Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo treinta y siete
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Capítulo treinta y siete

RINA

Se me hace un nudo en el estómago, y el miedo se me queda atascado en la garganta, como si ya me estuviese atragantando con las consecuencias.

Oliver tiene una mano apoyada en la parte baja de mi espalda cuando entramos en el despacho del propietario por segunda vez, pero ni siquiera su apoyo firme y sereno basta para detener el remolino de terror que se me ha formado en las tripas.

Hugh sigue sentado detrás de su escritorio, de brazos cruzados, con el rostro como cincelado en piedra.

No contiene ni piedad ni compasión. Evelyn se sienta en el sofá con una postura elegante y una calma deliberada.

Es demasiado cuidadosa, demasiado comedida.

De alguna forma, su compostura me pone más nerviosa que la gélida mirada de Hugh.

—Las reglas existen por un motivo —reitera Hugh sin preámbulos. Su tono atraviesa cortante el silencio—. Firmaste una cláusula de no confraternización, Rina. Quiero que eso quede claro. Esta no es una zona indefinida. Es una violación del contrato. Simple y llanamente.

Su voz es fría.

Profesional.

Y la vergüenza me atraviesa como un hierro al rojo, marcándose en mi piel, porque no se equivoca. Yo conocía las reglas y los riesgos. Pero en algún punto entre la firma de ese contrato y la forma en que Oliver me miraba, dejé de preocuparme por las consecuencias.

—Yo... —Se me atasca la garganta por la emoción y siento las palabras pinchándome en ella como astillas de cristal—. Lo entiendo.

A mi lado, Oliver se remueve en su asiento. El tic de su mentón es tan intenso que puedo sentir las oleadas de furia que desprende. La estancia entera vibra con ella. Si abre la boca, no va a ser algo bonito.

Yo le aprieto la mano, rogándole en silencio que no empeore la situación.

La mirada de Hugh no se suaviza. Ni siquiera mínimamente.

—Pero en vista de tu embarazo, vamos a mantener este asunto en privado por el momento mientras lo consulto con nuestros abogados.

Lo último que esta organización necesita es que una antigua empleada nos ponga una demanda por señalar arbitrariamente quién ha incumplido el contrato.

No te equivoques, todavía no estás fuera de peligro.

Un reloj hace tic tac desde algún sitio por detrás de su mesa. Cada segundo me ataca los nervios. Durante un instante, un gesto como de arrepentimiento recorre rápidamente el rostro de Hugh. Y desaparece antes de que pueda procesarlo del todo.

Una oleada de hielo me atraviesa.

Aunque él no lo diga, sé lo que está pensando. El titular equivocado podría arruinar muchas más cosas que nuestras meras reputaciones por sí solas. Podría hacer que el equipo entero se hundiera. La advertencia pende pesada en el aire y un escalofrío me atraviesa lentamente.

—Sí —consigo decir, con voz bajita pero firme—. Lo entiendo.

Cuando Evelyn habla por fin, su tono de voz es suave como la seda.

—Encontraremos la manera de hacer que esto funcione.

Su mirada se desvía hacia Hugh, y algo sin palabras sucede entre ellos. Él no discute, ni siquiera se revuelve, pero la tensión en el espacio que los separa emite un zumbido como de electricidad estática.

En vez de sentir que el alivio me inunda, la inquietud hace nido en mi vientre.

¿Habrá sido mi trabajo anterior lo que me ha librado de ser despedida?

¿O la influencia de Evelyn?

La gratitud se entrelaza con la culpabilidad hasta que no puedo distinguir entre ambas.

Quiero creer que me he ganado este indulto gracias a mi duro trabajo y a mi dedicación inquebrantable a la organización de los Railers, y la verdad es que la piedad de Evelyn me parece más bien como tiempo prestado.

—Gracias —le digo, intentando no sonar tan deprimida como me siento—. Por no despedirme.

La mano de Oliver se aprieta rodeando la mía, firme y constante, como si estuviese a pocos segundos de decirle a Hugh por dónde puede meterse exactamente sus normas.

El instinto de protección que irradia hace que se encienda algo en lo más hondo de mí.

Nadie ha estado tan ferozmente de mi lado jamás, ni se ha ofrecido a recibir un golpe en su propia carrera para que yo pudiese mantener la mía.

Debería estar desconcertada por lo fácilmente que este hombre me hace sentir segura, pero en este momento, no puedo obligarme a que algo así me preocupe.

Solo estoy agradecida.

Sentirme a salvo no es algo que haya encontrado nunca en otra persona. Y sin embargo, con Oliver, me parece demasiado fácil olvidarme de por qué levanté mis muros para empezar.

Evelyn carraspea, intentando suavizar las tensas circunstancias del momento.

—Volveremos a hablar de esto más adelante. Por ahora, Rina se queda y nos encargaremos juntos de lo que venga a continuación.

La mirada que me lanza me parece menos una promesa y más un escudo protector.

Asiento y pestañeo para librarme del escozor de las lágrimas que amenazan con derramarse.

Oliver y yo nos ponemos de pie. Hugh se vuelve a reclinar en su silla mientras la mirada de Evelyn se detiene sobre él, y una silenciosa tensión se intercambia entre ambos. Me incomoda de una manera que no soy capaz de explicar.

En vez de guiarme esta vez, los pasos de Oliver se ajustan a los míos. Su cuerpo está inclinado cerca, como para protegerme del peso que siento sobre los hombros.

Desde algún punto pasillo abajo, el grave murmullo de voces y el distante sonido metálico de las pesas del gimnasio vagan por las paredes. Los sonidos conocidos de un día normal de trabajo tendrían que ser reconfortantes, pero ahora mismo, solo me parecen algo muy lejano.

Espero a sentir alivio, pero eso no sucede. La conciencia de lo cerca que he estado de perder todo por lo que había trabajado me golpea con fuerza.

Siempre había creído que la estabilidad era sinónimo de seguridad.

Pero en este momento, solo puedo sentir la fragilidad que subyace en ella.

Tal vez siempre estuvo ahí, y yo simplemente elegí no verla.