Capítulo treinta y seis
OLIVER
El rostro de Rina pierde todo el color mientras mira su móvil, apretando los dedos alrededor del fino aparato, como si fuese lo único capaz de mantenerla erguida.
—Es de Hugh. Quiere verme en su despacho.
Aunque esté intentando mostrarse tranquila, habla con una tensa vocecita, pronunciando cada palabra cargada de tensión. Un pánico apenas contenido se enciende brevemente en sus ojos y su garganta intenta tragar saliva.
Yo le quito suavemente el móvil de las manos y lo dejo en la mesa con todo el cuidado del mundo.
—Voy a ir contigo.
Su cabeza se levanta de golpe y sus ojos echan chispas mientras me mira con dureza.
—No, puedo encargarme yo sola.
—Y una mierda lo harás —gruño, ya poniéndome en pie—. No vas a entrar en ese despacho sin tenerme a tu lado. Ahora somos un equipo, nena. Tú y yo.
Abre los labios como para protestar, pero no le doy ocasión.
La cojo de la mano y entrelazo mis dedos con los suyos.
El contacto es una conexión a tierra. Ella se resiste solo lo necesario para que algo tire de mí por dentro antes de por fin permitirme que la guíe hacia la puerta.
Su mano tiembla contra la palma de la mía.
Es un eco tranquilo de todo lo que ha estado intentando ocultar, y solo hace que mi determinación de protegerla a toda costa se haga más fuerte.
Caminamos por el pasillo en silencio. Ella se muerde el labio inferior hasta que la delicada piel se le pone pálida.
Casi puedo ver sus pensamientos acelerándose fuera de control, moviéndose más deprisa de lo que es capaz de seguirlos.
Cada una de las partes de mí desea pararse, levantarle la barbilla y hacerla ver que su sitio está a mi lado.
Que está a salvo.
Pero las palabras no van a convencerla.
El tiempo lo hará.
Mis actos lo harán.
Y cuando esté lista para creerme, entenderá por fin que todo lo que le he dicho, lo decía de verdad.
En cuanto entramos en el despacho de Hugh, el ambiente cambia.
Ese espacio huele a cuero del bueno y a cera para muebles.
Unos ventanales panorámicos dejan entrar una luz apagada que se refleja en las librerías.
Evelyn ya está ahí, colocada con perfecta compostura en uno de los sillones de cuero desgastado, con las piernas cruzadas elegantemente hacia un lado.
Hugh se sienta tras su escritorio antiguo, con la boca cargada de tensión y una tormenta gestándose en la arruga que le frunce la frente.
Conduzco a Rina hasta la silla más cercana antes de sentarme a su lado.
Solo entonces le apoyo la mano en el muslo.
No le aprieto, pero sí que la sujeto con la firmeza suficiente como para, espero, estabilizarla.
Cuando ella se retuerce como si fuese a apartarse, la agarro solo un poquito más fuerte.
No para sujetarla sino para recordarle que no está sola en esto.
Quería mantenernos en secreto.
Y durante un tiempo, yo le seguí el juego.
Pero ahora eso se ha acabado.
Allí sentado, en el despacho del dueño del equipo, con todo a punto de desmoronarse, decido que ya me he hartado de fingir.
Hugh une las yemas de los dedos extendidos, con los codos apoyados en el escritorio, mientras su mirada va rápidamente de uno al otro.
Su expresión no delata nada.
—Oliver, esto es una sorpresa. No esperaba que te unieses a nosotros.
Mi mirada no flaquea.
—Si algo tiene que ver con Rina, también tiene que ver conmigo.
La mujer a mi lado da un respingo. Es un ligerísimo movimiento, pero lo recibo con la fuerza de un golpe.
Hugh entorna los ojos.
—Entonces supongo que no hace falta que os pregunte si vosotros dos tenéis una relación.
Rina vacila. Su pecho sube y baja demasiado rápido mientras ella mira fijamente hacia su regazo. Cuando por fin levanta la barbilla, le cuesta un esfuerzo visible, como si tuviese que hacer acopio de hasta el último gramo de fuerza.
—No —dice con voz queda—. Oliver y yo nos hemos estado viendo.
Hugh suelta aire, con un sonido deliberado y controlado.
—Estoy seguro de que eres consciente de que firmaste una cláusula de no confraternización en tu contrato, Rina.
Sus hombros se hunden hacia abajo, como si ese recordatorio en sí mismo tuviese peso. Sus manos se retuercen sobre su regazo hasta que sus nudillos se vuelven blancos como si fuesen solo hueso. Sabe exactamente lo que eso significa.
Despido, escándalo público, años de duro trabajo esfumándose como el humo.
La mujer que no tiene ningún problema haciéndose con el control de una sala, que puede hacer que los ejecutivos y los reporteros se pongan firmes bajo su dura mirada, ha desaparecido.
Solo queda alguien que está preparándose para el golpe.
—Lo soy —susurra.
La derrota en su voz es lo único que necesito para entrar en acción.
Doy un fuerte manotazo en el brazo de la silla, que restalla como un látigo, antes de inclinarme hacia adelante.
—Ella está embarazada.
Evelyn suelta una exclamación ahogada y su mano se eleva al punto justo por debajo de su clavícula, mientras que Hugh arquea las cejas rápidamente con un poco habitual gesto de sorpresa.
Rina vuelve la cabeza hacia mí. Tiene los ojos muy abiertos y el miedo, brillando en ellos como si fuesen sendos cristales resquebrajados.
Evelyn abre la boca, como si fuese a hablar, pero vuelve a cerrarla cuando la compostura vuelve a hacerse cargo de la situación. Hugh se reclina en su asiento y su rostro se hace neutral e inescrutable.
Miro rápidamente a Rina. La expresión afligida de su rostro me mata. Es como si le hubiese quitado la alfombra de debajo de los pies. Todavía no puede verlo, pero dejarlo todo al desnudo es la única forma de avanzar.
Al menos, eso es lo que me digo a mí mismo, cogiéndola de la mano, desesperado por anclarla a mí.
Ella da un respingo, como si mi piel le quemara.
Durante un instante, me pregunto si no tendría que haber tenido la boca cerrada. Rina no entiende que destruiría el mundo entero por ella.
Pero, ¿y si lo primero que destruyo es la vida que ella se había construido?
¿Esa que le permite mantenerse sobre sus pies y la hace sentirse segura?
Hugh se aclara la garganta, con un sonido comedido.
—Existen unas normas.
—Me importan un carajo tus normas —digo con voz ronca—. Nosotros tres somos familia ahora, y eso es lo único que importa.
Otro silencio cargado se alarga hasta que parece que estamos a pocos segundos de detonar.
Evelyn se aclara la garganta, intentando suavizar la tensión.
—Quizás deberíamos tomarnos un momento para conseguir un poco de claridad.
Su atención se desvía hacia Rina mientras la comprensión inunda sus ojos, junto con un atisbo de arrepentimiento.
Cuando dirijo mi atención de vuelta a la mujer que tengo al lado, tiene los ojos brillantes por las lágrimas contenidas. No me habla ni intenta tocarme. En vez de eso, se mete todavía más en su coraza, y sus hombros se curvan hacia adentro como si estuviese tratando de desaparecer.
La voz de Hugh atraviesa el silencio.
—Si hago una excepción contigo, ¿qué sentido tendría que existan las normas?
Aprieto los dientes tan fuerte que me duele la mandíbula.
—Lo entiendo —susurra ella.
Evelyn se inclina hacia adelante, con voz suave pero firme.
—Hugh, seguro que podríamos mostrar un poco de flexibilidad...
Él la interrumpe.
—No, en absoluto.
Rina parpadea, y sus pestañas aletean rápidamente. Está manteniendo la compostura a base de pura fuerza de voluntad. Una palabra equivocada, y la perderá.
—Oliver y Rina —dice Evelyn, obligando a lucir una sonrisa serena que no afecta la expresión de sus ojos—. ¿Os importaría darnos un momento?
—Claro —murmuro, levantándome. Mi brazo se desliza alrededor de Rina automáticamente, apoyándola mientras la guío a través del umbral.
—Si no os importa, cerrad la puerta al salir —añade Evelyn suavemente cuando salimos al pasillo.
El aire de ahí fuera es más fresco. Resulta un alivio después de la sensación opresiva del despacho de Hugh.
Rina casi se derrumba contra la pared cuando le fallan las rodillas.
La cojo antes de que llegue al suelo, y la atraigo contra mí, abrazándola fuerte.
Ella está temblando. El aliento le sale en golpes entrecortados y poco profundos.
—No estás sola en esto —le recuerdo—. Puede que todavía no lo hayas descubierto, pero has sido mía desde el primer día. Lo que significa que tus batallas son también las mías. —Le levanto la barbilla hasta que sus ojos se clavan en los míos—. Si quieres que pida un cambio de equipo, lo haré.
Sus ojos sueltan llamaradas, llenándose de incredulidad.
—¿De verdad harías eso?
No hay ni un solo titubeo por mi parte.
—Nena, haría casi cualquier cosa que tú me pidieras. Salvo asesinar a alguien. Y, ¿siendo sincero? Tampoco es que eso sea un no absoluto para mí.
Le tiemblan los labios cuando deja escapar un suspiro.
—¿Puedes imaginarte cuánto odio recibiría si hiciese que el Gran O se cambiase de equipo solo por mí? Las fans me echarían de Chicago.
Apoyo mi frente contra la suya mientras mi pulgar le enjuaga una lágrima que se le ha escapado.
—Nadie tiene que conocer el motivo.
Aunque menee la cabeza, veo la débil chispa de esperanza en sus ojos.
—¿Y qué pasaría si tú abrieses tu propia empresa de relaciones públicas? —pregunto, buscando algo que pudiera devolverle aunque sea una pizca del control que ha perdido—. Los Railers no han creado tu carrera. Eso lo has hecho todo tú sola. Solo han sido lo bastante afortunados como para tenerte.
Me mira fijamente, un instante largo. Abre la boca al mismo tiempo que la puerta se abre con un chirrido y Evelyn nos pide que volvamos a entrar.
Entrelazo mis dedos con los de Rina antes de darles un fuerte apretón. Es un juramento silencioso de que sea lo que sea que venga ahora, no se enfrentará sola a ello.
Esta vez, ella no se suelta.
Y en el espacio que hay entre nosotros, algo ha cambiado. Está cargado con el murmullo de lo que no hemos dicho y de todo lo que puede que yo haya destrozado intentando protegerla.