Capítulo treinta y ocho
OLIVER
Al salir del despacho de Hugh, me quedo mirando a Rina. La pesada puerta se cierra por detrás de nosotros con una rotundidad que reverbera por todo el pasillo.
Aunque no haya perdido su trabajo, la reunión le ha hecho mella. Se ve en la curva de sus hombros, la línea recta de su boca y la forma en que mantiene la mirada fija hacia adelante, como si se le fuese a caer la máscara si mirase hacia cualquier otro lugar.
Quiero extender la mano y tocarla, quitarle algo de presión de encima, pero no sé cómo hacerlo ahora mismo sin pasarme.
Mi mirada se queda clavada en el perfil de su rostro mientras caminamos en silencio.
—¿Estás bien?
Ella no me mira, solo menea levemente la cabeza.
—No lo sé. Me siento como... insensible.
Mantiene la compostura, pero le tiemblan los dedos cuando junta las manos. Es el único signo de que está sufriendo por debajo de todo ese control.
Lo que necesita de verdad es estar en cualquier sitio menos aquí.
—¿Quieres que te lleve a casa?
Su mirada cruza cortante la mía por el más breve de los instantes, cargada de determinación, aunque pueda ver el temblor que se agita tras ella.
Justo cuando pienso que podría ceder, menea la cabeza.
—No. Tengo que quedarme y trabajar un poco.
Por supuesto que esa tenía que ser su respuesta.
Eso es lo que hace Rina cuando se está desmoronando. Se esconde tras su trabajo hasta que las grietas se han cerrado.
Una parte de mí desea cogerla en brazos, sacarla de este edificio y protegerla del mundo hasta que vuelva a recuperar el equilibrio. Pero me trago las ganas, sabiendo que necesita sentirse como si estuviese manteniéndose en pie por sí misma.
—¿Estás segura? —insisto suavemente, dándole una última oportunidad.
—Sí, lo estoy. —Su voz suena suave pero firme, enmarcada en un testarudo borde de acero que consigue retorcerme algo en lo más hondo, con una mezcla de orgullo y frustración.
—De acuerdo. —Asiento una vez, manteniendo el tono sereno—. Me pasaré por ahí dentro de unas horas para llevaros a Kia y a ti de vuelta al ático.
—Eso suena bien. —Da un paso hacia su oficina antes de vacilar y volver la cabeza para mirarme. Las comisuras de sus labios se elevan ligeramente, como si ese movimiento tan diminuto le costase—. Gracias.
La tensión de mi interior se relaja solo un poco.
—Siempre estaré aquí cuando lo necesites.
Su garganta se mueve cuando traga y sus ojos resplandecen con los pensamientos que permanecen sin expresarse antes de meterse en su oficina.
El pasillo se queda en silencio cuando la puerta se cierra a sus espaldas.
Hasta el estable sonido del aire saliendo por los conductos suena demasiado fuerte.
Mi mano hace un gesto involuntario hacia el pomo antes de que la detenga.
Ella necesita espacio, no otra persona invadiéndolo cuando apenas es capaz de mantener la compostura.
Aunque me mate hacerlo, me quedo fuera.
Me paso la mano por el pelo y me apoyo contra la pared. La fría superficie me hace recuperar mi estabilidad mientras intento reunir mis pensamientos. Mis ojos regresan de nuevo hacia el despacho de Rina, y la imagen en mi mente de ella alejándose y dejándome fuera me afecta profundamente.
Estoy hecho para la acción.
Para arreglar lo que se ha roto.
Quedarme aquí, sabiendo que no puedo solucionarle esto, puede que sea la cosa más difícil que he hecho jamás.
No sé... Quizás esta sea el auténtico carácter del amor. No los grandes momentos, sino quedarse parado en un pasillo, sintiéndote inútil, observando cómo alguien que te importa se desmorona y sabiendo que no hay forma de volver a recomponerlos de nuevo.
El sonido decidido de unos tacones atravesando el silencio me saca de mis pensamientos.
No tengo que levantar la vista para saber que se trata de Evelyn.
El leve aroma de un perfume caro me alcanza un segundo antes de que ella lo haga.
Ella no se apresura ni demuestra inquietud, solo se acerca suavemente a mí con esa clase de aplomo inquebrantable que siempre posee.
Sus ojos verdes se clavan en los míos cuando se detiene.
—¿Estás bien? —pregunta, aunque por la forma en que me observa ya sospecha la respuesta—. Ha sido una reunión difícil.
—Estoy bien. —Yo me enderezo—. Gracias.
La curiosidad atraviesa rápidamente su cara.
—¿Gracias por qué?
—Por salvar el puesto de Rina. —Aunque me flaquee la voz, no aparto la vista—. Hugh la habría despedido allí mismo. No sé lo que has dicho no lo que has hecho, pero te lo agradezco. — Señalo con la cabeza hacia la puerta cerrada del despacho—. Ella te lo agradece.
—Rina es extraordinaria en lo que hace. —El tono de Evelyn es neutro y comedido, pero desprende convicción—.
Durante los últimos cuatro años, ha estado ayudando a construir la imagen de marca de los Railers.
Puede que Hugh no sea consciente de que no es alguien fácil de reemplazar, pero yo definitivamente sí lo soy.
Asiento y reflexiono sobre todo lo que acaba de decir.
Aunque no sea asunto mío, la pregunta se me escapa antes de que pueda detenerla.
—Así que, ¿cuál va a ser el precio que te vas a tener que pagar?
Sus labios se curvan, pero sus ojos no.
—Eso no es algo de lo que tú debas preocuparte.
Entonces, con bastante elegancia, vuelve a centrar la atención en mí.
—Ella te importa.
No es ninguna pregunta.
Es una verdad sacada a la luz, pronunciada con una tranquila autoridad.
—Necesita a alguien que no salga corriendo cuando las cosas se compliquen. —La mirada de Evelyn se agudiza antes de volverse calculadora—. Y lo harán. Hugh querrá que esto se mantenga contenido, pero los dos sabemos que eso va a ser prácticamente imposible.
Me preparo para lo que sea que pueda venir después, pero Evelyn solo me observa, como si me estuviese pesando en una balanza invisible.
—No le permitas que te aleje —dice—. Si hay algo que sé acerca de Rina, ella intentará apartarte, a propósito o no. Cuento con que seas lo bastante listo como para no dejar que lo haga.
El comentario me pesa con fuerza antes de metérseme en lo más hondo. Las ondas expansivas me recorren mucho después de que ella se haya marchado.
Rina se ha pasado años aprendiendo a mantenerse por sí misma sin pedir ayuda jamás. Cree que el hecho de necesitar a alguien la hace ser débil. Pero he visto el coste. La forma en que la agota, pedazo a pedazo, cada vez que intenta encargarse de algo ella sola.
Puede intentar apartarme todo lo que quiera, pero yo no pienso irme a ninguna parte.
Seguiré llevando el peso a su lado, hasta que se dé cuenta de que no tiene que cargar con todo ella sola.