecto de inmutarse, y algo vacila dentro de mí.

Un instante de silencio se alarga antes de que un hombre se acerque bajo las luces.

No solo es rubio, con unos hombros anchos que hacen que le quede apretada la camisa, es también musculoso y demasiado atractivo para su propio bien.

Oliver atraviesa la distancia con unas cuantas ágiles zancadas antes de acercarse a él y darle un fuerte abrazo.

Es un gesto rápido pero auténtico, de la clase que expresa una relajada familiaridad y años de guardarse mutuamente las espaldas.

El parecido entre ellos resulta obvio. Tienen la misma mandíbula cincelada e idénticos ojos azules y penetrantes, aunque los rasgos de este hombre son más rudos, más vividos.

Caigo en la cuenta de que este debe de ser uno de los hermanos de Oliver.

Una rubia diminuta se acerca a ambos. Oliver la rodea inmediatamente con sus brazos antes de darle un beso en la mejilla.

Su perfume es delicado y floral, de esa clase que perdura en el aire sin ser agobiante.

Hay algo que me resulta conocido en su amplia sonrisa y en la grácil confianza con la que se conduce.

Oliver se vuelve hacia mí con una sonrisa jugueteando en su boca.

—Estos son mi hermano mayor, Hayes, y su mujer, Ava.

Los labios de Ava dibujan una curva y ella levanta la mano para saludar con un gesto.

—Encantada de conocerte. Oliver ha estado mucho más tranquilo de lo normal últimamente; me estaba empezando a preguntar quién había conseguido esa hazaña.

Apenas me da tiempo de asentir antes de que Oliver se lance como una apisonadora.

—Y esta —dice, señalándome—, es Rina...

El calor me inunda las mejillas cuando levanto una mano en gesto de protesta.

—Por favor, no me presentes como a la futura madre...

—De mi hijo —concluye él sin perder comba, y esa sonrisa tan irritante suya se hace más amplia cuando me corta.

Mi mirada furiosa solo hace que le brillen más los ojos, divertidos.

—Encantada de conocerte, Rina —dice Ava de nuevo, conteniendo apenas una risita.

Hayes me examina antes de darle un codazo a Oliver.

—Así que tú eres la mujer que es lo bastante valiente como para cargar con este. Tienes todo mi respeto.

—Sí, esta es ella —asiente Oliver sin titubear antes de volver a dirigir la mirada hacia su hermano—. ¿Qué estáis haciendo vosotros dos aquí?

Hayes mira a su hermana, que se ha quedado parada y tensa en el umbral.

—Mamá quería que le echásemos un ojo a Kia y nos asegurásemos de que estaba bien.

—Le escribí un mensaje —murmura Kia, cruzando los brazos por delante de su cuerpo como si fuesen una armadura.

—Lo que ella necesitaba, y lo que tú le debías, era una conversación de verdad —le replica Hayes, con un tono de voz más bien cargado de preocupación que de enfado—. Ha estado perdiendo el sueño por ti, enana.

Oliver se acerca más a mí y la calidez de su cuerpo roza el mío. Su mano encuentra la parte baja de mi espalda y el contacto envía una onda expansiva por mi cuerpo aun cuando me ancla en el sitio.

—Va a quedarse conmigo algún tiempo —dice con firmeza—. Sea lo que sea lo que está pasando, lo solucionaremos. Dile a mamá que no se preocupe.

Ava avanza hacia Kia y su gesto se suaviza cuando la rodea con un cálido abrazo, murmurando algo en su oído en voz demasiado baja para que yo pueda escucharlo. Después de un instante de resistencia, los rígidos hombros de Kia descienden, y ella permite que Ava la guíe hacia la cocina.

Cuando Ava por fin la suelta, Kia me mira a los ojos brevemente. Hay algo desnudo y vulnerable en sus ojos.

Es una mirada que reconozco demasiado bien.

El silencioso alivio de no tener que ser fuerte por una vez.

Esa mirada me hace sentir el dolor de una vieja y profunda herida que creía haber enterrado hace años.

Desde que soy capaz de recordar, no he tenido a nadie con quien compartir los malos momentos.

Ni hermanos ni hermanas con los que dividirnos la carga, o que compartan y suavicen los golpes.

Ver a Kia entregarse a los brazos de Ava, aceptando un consuelo que puede que ni siquiera sabía que necesitara, hace que algo primitivo y poco habitual despierte en mí.

Es envidia, sí, pero también añoranza.

No sé qué es peor... Querer formar parte de esto o saber que no sabría cómo si lo intentase.

La palma de la mano de Oliver sube más arriba por mi espalda, como si pudiese sentir la tormenta que se está gestando por debajo de mi piel.

No llena el silencio con parloteo inútil.

En vez de eso, dibuja unos lentos círculos con el pulgar, enviando pequeños temblores por mi cuerpo con cada uno.

De alguna forma, ese gesto de ánimo silencioso habla más fuerte que cualquier cosa que él pudiera decir.

La mirada curiosa de Hayes se mueve del uno al otro antes de que su boca dibuje una sonrisa de sabiduría.

—Supongo que este sería un buen momento para darte la bienvenida a la familia, ¿eh?

Una carcajada brota resonante de Oliver.

—No la asustes. Ya está intentando encontrar alguna razón para salir pitando.

Aunque eso haga que mis mejillas se ruboricen, no me aparto. En todo caso, me vuelvo superconsciente de la mano de Oliver sobre la curva de mi espalda. En vez de soltarme, su contacto me reafirma más, posesivo, de una forma que envía un escalofrío por mi espalda.

Es un gesto sutil pero inconfundible reclamando posesión. Uno que le dice a todos los de la habitación exactamente cuál es mi lugar.

Y a quién pertenezco.

¿Y lo más peligroso de todo?

Hay una parte secreta y traicionera de mí que parece que no puedo silenciar que no quiere que él me suelte.

Se escucha una sirena en la calle, a muchos pisos del ático, ululando antes de desaparecer a lo lejos.

Para todos los demás, esta solo es otra noche de miércoles.

Para mí, es un frágil interludio.

Uno que me temo que no va a durar.