Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo treinta y cinco
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Capítulo treinta y cinco

RINA

Kia está sentada al borde de la silla, al otro lado del escritorio, navegando en el móvil mientras yo acabo con el último de mis correos.

Por un momento, todo parece normal. El trabajo apilado ordenadamente delante de mí, los horarios de hockey esparcidos por la mesa, el suave zumbido de la productividad llenando el espacio.

Es un pequeño refugio de estabilidad al que estoy desesperada por aferrarme.

Por primera vez en toda la mañana, me permito creer que tal vez las cosas se estén arreglando. La rutina regular del trabajo me parece más bien como estar a salvo.

En control.

Esa frágil calma se rompe en mil pedazos en el preciso instante en que Oliver entra en mi despacho y cierra la puerta a sus espaldas con silenciosa determinación.

Su presencia devora la estancia por completo.

Es demasiado grande, demasiado fuerte para ignorarlo.

Por el gesto solemne de su cara, algo no anda bien.

—¿Qué? —La pregunta sale dolorosamente por mi boca.

Su mirada se desliza hacia su hermana antes de volver a mí.

—Hay una foto de nosotros en la página de Rumores de los Railers.

El aire se escapa de la habitación, dejándome vacía e ingrávida, como si me hubiesen arrancado de mí misma. Me agarro del borde de la mesa para evitar tambalearme en la silla.

Se me cae el estómago a los pies, y las paredes empiezan a cerrarse a mi alrededor.

—¿Es la de ayer? —Apenas consigo pronunciar la pregunta.

Su mandíbula se tensa, y veo un tic en su músculo.

—Sí. Y antes de que te pongas a escalar la cosa...

—Oliver... —Se me quiebra la voz, astillándose bajo el gran peso que siento sobre el pecho. Este es el escenario de pesadilla para el que me he estado preparando en los momentos tranquilos, ese que rezaba porque nunca fuese a llegar.

Mi trabajo.

Mi reputación.

Todo eso por lo que he trabajado tan duro se hará pedazos porque me permití darme el gusto con algo con lo que no debería haberlo hecho.

Oliver atraviesa el espacio entre nosotros, y su tono de voz desciende, mientras su mirada permanece firme.

—Si esto te cuesta tu empleo, yo cuidaré de ti. De los dos. Te lo prometo.

Kia levanta la cabeza de golpe antes de aclararse la garganta y ponerse en pie.

—Ejem... Voy a salir y a daros algo de privacidad.

Yo pestañeo, luchando por contener las emociones que amenazan con derramarse.

—Kia, no tienes que...

—No, no. —Me corta con un gesto de la mano, ya alejándose hacia la puerta—. Voy a daros un poco de espacio. Ya volveré.

Unos segundos más tarde, la puerta se cierra tras ella, dejándonos a los dos solos, unidos en el desastre que hemos causado.

—No quiero tener que depender de ti —confieso con un susurro ahogado, porque decirlo en voz alta me parece como si fuese a partirme en dos—.

No puedo estar en una posición en la que tú decidas cuándo has tenido bastante y entonces me quede con un hijo y sin trabajo.

He visto a Callie pasar por un infierno cuando Zane se largó.

Necesito ser capaz de cuidar de mí misma. Y de mi bebé.

Cada vez que he confiado en que alguien se quedaría, han tomado la siguiente salida.

Sus ojos centellean ardientes, dolidos y tal vez con algo más oscuro que eso, antes de dejarse caer de rodillas delante de mi silla. Ese movimiento me frena en seco, y bajo la vista para mirarle.

— De nuestro bebé, Rina. El tuyo y el mío.

—Oliver...

Su mano se eleva para cogerme por el muslo. Sus dedos son firmes, pero no pretenden castigarme, como si solo estuviese tratando de anclarme en el sitio.

—Yo jamás te dejaría que hicieses esto sola. Ni ahora. Ni nunca. Lo juro.

Su voz se quiebra en torno a la palabra jamás , y en ese momento descubro con sorpresa que esto ya no va solo de mí. Va de un hombre que aprecia la familia sobre todas las cosas, que mira a la gente a la que ama y ve algo que vale la pena proteger.

Sería tan fácil creerle…

Dejarme caer en la calidez de su mirada, en la pura fuerza de su certeza.

Pero lo fácil es peligroso.

Lo fácil se termina.

—No tienes ni idea de lo que me estás prometiendo. —La seca risita que se me escapa no suena para nada como yo—. ¿En cuántas relaciones has estado? De las de verdad.

Una terca luz se enciende en sus ojos.

—¿Por qué importa eso?

—¿Cuántas?

Se queda quieto. Su mandíbula se mueve como si estuviese masticando una verdad que no desea admitir.

—En ninguna.

La respuesta pende entre ambos un segundo antes de que algo se marchite en mi interior.

—Exacto. —Levanto las manos con las palmas abiertas hacia arriba, en un gesto de exasperación—. Ni siquiera sabes lo que eso implica. Ni lo que significa.

Él se inclina hacia adelante y el espacio entre nosotros se encoge hasta que puedo sentir el calor de su aliento rozándome la piel como una pluma.

—Lo único que puedo decir es que ninguna otra eras tú.

Algo afilado se me clava en el centro de la garganta. Es tan repentino que resulta casi doloroso. Porque, que Dios me asista, quiero creerle.

Quiero creer en él.

El silencio continúa alargándose, tenso como un cable metálico, hasta que el repentino zumbido de mi teléfono sobre la mesa lo rompe. La vibración se extiende por el metal y luego por mi cuerpo. No tengo que mirar la pantalla para saber lo que me espera.

Consecuencias.

De las que acaban con la carrera de alguien.